Aveces ocurren hechos en nuestro entorno que, a la larga, cuando los miramos tratando de comprender el tiempo transcurrido, se muestran piedra fundacional de algo que entonces no alcanzamos a vislumbrar. En algunas ocasiones, se precipitan luego de que, por un tiempo, ciertos factores -gotas de agua que van llenando un vaso-, se conjunten. Esto ocurrió el viernes 18 de marzo de 1938, cuando el general Lázaro Cárdenas del Río, entonces presidente de México, anunciara la expropiación de 17 compañías petroleras extranjeras, que a partir de ese momento pasaron a manos de la nación.

La imagen de la expropiación petrolera es en realidad un mosaico: el presidente dando su discurso, el acta de la expropiación en color sepia y la gente. Alguna congregada donando sus bienes para el pago a las compañías, otra festejando lo que fue construido como un triunfo de cara a los intereses de los extranjeros en territorio nacional; y con el pasar de los años, la que interiorizó el simbolismo que se generó a partir de la recuperación de ese valioso bien, ligado al nacionalismo revolucionario, sinónimo otrora de ser mexicano. Hoy, esto, forma parte de una historia, cuya lectura se deconstruye por el cambio climático y la necesidad de hallar nuevas formas de combustibles a nivel global; y a nivel local, por el huachicol y las condiciones de Petróleos Mexicanos.

Para entender la importancia de la expropiación petrolera, debemos considerar que, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, el petróleo era un recurso cada vez más valorado a nivel internacional. En México, como todo lo proveniente del subsuelo, perteneció a la nación hasta el porfiriato, producto de una serie de regulaciones dictadas en la época de la colonia. Porfirio Díaz, a través de la Ley de Petróleo concedió terrenos para la exploración y explotación a compañías internacionales. A la postre las élites políticas y los dueños de las empresas generaron binomios que pesaron en la configuración política (Cárdenas, 2009) -quien puede olvidar a Henry Lane Wilson-.

Para 1911, México era el cuarto productor de crudo a nivel mundial; pero para 1918, se había convertido en el segundo, solamente después de Estados Unidos (Uhthoff, 2010). El aumento de producción, anclado en la Faja de Oro de la Huasteca veracruzana, se debió en buena medida al consumo que se desprendió de la demanda que generara la Primera Guerra Mundial. A la luz de lo recién mencionado, el gobierno carrancista trató de controlarlo. Así, comenzó a tensarse la relación entre las compañías petroleras y el gobierno. Durante este periodo no fue posible cambiar las condiciones, pero se sentaron las bases legales de la expropiación.

Entre 1925 y 1938, la demanda de petróleo interna aumentó. Esto fue consecuencia de una política económica que se apoyó en la industria y el estímulo al consumo interno; rodeado de un discurso nacionalista, que se vio acompañado de una serie de medidas que significaron en la práctica impuestos a la exportación y luego a la importación. Esto aunado a que, a nivel internacional, hubo un descenso en la demanda; la guerra había terminado y nuevos países se posicionaron como exportadores de crudo.

La década de los años 30 del siglo pasado, se considera la época de oro del movimiento sindicalista mexicano. Bajo este espectro, el 15 de agosto de 1935 se creó el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Este solicitó la homologación de salarios, prestaciones sociales y un contrato colectivo. Ante la negativa de las compañías petroleras, el 28 de mayo de 1937 se convocó a huelga general. El gobierno cardenista solicitó la suspensión y canalizó al sindicato a presentar el caso ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Esta ordenó el peritaje de las compañías; cosa, dicho sea de paso, que el gobierno llevaba tiempo intentando realizar. El sindicato solicitó una indemnización económica, las compañías ofrecieron 14 millones de pesos, el sindicato pedía 90; la Junta determinó el montó en 26 millones (López y Weber, 1975). Las petroleras se ampararon y los trabajadores llamaron a huelga el 18 de marzo de 1938.

Ante ese escenario, el presidente hizo el anuncio de la expropiación, sin los recursos para poder solventarla, pero haciendo un llamado a la población para brindar su apoyo. La configuración internacional; a saber, la cercanía de la Segunda Guerra Mundial, permitieron que el bloqueo que EEUU y Gran Bretaña impulsaron, fuera superado, pues nuevos compradores se interesaron en el petróleo mexicano.

El 23 de marzo de aquel año, se celebró la expropiación en la ciudad de México de manera festiva, en ataúdes circularon simbólicamente los nombres de dos de las principales compañías petroleras: La Huasteca y El Águila. Cabe mencionar que, el proceso de expropiación no fue aceptado de manera general, algunos sectores, como la resistencia potosina, no vieron con buenos ojos la medida.

Aquellos días de marzo de 1938, comenzó una nueva fase de la historia del petróleo en México. Entonces no se sabía que en los años 70 sería pensado salvavidas del desarrollo, o que el robo de hidrocarburos sería un problema al que el país tendría que hacer frente a partir del año 2000. En aquel momento solo importaba que Lázaro Cárdenas había recuperado un recurso que yacía en nuestro subsuelo.

Fuentes:

Cárdenas, J. (2009) En defensa del petróleo. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

López, P., y Weber, J. (1975) El pe- tróleo en México. México: Fondo de Cultura Económica.

Uhthoff, L. (2010) La industria del petróleo en México, 1911-1938: del auge exportador al abastecimiento del mercado interno. Una aproximación a su estudio. América Latina en la historia económica. (33) Disponible en línea en: http://www.scielo.org. mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-22532010000100001

Carolina Sthephania Muñoz Canto Profesora investigadora del Colegio de Tlaxcala, A.C.