AMORES SIAMESES Cruzar la delgada línea

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Publicado en edición 3, Febrero 2008

Hoy es común encontrar en los medios de comunicación información diversa sobre grupos y asociaciones lésbico-gays, que poco a poco han venido reclamando su lugar en el mundo.

Desde un punto de vista social y cultural, es magnífico porque significa que una sociedad democrática, mucho más plural y con menos tabúes está remplazando a la vieja sociedad autoritaria, restrictiva y sobre todo moralmente intolerante.

Por desgracia, aún existen muchos prejuicios hacia las expresiones eróticas homosexuales que son consideradas desagradables, antinaturales y por supuesto, fuera de la ley. Hay quien aún considera que los homosexuales irán al infierno por violar las leyes de Dios, y existen organizaciones de tipo religioso que condenan activamente este “crimen contra la naturaleza”.

Dice un dicho y dice bien: para el amor no hay edades. Y podría pensarse que tampoco género. En el amor, la relación sexual es derecho de quien la vive y responsabilidad de quien la ejerce. ¿Entonces por qué juzgar?

HISTORIA DE UN TABÚ

La homosexualidad existe desde el nacimiento del hombre. Las primeras manifestaciones comienzan en los ritos paganos de la antigüedad. La sexualidad en aquel entonces estaba relacionada con la fertilidad, la tierra, la agricultura y los frutos que de ella se obtienen. Por tanto las deidades tenían representaciones de carácter fálico y otras con morfología femenina. Tanto para los griegos como para los pueblos que rendían culto al cuerpo, la homosexualidad era un elemento natural entre sus prácticas. El arte y la estatuaria de los griegos antiguos reflejan este amor por lo corporal, particularmente por el cuerpo masculino. Un rasgo negativo de esta actitud, es que aquellos niños que estaban impedidos o eran poco atractivos, a menudo eran abandonados para que murieran y se ofrecían en sacrificio a un dios. No era raro que los hombres hiciesen un comentario sobre el atractivo de otros hombres, o que expresaran afecto entre ellos. Al menos parte de la razón de esta fascinación con el atractivo físico y el sexo, es que los griegos desarrollaron una sociedad que les permitía mucho tiempo libre, donde no se les exigía que trabajaran constantemente para sobrevivir. Blumenfeld y Raymond escribieron: “Igualmente, la actitud griega hacia el sexo era, en su mayor parte, neutral… Y, aunque probablemente se desanimaba la homosexualidad exclusiva como amenaza a la familia, era ampliamente tolerada en el caso de hombres mayores que ya habían tenido niños y en los jóvenes antes del matrimonio”.

Tanto en Oriente como en Occidente, las prácticas de carácter homosexual eran consideradas parte de la cultura. Para los romanos, la evaluación moral de la sexualidad en general, y de la homosexualidad en particular, giraba alrededor de la idea de control. Uno podía disfrutar cualquier tipo de sexo, siempre y cuando no se permitiera ser controlado por su compañero. Si una esposa hacía demandas a cambio de sexo, era deshonroso para un varón romano ceder ante sus deseos. Igualmente, si un hombre tenía sexo con otro hombre, no podían concederse privilegios a cambio.

El cristianismo y la iglesia católica abolieron, entre otras cosas, la homosexualidad. Los motivos para condenarla generalmente se mezclaban con la represión de cualquier tipo de erotismo. Según esta doctrina sexual, la única razón válida para el sexo era la procreación. La sensualidad y el deseo sexual, en cualquiera de sus manifestaciones, se veían como un maligno “deseo de la carne”.

A partir de ese momento de la historia, todo el deseo carnal fue considerado un pecado capital y miles de libros se escribieron apoyando este pensamiento.

Para la época moderna, la homosexualidad era una amenaza para las instituciones. Los gobiernos castigaban y la iglesia reprendía bajo pena de excomunión toda práctica de esta naturaleza. Para el siglo XXI, en diversos países se ha reconocido el matrimonio lésbico-gay como una institución jurídica, es decir, con todos los derechos y obligaciones propios de un matrimonio heterosexual, lo cual ha representado una batalla ganada en contra de la intolerancia y a favor de las libertades individuales.

EL AMOR HOMOSEXUAL-LÉSBICO

Aunque para mucha gente sea un tema grotesco, quienes conocen parejas homosexuales o lesbianas han encontrado muchas similitudes con las parejas heterosexuales, lo cual no quiere decir que en ese territorio no existan problemas de tipo social o íntimo. Sin embargo, se ha demostrado que las parejas homosexuales son más profundas y durables, porque muchas de ellas enfrentan este “problema social” con madurez y fortaleza.

En sociedades culturalmente avanzadas como la europea, la heterosexualidad se desmorona tanto como el matrimonio. ¿Significa que todos transformaremos nuestra preferencia sexual? No, por supuesto que no, pero seguramente a las nuevas generaciones les resultará mucho más fácil aceptar las diferencias.

Tanto la homosexualidad como el lesbianismo trascienden en realidad a las categorías políticas, sociales, religiosas y culturales. La relación sexual es el derecho de quien la vive y nada más. Mucho se ha confundido al feminismo con una expresión política del lesbianismo, sin embargo, aunque ambas categorías se alimentan teóricamente, no tienen que ver una con otra, debido a que la expresión del lesbianismo no explica la relación histórica de poder entre el hombre y la mujer.

Las relaciones gays poseen los mismos mecanismos del enamoramiento heterosexual, así como las mismas emociones, la misma felicidad y el mismo dolor.

Aunque en México existan lugares donde los hombres y las mujeres pueden caminar tomados de la mano, aún estamos en pañales en materia de tolerancia.

Pero no debemos juzgar, sino apoyar cada manifestación en bien de la libertad, y sobre todo del amor de los unos a los otros.

Pareciera que en este ámbito se está imponiendo un sentido de humanidad plena, que tiene como principio respetar el derecho de todos a vivir y ser felices.

Juan Leonardo Escutia Medrano

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