AMOR MATERNO: núcleo del desarrollo humano

Publicado en 2008 Edición 06

El ser humano requiere amor para florecer… La personalidad equilibrada es resultado del amor

Un viejo profesor de lingüística daba cuenta en una de sus clases que un emperador europeo del siglo XIX había intentado conocer el origen del lenguaje humano, pero sobre todo pretendía descubrir el secreto de la lengua de Dios y de los ángeles, suponiendo para tal efecto que la clave del misterio la poseían quienes apenas acababan de arribar a este mundo terrenal.

Deseoso de alcanzar su cometido, se apropió de una decena de niños recién nacidos, los alojó en una cámara especial en el palacio real, dispuso que nodrizas escogidas los alimentaran y prohibió a éstas que acariciaran a los bebés, les hablaran o cantaran y que se abstuvieran de hacerles caricias o expresarles amor.

Diariamente el emperador observaba durante horas que sus órdenes se cumplieran estrictamente y esperaba ansiosamente que los bebés se comunicaran entre ellos, para así descubrir paulatinamente el misterio del lenguaje de los ángeles y de los humanos. Al poco tiempo de iniciado el experimento, los niños empezaron a enfermar y su llanto y balbuceos cada día fueron silenciándose más, hasta que finalmente concluyó con la muerte de todos ellos.

Esta cruel y verídica historia tan emparentada con la locura, evidencia que el lenguaje no se desarrolla sin comunicación ni viceversa, pero sobre todo demuestra que el vínculo afectivo es imprescindible para que el ser humano genere todas sus potencialidades biopsicosociales en forma integrada y armónica. Mucha tinta y estudios han corrido a través de los años para comprobar como un principio inobjetable que el afecto materno desde el nacimiento es el núcleo en el que descansa la personalidad que se inserta adecuadamente en el mundo y con quienes en éste habitan.

En cualquier cultura, desde siempre, la simbiosis entre madre e hijo se ha dado en forma natural e instintiva y las salvedades del caso son hoy en día estudiadas como patologías excepcionales o como la posible faceta oculta del principio de sobrevivencia de la especie. En el primer caso y específicamente en el campo de la experiencia humana, el rechazo de una madre a su hijo comúnmente se asocia a factores culpígenos cuyo origen radica en vivencias traumáticas o en contextos de condicionamiento cultural. El segundo caso se observa con cierta frecuencia en el mundo animal y está ampliamente documentado que algunos felinos o aves rapaces incurren en conductas de sacrificio de sus crías sin lógica aparente; pero diversos estudios apuntan que tal comportamiento se deba probablemente a la acción del sentido de sobrevivencia más profundo, que lleva a priorizar la vida de una cría sobre otras, como se observa en los casos de algún tipo de águilas que brindan sus atenciones a alguno de sus polluelos porque “saben” que es el más fuerte y es el que sobrevivirá.

En el caso de los seres humanos, los estudios para determinar la naturaleza de los vínculos entre madre e hijo han sido variados y múltiples, destacando entre ellos los realizados por el doctor René A. Spitz, quien descubrió evidencias, comprobadas científicamente en el sentido de que los niños privados de contacto físico durante períodos prologados muestran una clara tendencia a padecer diversos trastornos orgánicos tales como el descenso en los niveles de anticuerpos en el sistema inmune, enfermedades intercurrentes como infecciones, leucemia, alteraciones como psicosis transitoria y disfunciones estructurales diversas en órganos y sistemas que pueden acarrear colapsos mortales. A esta patología, Spitz la denominó deprivación emocional.

Los efectos de la falta de contacto físico y afectivo, ya eran conocidos especialmente a partir de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y algunos estudios demostraron que los huérfanos sufrían problemas de crecimiento y desarrollo, es decir, la carencia afectiva se somatizaba, como lo demostró posteriormente el caso de los prisioneros de guerra o de origen político, quienes aparte de la brutalidad física que enfrentaban, tenían severos problemas mentales por el aislamiento.

La necesidad imperiosa de contacto físico pero sobre todo de estimulación afectiva, ha quedado comprobada en experimentos como los de H. F. Harlow de la Universidad de Wisconsin. En éstos, un grupo de monos jóvenes fue aislado y se le ofrecía la opción de contacto físico con dos madres sustitutas que semejaban la figura de un mono adulto: la primera estaba hecha de alambrón y la segunda era afelpada y se le había dotado de un sistema que se activaba para que tuviera ligeros movimientos en la región torácica.

Evidentemente no pasó mucho tiempo para que los monos pequeños decidieran elegir a la figura afelpada, pues el sentido táctil y kinético los estimulaba. Las conclusiones de este hecho, son particularmente interesantes para los seres humanos, pues validan la necesidad de que la madre pase consciente y deliberadamente de lo instintivo a lo propositivo en su contacto y afectividad con su hijo.

En este ámbito, estamos hablando de un sentido educativo a través del cual nos hacemos conscientes de la importancia de mostrar nuestro afecto, de hacerlo sentir, de darlo y, por supuesto, de recibirlo en lo que es un círculo virtuoso. El ser humano puede ser definido de muchas formas, pero algo queda claro: es un ser con necesidad de caricias, requiere amor para florecer.

El binomio personalidad-afectividad establece una relación mutuamente incluyente y define áreas estructurales que conformarán el aparato psicológico del niño. Los vínculos afectivos son nexos emocionales entre el hijo y la madre o la persona que lo cuida. Para el bebé tiene un significado adaptativo y le asegura que sus necesidades físicas y psicosociales serán satisfechas. Cuando el niño recibe afecto de calidad y cantidad suficientes, impacta en diversas áreas que le ayudarán a construir una personalidad equilibrada y le permitirán el desarrollo de sus capacidades innatas y el aprendizaje adaptativo en primera instancia y el transformador que se dará ya cuando el niño cuente con el dominio del lenguaje y de la relacionalidad.

La construcción de la confianza básica es un proceso que se logra entre el nacimiento y los 18 meses de edad, se sustenta en la satisfacción de las necesidades básicas y es el cimiento para una futura interacción personal sana con su entorno. Evidentemente en esta etapa es importante cuidar al niño, pero hay que evitar que la atención sea asfixiante, sobre todo porque ya desde los 14 meses en promedio, ha surgido en él, un elemento de autonomía caracterizado por la reiterada declaración de libertad que lo lleva a rehusar ayuda y a actuar en sentido contrario al deseo de los padres. Esto se observa cotidianamente en las resistencias al cambio de pañal o al rechazo para ser vestido.

Otro elemento importante donde impacta la afectividad que recibe el bebé, es en la formación del sentido de sí mismo. Esta capacidad implica la construcción del autoconcepto del niño, basado en un desarrollo del sentido cognitivo sobre sí mismo, al que se agrega una base de autorreconocimiento amplio y que hace que el bebé sepa que es él mismo no en forma intelectualizada como lo hace un adulto, sino en forma vivencial. Entre los 19 y los 30 meses de edad, el niño está en este proceso afianzado por el uso del lenguaje y por las respuestas emocionales que obtiene de aprobación o desaprobación ante sus acciones cotidianas.

Finalmente, sólo cabría agregar que la complejidad del desarrollo infantil requiere el apoyo de un amor inteligente que vea en el niño no un osito de peluche, sino una persona a la que hay que brindar todas las oportunidades posibles para su desarrollo óptimo.

Leopoldo Huerta Carmona
Fotografía: Zitlali González Loo

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