AMORES EN LA PLÁSTICA

Publicada en Febrero 2008 Edición 03

La línea es el camino más corto entre dos puntos. Otro tanto podría decirse sobre el amor, que no sólo acorta las distancias, sino que va más allá y propicia sonoros fundidos, muchas veces reproducidos por las artes visuales o la literatura.

La amorosa pareja ha sido retratada en el lienzo, en las paredes, en vasijas, urnas funerarias, o reproducida en esculturas elaboradas con los más variados materiales. Un ejemplo temprano se encuentra en el llamado “Sarcófago de los esposos”, una pieza escultórica del siglo V a. C., y perteneciente a la cultura etrusca. En su actitud desenfadada, la pareja expresa un peculiar gozo por la vida.

Fig. 1
“Eros y Psique”
Francois Gérard

En cambio, los frescos hallados en las ruinas de Pompeya nos hablan de un erotismo desparpajado. Los cientos de pequeños mosaicos dan forma a parejas sorprendidas en el momento de la penetración, como no se verá hasta varios siglos después, con el florecimiento de la pornografía propiciado por la imprenta, y que en los siglos XVIII, XIX y XX tuvo una verdadera explosión comercial, particularmente en ediciones hechas en papel; la llegada del Internet significó la digitalización de la pornografía, que ahora se puede llevar clandestinamente en el teléfono celular, sin provocarnos vergüenza, como ocurría antes, cuando se tenía que esconder bajo el brazo la revista porno, entre otras publicaciones.

También de la Antigüedad nos ha llegado un mito que aún mantiene mucha vigencia: el de Eros y Psique (Fig. 1), la conjugación del amor carnal (Eros) y el intelectual y espiritual (Psique). La pareja de enamorados estaba condenada de antemano al fracaso, dadas sus naturalezas contrarias.

Fig. 2
“Cupido y Psique” Antonio Canova

La historia quedó fijada por Ovidio en sus Metamorfosis, y sirvió a otros autores latinos, como Apuleyo. En artes plásticas, destaca la pieza del autor romántico francés Francois Gérard, cuya “Eros y Psique”, ahora en el Louvre, es un ejercicio plástico que proyecta el patetismo de David, pero sin alcanzar la misma resolución dramática. La obra de Gérard se estaciona en cierto amaneramiento que tira hacia la ingenuidad. En cambio, la escultura “Cupido y Psique” (Fig. 2), del artista italiano Antonio Canova, proyecta una sensualidad plástica que sólo Rodin podrá superar un siglo más tarde.

Fig. 3
“El beso” Rodin

A pesar de la presión ejercida por las élites religiosas, durante la Edad Media los anónimos artistas encontraron la oportunidad de representar representar escenas impregnadas de un franco erotismo. Los lugares preferidos fueron justamente en las sillerías y en las piezas labradas en cantera de las catedrales románicas y góticas de Francia y España, principalmente.

Pero quizás el non plus ultra del erotismo lo encontremos en la celebérrima escultura de Rodin, titulada precisamente “El beso”(Fig. 3). La pieza no sólo es un acabado estudio anatómico, que en realidad queda en un segundo plano. La composición destaca la sensualidad y el arrebatamiento de la entrega en un solo beso.

Fig. 4
“El beso” Gustav Klimt

En este carril erótico circula una pintura de Gustav Klimt, también titulada “El beso”(Fig. 4), que resalta por el erotismo contenido en las sugerentes formas de la mujer retratada y besada por su amante. La explosión cromática de la pieza, apoyada esencialmente en tonos cálidamente amarillos, nos habla de una intensa pasión. Su “Adán y Eva” también destaca por la posición frontal de Eva, cuyo cuerpo opaca al de Adán, en una reivindicación del ideal femenino.

Fig. 5
“Desayuno sobre la hierba”
Edouard Manet

“Desayuno sobre la hierba” (Fig. 5), de Edouard Manet, es otro acabado ejemplo de erotismo, contado en clave simbólica. Curiosamente, buena parte del significado descansa en un elemento aparentemente insignificante, pero que en realidad es decisivo: una rana que aparece en la parte inferior del cua­dro. En la sociedad parisina de finales del siglo XIX, el batracio connotaba la prostitución. Estamos, así, ante un cuadro sobre cortesanas. En cambio, “Los amantes”, de Marc Chagall nos habla de un sentimiento clandestino. Temporal­mente, la historia se reproduce durante la noche, mientras vemos a una pareja abrazada, que refleja miedo, pero también tranquilidad espiritual, mientras son vigilados por un ángel que ronda en torno suyo. Su felicidad desborda los lími­tes del cuadro y nos contagia.

Fig. 6
“Retrato del Matrimonio Arnolfini” Jan Eyck

En otro registro se encuentra el “Retrato del Matrimonio Arnolfini” (Fig. 6), pintado en 1434 por Van Eyck. La pieza es una de las más conocidas de este artista flamenco, en donde volcó su virtuosismo para los detalles. Obra minu­ciosa que refleja solemnidad y pragmatismo a un tiempo, y donde ciertamente el amor brilla por su ausencia. A cambio, nos asomamos por una ventana de la historia cultural del matrimonio, que veía en las ganancias monetarias el ver­dadero fin de los enlaces.

Fig.7 «Los amantes» Rene Magritte

Para cerrar este apretado recorrido por el amor retratado, quiero referirme a uno de los autores más acongojados de la historia de la pintura: el belga René Magritte. Inscrito en la corriente surrealista, sus piezas son a la vez un reflejo de nuestra inquieta mente, pero también de nuestra fragilidad psíquica. Magritte niega el rostro, y con él la mirada, la expresión de algún sentimiento. Y así ocurre con “Los amantes” (Fig. 7), en donde una pareja con el rostro cubierto se funde en un abrazo lleno de angustia, pero también de amor. Magritte se rinde ante la necesidad humana de contacto, aun cuando nuestra pareja sea una absoluta desconocida, alguien de quien no tengamos ninguna certeza, y que tal vez aca­be traicionándonos o abandonándonos. Así como suele ocurrir con el amor.

Yassir Zárate Méndez

Comparte este artículo