BRUJAS

Se cuenta por los lugares más recónditos de la región de Tlaxcala, México, sobre la existencia de seres maléficos que bajo el influjo del Sol o de la Luna cambian su apariencia. Algunos son vistos en forma de totolas, otros en su forma clásica de mujeres ancianas con aspecto frágil e inocente, pero que te visitan con las más infames intenciones: matar a tus niños para beber su sangre.

Fue tal el caso de un joven matrimonio que vivía en una casita en el monte, por la región de Santa María Nativitas; aparentemente se trataba de gente buena, de trabajo, y que tenía un buen futuro por venir.

La chica hacendosa no faltaba a sus obligaciones y atendía a su marido en todo, siendo él también muy cumplido, atento y amoroso con su esposa. Fiel a su promesa de cuando se casaron, le proveía de todo, incluyendo alimentos que ella parecía hacer rendir al doble, pues cada que él pedía algo, siempre había. Sin embargo, un día él empezó a notar que pasaba algo raro.

—Come conmigo, le rogaba a su mujer.

—Ya comí, contestaba ella.

El joven notaba una palidez extraña en la piel de su esposa.

—Creo que me mientes y no estás comiendo —le dijo un día. He notado que la comida y cosas que traigo solo las consumo yo. Hace tres días traje fruta, carne, pollo, frijoles, y de todo lo que traigo parece que solo yo he comido.

—No —le contestó ella. Sí estoy comiendo lo que me traes, pero a veces, cuando andas en la labor, viene mi mamá y me trae comida y las dos comemos de ahí.

En ese rato casualmente llegó la suegra diciendo: ”Miren, un vecino mató un borreguito y nos dio la sangre. Me la traje para prepararla y comerla”.

—No —contestó el muchacho—, yo no quiero. Me da asco la sangre.

—Pero si tú comes de todo —le dijo la suegra.

—Sí, contestó él, pero la sangre no; ya le dije que me da asco.

Las dos mujeres se miraron y sin hacerle mucho caso comieron muy alegres aquella sangre casi fresca. Rato después, al muchacho le dio sueño después de tomar un té que su esposa le preparó, por lo que se quedó dormido sobre el petate. La muchacha se puso a hacer sus quehaceres y la suegra se fue. Más tarde, el muchacho despertó con una extraña sensación de temor y con mucho frío. Medio dormido aún, escudriñó el interior de la humilde vivienda y al no ver nada raro, se dispuso a avivar el fuego de la hornilla ubicada en uno de los extremos, dentro de la misma vivienda. Tomó unos pedazos de madera, que en medio de la semi oscuridad los sintió algo extraños, pero aun así  los arrojó al fuego. ——

—¡Mis patas! ¿Qué hiciste con mis patas? —le gritó una horrorosa mujer a la que no reconoció a primera vista, y que se revolvía en medio de llantos desesperados, gritos y graznidos, mientras se abalanzaba al fogón y rescataba lo que parecían dos troncos de madera humeantes, al tiempo que se transformaba en un pajarraco que velozmente emprendió el vuelo aleteando agitadamente.

El muchacho quedó paralizado del miedo, pero en medio de su terror se dio cuenta que la mujer que gritaba y graznaba al mismo tiempo era su suegra. Fue entonces que se dio cuenta que ella, y quizás también su esposa, eran las brujas de las que se hablaba en todo el pueblo y en caseríos cercanos.

 La suegra se refugió en una cueva cercana a las montañas y ya recuperada, cambió su aspecto físico y de camino a su casa, la cual quedaba algo lejos, llegó a visitar a una conocida que en ese momento echaba tortillas y preparaba un atole de masa en la hornilla.

—Dame algo de comer, que tengo hambre —le dijo la visitante a la mujer que no despegaba el ojo de su pequeño hijo que dormía cerca del fogón.

—Qué hermoso tu niño. Dámelo para cargarlo un rato, en lo que terminas tu quehacer —le dijo la anciana a la mujer, quien  la vio con desconfianza. —No —le contestó—, porque está dormido y si despierta ya no me va a dejar hacer nada.

—Quiero cargarlo un rato, es muy hermoso —insistió la anciana .

—Mejor cómase estas tortillas de trigo y tome el atole calientito en lo que le doy de beber a los animales —le dijo la campesina, dirigiéndose a los corrales.

—Está bien —respondió la anciana, aceptando los precarios alimentos, pero en realidad no los tocó.

Cuando la campesina volvió a la cocina, la anciana ya no estaba, y aunque el niño parecía dormir profundamente, una extrema palidez anunciaba que había sido una víctima más de las brujas.

 Mientras tanto, en la humilde casita del monte, el joven, triste y cabizbajo, esperó pacientemente a su esposa y le contó lo sucedido. Ella simplemente lo miró y le dijo que quizá algo le había caído mal de la comida, lo que le hacía sufrir alucinaciones. Lo cierto es que a partir de aquella noche, nadie volvió a saber más del joven campesino, mientras que la esposa, siempre hermosa, siempre joven, después de cientos de años, sigue viviendo sola en esa casita del monte, acompañada de un perro fiel que la gente dice que es un nahual que nunca la abandona, y que a veces aúlla en las noches, como llorando tristemente, sobre todo cuando hay luna llena.

Yazmin Zárate

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