Cambio climático: el tiempo de respuesta se agota

El 4 de abril de este año, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), emitió un comunicado a propósito de la tercera entrega del Sexto Informe de Evaluación (IE6) del IPCC.

El reporta resulta desolador, aunque deja visos de esperanza, si se comienza a actuar ahora mismo.

En Momento hemos dado cuenta del panorama global del cambio climático. A través de entrevistas con expertos y líderes mundiales en el tema, todos ellos mexicanos y que desarrollan numero­sos proyectos de investigación, hemos compartido con nuestros lectores el estado actual de la situación, así como los avances y retrocesos que se han dado en todos estos años.

Ahora nos encontramos con esta tercera entrega del Sexto Informe de Evaluación del IPCC, cuyas conclusiones son contundentes: nuestra frenética actividad hiperconsumista, el modelo económico y las prácticas extractivistas están provocando profundos cambios en los patrones climáticos a escala pla­netaria, lo que pone a nuestra especie al filo de una situación irreversible e irremediable, si seguimos por la misma senda.

Estado del tiempo y clima: parecidos, pero diferentes

Desde hace unos cuarenta años, la expresión “cambio climático” comenzó a colarse en las notas de algunos medios informativos. Invariablemente iba aso­ciada a otra expresión, con la que tiene mucho que ver: “calentamiento global”.

Pegada a esta última, encontramos una tercera expresión, “efecto inverna­dero”. En este artículo vamos a tratar de explicar el sentido de cada una de estas tres expresiones.

Aunque muchos piensan que es lo mismo, en realidad se trata de fenómenos diferentes, pero muy relacionados en el actual contexto de nuestro planeta.

Por lo regular, el común de la gente confunde al clima con el estado del tiempo.

Como nos explica el investigador del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, René Garduño, el estado del tiempo es el resultado de las condiciones atmosfé­ricas, como temperatura, humedad y presión, en un lugar y hora determinado, pero en un lapso reducido, unas horas e incluso algunos días.

En cambio, el clima “es el prome­dio de las condiciones meteorológicas en periodos del orden de un mes o mayores”. De esta manera, nos dice el investigador de la UNAM, podemos saber cómo fue el clima de Tlaxcala en diciembre de 2010.

Garduño nos detalla que hay tres disciplinas interesadas en estudiar las

condiciones de la atmósfera. Por un lado, se encuentran la meteorología y la climatología, de las que ya expliqué sus objetos de estudio (los meteoros o condiciones atmosféricas, para el caso de la meteorología, y el clima propiamente dicho, para la climatología).

Una tercera área la constituye la física del clima, asienta René Garduño, y que viene siendo el estudio de los estados y procesos del clima, a través de la comprensión de las relaciones fisi­comatemáticas expresadas en modelos.

Aquí es donde entran los concep­tos mencionados al principio de este apartado, es decir, efecto invernadero, calentamiento global y cambio climático.

La física del clima

La Tierra tiene unos 4,500 millones de años, horas más, horas menos. En ese lapso, ha presentado diferentes condiciones climáticas. La interacción entre atmósfera, océanos y continentes ha ido cambiando a lo largo de los eo­nes, lo que ha propiciado muy variados escenarios.

A esto hay que agregar factores externos a nuestro planeta, pero que también han jugado un papel funda­mental. El más importante es el del Sol, cuya energía llega a nuestro planeta y es la que permite la mayor parte de la actividad en esta inmensa roca que es nuestro hogar, incluyendo la vida; sin embargo, del espacio también han llegado objetos como asteroides, que han tenido un impacto devastador, no sólo en el clima, sino en otros aspectos (como la vida misma).

Y si no me creen, pregúntenles a los dinosaurios.

Más allá de esos eventos catastróficos, muy puntuales y relativamente escasos, el clima terrestre se ha regido por los elementos ya expuestos: Sol, atmósfera, océanos y continentes.

La relación con el Sol es fundamental. La Tierra se ubica en la llamada zona habitable, una franja donde las condi­ciones son propicias para la aparición y desarrollo de formas vivientes, a partir de la distancia que guardamos con nuestra estrella.

Sin embargo, hay aspectos que parecen jugar en contra de esas con­diciones favorables. Una de ellas es la temperatura efectiva del planeta, que de acuerdo con René Garduño, tendría que ser de -18 grados centígrados. En cambio, la temperatura promedio es de 15 grados centígrados.

“La clave está —nada menos— que en… ¡el efecto invernadero!”, exclama Garduño.

“La atmósfera es casi transparente a la radiación que viene del Sol, pero es muy opaca a la radiación emitida por la superficie (continente y océano). Esta radiación atrapada calienta el aire, principalmente sus capas inferiores, y da lugar a una temperatura ambiente mucho más alta que si no hubiera atmósfera. Esto es el famoso efecto invernadero”, refiere Garduño.

En otras palabras, sin efecto inver­nadero, el planeta sería un inmenso congelador, un páramo helado, muy probablemente sin vida.

Ahora bien, la atmósfera está compuesta por gases, hasta en un 99

por ciento por oxígeno y nitrógeno (y argón, como dice la canción de Mecano, aunque el argón en realidad es residual).

Como nos explica René Garduño, si solo hubiera oxígeno ni nitrógeno, el aire sería igual de respirable, pero estaríamos a -18 grados. Se necesitan otros gases para elevar la temperatura del planeta. Esos son los llamados gases de efecto invernadero, principalmente bióxido de carbono (el archifamoso y poco comprendido CO2) y el vapor de agua.

CO2 y agua son producidos de manera natural por los habitantes del planeta. En cada exhalación, contribuimos infinitesimalmente a aumentar la presencia de bióxido de carbono en la atmósfera, y por lo tanto a calentarla. El problema es que la actividad humana está alterando ese equilibrio que lleva cientos de millones de años.

Qué rayos es el cambio climático

“En los últimos dos siglos, el creci­miento exponencial de la población y de los niveles promedio del consumo individual impulsó un vertiginoso incremento de la demanda global de todo tipo de recursos y modificó casi completamente la superficie del planeta. La base de la expansión del consumo fue el ritmo explosivo del desarrollo tecnológico que hizo que por primera vez el género humano produjera impactos globales sobre el planeta, cambiando drásticamente la vida del mismo. Uno de estos impactos son las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero que durante los últimos 150 años han contribuido a un calentamiento totalmente inusual”.

La extensa cita es por cortesía del investigador argentino Vicente Barros,

quien en su libro El cambio climático global. ¿Cuántas catástrofes antes de actuar?, describe el papel que nuestra especie está jugando en la alteración de los patrones climáticos del planeta.

Hasta aquí hemos explicado qué son el efecto invernadero y el calen­tamiento. Ahora bien, la actividad industrial iniciada a finales del siglo XVIII en Europa, que se fue exten­diendo poco a poco a todo el mundo, se ha alimentado con combustibles de origen fósil, carbón y petróleo, en ese orden cronológico de uso.

Las productivas máquinas de vapor que pulularon en fábricas de tejidos o en barcos y locomotoras cumplían sus tareas quemando carbón.

Máquina de vapor más carbón, daba como resultado una mercancía. Una tela, por ejemplo. Pero la ecuación dista mucho de ser inocua.

Al quemar carbón para calentar el agua y pasarla del estado líquido al gaseoso, es decir, vapor, con la que se moverían los pistones de los telares mecánicos, la combustión libera bióxido de carbono contenido en el carbón. Multipliquen eso por miles de millones de veces durante más de dos siglos y tendremos un incremento dramático de este gas en la atmósfera.

Pero el problema apenas comenzaba.

Ávidos de energía, los industriales encontraron en el petróleo y sus de­rivados, como la gasolina, una nueva fuente, tan nociva como la basada en el carbón. Todo el siglo XX testimonia nuestro frenético y tóxico amor por el petróleo.

Los últimos 200 años han sido terribles para el equilibrio del planeta.

Ahora mismo no voy a hablar sobre la desaparición de especies, ni de la destrucción de ecosistemas. Esa tragedia la veremos en otra ocasión.

A estas horas del día, la industria ha quemado miles de millones de kilos y litros de carbón y petróleo. Como resultado, se han inyectado cantidades ingentes de bióxido de carbono a la atmósfera. En consecuencia, se ha intensificado el efecto invernadero, propiciando el calentamiento global de la atmósfera, y con ello se están alterando los patrones climáticos.

A escala global ha habido un au­mento de la temperatura promedio de más de un grado centígrado (1.1, para ser exactos), de acuerdo con medicio­nes efectuadas por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, una agencia gubernamental de Estados Unidos.

Ese aumento de la temperatura obviamente no es parejo. En algunos lugares el incremento es más notorio. Esto ha provocado diferentes fenómenos, como temperaturas extremas sin pre­cedentes, sequías prolongadas y lluvias torrenciales, debido al dislocamiento de los factores meteorológicos.

Eso es el cambio climático

Bienvenidos al Antropoceno.

Un paréntesis para hablar del IPCC

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático es “el órgano internacional encargado de evaluar los conocimientos científicos relativos al cambio climático”.

Establecido en 1988 por la Or­ganización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Nacio­nes Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), tiene el propósito de facilitar “evaluaciones periódicas sobre la base científica del cambio climático, sus repercusiones y futuros riesgos, así como las opciones que existen para adaptarse al mismo y atenuar sus efectos”.

El Grupo refiere que proporciona una base científica a los gobiernos, a todos los niveles, para la formulación de políticas relacionadas con el clima, y sirven de apoyo para las negociacio­nes de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

Ahora bien, aunque esas evalua­ciones revisten importancia política, “no poseen carácter preceptivo, es decir, pueden servir para presen­tar proyecciones sobre el cambio climático futuro basadas en varias hipótesis, los riesgos que conlleva el cambio climático y las repercusiones de las posibles medidas de respuesta al mismo, pero no para determinar las medidas que deben adoptar las instancias normativas”. En otras palabras, sus conclusiones no son vinculantes ni obligatorias.

Actualmente cuenta con 195 países miembros.

El sexto informe del IPCC

El lunes 9 de agosto de 2021, el IPCC dio a conocer su sexto informe. Sin ambages, a diferencia de la cautela mostrada en los cinco reportes pre­vios, el organismo dependiente de la Organización de las Naciones Unidas es contundente en cuanto al papel del ser humano en el calentamiento global y las alteraciones climáticas.

Desde el primer informe, emitido en 1990, tras la creación del IPCC en 1988, la acumulación de datos apuntaba de manera consiste hacia la misma di­rección: nuestra especie y, en concreto, a actividades como el uso extensivo de combustibles fósiles, la consecuente emisión de gases de efecto invernadero o la destrucción total o parcial de su­mideros de bióxido de carbono, entre otros efectos colaterales.

Con el paso de los años, la evidencia era cada vez más contundente, a pesar de las reticencias de los gobiernos o de los políticos de algunos países, princi­palmente de los más involucrados en el uso de carbón y petróleo.

Por otra parte, el carácter colegiado del IPCC lo ha obligado a ser extrema­damente cauteloso en sus conclusiones. Sin embargo, el informe emitido este año es definitivo.

“Si revisas el primer reporte de eva­luación, que fue en 1990, hasta ahora que se emitió el sexto, hay pocos cambios de fondo en estos informes. Básicamente ha sido lo mismo desde 1990 para acá. Tenemos gran certeza sobre lo que se hizo. La parte de quién tiene la culpa está clarísimo. Somos nosotros. Como se indica en este último reporte, es inequívoco. La diferencia más signifi­cativa con respecto al reporte de 2013 sería el de considerar a las actividades humanas como el principal factor que está generando el cambio climático. Pero eso ya lo sabíamos desde los reportes anteriores”, apunta el coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático (PINCC), Francisco Estrada Porrúa.

Ha sido una paulatina rotación en el giro de la responsabilidad, acota, ya que se pasó de una ponderación de “Es probable”, como se consignó en el tercer reporte de evaluación, a una sentencia de “Es muy probable”, en el cuarto informe, hasta llegar a que se trata de algo “inequívoco” en la más reciente evaluación del Grupo I.

“Lo que va cambiando son los niveles de certeza que tenemos sobre algunas afirmaciones”, remata Estrada Porrúa.

Eventos al extremo

En esta progresión, sobresale la escalada de los eventos extremos. Se trata de diferentes fenómenos naturales cuya intensidad ha ido en aumento. Ahora se están volviendo más comunes, frecuentes… e intensos.

Algunos de ellos tienen una señal muy clara y su origen “se puede atribuir de una manera más fácil, por ejemplo, las ondas de calor o algunas situaciones de precipitaciones extremas”, externa.

Ejemplos abundan, como las intensas olas de calor que azotaron a Canadá y Estados Unidos en el verano de 2021. Numerosos medios dieron cuenta del fenómeno, que acabó costando la vida de decenas de personas.

Así lo consignó la BBC: “Una abra­sadora ola de calor “sin precedentes” con temperaturas que rozan los 50 °C está azotando Canadá y algunas partes del noroeste de Estados Unidos. El fenómeno, causado por un “domo de calor” de aire caliente estático a alta presión, se extiende desde California hasta los territorios árticos. Solamente en Vancouver se han registrado desde el viernes al menos 130 muertes repen­tinas, siendo el calor extremo un factor determinante”.

En cuanto a las lluvias extremas, el verano pasado también dejó precipi­taciones que ocasionaron numerosos desastres en Bélgica y Alemania, tam­bién con decenas de fallecimientos de personas.

“Las lluvias récord hicieron que los ríos se desbordaran, devastando la re­gión y provocando que algunos pueblos terminaran totalmente destruidos”, consignó la BBC el 17 de julio de 2021.

La nota de la televisora pública britá­nica recogía que “los expertos sostienen que las catastróficas inundaciones en Europa occidental son parte de una crónica de un desastre anunciado y que el culpable es el cambio climático. Muchos factores contribuyen a las inundaciones, pero una atmósfera más caliente a causa del cambio climático aumenta la probabilidad de lluvias extremas”.

¿Así o más contundente?

Sin embargo, Estrada Porrúa acepta que en otros eventos todavía queda “un grado de incertidumbre”.

Ese es el caso de los huracanes en el Atlántico. Y eso no tiene que ver con la falta de evidencia o de conocimiento suficiente, sino que a veces los datos están incompletos o se trata de series muy cortas.

Sin embargo, la información disponible apunta a que esos eventos extremos han estado aumentando, y lo que nos dicen los modelos, que también vienen en este reporte, es que dichos eventos extremos, como los huracanes, pueden volverse más intensos.

Mecanismos de contención

Hasta ahora, los mecanismos diseña­dos y los acuerdos firmados de manera multilateral siguen dando pocos frutos. A pesar de las buenas intenciones que hay detrás de iniciativas como el Acuerdo de París, los esfuerzos siguen siendo insuficientes.

Bajo la actual dinámica económica se dificulta aún más lograr los objetivos trazados sobre el incremento global de la temperatura. Ahora mismo el planeta se encuentra 1.1 grados centígrados por arriba de la temperatura promedio de la época preindustrial, esto es, antes del último cuarto del siglo XVIII.

A pesar de este panorama, hay al­gunos brotes verdes, como la reciente iniciativa planteada por el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, a pesar de los múltiples intereses que podrían acotarla.

“Si la propuesta de Biden se cumple, sería un gran avance para disminuir las emisiones globales de gases de efecto invernadero”, apunta el universitario. Ahora bien, ese plan debe ser respaldado por el Congreso estadounidense y luego dotarlo de los fondos suficientes para dar resultados.

Otra conclusión poco halagüeña es que el cambio climático ya es un fenómeno irreversible y sus consecuen­cias las padeceremos en las siguientes décadas y centurias.

“Hay una cosa que es importante. El cambio climático no es algo que vayamos a solucionar. Más bien es un problema que podemos hacer más grave o podemos tratar de mantenerlo o manejar. Pero arreglarlo no va a ocurrir. Es un problema con el que vamos a tener que vivir; los efectos de haber cambiado las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera vamos a estar viviéndolos por siglos”, expresa.

Al problema de la inercia econó­mica que pone trabas para reducir las emisiones, se debe sumar la cuestión de la memoria del sistema clima, que también tiene una inercia muy grande. De hecho, todavía no acabamos de ver la respuesta a dicho sistema clima.

“Aunque paráramos las emisiones o las mantuviéramos constantes al valor de hoy, todavía tendríamos una importante respuesta del sistema clima que no hemos visto. De hecho, en el reporte del IPCC, nos dicen que en las próximas dos décadas es bastante probable que rebasemos los 1.5 grados centígrados en la tempera­tura global, con respecto a la época preindustrial, y eso tiene mucho que ver con lo que tú mencionas, con la inercia de la economía, pero también con la inercia del sistema climático”, advierte el especialista.

Nos falta mucho para llegar a los objetivos del Acuerdo de París para mantenernos por debajo de un incre­mento de dos grados centígrados en la temperatura promedio global.

“Eso involucra una reducción muy rápida de nuestras emisiones y a partir de la mitad de este siglo, llegar a tener emisiones negativas, es decir, en vez de poner más gases de efecto invernadero en la atmósfera, lo tendríamos que estar secuestrando”, externa el investigador de la UNAM.

El caso de México

El sexto informe del IPCC clasifica a México como un país muy insuficiente en cuanto a las acciones para hacer frente al cambio climático.

México es particularmente vulnerable al cambio climático. Además de mitigar, tenemos que estar muy preocupados en cómo nos vamos a adaptar y eso pasa por generar el conocimiento suficiente para implementar acciones de adaptación. Uno se adapta a algo, en algún momen­to y bajo ciertas circunstancias y con cierto objetivo. Y eso, aunque hemos avanzado de manera importante y sin la investigación de cambio climático nos falta mucho camino por recorrer.

Por ejemplo, si uno se pone a pen­sar en qué se tendría que hacer en un municipio de Veracruz, tendríamos que contar con información suficiente para implementar esas medidas de adaptación.

“El cambio climático es un problema muy severo para México. Los impactos durante este siglo serían equivalentes a perder entre uno y casi cinco veces el producto interno bruto del país. En agricultura, lo que hemos visto es que el cambio climático puede limitar, de manera muy importante, nuestra capa­cidad para generar alimentos”, señala.

Y continúa: en algunos casos, en las próximas décadas, puede haber pérdidas en rendimientos de hasta 20 por ciento, dependiendo la entidad federativa y el cultivo; para finales del siglo hay algunos cultivos y estados donde se puede llegar a tener reducciones en el rendimiento de hasta el 80 por ciento.

Y es que se podrían perder 2.5 años de producto agrícola de México actual, y eso solamente considerando seis cultivos. Esa es una subestimación porque ha faltado tiempo para ver qué pasa con los demás cultivos. Las pér­didas pueden llegar a ser cinco veces mayores en algunos estados, concluye Estrada Porrúa.

De vuelta al IPCC

Para el IPCC, la urgencia es clara: ahora es el momento de actuar.

Y es que en el período 2010-2019, las emisiones de gases de efecto in­vernadero medias anuales a escala global se situaron en los niveles más altos de la historia de la humanidad, aunque al menos el ritmo de aumento ha disminuido.

“Si no logramos fuertes reducciones de las emisiones de forma inmediata en todos los sectores, limitar el calen­tamiento global a 1,5 °C (2,7 °F) estará fuera de nuestro alcance”, consigna el IPCC en su comunicado del pasado 4 de abril.

Sin embargo, también concede que hay cada vez más evidencias de la acción por el clima, según se desprende del último informe del Grupo Interguber­namental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).

“Desde 2010, se han observado disminuciones sostenidas de hasta el 85 % en los costos de la energía solar y eólica y de las baterías. A través de un conjunto de políticas y leyes cada vez más amplio, se ha mejorado la eficiencia energética, se han reducido las tasas de deforestación y se ha acelerado la utilización de las energías renovables”, añade.

“Estamos en una encrucijada. Las decisiones que adoptemos ahora pueden asegurar un futuro digno. Contamos con las herramientas y los conocimientos especializados necesarios para limitar el calentamiento”, sostuvo Hoesung Lee, presidente del IPCC, durante la rueda de prensa que ofreció el grupo de expertos momentos después de dar a conocer el reporte.

“Me alientan las acciones climáticas adoptadas en muchos países. Hay políti­cas, reglamentaciones e instrumentos de mercado que están resultando eficaces y que, si se amplían y se aplican de una manera más generalizada y equitativa, pueden respaldar una fuerte reducción de las emisiones y fomentar la innova­ción”, expuso.

El Resumen para responsables de políticas del Grupo de Trabajo III del IPCC, Cambio climático 2022: mitigación del cambio climático, fue aprobado el 4 de abril de 2022, por los 195 Estados Miembros del IPCC, en una reunión de celebrada en formato virtual a partir del 21 de marzo.

Dicho informe constituye la tercera entrega del Sexto Informe de Evalua­ción (IE6) del IPCC, que se completará este año.

Contamos con opciones en todos los sectores para reducir, al menos, a la mitad las emisiones de aquí a 2030. Para limitar el calentamiento global, se necesitarán transiciones importantes en el sector energético. Esto implicará reducir de forma contundente el uso de los combustibles fósiles, extender la electrificación, mejorar la eficiencia energética y utilizar combustibles al­ternativos (como el hidrógeno), reseña el comunicado del IPCC.

“Si disponemos de las políticas, la infraestructura y las tecnologías adecuadas para realizar cambios en nuestros estilos de vida y comporta­mientos, de aquí a 2050, podremos reducir las emisiones de gases de efecto invernadero entre el 40% y el 70%. Esto ofrece importantes posibilidades que aún no hemos aprovechado”, indicó Priyadarshi Shukla, copresidente del Grupo de Trabajo III del IPCC.

“La evidencia indica que estos cambios en el estilo de vida pueden mejorar nuestra salud y bienestar”, agregó.

Las ciudades y otras zonas urbanas también ofrecen importantes oportu­nidades para reducir las emisiones. Esta reducción puede lograrse mediante un menor consumo de energía (por ejemplo, creando ciudades compactas y caminables), la electrificación del transporte en combinación con fuen­tes de energía de baja emisión, y una mayor absorción y almacenamiento de carbono a través de la naturaleza. Hay opciones para las ciudades nuevas, consolidadas y en rápido crecimiento.

“Vemos ejemplos de edificios de energía cero o sin emisiones de car­bono en casi todos los climas”, señaló Jim Skea, copresidente del Grupo de Trabajo III del IPCC.

“La adopción de medidas en esta década es fundamental para aprove­char el potencial de mitigación de los edificios”, remató.

Para el IPCC, la reducción de las emisiones en la industria implicará “el uso de los materiales de manera más eficiente, la reutilización y el reciclaje de productos, y la reducción al mínimo de los residuos”.

En cuanto a los materiales básicos, incluidos el acero, los materiales de construcción y los productos químicos, los procesos de manufacturación de bajas emisiones o de emisión cero de gases de efecto invernadero se encuentran en las etapas de pruebas o cercanas a la comercialización.

“Este sector representa aproximada­mente una cuarta parte de las emisiones globales. Será difícil alcanzar las emi­siones netas iguales a cero y, para ello, será necesario crear nuevos procesos de producción, emplear hidrógeno y electricidad de bajas o cero emisiones y, cuando sea necesario, aplicar técni­cas de captura y almacenamiento de carbono”, apunta el IPCC.

Por otra parte, la agricultura, la silvicultura y otros usos de la tierra pueden reducir las emisiones a gran escala, así como eliminar y almacenar dióxido de carbono a gran escala.

Sin embargo, se acepta que la tierra no puede compensar la demora de las reducciones de las emisiones en otros sectores. Las opciones de respuesta pueden beneficiar a la biodiversidad, ayudarnos a adaptarnos al cambio climático y garantizar los medios de subsistencia y los suministros de ali­mento, agua y madera.

“Los próximos años son críticos”, recalcan los expertos del IPCC, con lo que coinciden con los investigadores mexicanos.

“En los escenarios que evaluamos, para limitar el calentamiento a apro­ximadamente 1,5 °C, es necesario que las emisiones de gases de efecto invernadero a escala global alcancen su punto máximo antes de 2025, a más tardar, y se reduzcan en un 43%, a más tardar, en 2030; por otra parte, también habría que reducir el metano en alrededor de un tercio. Aunque esto suceda, es casi inevitable que superemos temporalmente este um­bral de temperatura, pero podríamos volver a situarnos por debajo de él a finales de siglo”, consigna el reporte.

“Si queremos limitar el calentamiento global a 1,5 °C, este es el momento, es ahora o nunca”, sentenció Skea. “Sin una reducción inmediata y profunda de las emisiones en todos los sectores, será imposible”.

La temperatura global se estabili­zará cuando las emisiones de dióxido de carbono alcancen el nivel cero neto. Para llegar a 1,5 °C, debemos alcanzar las emisiones netas de dióxi­do de carbono iguales a cero a nivel mundial a principios de la década de 2050; para 2 °C, a principios de la década de 2070.

En este informe de evaluación se señala que, para limitar el calentamiento a 2°C será necesario que las emisiones de gases de efecto invernadero a escala global alcancen su nivel máximo en 2025, a más tardar, y que se reduzcan en un cuarto antes de 2030.

A pesar del complicado panorama, hay una ventana abierta a la esperanza si de aquí a 2030 podemos reducir las emisiones de gases de efecto inverna­dero a la mitad.

El tiempo de respuesta se agota.

Comparte este artículo