Con el sol en la maleta

Alguna vez escuché a un poeta irlandés decir que los árboles eran bellos en otoño, era demasiado joven para entender esa metáfora. Cuando tienes 23 años y estás recién egresado de la universidad, no entiendes ese tipo de poemas. Ahora a punto de cumplir 63 años mientras espero en la estación de tren la llegada de Nadia, mi única hija, y veo las hojas color café a punto de caer de los árboles que rodean la estación, siento algo de nostalgia por esos tiempos cuando amaba leer y escribir poesía. Es un atardecer hermoso y el sol refleja sus últimos rayos de la tarde sobre los enormes ventanales de la estación. Las personas van de un lado a otro y puedo percibir un ambiente per­fumado de melancolía. La nostalgia de los que se despiden, mezclada con la alegría de los que llegan. Esa puede ser la definición perfecta de una tarde otoñal.

Al ver tantas maletas, ir y venir, recordé cuando cantaba las estrofas de una canción triste que hablaba de guardar el sol en la maleta, por si el frio nos sorprendía sin saber a dónde ir, eso decía una de las estrofas. Ahora que las canas pintan parte de mi cabello recuerdo esos momentos de soledad. Recuerdo que parecía que nunca volvería a sentir ese milagro de amar nuevamente y fue cuando tuve esa necesidad de empacarlo todo.

Después de una fuerte decepción amorosa uno emprende un viaje con la maleta escondida y no desempaca para nada. Se olvida de canciones, de sentimientos, de emociones, de disfrutar los días soleados y de los majestuosos atardeceres, como el de esta tarde de otoño

Ya no recuerdo en qué momento dejé de lado la poesía y decidí trabajar en esa aburrida oficina de gobierno, atendiendo a esos solicitantes de licencias de manejo. Los atendía de manera mecánica, dibujaba una falsa sonrisa en el rostro para mostrarles una cara amable. No recuerdo cuántas licencias emití, y tampoco recuerdo algún momento en que me haya emocionado. En que haya sentido que lo que yo hacía, era útil para el mundo. Creo que en esa maleta imaginaria también empaqué mis ganas de vivir la vida.

La tarde se pone más melancólica cuando comienza a caer una ligera llovizna. El sonido ambiental anuncia la llegada del tren donde viene Nadia, trato de sonreír. La veo salir de la sala de llegadas con otra persona de la mano. Ya había mencionado en sus correos que se había enamorado y era feliz con Raúl, un ingeniero civil que trabajaba en el gobierno como yo. Me gusta verla sonriente y proba­blemente feliz. Se le nota una ligera barriga de embarazo, parece que seré abuelo. Después de mucho tiempo, algo me emociona. Y busco el sol que había ocultado en la maleta. Y ahora entiendo por qué los árboles son bellos en otoño, pero sobre todo entiendo que pase lo que pase en la vida, siempre habrá motivos para ser feliz.

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