Deseos no tan ilimitados

Por: Horacio López Muñoz
Catedrático de la Universidad Autónoma de Tlaxcala

Déjeme contarle que he tenido charlas muy sabrosas con nuestro editor en jefe, Yassir Zárate. Me encanta platicar de economía cada vez que puedo, porque se me antoja un campo fascinante en muchos niveles. La economía no es únicamente cálculos sobre oferta, demanda y cosas harto fascinantes y a veces muy complicadas, sino que también nos permite analizar lo que hacemos en nuestra vida diaria y entenderla en muchos niveles —gracias por sus enseñanzas, Dr. Alfredo Cuecuecha Mendoza.

Regresando al tema, Yassir y su servidor hemos abordado últimamente el tema de la inflación, los precios y el consumo en las mesas de opinión que tienen a bien organizar e invitarme en F.M. Centro de Apizaco. Como usted seguramente ha notado, la inflación ha complicado las cosas en nuestro bolsillo y ya lo estamos resintiendo. Esas mesas se ponen muy sabrosas, porque de repente uno lanza comentarios que, si bien por el tiempo disponible no pueden ser discutidos a profundidad, lo que hace que a veces parezca algo muy superfluo, sí hace que más de uno levante la ceja y se pregunte si lo que acaba de salir de la boca tiene sentido.

El caso es que, cuando opinábamos sobre lo que esperábamos de la cuesta de enero y en general lo que nos depara este año, lancé el mismo comentario que he vertido varias veces aquí: la clave para un consumo correcto tiene que ver con un análisis de lo que necesitamos y no necesitamos. Estoy convencido de que satisfacemos muchas necesidades que no son tales, sino que nos las inventamos (o inventaron). Incluso aquí mismo he escrito al respecto.

Por eso, cuando leí un artículo de Paul G. Bain y Renata Bongiorno, de la Universidad de Bath en el Reino Unido, que publicaron en Nature Sustentability1 me emocioné, porque el estudio que hicieron tuvo que ver en gran medida con esta percepción de consumo desmedido y potencialmente ilimitado que aparentemente tenemos los seres humanos: abordaron un tema que damos por sentado y lo cuestionaron.

Le explico.

Según la teoría económica, las personas deseamos consumir sin límite porque queremos sentirnos satisfechos y, generalmente, no lo logramos. Siempre queremos más y más. Esto significa que tenemos deseos económicos ilimitados que no pueden ser saciables.

La economía se trata de administrar los bienes escasos que todos deseamos consumir y toma como base este precepto. Esto se complica porque no tenemos todos los bienes para satisfacer nuestros deseos sin límite y más aún porque al ser insaciables, haremos todo lo posible por tener todo sin importar qué nos llevemos en el camino. Por ejemplo, el consumo de bienes hace que sobreexplotemos nuestros recursos naturales, con mucho desperdicio en el proceso, naturalizando esta consecuencia.

También ocasiona contaminación por el proceso industrial que conlleva no solo la extracción de la materia prima, sino su transformación. Dicho de otra manera, nuestro consumo desmedido tiene un impacto ambiental severo, lo que influye directamente en la sustentabilidad que necesitamos para seguir con un planeta sano y saludable.

Además, paradójicamente deseamos empresas comprometidas con el medio ambiente, y cuando una lo logra, lo celebramos porque escucha nuestros deseos de emitir menos contaminantes o de limitar su intrusión en comunidades o hábitats, mientras que, al mismo tiempo, a veces nos quejamos de que el producto verde ya no tiene o sabe igual que antes del cambio. Raramente nos ponemos a pensar si lo que consumimos realmente puede producirse sin comprometer al planeta. La sustentabilidad entonces se antoja muy complicada de alcanzar. Nuestra búsqueda de satisfacción sin límite impide realmente que la logremos bajo esta óptica.

Por otro lado, si queremos crecimiento económico, tenemos que producir y consumir. Si producimos en demasía, no solo agotamos nuestros recursos, sino que también comprometemos nuestro consumo futuro al usar materia prima que deberíamos reservar. Como el crecimiento económico a menudo se ve como un sinónimo de riqueza, en el que estimulamos la producción y el consumo, tanto la empresa como el gobierno adoptarán medidas para generarlo buscando la satisfacción ilimitada de su población.

El crecimiento verde se topa de pared: las empresas tenderán a buscar más ventas y con ello más producción fabricando a veces artículos que se nos presentan como innovadores e indispensables en nuestra vida, sobreexplotando los recursos naturales para hacerlo. Por su lado, el gobierno tenderá a crear políticas económicas que apoyen la idea de una mayor riqueza para el consumo.

Otra consecuencia del deseo ilimitado es que, si los recursos son escasos, se reparten entre la población. Si una persona acapara recursos mayores de los que necesita, invariablemente les quita el acceso a tales activos a otras personas. Además, está el hecho de que, no solo para comprar sino acaparar los productos, uno necesita dinero. Más dinero, de hecho. Por lo tanto, la acumulación de dinero se vuelve una meta.

Esta meta generalmente se mira como resultado de competitividad y de éxito personal porque, entre más tiene una persona, más valorada se siente tanto para sí misma como para quienes le rodean: no solo se logra la autosuficiencia económica y la independencia, sino que se alcanza la satisfacción de deseos simbólicos que tanto nos importan como personas. Estos deseos simbólicos no tienen que ver con algo específicamente físico, sino más bien con aspectos emocionales como el estatus que se obtiene al adquirir bienes exclusivos o al poseer cosas que los demás solo pueden soñar con tener, aunque no sean estrictamente necesarios.

La consecuencia es que se acepta que haya desigualdades donde no las debería haber: damos como natural que una persona acumule mientras que muchas no lo hagan, desequilibrando la balanza: donde se aceptan las desigualdades económicas, la acumulación de dinero y bienes sobre acumulación se ve con un caso de éxito, no de desequilibrio y de acaparamiento. Y eso sin contar que las personas no siempre tienen o nacen con las mismas oportunidades que el resto, lo que, aunado con ese símbolo da el pistolazo de salida al robo o a la criminalidad. Por eso se cuestiona el sistema económico que privilegia a unos y se olvida de la mayoría.

Podríamos decir que la causa de esta polarización económica es el neoliberalismo o la globalización, pero desde mi punto de vista, eso es una manera fácil de salir del paso si nos detenemos a pensar en la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos y si entendemos realmente esos fenómenos. Además, esto que

le acabo de contar implica que las personas solo acaparamos por hacerlo, invalidando los deseos genuinos. Por eso cabe preguntarse: ¿en realidad las personas tenemos deseos ilimitados? Tradicionalmente se toma como cierto, pero la investigación de Bain y Bongiorno nos sugiere otra cosa.

Lo que hicieron fue maravillosamente simple y al mismo muy complicado: les pidieron a 7,860 personas que imaginaran cuál sería su vida absolutamente ideal. Después, se les pidió que pensaran cuánto dinero necesitaban para alcanzar esa vida. Evidentemente no se conformaron con preguntar en un solo país que tiene sus propias características económicas, sino que lo hicieron a nivel global: esta encuesta se repartió en treinta y tres países en todos los continentes del planeta. Esto hace que se nos brinde una perspectiva global general de los resultados.

A continuación, se les comentó a los participantes, quienes ya tenían una idea de cuánto dinero necesitarían tener para alcanzar sus ideales económicos, que había la posibilidad de ganar una lotería hipotética de la que obtendrían el dinero que pensaron. El premio se podía elegir entre cifras que oscilaban entre un millón, diez millones y cien mil millones de la moneda local en la que se encontraban.

El razonamiento es simple: si las personas tenemos deseos insaciables, entonces el premio mayor de cien mil millones era el que debía escogerse y, aun así, quedaría pequeño en muchos casos.

Pero no fue así.

Resulta que en el 86% de los países en los que se encontraban las personas encuestadas eligieron el premio de sólo 10 millones de su moneda local. Incluso hubo personas que se quedaban con el de un millón.

Quienes eligieron el premio de los cien mil millones, fue una minoría. Y esa minoría representaba el 32% de la población en Estados Unidos y el 39% en Indonesia. En China, fue el 8% mientras que en Rusia fue del 11%.

En otras palabras, los países donde más se concentran las personas con deseos ilimitados e insaciables son aquellos donde se aceptan las desigualdades económicas como naturales y donde se tiende a ver como un caso de éxito la acumulación sobre acumulación.

¿Cómo es eso posible? Pues que las personas consideran que no necesitan esas cantidades exorbitantes para alcanzar la felicidad y satisfacer sus deseos económicos y llegar a su ideal de vida.

Lo que sugiere el estudio es que en realidad las personas parecemos no tener deseos ilimitados, así como que nuestro ideal de vida no depende de un consumo desmedido de bienes y servicios.

Eso es una noticia maravillosa porque plantea la posibilidad de que desarrollemos una resistencia al consumo de bienes no necesarios, caros e inútiles para nosotros. Una de las cosas que defiendo fervientemente no es que dejemos de consumir, sino que pensemos si necesitamos lo que queremos comprar. Eso es un consumo responsable y en general beneficiará nuestras finanzas y mejorará nuestra calidad de vida.

¿Se acuerda del panel que le conté al inicio? Las estrategias que proponíamos se enfocaban precisamente en un ahorro e inversión, pero estoy convencido de que la mejor forma de tener unas finanzas más saludables es no gastar en lo que no necesitamos, preguntándonos a nosotros mismos en el momento en que nos asalte el deseo si el producto que nos está haciendo ojitos realmente servirá física o emocionalmente —porque se vale— o si solo es un placebo para sentirnos temporalmente mejor o para satisfacer un deseo simbólico. Quizá incluso la terapia emocional sea la respuesta en estos casos y, créame, funciona increíble.

Un consumo racional nos da un faro de esperanza para alcanzar un crecimiento sostenible y cimenta el camino para un mejor futuro, porque podríamos conducir nuestras políticas hacia un consumo que sí se puede saciar.

Revista Momento

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