El beso del Final

El día ha comenzado con una terrible noticia en televisión, un tipo ha golpeado a su esposa con un bat hasta casi ma­tarla. Todos creíamos que era la pareja perfecta, aparentemente, pero la realidad era otra. Sus tres hijos se veían aterrados en televisión y pude ver en el rostro del niño más pequeño, una expresión similar a la que yo tenía cuando era niño y sufría por las discusiones de mis padres. Era una expresión entre hartazgo y miedo. Es imposible olvidar esas peleas que eran épicas y todo por filas continuas infidelidades de mi padre. Perdí la cuenta de las veces que tuvimos que dormir en un cuarto de hotel o en casa de la tía Lorena. Cuando tienes ocho años no entiendes mucho de la vida y quisieras ser mayor y solucionar los problemas del mundo. Cuando sea mayor, decía, cuando yo sea mayor, repetía como un mantra, yo resolveré todos estos problemas. Yo nunca seré como mi madre que no toma decisiones. Yo no viviré situaciones donde tenga que sufrir por no tomar decisiones drásticas. Era tan fácil dejar a don Ernesto, su esposo. Mi madre no dependía económicamente de él, además era inteligente, trabajadora y todo mundo la amaba.

Para qué alargar los finales, pensaba de niño. Pero mírenme ahora sentado en un bar con una botella de whisky enfrente y escuchando cancio­nes tristes. Sin poder mandar a volar ese trabajo donde llevo 20 años y nunca he sido valorado. Sin poder terminar esa relación donde Melisa regresa conmigo a curar las heridas de su exnovio. Hoy por la mañana ha dicho que se dará una quinta oportunidad con su ex, un tal Javier. Ah, pero eso sí, ella dice que, si no resulta, nos iremos a vivir juntos y ahora sí seremos felices para siempre. Dice muy segura de sí misma, sin pensar en lo que yo opine o sienta. Así es, yo me he convertido en Arely, mi madre, que con sus ojos enrojecidos se juraba que su esposo cambiaría. Pero nunca lo hizo.

En televisión suena esa vieja canción de Cristina Aguilera que habla cómo se siente ese último beso de una pareja donde ella imagina que es el beso del final. Y recuerdo lo que me pasó cuando esa canción estaba de moda. Vivía una relación de 10 años de noviazgo, había pedido la mano de Laura, mi novia de esos años. Pero una noche sentí ese beso diferente, pero no quise verlo. Una parte de mí decía que era el final y no quise verlo. Me aferré a esa historia de que todo iba a cambiar como lo he hecho tantas veces. Y fue lo más terrible que pude hacer. Alargar los finales solo nos causa sufrimiento que puede llevarnos a la muerte física o espiritual. Ella nunca se casó conmigo y ya había decidido dejarme, en ese tiempo no entendía lo difícil que fue para ella tomar esa decisión, pero ahora le reconozco que fue una mujer valiente.

Otro vaso de whisky aclara mis ideas, no necesitan decirlo, yo me convertí en lo que más detestaba de mi madre, esa manera de aferrarse a las cosas imposibles. Que algunas veces es bueno para salir adelante, pero la mayoría de las veces nos causa dolor.

Y así se ha ido mi vida en relaciones destructivas, en un trabajo horrendo y toxico. Pero siempre hay un momento en la vida en el que puedes decir ¡ya basta!

Y en este inicio de año, donde no he llegado al trabajo y he vagado por la ciudad pensando en que ahora estoy viviendo esa misma historia del beso del final en todos los aspectos de mi vida.

Mi teléfono celular vuelve a sonar como lo ha hecho durante todo el día, y por fin me atrevo a contestarlo. Es mi jefe furioso porque no llegué a trabajar. Dejo que termine todo su discurso para que, como otras veces, yo sienta remordimientos y regrese nuevamente. Pero ahora tengo la fuerza para decir que no volveré más. Que estoy harto de trabajar para él. Y cuelgo. Tomo otro vaso de whisky y le marco a Melisa y le digo que se olvide de mí, que aproveche la quinta oportunidad con su amado novio y que sea feliz.

Pago la cuenta y decido ir a visitar a mi madre. En el camino le compro una docena de rosas que ella tanto amaba. Le cuento orgulloso que ya aprendí a distinguir los finales. Que no tengo miedo de comenzar de cero. Y que ya no le reprocho que ella nunca haya aprendido a cerrar los ciclos, porque es algo terriblemente difícil que a veces nos lleva a la muerte. Frente a su tumba prometo seguir adelante y disfrutar de la vida, ahora creo que empezar de nuevo no es partir desde cero. Es comenzar con nueva conciencia y con más experiencia.

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