El efecto espectador

Desde el campo de la psicología social, y a lo largo de su desarrollo histórico, se han diseñado varios experimen­tos y situaciones con las que se ha buscado estudiar fenómenos que involucren el comportamiento de los individuos dentro del grupo o grupos sociales a los que pertenecen. Uno de los numerosos ejercicios desarrollados fue el encabezado por los psicólogos sociales John Darley y Bibb Latané en la década de los sesenta del siglo XX.

El evento que detonó el desarrollo del famoso experimento fue, desgraciadamente, un homicidio.

La noche del 13 de marzo de 1964, una mujer fue asesinada en Kew Gardens, en Queens, en la ciudad de Nueva York. Catherine (Kitty) Ge­novese regresaba a casa, luego de su jornada de trabajo como gerente de un bar. Mientras cruzaba la calle desde su coche al edificio donde vivía, un hombre armado con un cuchillo se le acercó. Ella trató de huir, pero el hombre la persiguió, la alcanzó y la apuñaló.

Catherine gritó pidiendo ayuda. Entonces se encendieron las luces de muchos departamentos que tenían vista a esa calle; de inmediato las personas se asomaron para ver qué estaba ocu­rriendo. El atacante se disponía a irse, pero al ver que nadie se acercaba a ayudar a su víctima, regresó para rematarla. La mujer volvió a gritar, y el sujeto la apuñaló repetidas veces hasta que le quitó la vida. Más tarde, se estableció que este horrible ataque, que duró 45 minutos, fue visto y oído por 38 testigos, ninguno de los cuales hizo alguna acción directa para impedir la agresión o se molestó en llamar a la policía. El hecho de que nadie moviera un dedo, condujo a muchos a intentar responder a la pregunta: “¿Por qué no ayudaron?”. Fue así como inició la búsqueda de una respuesta a través de experimentos en psicología social.

Fue en 1968 cuando Darley y Latané idearon un experimento que implicada la creación de lo que parecía ser una emergencia, esto en un am­biente controlado. Los investigadores organizaron grupos formados por diferentes cantidades de individuos, y evaluaron si el número de espec­tadores tenía el efecto esperado en la respuesta prosocial o de ayuda a los demás.

Fueron estudiantes de sexo masculino quienes formaron parte de lo que supuestamente era un estudio sobre la vida universitaria. En ese estudio, cada uno de los participantes se sentaba solo y hablaba con otros estudiantes (por medio de un interfono) acerca de los problemas que habían encontrado en su adaptación a la universidad. Después que este estudio simulado estaba en marcha, los participantes se veían repentina­mente frente a una emergencia: se simulaba un problema médico severo experimentado por otro estudiante. Este estudiante comentaba que a veces sufría ataques cuando estaba estresado, y poco después comenzaba a asfixiarse, mostraba dificultades para hablar y decía que iba a morir y que necesitaba ayuda, después de lo cual no emitía ningún sonido. Este extraño que necesitaba ayuda era en realidad una cinta grabada que se le ponía a cada participante (un aspecto del engaño necesario para crear las condiciones requeridas).

El segundo engaño implicaba variar el nú­mero de espectadores. Los participantes fueron asignados a uno de tres grupos. En el grupo uno, a cada participante se le hizo creer que era uno de dos estudiantes, de manera que él era el único que sabía de la emergencia. En el grupo dos, cada participante creía que estaba en un experimento de tres personas, de manera que él era uno de dos espectadores. Y en el grupo tres, cada uno era supuestamente uno de cinco espectadores. No sólo la “víctima” era una cinta grabada, sino que los otros espectadores también lo eran.

El diseño experimental buscaba crear una situación parecida a la ex­perimentada por los vecinos de Kitty Genovese: un extraño tiene un serio problema y el espectador se enfrenta a una decisión. Debido a que los experimentadores supuestamente se habían marchado a otro lugar, la única manera de ayudar era que el estudiante saliera del cubículo del experimento y buscara en las aulas cercanas intentando localizar a la persona que tenía el ataque. La ayuda se midió en términos de: 1, el porcen­taje de participantes en cada grupo experimental que intentaron ayudar; y 2, entre aquellos que ayudaron, el tiempo que esperaron antes de actuar.

La conclusión del experimento se pude resumir de la manera siguiente: se mostró que el efecto del espectador ocurría y los hallazgos fueron consis­tentes con el concepto de difusión de la responsabilidad, en el cual, a más espectadores, menor el porcentaje de estudiantes que respondieron y mayor el tiempo que tardaron en responder.

Fue de esta manera como se acuñó el término de efecto espectador a la conducta, en el que la probabilidad de una respuesta prosocial ante una emergencia se ve afectada por el nú­mero de espectadores presentes, pues a medida que aumenta el número de espectadores, disminuye la probabilidad de que un espectador cualquiera ayude, al tiempo que aumenta la cantidad de tiempo que pasa antes de que se inicie las acciones de ayuda.

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