Feliz día del niño, niña, ¿niñe?

Hablar de infancias como adultos a veces siento que debería prohibírsenos, ya que como adultos hemos empezado a verlos con unas gafas de mirada adultocéntrica que nos ha convertido en el centro de las cosmovisiones, nombrándonos como “superior jerárquico” en sus relaciones con las infancias.

Y es que como diría Mafalda, ¿y por qué habiendo tantos mundos tan evolucionados, yo tendría que nacer en este? En un lugar en donde pareciera que los, las y les niñxs nos pertenecen, en donde sus opiniones, sentires y pensares no son suficientes para detenernos un poquito dentro de esta vorágine llamada vida.

Así que para esa vorágine de la que llamo es importante llamar a todas, todos y todes en este espacio y reconocer que en este mundo las infancias trans existen y resisten, pero además entender que el debate sobre lo moral y lo “bueno” o “malo” que se deba hacer, es entender que la vida de las infancias trans es latente, que sus derechos están siendo vulnerados y que muchas personas en este mundo están intentando invisibilizarles y, sobre todo, negarles derechos que les corresponden.

Primero que nada, debemos entender que las infancias trans se refieren a la experiencia que viven muchos niñas, niños y jóvenes cuando se identifican con un género distinto al que les fue asignado al nacer, el cual puede ser binario o no.

La identidad de género es la vivencia interna e individual del género, tal como cada persona la siente y la vive (Comisión Interamericana de DDHH, 2017). Todas las personas tenemos una vivencia particular del género y a todas se nos asigna un género al nacer, bajo la premisa que nuestro órgano sexual externo es igual a nuestro género. En la mayoría de los casos existe una coincidencia entre el género asignado y el género vivido y/o construido, las personas que así lo experimentan son llamadas cisgénero*; sin embargo, hay casos en los que no corresponde, a estas personas se les nombra personas transgénero.

Es importante recalcar que el derecho a la identidad de género es un derecho fundamental, inherente a todas las personas, solo por el hecho de existir, es la base para que la persona ejerza sus demás derechos, y pareciera que lo que queremos hacer con los discursos transfóbicos es quitarles esos derechos, en vez de cuidar de ellos.

Como sociedad tenemos que trabajar en nuestros propios prejuicios, con el qué dirán, con la información que no tenemos, cómo enfrentar los miedos y salir a luchar, a golpear puertas, a exigir el respeto. Pareciera que las infancias trans no tienen los mismos derechos que el resto de las personas. Una infancia reconocida, libre de prejuicios y estigma, con pleno goce y acceso a derechos, habla no sólo de niñas, niños y adolescentes que puedan desarrollarse sanamente y crecer libres, sino también de una sociedad más inclusiva, justa, equitativa e igualitaria.

Desde una mirada más empática creo fielmente que otros mundos son posibles, que debemos seguir acompañando a las infancias y adolescencias, a las familias que están acompañándolas y seguir visibilizando que todas las personas tenemos los mismos derechos. Pero no solo los mismos derechos, sino las mismas oportunidades de vida, de espacios, de ser plenas y felices. Como diría Gabriela Mansilla, mamá de Luana, en una entrevista para Violeta Alegre: “Empezar a hablar ahora de infancias y adolescencias trans va a cambiar la expectativa de vida de 35 años de las personas trans en América Latina, va a poner en agenda política esta temática. Se va a empezar a abordar otra clase de educación. Necesitamos hablar para cambiar la cultura, para bajar el nivel de violencia que existe con el colectivo travesti trans”.

Hoy toca dar voz y escuchar a esas disidencias, a esas infancias que nos gritan amor, comprensión, acompañamiento y, sobre todo, reconocimiento, porque ya no quieren seguir resistiendo, quieren y necesitan espacios para estar viviendo plenamente.

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