Gemas, Esmeraldas, Diamantes – Las piedras preciosas son eternas

Publicada Enero 2018 Edición 122

Una de las actividades donde las gemas han tenido un éxito arrollador ha sido la joyería. No en balde son llamadas piedras preciosas. Entre ellas desta­can esmeraldas, rubíes, granates, zafiros y, por su­puesto, el rey de todas, el diamante, que combina exquisitez y dureza, particularidad de mucho inte­rés para la ciencia y la tecnología, como veremos más adelante.

El Instituto de Geología de la UNAM cuenta con una colección de gemas, bajo el cuidado del ingeniero Juan Carlos Cruz-Ocampo, quien explica que “las gemas, desde la Antigüedad, se han usado con un fin ornamental”. Por ejemplo, han adornado casas y se han usado como parte de la botonadura de la vestimenta, aunque también tuvieron otros fines más prácticos, como el uso en sellos para lacrar correspondencia.

Entre las aproximadamente 4,000 espe­cies que habitan el reino mineral, las gemas aportan unas 250 variedades. La página del Servicio Geológico Mexicano nos recuerda que “un mineral es un cuerpo producido por procesos de naturaleza inorgánica, con una composición química característica y una estructura cristalina, que generalmente suele presentarse en formas o contornos geométricos. Se encuentran en formas muy diversas en la naturaleza ya que pueden ser de un sólo elemento, como el azufre nativo, oro, plata, cobre, o una combinación de va­rios, tal es el caso de algunos compuestos químicos como el cuarzo, que está formado por silicio y oxígeno”.

Cruz-Ocampo añade que muy raramen­te se hallan ejemplos de mono minerales, ya que lo habitual es que se encuentren aso­ciados varios, lo que a veces dificulta la ex­tracción de uno de ellos, sobre todo cuando hablamos de gemas.

La vida de las rocas

Por extraño o singular que parezca, los mi­nerales también pueden llegar a tener una vida, o al menos un proceso de formación. Como nos recuerda el experto universitario, hay tres tipos de rocas, de acuerdo con su ori­gen: ígneas, sedimentarias y metamórficas.

“Las rocas crecen, se desarrollan, se degradan y se transforman, que es el tér­mino que utilizamos cuando hablamos de la interacción de estos tres tipos de roca. Se genera y se destruye. Se forma, pero al mismo tiempo hay una destrucción”, rese­ña Cruz, quien añade que, en consecuencia, también hay gemas ígneas, metamórficas, sedimentarias.

Un buen ejemplo es el diamante, una roca de origen ígneo intrusivo, considerada unánimemente como el rey de las gemas. De acuerdo con el investigador universitario, las condiciones de formación de un diamante son tremendas, ya que estamos hablando de una gran presión, originada por la pro­fundidad en la que se producen.

Lo que vemos en un diamante no es más que carbono, es decir, el elemento que está en la base de la química orgánica y, por ende, de la vida misma. Sin embargo, a 140 kiló­metros de profundidad, donde puede haber hasta 1,600 grados centígrados de tempe­ratura, la estructura del carbono muestra un comportamiento singular, que da como resultado un diamante.

“Para que tengan esas dos condiciones, el carbono tuvo que haberse sepultado. Esa materia orgánica se ha transformado en car­bón mineral, en hulla o antracita, luego si­gue un sepultamiento. También pudo haber­se convertido en gas; parte de ese gas migra hacia la superficie, otra parte se convierte en aceite, pasando a un nivel de profundi­dad. Si va más allá de los tres kilómetros de profundidad, ya no hay hidrocarburo, ya no hay carbón mineral, lo que ahora tenemos es grafito, que, si pasa un nivel de profundidad y adquiere esas características, no solo de profundidad, que es presión, ese grafito se pueda transformar en diamante”, detalla el investigador.

La belleza de una gema

Esparcidas sobre la parte superior de un archivero que forma parte del mobiliario del cubículo del ingeniero Cruz-Ocampo en el Instituto de Geología, descansan varios ejemplares de gemas, algunas de las cuales siguen engastadas en la formación de la que algunas veces formaron parte en la naturaleza.

“Cuando hablamos de gemas, nos referi­mos a aquellos minerales que tienen carac­terísticas como rareza, dureza y estabilidad. Otros aspectos que tiene que ver con la cues­tión económica son la calidad y el color, que las vuelve más exóticas o atractivas”, acota.

El Sistema Geológico Mexicano estable­ce que “la propiedad más importante de las gemas es la belleza. Los factores que están implícitos en ella son el color, el brillo, la transparencia, la “vida” (termino gemoló­gico que expresa el brillo intenso obtenido por el diamante tallado adecuadamente) y el “fuego” (expresa el fulgor producido por la dispersión de la luz de la piedra, el cual se intensifica con la talla)”.

Amén de estas propiedades, “que influ­yen en el valor de una gema”, destaca la rare­za de la piedra “característica de las gemas de mayor valor como el diamante, la esmeralda, el rubí y el zafiro”. En una lógica de mercado, se establece que, si la cantidad de una gema disminuye y llegan a ser más raras, su valor aumenta, pero si este aumenta su valor dis­minuye y pierde su atractivo. Otro factor que incide en la demanda de las gemas es el de los diferentes cambios en la moda.

Gemas en la ciencia

La gemología, precisa Cruz-Ocampo, estu­dia materiales con calidad gemológica, que pueden ser de origen natural, aunque en los últimos años ha habido un auge de materia­les producidos de forma sintética o artificial.

Esto quiere decir que muchas de las in­dustrias que actualmente ocupan gemas en sus procesos de producción, que van desde industria aeronáutica, aeroespacial o bélica, llega a generar este material, “no para usar­lo desde el punto de vista gemológico, sino más bien para aplicarlo en diferentes niveles industriales. Lo que logran estas compañías es obtener materiales con tal calidad o pu­reza, que prácticamente adquieren un grado gemológico”, resalta.

A manera de ejemplo, Cruz-Ocampo se refiere al consorcio General Electric, que em­pezó a producir diamantes de manera sinté­tica, “pero ya con una calidad gemológica a fines de los 50 y principios de los 60, con el fin de usarlo de manera industrial. Y es que el diamante tiene conductividad térmica o eléctrica con rangos muy característicos, que tienen numerosas aplicaciones”.

Para equipos de mucha precisión, se pueden usar estos materiales. Los diaman­tes también se utilizan para cortar, desbas­tar, horadar y grabar diferentes materiales. “Y resulta que el material más duro en la naturaleza es el diamante. Las fresas del dentista es probable que estén hechas de diamante”, añade.

Lo que hay en México

En un artículo firmado junto con Carles Canet y Daría Peña-García, del Instituto de Geofísica y de la Facultad de Ingeniería, respectivamente, Cruz-Ocampo refiere que México posee diversos yacimientos célebres por proporcionar cristales altamente valora­dos como gemas o como ejemplares de co­lección. Son muchas las especies y varieda­des minerales y las rocas que, como el jade, la turquesa, la amazonita, la serpentina, el ónice mexicano (o alabastro calizo), el cina­brio, la malaquita, la obsidiana, diversas mi­cas y el ámbar, han sido, en algún momento de la Historia de México, objeto de un apro­vechamiento con finalidades ornamentales y ceremoniales”.

De acuerdo con estos especialistas, entre los minerales que logran reunir las cualidades necesarias para ser con­siderados gemas, el ópalo, el ámbar, la fluorapatita, el topacio y la danburita son cinco de las más emblemáticas y apre­ciadas en México. “De ellas, en la actua­lidad, únicamente el ópalo y el ámbar son objeto de una explotación regular orientada a su aprovechamiento como gemas, mientras que el topacio se explo­ta de manera ocasional. La danburita y la fluorapatita se presentan principalmente como minerales de ganga en yacimientos metalíferos, si bien al ser apreciadas por los coleccionistas son asimismo comer­cializadas a pequeña escala”.

Algunos ejemplares de estas gemas forman parte de la colección que res­guarda Cruz-Ocampo en el Instituto de Geología, una de las más importantes del país.

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