La chica que tomaba vodka

Cuéntame una de esas locas historias de amor que te sabes, a veces creo que tú las inventas, me dice Amanda mientras toma un poco de su tradicional vodka con jugo.

Yo sonrío mientras limpio las copas, porque, bueno, tal vez ella tenga algo de razón. La verdad es que muchas de las historias que cuento están aderezadas con un poco de mi imaginación, solo les agrego el extra, solo un poco de adjetivos y unos cuantos verbos para que la historia sea más creíble. Y que de alguna manera tengo que llenar los huecos.

–Anda, qué es lo más loco que alguien haya hecho por amor, seguro a ti te ha contado algún cliente alguna historia de este tipo, insiste Amanda, mientras me mira con sus ojos adornados, por unas enternecedoras ojeras que la hacen verse irresistible.

Es imposible negarse a cum­plir sus deseos, aunque sé que ella seguramente se apropiará de mi historia para escribirla en su próximo libro de cuentos. Decido platicarle sobre la noche en que llegó un joven que había manejado casi seis horas y se había perdido en la ciudad, para por fin llegar hasta mi barra.

Llevaba una barba de varios días, el cabello despeinado y la mirada reflejando un sentimiento mezcla de satisfacción y arrepentimiento, tenía una sonrisa atada y a punto de soltarse, pidió un tequila doble. Y soltó su historia:

“Conocí a una chica por inter­net, sé que viene a este bar, todos los viernes y toma vodka, solo nos enviamos correos e intercambia­mos historias, pero hay algo en la forma en que escribe que me hace sentir emociones que nunca las había sentido. Pero algo siempre me detenía a querer conocerla en persona. Hasta hoy que llegué a un bar en la Ciudad de México a 400 kilómetros de aquí y al llegar a la barra del bar “La Mexicana”, como siempre busqué al primer borracho solitario que vi, porque esos borrachos llevan sus historias en la punta de la lengua, y a la menor provocación ante el pri­mer desconocido que se presente no tienen empacho en contarla. Creo que en el mundo actual es tan fácil ser escritor, las historias revolotean por cualquier rincón que te pares, en el metro, en el microbús, pero si uno quiere es­cribir alguna historia de desamor, solo hay que acudir a donde estas historias burbujean por todos los rincones. En las cantinas donde no

importa la edad, ni la condición social, y ni siquiera la nacionalidad. Como hoy, el tipo que abordé era de nacionalidad rusa, y tomaba tequila como si fuera agua, cuando le pregunté por qué tomaba tequila en lugar de vodka, él respondió sarcásticamente:

—¿Si tú estuvieras en Rusia to­marías tequila?, mostrando su sonrisa desdentada a causa de las múltiples peleas en las que se ha visto involucrado. —No, pues tomaría vodka, porque seguro ha de ser más barato, le respondí y escuché la historia de su último amor narrada en una mezcla de español e inglés.

—She is an ángel, dijo, sobre la chi­ca que conoció en Rusia y decidió seguir hasta México, aquí fueron felices un tiempo, pero como al­gunas veces pasa en las historias de amor, no todas tienen final feliz, y la persona de la que te enamoras no precisamente se enamora de ti, sino que intenta hacer un esfuerzo por amarte, pero termina cansándose, y como a mi amigo Alekséi, por­que después de unos tragos ya nos consideramos amigos, lo terminan abandonando. Pensaba en cómo se pudo complicar la vida de esa manera, si hay mujeres rusas tan hermosas, pero nuestro pinche corazón es tan loco. Brindé con Alekséi antes de

que empezara a perder la noción de la plática y mientras pensaba en escribir su historia. En la rockola del bar sonaba una canción que puede ser el soundtrack de esta historia, en la de ese ruso loco, en la mía y en la de todos. Y yo me imaginé completamente borracho en París, Sídney o Dublín, en un bar llorando mi tristeza, pero me bastó para explicarle a mi amigo la letra de la canción que se escuchaba en la rockola y cantarla con él, a todo pulmón: “Todos tenemos un amor que nos complica la vida…”, “…que nos rompe el corazón y nos complica la vida…”

Y no sé si te ha pasado, que de repente sientes que tienes que hacer algo, que tienes que dejarlo todo y seguir a tu corazón. En­tonces tomé las llaves del carro y decidí viajar hasta San Luis Potosí a buscar a esa chica desconocida que ama el vodka.

Termino de contar la historia de Pablo. Amanda la he escuchado atentamente sin parpadeos, sonríe y vuelve a dar un sorbo a su vaso con vodka mientras dice:

–Qué loco ese hombre, bueno, qué locos los dos.

En la rockola del bar alguien ha puesto la canción que dice “Todos tenemos un amor…que nos complica la vida…”.

Pablo está sentado en una mesa del rincón con una bote­lla de tequila y yo, aunque vivo enamorado de Amanda, dudo entre contarle la verdad sobre la chica que toma vodka. Pero lo hago y le dig o:

—¿Sabes algo? Deberías conocer a Pablo, es el muchacho de la mesa del rincón.

Tomás Galicia

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