La importancia del Léxico Cotidiano

Me siento muy orgulloso de ser docente. La enseñanza para mí es algo casi sagrado porque involucra, romanticismos a un lado, una responsabilidad enorme. No se trata únicamente de transmitir conocimientos o de proporcionar las herramientas necesarias o educar para la vida, expresiones un tanto odiosas para su servidor, sino de lo que se dice con palabras, actitudes y acciones en el aula, fuera de ella y que tienen impacto no sólo en la vida profesional del estudiante, sino en la personal. En mi trabajo, ese tipo de expresiones son omnipresentes, quizá por la soberbia instantánea que nos otorga el poder en el aula, como si cuando nos contratan como profesores automáticamente adquiriésemos la experiencia necesaria para estar en condiciones de saber qué es lo correcto y qué no lo es. No sé por qué sucede, pero también son peligrosas, porque el mensaje que se transmite quizá no sea el más adecuado y no nos damos cuenta.
Me gustaría primero aclarar que no soy sociólogo o psicólogo, y mucho menos poseo una especialización o posgrado en educación y que esto es una mera opinión basada en mi experiencia de más de veinte años frente a grupo. Sin embargo, esto no es óbice para que podamos conversar al respecto y encontrar nuestro propio camino.
Desde hace años, su servidor se ha quejado de cómo hemos ido cambiando nuestro lenguaje en lo cotidiano y en lo profesional. El lenguaje cambia, por supuesto, y es, además de natural, necesario. Por eso se incorporan como aceptables algunas palabras de uso diario que nacen de otros idiomas, como googlear, o, debido a las condiciones de respeto e igualdad, el lenguaje incluyente que adquiere más importancia conforme avanzamos como sociedad.
Pero habrá que echar un ojo hacia dónde va la evolución. Por ejemplo, a mis estudiantes les invito a reflexionar primero desde lo personal. Usamos expresiones como se te quiere, en lugar de decir te quiero en redes sociales, en reuniones de amigos, cumpleaños e incluso de pareja. Sin embargo, cuando uno le dice a una persona se te quiere en realidad no le estamos diciendo que la queremos. Esto, por supuesto, es una forma de evitar las implicaciones personales o emocionales que tendría usar el verbo conjugado “te quiero” y la responsabilidad que la acompaña.
Lo mismo sucede en ámbitos profesionales y académicos. Cada día más utilizamos un estilo de hablar y de escribir utilizando verbos en infinitivo para expresar objetivos, propósitos o recomendaciones que aparentemente son correctas, pero su función comunicativa resulta difusa. Por ejemplo, a menudo me dicen para solicitar apoyo en la impartición de la materia Finanzas corporativas. Piense en esto: en realidad no me piden que imparta la materia, sino que es una solicitud que no se dirige a nadie en particular. Nuevamente, estamos evitando las implicaciones de la solicitud, quizá por costumbre, por protocolos o por distancia profesional. Pero esto da pie a que el receptor simplemente ignore el mensaje porque interpretará que no es para él. Si conjugáramos el verbo y agregáramos el sujeto otra cosa sería: te pido tu apoyo para que impartas la materia Finanzas corporativas.


Otro ejemplo es para agradecer la participación como una forma de expresar un agradecimiento que es general y formal, pero que no se dirige a nadie en particular. Esta forma de expresarse es fría, impersonal y poco sincera para quien recibe el mensaje. Quizá un agradecimiento más directo, personalizado y afectuoso, que reconozca el esfuerzo y contribución sea mejor. Por eso, usar un verbo conjugado como te agradezco podría ser más apropiado y efectivo para generar un clima de confianza, respeto y motivación.
Ya todo esto, se preguntará a dónde voy. Bueno, es que en el ambiente académico —que desemboca también en el laboral—, esta forma de comunicación está permeando y sucede no sólo por intentar hablar lo más profesional posible, sino también por la propia cultura organizacional que se atiende en la empresa y que trata de evitar implicaciones personales, por el tipo de trabajo que separa los niveles jerárquicos o por la relación entre los jefes y los empleados. Sin embargo, ¿acaso no es contradictorio? Se supone que el activo más importante es el capital humano. Se supone que las personas son las que hacen a la empresa y que las metas de la organización se cumplen con el compromiso personal. Pero no, las personas no son activos porque no son cosas, las metas son un propósito que se hace para alcanzar los objetivos de la empresa hasta donde el trabajo y la remuneración adecuada lo permitan y el compromiso personal se corresponde y no se exige pidiendo que se sacrifique tiempo de familia por trabajo. El lenguaje empresarial debe servir para comunicar de forma clara y precisa los objetivos, las expectativas y los resultados, lo que puede mejorar la eficiencia y la satisfacción laboral.
Por otra parte, el lenguaje empresarial también puede ser una forma de ocultar o minimizar los problemas, las emociones y las necesidades de los trabajadores, lo que puede generar frustración, desmotivación y alienación, situación que ha observado la Organización Mundial de la Salud. Además, el lenguaje empresarial puede crear una cultura organizacional que prioriza la productividad y el rendimiento por encima del bienestar y la salud mental de los trabajadores, lo que puede aumentar el riesgo de sufrir estrés, ansiedad, depresión y burnout.

Ahora, si esto genera problemas, imagínese lo que hace cuando trasladamos el lenguaje empresarial a nuestra vida privada. Le comparto un tweet —¿aún se dice así?— que leí en X, de Carlos Javier González Serrano, usuario @Aspirar_al_uno que copio a continuación: Nos dicen que “gestionemos” las emociones, “invirtamos” en bienestar o “saquemos provecho” de las crisis. Una peligrosa jerga económica para referirse a la vida psíquica. La dictadura de la rentabilidad es una ideología que esconde un capitalismo emocional: produce y serás feliz.

Y no es algo exagerado. Las palabras impactan en nuestra salud mental y emocional. Si asocio directamente mi bienestar con rentabilidad, nunca alcanzaré la felicidad porque ni siquiera hay un faro que nos guíe y no hay un puerto al que llegar. Además, cosifico mis emociones y, por supuesto, cambio mi realidad y las condiciono a un éxito medido en términos monetarios.
Por eso debemos tener cuidado con esto. Es muy importante que el léxico que usemos en nuestro trabajo se use en ese ámbito y debe estar orientado hacia la comprensión de objetivos, delimitación de responsabilidades y la no cosificación de las personas. El que usemos en nuestra vida personal, debe ir hacia el logro de nuestra comunicación efectiva, del reconocimiento emocional y de la satisfacción personal, sin que sea un concurso o un trabajo que debe desarrollarse.
Fomentemos un lenguaje verbal emocional entre nosotros y nuestros hijos, prestemos atención al lenguaje no verbal y, sobre todo, asumamos la responsabilidad de nuestras palabras hacia uno mismo y hacia los demás. Después de todo, somos personas, no cosas ni instrumentos para usar y desechar.

Comparte este artículo