La Niña Garabato

Han pasado cerca de 25 años desde que la vi por última vez. Fuimos las mejores amigas durante varios meses. Cuando eres niña sueles crear lazos con personas afines. En nuestro caso la afinidad era porque ambas éramos rechazadas por los demás niños. Ella tenía una cicatriz en el rostro por un accidente que había sufrido unos años antes. Yo estaba completamente rapada porque estaba yendo a quimioterapias a causa de un linfoma. Los niños suelen ser crueles y nos molestaban con apodos. Brenda era la niña garabato y yo, Sara,  la niña canica.

Las primeras veces sentía un gran dolor por ese apodo, pero gracias a Brenda aprendí a tomarlo con gracia. Esa primavera ambas participábamos en el desfile del 21 de marzo y yo sentía envidia por Karlita, que había sido elegida reina y nosotras estábamos disfrazadas de abejas. Pero Brenda me animaba diciendo que lucíamos increíbles con nuestras mallas de rayas negras y amarillas, además de que las antenas disimulaban nuestra falta de cabello porque ella se lo había cortado.  Fuimos de la mano durante todo el desfile siendo inmensamente felices. Al finalizar ese curso tuve que partir a la ciudad de México para reforzar mi tratamiento. La despedida fue triste, porque no sabía si regresaría.

Fueron años complicados y de muchos tratamientos pero sobreviví y cada vez que las cosas se ponían difíciles pensaba en que cumpliría la promesa de volver a ver a la niña garabato. A pesar de que logré superar el linfoma, no volví hasta esta ocasión en que tenía que cumplir una promesa que hice cuando era niña.  Averiguando por todos lados, supe que la niña garabato ahora daba clases en el colegio donde antes estudiábamos. Tiemblo de emoción de volver a verla, por coincidencias del destino es el festival de la primavera nuevamente. Ya han pasado 25 años, pero aún conservo ese sentimiento de emoción al verla.

Cuando era niña, el recibir el abrazo de Brenda por las mañanas y que me susurrara al oído que agradecía que la niña canica estuviera viva, era un aliciente para aferrarme a la vida.  Ahora escucho la voz potente y alegre de Brenda hablando con ternura a sus alumnos, como lo hacía conmigo. Es justo como la recuerdo.

Ella es ahora más alta y sigue siendo súper hermosa. Ambas nos quedamos en silencio y nos abrazamos fuertemente. Ella pregunta por qué aún conservo el cabello corto casi a rape, que si acaso continuo enferma. Y yo le muestro la carta que ella escribió al despedirse de la niña canica hace 25 años, donde ella decía que algunas veces, había deseado no tener esa cicatriz, pero que si le dieran a elegir entre que yo venciera al cáncer o que le desaparecieran esa cicatriz ella prefería tener ese garabato en su rostro, pero que yo viviera muchos años. Así que cuando los médicos les dieron la noticia a mis padres, de que había ganado la batalla al cáncer hice la promesa de jamás tener el cabello largo hasta que lograra que Brenda dejara de ser la niña garabato.

Así fue como entré a estudiar medicina y la especialidad en cirugía plástica. Ella está en shock y no sabe qué decir. Yo sigo hablando como loca y le digo:

 —Ahora he venido por ti y seremos las abejas más hermosas del planeta, pero ahora ambas tendremos cabello.

  Le digo con la voz entrecortada por la emoción y nos fundimos en un abrazo donde vuelvo a ser esa niña pequeña amada por la niña garabato.

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