La nueva plástica tlaxcalteca

Publicado en Junio 2008 Edición 07

Las artes plásticas de Tlaxcala viven su mejor momento. Jalonadas por un puñado de jóvenes que han desarrollado propuestas vanguardistas en distintas disciplinas, apuntan hacia alturas insospechadas.

La desaparición física de Desiderio Hernández Xochitiotzin significó el fin de una etapa, largamente anunciada y anticipada. Ahora mismo se respira un aire distinto. Las preocupaciones estéticas se han diversificado, así como las técnicas, los materiales y los soportes. Galdina Galicia, Samuel Ahuactzin, Mario Pérez, José Antonio Cabrera y Enrique Pérez son una auténtica flor imperial, dentro de la baraja de la pintura, la escultura y el grabado de Tlaxcala.

La búsqueda de una voz propia, entendida como el desarrollo de un estilo personal, es una de las tareas más complicadas que enfrenta cualquier artista joven. Identificar a un autor por su obra, sin necesidad de acudir a la ficha catalográfica, representa un logro que pocos han alcanzado.

La nueva generación de autores plásticos de Tlaxcala comparte varias ideas estéticas, pero sobre todo un compromiso con su propia obra y con el arte en su conjunto.

Sus preferencias oscilan entre el realismo y la abstracción, es decir, entre la representación figurativa de seres u objetos cotidianos, con un mayor o menor grado de semejanza, hasta formas plena mente abstractas, donde lo único que importa es la expresividad del color, el tratamiento de las formas e incluso los soportes o los materiales empleados.

Galdina Galicia es una de las artistas más completas de la nueva hornada. Sus propuestas van de la pintura a la escultura en barro, pasando por el grabado y el tejido textil. Casi nada escapa a su interés y a su mirada.

Si es posible hablar de un sentimiento atrapado en sus cuadros, esculturas y grabados, ese sería justamente el amor. La llama amorosa se traduce en una explosión de color y de figuras sugerentes.

Su serie de gatas de barro hablan de rupturas infortunadas, de momentos aciagos donde alguna vez floreció aquel sentimiento. En contraste, varios de sus cuadros son una celebración de la carne y del espíritu, hermanados en un nudo de cuerpos.

¿Los ángeles tenían sexo? Según la doctrina cristiana, eran seres asexuados. En otras palabras: no eran ni hombres ni mujeres, sino todo lo contrario. Uno más de los misterios del cristianismo. Pero Mario Pérez Domínguez tiene sus propias teorías. Su más reciente serie de escultura incluye a ángeles tremendamente dotados de órganos sexuales. Nada que ver con los escritos de los Padres de la Iglesia.

“No me desampares ni de noche ni de día” es una colección que en su momento apostó por la divergencia y la provocación. Se trata de una serie de esculturas elaboradas con cera de campeche que representa a ángeles y demonios en situaciones contrastantes. Sus ángeles parecen demonios y viceversa. Pero lo llamativo de la propuesta es la forma provocadora de plantear la naturaleza de estos enemigos mortales. Ángeles de miradas y actitudes feroces contrastan con demonios moribundos, abatidos por el dolor.

“Busco que el espectador experimente la tensión en la que se encuentra la gente. Expongo figuras humanas, con características de ángeles y demonios, donde los ángeles no se vean tan dulces, ni los demonios se vean tan malvados, porque cualquiera de nosotros es capaz de experimentar sentimientos de bondad o de maldad”.

De este modo, busca resaltar la ambivalencia que de pronto nos asola. La piedad y la ira al mismo tiempo en un solo individuo.

Dueño de una técnica sólida, Mario Pérez tiene un estilo que podría calificarse como provocador. Interesado en las posibilidades de materiales aparentemente frágiles, como la cera o el papel, ha pergeñado distintas series que hablan de un autor maduro, con una visión clara del arte.

Enrique Pérez ha tomado por asalto la fortaleza de la gráfica. Formado profesionalmente como pintor, su inquietud estética ha ido derivando hacia las planchas de metal para elaborar grabados. Sus piezas gozan de un vigor inusual. Incluso varias de ellas están marcadas por un finísimo y sutil buen humor, con ligeros toques sarcásticos.

Sobre su propia obra, considera que son “autorretratos que no necesariamente representan mi rostro”. Y es que siente cierta afinidad con los reptiles. Será por aquello de la perpetua renovación. Porque sus obras hablan de un ser en continuo movimiento, un individuo que se desplaza en el tiempo y en el espacio, que recoge aquí y allá retazos de experiencia y los traduce en sombras, los finca en los oscuros valles del espíritu.

La gráfica de Enrique Pérez se desplaza por los senderos del rigor formal. Su peculiar aproximación a las formas figurativas habla de un artista que abre fuego sobre los conceptos, sólo para cuestionar las formas. Es una auténtica bocanada plena de frescura y de inventiva.

Fundador y director del Taller de Matlalohcan, ha convertido a este espacio en un auténtico semillero de artistas gráficos, que exploran las posibilidades del grabado, de la serigrafía y de otras técnicas artísticas.

Por sí mismo, el color dice mucho. No necesita responder a una figura o formar parte de una composición muy elaborada. En estado puro, el color comunica calidez o frialdad. Vigor o contención. Y eso lo ha advertido y explotado José Antonio Cabrera.

Uno de los fundadores del Jardín del Arte, ha consolidado su posición en la nueva plástica tlaxcalteca gracias a su potenciación cromática. Sabe lo que este elemento puede dar al espectador. Si bien explora distintas posibilidades expresivas, sus cuadros apoyados en plastas de color, que ligeramente insinúan formas geométricas, están dotados de una poderosa vena comunicativa.

José Antonio Cabrera juega con formas sutiles, casi sencillas, pero nunca simples. Ha encontrado un equilibrio entre ciertas tendencias vanguardistas que difuminan las imágenes, y las posibilidades que otorga el color en su más elemental naturaleza. Sus cuadros son una auténtica fiesta cromática.

Los cuerpos en tensión, la carne, el dolor, la mortificación. Lo grotesco y lo sublime. Pintor y escultor, Samuel Ahuactzin ha sabido explotar las posibilidades de la fealdad, de lo horripilante, de lo angustiante y de lo risible.

Sus pinturas y sus esculturas no le permiten ninguna concesión al espectador. Agobia, demuele, devasta, asola el espíritu. Su ruta temática suele agotarse en la exploración del lado oscuro del ser humano. Seres descarnados asolan sus cuadros. Hombres y mujeres marcados por auténticos rictus de dolor dan forma a sus conjuntos escultóricos.

En Ahuactzin es posible encontrar respuestas a preguntas profundas. Resuelve dilemas existenciales mientras ejecuta un cuadro marcado por el horror de la vida cotidiana, o de existencias dolorosamente intuidas.

Para Enrique Pérez, en Tlaxcala actualmente se vive un momento de efervescencia, pero a su modo de ver aún falta consolidar las distintas propuestas; incluso considera que la generación actual está en proceso de maduración. Advierte el advenimiento de un nuevo grupo “que se está preparando en distintos
centros del país, y que seguramente tendrán mucho que decir en los años siguientes”.

En contraste, Galdina Galicia considera que esta ya es una generación consolidada, que si bien aún tiene dificultades para vivir del arte, ya se encuentra en la ruta de consolidar su vocación, al tiempo que abre un abanico de posibilidades para ofrecerle al público una muestra de trabajos sumamente originales, con un sello distintivo y que paulatinamente han dado un nuevo colorido a las artes plásticas de Tlaxcala.

Están marcando una ruptura con el pasado inmediato y más o menos remoto. Sus intereses han dejado de ser puramente locales o tradicionalistas, para apuntar hacia rubros y preocupaciones estéticas vanguardistas, de las que se esperan resultados más consolidados.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Zitlali González Loo

Comparte este artículo