LIBROS, LECTORES Y ESCRITORES DE TLAXCALA

Publicada en Abril 2008 edición 05

El 23 de abril es el Día Internacional del Libro, un buen motivo para reflexionar a propósito de los niveles de lectura en el país, y sobre los escritores y la producción editorial de Tlaxcala.

UNA ENCUESTA PARA LECTORES

Entre el 1 de noviembre y el 7 de diciembre de 2005 fueron encuestadas 4 mil 57 personas mayores de 12 años, en 29 estados de la República, para saber sobre sus hábitos de lectura.

El universo seleccionado es lo suficientemente amplio como para tener conclusiones muy aproximadas que reflejen la realidad nacional en la materia, particularmente ante la falta de un ejercicio demoscópico sobre este tema. Los resultados fueron contundentes. En promedio, cada mexicano lee 2.9 libros al año.

En un desglose más fino de la información, se descubrió que aproximadamente la tercera parte de la población no lee ningún libro, mientras que otro tercio confesó toparse con uno o dos libros anualmente. La cuarta parte de la población tiene una media de tres a diez títulos leídos. Y apenas un raquítico 4.2 por ciento asegura leer más de 10 volúmenes.

Aún así el porcentaje es bajísimo si se compara con los promedios de otros países. Por ejemplo, Japón, Noruega, Finlandia y Canadá alcanzan la cifra de 47 libros anuales, es decir, casi uno por semana.

Curiosamente, la población de esos países goza de los mayores índices de bienestar, con muy pocos (o prácticamente inexistentes) casos de descontento social. Si bien tienen economías de mercado, también cuentan con poderosas redes de asistencia social, incluyendo cobertura médica universal, apoyos contra desempleo y sólidos sistemas educativos.

Los números arrojados por la encuesta se encuentran muy lejos de las recomendaciones emitidas por la UNESCO, que establece un mínimo de 25 libros leídos al año para hablar de un bienestar cultural. Hasta hace unos años se tenía la creencia de que el nivel de lectura de los mexicanos se encontraba en .5 libros al año, lo cual significaba que no éramos capaces de leer la mitad de un libro. Sin embargo, la Encuesta Nacional de Lectura proyecta un panorama igual de desalentador.

LA CALIDAD DE LO LEÍDO

Y es que otro punto que llama la atención de los resultados es el de la calidad de los contenidos leídos. Es significativo (y grave) que el autor más mencionado haya sido Carlos Cuauhtémoc Sánchez, un escritor apoyado en una forma industrializada de producción: siempre repite la misma fórmula en cada libro que escribe.

Por ejemplo, Memín Pinguín, de la desaparecida escritora de melodramas Yolanda Vargas Dulché, tiene un tiraje semanal de 300 mil ejemplares. A pesar de su relativa frescura, el cómic ciertamente reproduce estereotipos, no obstante los esfuerzos de los argumentistas por darle una visión anti-racista y con un discurso de respeto. Incluso han “modernizado” el lenguaje y la circunstancia de los personajes, para tratar de matizar los clichés en que cayó la autora. Sin embargo, proyecta valores planos, que responden
a perspectivas sexistas, clasistas y racistas.

Uno más: Lágrimas, risas y amor, que relata historias esquematizadas de amor, celos, intriga y traición, llega a tener un tiraje de 70 mil ejemplares a la semana. Toda una marca, si se toma en cuenta que un libro de poesía difícilmente excede los 2 mil ejemplares… y habitualmente no hay una segunda edición o reimpresión de este tipo de libros.

LO HECHO EN TLAXCALA

A propósito de la edición de libros, los últimos seis años han sido particularmente fecundos para la edición en Tlaxcala.

Al menos 80 títulos han visto la luz: lo mismo novelas históricas, que relatos de y para niños, que poemarios y libros de cuentos, y hasta una novela náufraga. Esta actividad no hubiera sido posible sin el concurso de quienes no sólo atienden su propio trabajo como escritores, sino que también asumen la responsabilidad de publicar a otros, como han sido los casos de Efrén Minero Zapata, Jair Cortés, Alejandro Ipatzi y Alán Cervantes, quienes desde distintos frentes han cumplido el papel de editores.

Como todo en la viña del Señor, hay libros trascendentes y otros que muestran a autores en un proceso de maduración, que están por aprender más del oficio, pero que aún presentan fallas, ya sean de estructura o de malicia, pero que ahí están, con su propuesta literaria. Habrá que esperar al veredicto del tiempo para saber si finalmente se consagran en este difícil terreno artístico.

En este sentido, se debe aceptar que hay apenas un puñado de escritores que merecen ser llamados de esa forma. Ellos han hecho de la literatura no sólo un compromiso, sino una forma de vida.

En las letras no sólo han encontrado un medio de expresión, sino un sentido existencial. Ahora mismo están produciendo una obra de largo aliento, que se gesta despacio, pero con pasos seguros. Su dominio de las estructuras, los géneros y las técnicas es por demás sobresaliente.

Así, autores como Efrén Minero Zapata, Alán Cervantes, Iván Farías, Rodolfo Vázquez, Alejandro Rosete, Fabián Robles, Jair Cortés, Alejandro Ipatzi, Karen Á Villeda, Gabriela Conde y Minerva Aguilar tienen una propuesta sólida, que ha sobrevivido a la tentación del primer libro, para enfilar sus baterías en un camino más alentador.

Casi todos ellos empezaron a publicar antes de cumplir los veinte años. Tienen, por lo tanto, más de una década en este oficio de tinieblas, y, en definitiva, están en un período de madurez.

Sin embargo, también debe reconocerse que en muchas situaciones aún no hay un compromiso serio y
a fondo con la literatura. Resulta lamentable que en varios casos ni siquiera exista el dominio de nuestra materia de trabajo: el castellano. Resulta penoso encontrarse con originales que presentan errores de ortografía o de sintaxis; que la puntuación sea una estación donde no hacen parada o que sus propuestas sean más bien ingenuas.

En su descargo, se puede argumentar que las condiciones de la sociedad mexicana en general, y de la tlaxcalteca en particular, no son precisamente alentadoras ni estimulantes.

Sin embargo, conocemos de antemano esos límites adversos. En un país de analfabetas funcionales, como demuestra la Encuesta Nacional de Lectura, resulta muy complicado sobrevivir ejerciendo este oficio; a ello se debe sumar una continua desconexión entre el escritor y la sociedad que lo rodea.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Zitlali González Loo

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