Loco de andar

(andante ma non troppo)

Publicado en Mayo 2008 Edición 06

A Gabriela, por esa mirada…

Locura: derramamiento del sueño en la vida real, definía Gèrard de Nerval; no obstante esta visión romántica (forzosamente reñida con Luis Miguel y compañía) todos somos susceptibles de soñar, de ser locos…y de ahí a hacer poesía o música -independientemente de si buena o mala- hay sólo un paso. Músicos, poetas, locos…son parte del decorado urbano de todos los días, fauna nocturna mitológica y políticamente incorrecta.

Y es de locura y música –es decir, de poesía– de lo que tratan en el fondo varias de las obras trascendentales de la literatura universal. El verdadero fundador de la locura literaria es Don Quijote: quién si no por su locura hubiera fundado la perdición, diría algún decadentista posmodernizado.

La novela del caballero andante abunda en referencias musicales y, a la vez, ha sido motivo de inspiración para numerosas piezas; sería ocioso mencionarlas aquí, pero baste recordar aquel grandilocuente poema sinfónico de Strauss: Don Quijote; la melancólica Ausencias de Dulcinea, de Joaquín Rodrigo; e incluso en el ámbito del artificio meloso, la comedia musical El hombre de la Mancha, la cual convierte en ignominia la clásica Sueño imposible, de obvia asociación con El caballero de la triste figura.

En El Quijote, sin embargo, la música es leit motiv, aparece en diversidad de romances, coplas, seguidillas y otros géneros populares. Ya Sancho establece que donde hay música no puede haber cosa mala: obviamente se salvó de oír música grupera. Pese a todo, su idea refleja muy bien el punto de vista de Cervantes; si la música existe, la locura y el sueño andan entonces por allí.

Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son, dice un aforismo poético. Y en efecto, siguiendo esta idea, los personajes del Quijote cantan: el caballero, el escudero, la aldeana, la doncella, el enamorado, el soldado, en fin, todos tiene un motivo. Se canta el dolor, el desamor, el amor, la soledad, el miedo, la condición social y existencial, la idea del mundo, el heroísmo y, en realidad, se canta todo aquello que se puede trovar: como ayer y como siempre, “sospecho que hoy empiezo a ser canción”. Lo pudo haber dicho el más famoso caballero andante.

Porque el Quijote canta y piensa que todo caballero andante debe hacerlo, aunque en general el gremio no se distingue por su talento, pero sí por su espíritu: un caballero es un trovador potencial, en tanto ama y es necesariamente loco. Y el Quijote canta, no faltaba más. Así sea para atenuar los ánimos medianamente ardientes de la doncella Altisidora, quien lo requería de amores. Así sea para invocar a Dulcinea, tan presente por ausencia, tan añorada y querida, tan soñada…

La canción invoca… y el trovador andante –cabalga en su guitarra voladora-, anda siempre en busca de una canción para su Dulcinea, porque el amor cuando es debidamente acompasado, se renueva con acordes, se reinventa con palabras exiliadas de su patria-diccionario y se vuelve debidamente transgresor, como el andante caballero que, hace más de cuatro siglos, nos señaló el sinuoso camino por donde se llega a la locura. Así sea.

Jorge Olvera V.

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