Me enamoré de un patán

Febrero, ese mes en el que todo se pinta de amor y corazones. Las parejas son perfectas y nos venden la hermosa idea de que “El amor lo puede todo”; el sentimiento más perfecto del mundo. Febrero es el mes en el que quiero salir a ponchar todos los globos cursis que veo en la calle… ¡Ups!

Antes de que sigan leyendo, quiero presentarme: soy Pilar Trejo, feminista en construcción y fiel creyente de que otros mundos son posibles, aunque como muchas mujeres educadas en el sistema hetereopatriarcal y norma­do, en algún momento me enamoré hasta el tuétano de un patán. Hoy, a mis 39 años, pienso que quizás no hubiera sido tan doloroso y con tantas violencias, si a mis 17 años no me hubieran impuesto la idea de que el amor lo puede todo, que el amor aguanta, lucha y se desbarata, incluso de mí misma para sostener a mi pareja.

Y no es que el feminismo me haya abierto los ojos como por arte de magia, pero sí me hizo replantearme preguntas sobre cómo vivir mejor en un mundo injusto y desigual; cómo crear relaciones más equitativas con nuestro entorno, empezando por la falsa idea de que un día la persona de mis sueños haría mi vida feliz y completa, como si mi vida conmigo no fuera ya completa y feliz.

El amor romántico, lejos de ser la panacea de la felicidad que nos venden, es la clave de muchas de las miserias que vivimos las mujeres y los seres humanos en general. Es la idea de darlo todo por amor si somos mujeres y recibir, en muchos casos, migajas de parte de hombres educados para dar lo mínimo y recibir lo máximo.

A mis 17 años ya me había ena­morado de un par de patanes; para mis 35 la lista era interminable. Tenía la angustia de creer que era yo la que nunca estaba lista para el amor o me afirmaba en la idea de que para tener mi “Para siempre”, debía ceder a las exigencias de mis parejas; en un ir y venir de “Más tiempo”, “Bloquea a tus amigos”, “Pero no me exijas que me comprometa” y los turistas emocionales, aquellos que solo llegan de vez en cuando, sin ninguna responsabilidad afectiva.

Me prometí que, si entendía un poco más sobre el amor, mi apor­tación al mundo sería hablar de lo difícil, pero no imposible, que es deconstruirse y empezar a hablar del amor en sitios donde no se habla, como en la mesa, en la cama, en la oficina y en donde la gente me lo permitiera. Así que, en ese camino, como escribe Aura García, me descubrí un día entendiendo que no sé amar, que nadie sabe, y que por eso es importante reflexionar sobre el tema.

Sirva este escrito para que sepan que renuncié al amor romántico, pero no al deseo de amar y ser amada con intensidad y ternura.

No es que el amor sea imposible, pero el amor romántico sí lo es. Se trata de una mentira en la que las mujeres perdemos todo, incluso hasta nuestras vidas. Sirve de ex­cusa para justificar mezquindades, como violar la intimidad de la otra persona, o hasta matar a tu pareja en un ataque de celos; las cifras no mienten, ya que el 56% de los femi­nicidios son cometidos por la pareja o la ex pareja (Informe publicado por ONU-Mujeres en el 2022 con motivo del 25N). Nos relacionamos desde las jerarquías y la desigualdad, porque en nuestra cultura nos hacen creer que hombres y mujeres somos ra­dicalmente diferentes, pero a la vez complementarios.

El amor romántico contribuye a reproducir las divisiones de género, replica los patrones que mantienen a la sociedad dividida en un bina­rismo violento, más violento aún, porque excluye a todo aquel que no sea binario. Nos hace creer que el amor en pareja es todo y dejamos a un lado los amores que se cons­truyen en otras relaciones (amigos, familia, una misma).

Para poder construir relaciones sanas que nos permitan ser plenas, es fundamental trabajar el apego y el miedo a la soledad. Es necesario cuestionar la división tradicional de roles, subvertir los estereotipos, desmontar los mitos del romanti­cismo decimonónico y diversificar afectos. No solo en el ámbito de lo erótico, sino también en el campo de las emociones; es preciso liberar al amor de la necesidad y de las dependencias.

Me enamoré de varios patanes; descubrí que no sé amar, que me voy deconstruyendo en el intento; que las relaciones perfectas no existen; que no siempre es necesario un “Para siempre”. Basta con transitar la vida de una persona y no dañarla, ni da­ñarse en el intento; lo que empezó con amor, puede terminar igual.

Hoy tengo una relación que ya lleva cuatro años, construida sobre la base de aceptar nuestros miedos, de hablar de lo que sentimos, de lo que queremos y nos gusta, de sexo; entendiendo que todos los sentimientos son válidos, hasta los celos. Lo importante es saber qué hago con eso que siento; entre terapias y fricciones caminamos más bonito.

Toca empezar a desmontar la idea que tenemos del amor, para construir otra forma de ver y com­prender al amor.

Por amores más sanos y bonitos en nuestras vidas, nos leemos en nuestra próxima columna.

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