Naranja monarca

En esta temporada de Día de Muertos, —a veces un poco antes, desde septiembre— sin falta, decenas de mariposas, especialmente blancas, negras, amarillas, pardas, e incluso de manera muy particular algunas de color naranja, al estilo de las mariposas monarca, revolotean por el jardín que tengo en casa.

Mi abuela me contaba que las “almitas” de nuestros seres queridos ya fallecidos, que iban llegando a este mundo, se manifestaban en forma de mariposas, especialmente las de color blanco que rondaban en el jardín y entre los árboles de la casa. Hoy que mi abuela ya no está, recuerdo con emoción ese relato. Quizá una de esas pequeñas mariposas blancas es ella misma.

Más allá de la explicación mágica que mi abuela me relataba, ahora sé que esta inundación de mariposas en mi jardín se debe a que es una época típica de reproducción de las especies de mariposas locales, y que una que otra de la especie monarca, “perdida” en su camino migratorio, se coló en mi jardín.

Las monarcas, al menos las pequeñas que tienen ese color naranja vivo combinado con un negro profundo, me parecen de lo más atractivas; sencillamente son preciosas. Para mirarlas a detalle me he detenido unos minutos para tomar una sesión de lo que llamo “vuelo monarca”. Me imagino sentada sobre sus livianas alas y me pregunto: ¿cómo y de qué dimensiones miran el limonero de mi casa?; el hilo de agua que corre por el jardín, ¿sabrá la mariposa que no es un río? ¿Acaso no tiene miedo de caer al duro y áspero suelo de piedra de la entrada de mi casa?

Después de estas preguntas, resuelvo por completo que las monarcas, o la monarca a la que me quedé observando por algunos minutos, nada tiene que pensar en las anteriores cuestiones. Ellas solo vuelan alto, libres y sin miedo de los demás. Son tan ellas, son tan ligeras.

Investigando un poco en internet, me di cuenta que su forma de vida y ciclos de reproducción están ligados a la búsqueda constante de un clima adecuado para vivir. Son migrantes casi todo el año, y buscan refugio aquí en México para estar en contacto con un clima menos frío que el de  Canadá, que es sumamente congelante.

Qué bueno que su instinto las trae hasta aquí, hasta los pequeñísimos bosques con los que aún cuenta Tlaxcala, y particularmente a aquellas pequeñas monarcas despistadas que llegan hasta mi jardín. Aquí encuentra a más mariposas como ella, de colores, pequeñas, grandes, inquietas, ellas todas libres. Sin olvidar lo que mi abuela me contaba, quizá sea en parte cierto eso de las “almitas”; quizá las mariposas blancas, pardas y negras sean realmente nuestros difuntos visitándonos. Son un espectáculo perfecto de aleto y color en los días previos de celebración a los muertos; por otro lado, las monarcas representarían el movimiento constante que los que estamos vivos tenemos a diario en este plano, siempre en el camino, sorteando todo tipo de obstáculos, de imprevistos, de pruebas para seguir vivos. Este noviembre es perfecto para vestirlo de color naranja monarca.

Comparte este artículo