Ojos marrones

Hoy será la mejor noche de mi vida, he desper­tado muy temprano y ella ha dicho que hoy cenaremos solamente los dos. Por fin celebraremos un 14 de febrero juntos. Hemos pasado tanto tiempo haciéndonos compañía. La he visto llorar cuando le han roto el corazón y he sufrido demasiado porque no sabía hablar su idioma para consolarla. Así que solo la miraba fijamente y parpadeaba lentamente mis ojos. Y si eso no funcionaba, colocaba mi cabeza en su hombro y la frotaba lentamente. Después de un rato ella me abrazaba y parecía reconfortarse. Si ustedes la conocieran, estoy seguro que también se enamorarían de ella, ¡Porque ella es increíble!

Tiene unos ojos enormes y bri­llantes, ojos de color marrón casi negros. Y cada vez que me mira, yo quedo paralizado y solo alcanzo a parpadear mis ojos azules y ella también parpadea los suyos. Luego se acerca y me regala un beso en la frente y yo soy tan feliz. Ella se levanta muy temprano, prepara el desayuno y lava los trastes. Ella piensa que es una mala cocinera pero yo creo que guisa genial. Mientras almorzamos cuenta todo lo que hará durante el día. Amo su entusiasmo con el que enfrenta la vida. Yo quisiera ayudarla e ir al trabajo con ella, pero dice que seguro derramaría las pinturas que ella mezcla porque tengo unas manos demasiado torpes. Yo solo quisiera la oportunidad de probar mis habili­dades pero alguna vez rompí su taza favorita y ella se molestó demasiado. Así que lo de acompañarla al trabajo es un sueño imposible.

Ella se llama Laura, la conocí hace siete años. Fue amor a primera vista, al menos para mí. Como les decía, amo ver sus ojos marrones mirándome. Y hoy será una noche increíble, he pasado el día haciendo ejercicio y limpiando la casa de arañas para que ella no se asuste, porque tiene una fobia a esos bichos. Luego he estado esperando en la ventana y por fin veo llegar su carro rojo. Baja lentamente y veo que ha comprado una lonja de salmón para nuestra cena y una botella de vino. Abre la puerta y yo tomo lugar en el sillón de la sala; antes la recibía en la entrada, pero Laura es algo distraída y no había día en que no recibiera un buen golpe. Así que decidí esperarla tranquilo en el sillón mirándola fijamente y esperando ver sus inigualables ojos marrones casi negros y anhelando que por fin vuelva a sonreír como lo hacía antes de que le rompieran el corazón.

Mientras platica cómo fue su día, prepara el salmón que tanto nos gusta. Platica sobre un nuevo compañero que le ha llevado flores y chocolates y yo me pongo algo celoso. Pero en el fondo siento que le haría bien tener un novio, aunque no sea yo. Esta vez sus ojos marrones casi negros brillan más de lo normal. Y por fin la veo sonreír. Creo que no hay nada más hermoso que ver sonreír a la gente que amamos. La he visto llorar tantas veces, la he visto hacerse la fuerte y levantarse todos los días para seguir adelante. Quizás el momento más triste y donde me sentí tan inútil, es cuando bebió casi media botella de whisky y repetía continuamente canciones tristes en su celular. Esa tarde hubiera deseado poder hablar su idioma para decirle lo increíble que era. Las lágrimas cubrían sus hermosos ojos marrones casi negros y pasó como esos días soleados que se arruinan por la lluvia y nubes grises. Como les decía hubiese deseado tener las palabras para consolarla pero solo podía acurrucarme a su lado.

Ahora estamos sentados en la mesa, ella ha cortado en trocitos el salmón que ha preparado, para que yo lo coma más fácil. Estoy algo mo­lesto porque, como siempre, no me ha convidado de la botella de vino.

Se levanta para poner una can­ción que escucha cuando está feliz. Eso es buena señal, creo que está enamorada. La canción dice algo así como:

“Por eso no puedo así quitar mis ojos de ti…”

Y tengo ganas de cantársela, porque siento esa canción con toda mi alma gatuna. Pero no puedo, solo emito un maullido, pero a ella parece gustarle. Y mientras me carga en sus brazos, dice lentamente mi nombre: “Pequeño Puddin”. Y aun vuelvo a recordar la pena que sentí cuando escapé de casa y ella colocó carteles por todo el vecindario y los demás gatos se burlaban de mi nombre. Pueden imaginar a un enorme gato siamés como yo, con ese nombre tan simple. Pero todo se me olvida viéndola tan feliz, porque es imposible no amar a Laura y sus ojos marrones casi negros.

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