Para saber leer, ver y escuchar. Libros y televisión para niños

Publicada en Abril 2008 edición 05

El público infantil es uno de los más difíciles de satisfacer debido a las exigencias que plantea. A pesar de las ideas aportadas por el psicoanálisis y otras disciplinas para entender a los infantes, aún se les considera como enanos mentales a quienes se debe hablar en diminutivo y con voz chillona porque se les supone incapaces de entender el “complejo” mundo de los adultos.

A estas alturas aún asusta a muchos padres, madres y tutores la posibilidad de que sus hijos o entenados entren en contacto con asuntos tan “graves” como la sexualidad o temas similares. Lo gracioso del asunto es que, en cuanto a literatura infantil se refiere, por lo regular se acude a la tradición oral europea recopilada por los hermanos Grimm o E. T. A. Hoffman, cuyas historias están repletas de referencias sexuales.

¿O de verdad creen que la Bella Durmiente vuelva a la vida después de un beso casto, como también ocurre con Blancanieves?

En realidad muy pocos artistas han sido capaces de ofrecer productos dignos de ser consumidos por los niños.

En el caso de la literatura, por lo regular se acude a historias maravillosas, donde los personajes se enfrentan a situaciones donde prácticamente todo es posible. Por esa razón se condena a los niños a recalar en historias de ositos parlanchines o brujitas malvadas; se abusa así de la didáctica en un afán moralista que niega la vitalidad y la riqueza de la psique infantil y procura reducir la realidad a dualidades
antagónicas. Sólo hay malos que buscan destruir la felicidad de los buenos, como nos enseñó alguna vez Walt Disney, muy dentro de la pragmática estadounidense.

La cuestión sería plantear si existe la posibilidad de escribir para niños sin caer en los clichés de las historias endulzadas con hadas, caballeros y dragones o en los amaneramientos donde los malosos pertenecen a alguna minoría racial que cree en Buda, Mao Tse Tung, Marx o la Santísima Trinidad.

La respuesta es sí y la encontramos frente a nuestros ojos: en la realidad cotidiana. En los últimos años, la saturación informativa que vivimos y padecemos nos ha hecho más receptivos y, hasta cierto punto, más tolerantes (o tal vez indiferentes) con lo que ocurre en el entorno; así, ya no sólo hablamos de una juventud desenfrenada, sino de una niñez que prácticamente lo ha visto todo, particularmente la de nuestro país. Los niños del tercer milenio son la segunda generación que sólo ha oído hablar de crisis, la misma que, como la deuda externa, parece eterna.

Aparentemente no falta mucho tiempo para que los niños mexicanos de diez o doce años deambulen por las calles como ocurre en Kids, la desoladora y brutal cinta de Larry Clark, sobre todo si se mantienen las actuales condiciones de inequidad e injusticia sociales; cada vez nos acercamos más al abismo donde yace la desarticulada sociedad estadounidense.

Más allá de la rebeldía juvenil y de la brecha entre generaciones, la descomposición social detonada por la pobreza pone al borde del abismo existencial a toda una generación. Entonces, ante este panorama, por qué no hacer una literatura que recoja la situación actual y enfrente a los niños y a los adultos con su realidad. Aquí y ahora el mundo no es un paraíso artificial con la temperatura regulada y aire acondicionada; tampoco es un edén donde todo se pueda pagar con mastercard o la american express oro.

El arte no es una droga para evadir el mundo, sino el mejor medio para enfrentar a los monstruos de todos los días, con los que se toma café (si alcanza) o té de canela; son los mismos con los que se va a la escuela y se regresa a casa, en un ciclo que parece no tener fin.

Estos últimos años, marcados por el signo de la violencia gratuita, han instituido una manera distinta de crear las formas del arte; no hay espacio para la ingenuidad ni el sentimentalismo, aunque lamentablemente algunos programas de televisión explotan estas debilidades humanas. Así lo han entendido muchos autores, de quienes aquí ofrecemos una lista, con varias de sus obras representativas.

Empezamos con el estupendo Francisco Hinojosa, cuyo cuento «La peor señora del mundo» le dio un giro al tema de la maternidad, poniéndolo en una nueva perspectiva, ciertamente más acorde con la realidad, aunque con ciertos toques de fantasía. De Triunfo Arciniegas se debe destacar su libro de cuentos «El vampiro y otras visitas», en el cual desfila una auténtica galería de personajes, en cuya fisonomía se advierte cierta influencia de García Márquez.

En tanto, El diario de un gato asesino se pasea por los senderos del thriller psicológico, pero el desenlace es de una calidad y una permanencia únicas; y es que nunca se sabe con los gatos. En cambio, Fantasmas escolares, de Achim Bröger intenta una renovación de las historias de ultratumba, con un par de niños fantasmas que tienen muy presente su condición de espectros.

Por último, y para cerrar esta apretada lista de sugerencias, está la historia de Eveline Hasler, titulada La escuela vuela, que por una parte es un interesante estudio sobre la personalidad de un niño “con cara de col avinagrada”, combinada con el clásico personaje de la viejecita que concede tres deseos. A partir
de este hecho, se construye un relato marcado por la aventura y la fantasía.

En otro renglón de ideas, la inevitable influencia de la televisión puede contrarrestarse cuando encontramos buenos programas para el público infantil. Quizás el mejor de todos los que hasta ahora se han realizado se lo debemos a Televisión Nacional de Chile, la televisora pública de aquel país sudamericano. Se trata de la serie 31 Minutos, una interesantísima apuesta que equilibra la didáctica con el juego y la reflexión. Nunca cae en acartonamientos ni moralinas, trata a los niños como sujetos inteligentes y reflexivos, agregando algunas gotas de cierto humor ácido.

Es de llamar la atención el tratamiento de temas relacionados con el medio ambiente. De la mano del personaje más cínico, pero también más consciente, llamado Juan Carlos Bodoque, un ludópata conejo rojo, se da cuenta no sólo de las maravillas naturales que posee Chile, sino que también se abre la puerta a la reflexión a temas como el cambio climático, la destrucción de los ecosistemas, el manejo de los residuos sólidos o el trato a los animales; no en balde la sección se llama “La nota verde”. Por otra parte, el programa enfila sus baterías hacia la telebasura, de la que continuamente hace escarnio.

Para este fin se apoya en canciones que son una auténtica delicia. Un buen ejemplo es la pieza titulada “Yo opino” (cantada por Joe Pino) que es una demoledora, feroz y humorística crítica de los llamados líderes de opinión.

Pero canciones como ésta abundan en el programa, aunque confinadas a la sección “El top top top rancking”, de Policarpo Avendaño, una caricatura de los presentadores de chismes de la farándula. Este programa se transmite de lunes a viernes, por Canal Once y Televisión de Tlaxcala, por ahí de las 14.30, aunque no siempre empieza a esa hora. Los fines de semana también es posible verlo por la señal del IPN, a las 9 de la mañana.

Otros personajes destacados de la serie son el súper héroe Calcetín con Rombos Man, especializado en los derechos de los niños; Tulio Triviño, que parodia a los conductores de televisión; el Maguito, que sólo sabe explotar; Patricia Ana Patana Tufillo Triviño, reportera y sobrina del conductor; y Mario Hugo, un perro chihuahueño que trabaja como reportero; y Jackson Aceituno, corresponsal de guerra.

Lamentablemente, propuestas como la de 31 Minutos no abundan en la barra programática de televisión. Y es que si de una vez por todas asumimos que un niño es tan sensible como cualquier otra persona habremos dejado atrás una costumbre malsana que nos hacía suponer que un infante no es un individuo en formación sino un tonto. Y un primer paso sería ofrecerles una literatura y una televisión que rehabilite el mundo donde viven y los haga más sensibles a fin de evitar los errores que los adultos hemos cometido.

Sólo a través de este ejercicio de sinceridad podríamos pensar en darle forma a un nuevo público consumidor de obras de arte.

El rescate de valores vendrá una vez que hayamos tocado fondo obligándonos a respirar profundo y así iniciar el camino a la superficie.

Yassir Zárate Méndez

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