Perdimos más que un hijo

En mayo, cuando el Día de las Madres es especial, quiero decirles que cuando murió Aldo, mi madre perdió más que un hijo.

¡Qué dolorosa es la muerte de un hijo! Y no es que yo haya perdido a uno, pero quiero que esta columna sirva de apapacho a todas esas mujeres que han tenido que sufrir en carne propia el dolor de enterrar a quien dieron vida;  asimismo, en este espacio hago un reconocimiento a todas las hijas e hijos que nos quedamos a cuidar el corazón de esa madre doliente.

Aún no han pasado ni dos años, pero sé que la COVID nos arrebató no solo a nuestros hijos, sino a nuestros hermanos, a nuestros padres y, sobre todo, a nuestras madres, no sólo a las que se llevó físicamente, sino a las que se nos fueron cuando sepultaron a sus hijos e hijas.

El día en que perdimos a Aldo la vida se nos colapsó a todos, pero Mamá jamás se repuso, y no creo que lo haga, no ha sido la misma; al recibir la noticia que le di, porque fui yo quien le dijo a Ana lo que había sucedido, con ella se me murió otro poco más de lo que he reconocido abiertamente de mi alma; sus lágrimas recorrían su cuerpo y mis brazos no fueron más que papeles que se deshicieron en menos de un minuto cuando gritó: “¡Déjenme sola!”. Hasta la fecha, su imagen me sigue carcomiendo el pedazo de alma que aún camina en este plano.  

El duelo es un acto de resistencia y rechazo: la pena te dice que se ha acabado y tu corazón la contradice; la pena intenta reducir tu amor al pasado y el corazón te dice que todavía está presente el duelo. Me ha dolido, porque no tienes idea de lo mucho que es pensarte en pasado, entender que ya no lees lo que escribo, ni cantas lo que escucho, ni corriges lo que me equivoco.

La vida ha sido un constante devenir de altas y bajas, más bajas en el camino de acompañar a una madre que ha perdido un hijo, con un dolor que carcome el alma y destroza el cuerpo. Una madre que ha perdido la esperanza, esa que el universo le quitó al enterrarte, porque con eso, se enterró en vida.

Pero como toda madre, en un acto valiente se ha levantado todos los días, con la fuerza del amor que tiene por un hijo que partió y el amor que le queda en algún rincón de su alma para volver a sonreír día a día y de a poco.

De ahora en adelante es complicado decir “Feliz Día de las Madres”, porque sé que en su alma siempre faltará una parte de ella, pero me basta con decir “Gracias, mamá”, por tu constante lucha, por tu resiliencia pura y por la complicidad de reconstruirte a mi lado, porque perdimos más que un hijo, perdimos un hermano, un padre y un amigo.  

Sirva este escrito para decirte que si tú estás en este proceso, el dolor eventualmente se transformará, que nunca dejará de doler, pero que habrá días en que sonrías más y que el amor que te hizo convertirte en mamá, será la fuerza motora para levantarte todos los días. A ustedes, mamás, gracias por su resiliencia… con amor, la persona que las ha visto resurgir de las cenizas.

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