Que el Tiempo Vuelva

Publicada Enero 2018 Edición 122

Antes de empezar a leer este ar­tículo, voy a pedirte que cierres los ojos y pienses en la última vez que deseaste que regresara el tiempo…

Tal vez notes que fue hace mucho, o quizá hayas deseado que ocurriera esta mañana, justo al abrir los ojos. Lo cierto es que muy probablemente cada persona jo­ven y adulta que habita este planeta, haya querido echar el tiempo atrás, al menos una vez en su vida, como ocurre en algunas películas, donde las máquinas del tiempo llevan a los personajes a cierto momento para cambiar o mejorar su historia.

En nuestro caso, ¿para qué querríamos hacer que el tiempo vuelva?

Quizás sea para volver a abrazar a al­guien que ya no está; para no decir las cosas horribles que dijimos estando eno­jados; para expresar las cosas hermosas que no salieron de nuestros labios; para no casarnos con la persona equivocada; para no dejar ir a la persona correcta; para llegar a la hora exacta; para no haber lle­gado; para aprovechar una oportunidad; para dejar pasar lo que no iba a hacer­nos felices; para marcharnos antes; para no habernos ido; para haber esperado un poco más; para decidirse antes. ¿A ti para qué te gustaría que el tiempo volviera? Regresar en el tiempo y hacerlo todo mejor. La idea en sí misma suena muy atractiva, pero qué nos garantiza que sería así. Cuando en la vida cotidiana hemos tenido oportunidades para hacer las cosas distintas, y no lo hemos hecho, es más, hasta se cometieron los mismos errores, al parecer el secreto no está en el tiempo pasado, sino en la manera en que empleamos el que sí tenemos, en cómo podemos apreciar y dar valor a todo lo que tenemos.

Justo porque nos tocó perder previa­mente, el tiempo tiene algo irreemplaza­ble. La experiencia, la maravillosa opor­tunidad de saber, a través de cosas que salieron muy bien, y también de cosas que no, porque no hay experiencia sin fallas y sin aciertos, y no hay evolución que exista sin experiencia.

Y aunque nos encantaría viajar al pa­sado, y “componer” cosas, no podemos hacerlo, al menos no por ahora. Ocupe­mos entonces nuestra energía en atender el presente, apreciando la brevedad de la existencia, recordando el pasado sólo por la enseñanza que nos dejó, haciéndonos más sabios, y mirando con especial con­fianza el futuro, aceptando que no nos dará una cosecha distinta a la siembra.

«Entendamos que el tiempo no nos qui­ta algo, sin antes habérnoslo dado todo».

-MAGNÁNIMO 2018-

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