Resistí para sobrevivir

Resistí, sobreviví y hoy puedo contar mi historia desde otra perspectiva, con la sonrisa puesta, la dignidad resignificada y el corazón puesto en la nueva vida.

La relación comenzó cuando yo tenía 17; de las primeras veces que me hizo sentir insegura fue cuando se enojaba porque no lo acompañaba o le decía que no. Una vez, sin pensar tanto, lo corté. Pensé: “A la chingada. Yo no toleraré esto”. Ese mismo día llegó con un peluche para pedirme perdón y mi círculo cercano me animó para volver con él. Regresamos.

Durante toda la relación, encontraba formas para rebelarme ante su control.

Cuando me decía que estaba enseñando mucho con la ropa que elegía, le respondía: “Cómprame ropa” o “Si no te parece, llévame a comprar algo”.  Las primeras veces que me decía esto, lograba mantener mi elección de ropa para el día. Después eso fue cambiando. Él se adelantaba y hubo algunas ocasiones en las que antes del evento, pasábamos a una tienda donde él me compraba algo.

A veces, mi resistencia se veía como bolsas con ropa.

Otras veces, cuando no había tiempo y me amenazaba con no ir, le respondía: “¿Entonces no vamos? Pues no vamos”. Cruzaba mis brazos, me recargaba en el respaldo y se acababa esa historia.

A veces mi resistencia se veía como unos brazos cruzados.

Él lo sabía. Quien ejerce la violencia sabe que lo hace y busca nuevas formas de acallar la resistencia. Con los años, comenzó a intensificar la violencia.

Una vez corté con él, pero regresamos, porque logró quitarme mis redes. Entonces dudé de mí. Sabía tejer redes para atraparte y lo que tejió su telaraña fue una culpa que cayó sobre mí. Con el peso de la culpa, regresamos y ahí su violencia empeoró.

A veces, la violencia se veía como un ramo de flores cada día. 

Me dio un anillo y, con él, aumentaron sus chantajes, sus celos, sus juicios y reproches. Con mi culpa y la inseguridad que comenzaban a generar sus juicios, moverme fue más difícil, pero encontraba formas.

No me gustaba sentir la culpa, así que le permitía cosas para “estar a mano” y quitarle peso a los discursos que me decían que yo lo había lastimado. Le daba libertad y cuando él se iba, yo tenía espacio.

A veces, mi resistencia era tener espacio.

Subí de peso y perdí mi cuerpo. Comía y cuando comía me sentía muy apapachada, porque en mi casa, así nos cuidamos. Y, además, con mi nuevo cuerpo, ya no cogíamos. A mí no me gustaba, a él no le importaba, así que encontré una forma.

A veces, mi resistencia se veía como un cambio del cuerpo.

Sabía que no quería esa vida, pero tampoco sabía qué había afuera. Pensaba que esa relación ya la conocía y, de alguna forma, ya la controlaba. Ya era mi juego, yo sabía qué hacer para cuidarme ahí, pero afuera no lo sabía.

Afuera me daba más miedo que adentro, hasta que un día, eso se invirtió. Él me golpeó. Siempre frenaba su violencia; yo encontraba formas de llamar a su punto de freno. 

A veces, mi resistencia se veía como llorar, como rogar, como hacer Ese día, él no se detuvo.

Lastimó mi rodilla. Ahora era definitivo: ya no podía jugar, ver a mis amigas, bailar. Todo lo que me gustaba y mantenía, me lo estaba quitando cuando atacó mi rodilla. Lastimó mi punto de fuga hacia el disfrute y supe que tenía que irme de ahí. Antes, su violencia no me imposibilitaba, esa vez sí lo hizo.

Sobreviví y salí de ahí.  Comencé a ir al gimnasio y recuperar los hábitos que me hacían sentir bien conmigo misma. En este proceso corría porque la fatiga me daba la misma sensación que el llanto y funcionaba porque no quería que me vieran llorar. Escuchaba música triste mientras corría.

A veces, mi resistencia se veía como fatiga.

En la fatiga, encontraba paz después del grito. Alivio después de quedarme sin respirar. Se acabó. Habíamos llegado.  Fui recuperando mi cuerpo, mi estabilidad, mi fuerza y fui también despejando la telaraña que él construyó.

A mi ritmo, cambié mi playlist para agregar nuevas canciones.
A mi ritmo, dejé de correr. Ya no había nadie que me estuviera persiguiendo.
¡No me gusta correr! Comencé a bailar.
Las cosas no pasan para que una aprenda y, al mismo tiempo, aprendí.

No me interesa escuchar una historia de mí donde soy una maldita, ni una historia de mí donde soy una víctima. Por mucho tiempo, decidí que no quería contar esta historia por miedo a que me juzgaran o me culparan. No quería que la vergüenza tuviera más espacio en mi vida.

Mi historia es que sobreviví. Sobreviví y hoy sé que es más importante mi historia y cómo me mantuve resistiendo y no la de la violencia vivida. Me mantuve a salvo y viva.

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