TODO POR LA NUEVA FE: El Martirio de Los Niños Beatos Tlaxcaltecas

Publicada en Abril 2008 edición 05

En el año de 1990 el Papa Juan Pablo II, durante su segunda visita a México, beatificó a tres niños tlaxcaltecas que sufrieron el martirio en nombre de la fe católica durante el siglo XVI; sus nombres: Cristóbal, Antonio y Juan.

Pero, ¿quiénes fueron aquellos niños y por qué se han convertido en un icono de la historia de la evangelización en México?, ¿cómo es que hoy sabemos de su existencia y su martirio?

La tragedia de “los niños mártires” fue narrada por el fraile franciscano Toribio de Benavente, conocido entre los indígenas como padre Motolinía (pobre o humilde en lengua náhuatl). De la crónica patrística de Toribio de Benavente, Historia de los Indios de la Nueva España, es que derivan los demás relatos al respecto.

CRISTÓBAL: EL PRIMERO

Según el padre Motolinía el primer martirio fue el del niño Cristóbal en el año 1527. Cristóbal era el hijo de un gran señor de Tlaxcala, Acxotécatl, un guerrero que durante la conquista de Tenochtitlán había peleado como jefe militar a las órdenes de Cortés. Acxotécatl conservaba sus privilegios como señor dado su carácter de aliado de los conquistadores, y por ende también seguía practicando el culto a los dioses antiguos.

Para entender históricamente el martirio de Cristóbal es necesario comprender primero que la conquista espiritual de México fue una tarea más complicada que la militar. El culto religioso no podía cambiar de la noche a la mañana y los primeros frailes evangelizadores percibieron que para que la conversión tuviera éxito, era necesario comenzar por los niños, dado que los adultos difícilmente cederían a reemplazar una religión politeísta por una monoteísta.

Motolinía dice que Acxotécatl accedió a que sus hijos fueran educados por los frailes en la fe cristiana, menos su hijo más querido. Motolinía describe cómo los frailes insistieron al cacique en que ese niño debería estar también al cuidado de ellos. Acxotécatl cedió pero no de muy buena gana, algo bastante comprensible para alguien educado en otras creencias. El problema creció cuando el niño, ya bautizado como Cristóbal, se dio a la tarea de comenzar a predicar el evangelio entre sus allegados, negando a los dioses de su padre.

Cuenta fray Toribio cómo Cristóbal destruyó las esculturas de los dioses prehispánicos del palacio de su padre, lo que hizo que éste, envuelto en cólera y por consejo de otra de sus esposas, Xuchipapalotzi (Flor de mariposa), lo golpease hasta casi dejarlo muerto. La madre de Cristóbal, horrorizada por lo sucedido a su hijo, enfrentó a Acxotécatl, pero éste la golpeó y mandó que la sacaran del lugar, mientras que su otra esposa y cómplice permanecía a su lado. Cuando observó que el niño no perecía, lo arrojó al fuego para que muriera, pero sobrevivió a ello, atribuyéndoselo el niño a su nueva creencia.

“…en aquel fuego le echó y le revolvió de espaldas y de pechos cruelísimamente, y el muchacho siempre llamando a Dios y a Santa María; y quitado de allí casi por muerto, algunos dicen que el padre entró por una espada, otros que por un puñal, y que a puñaladas le acabó de matar; pero lo que yo con más verdad he averiguado es que anduvo a buscar una espada que tenía de Castilla, y que no la halló.”

Cristóbal murió al poco tiempo a consecuencia de la golpiza propinada por su progenitor. Los frailes se enteraron por terceros del asesinato de Cristóbal con casi un año de retardo, pero al hacerlo, inmediatamente acudieron al palacio del cacique; el niño se hallaba sepultado allí mismo.

Cuando fue exhumado, en el cadáver se notaban marcas y el cuerpo estaba seco, pero no se había descompuesto y pudieron comprobar que efectivamente había sido asesinado a golpes. La justicia de la época no se hizo esperar, Acxotécatl recibió su castigo y la muerte de Cristóbal sirvió a los frailes para difundir la nueva fe.

Según fray Gerónimo de Mendieta en su crónica Historia Eclesiástica Indiana, los restos de Cristóbal fueron trasladados a la ciudad de Tlaxcala por fray Andrés de Córdoba para ser sepultados junto al altar provisional en el que se celebraba la misa en una capilla, ello hasta que finalizó la construcción del templo de la Asunción (actual ex convento franciscano).

“Y con haber mas de un año que estaba allí enterrado, dicen que estaba seco, mas no corrompido. El cual traído a Tlaxcala lo sepultaron cerca de un altar que tenían en una capilla donde de prestado decían misa, hasta que se acabase la iglesia y monasterio que entonces se edificaba. Después el padre Fr. Toribio (que dejo escrita esta su historia) trasladó sus huesos a la iglesia principal, que tiene por vocación la Asunción de la Madre de Dios”

El martirio de Cristóbal y el hecho de que sus restos no se hubiesen descompuesto después de haber sido sepultados fueron tomados por la gente de la época como una señal divina, y su figura fue utilizada para promover el cristianismo.

ANTONIO Y JUAN: LOS MÁRTIRES DE ORDUÑA

En el año de 1529 pasaron por Tlaxcala dos frailes dominicos que se dirigían a Oaxaca con la misión de evangelizar a la población del lugar. A la cabeza iba fray Bernardino Minaya. El padre Minaya solicitó al guardián del monasterio de Tlaxcala, fray Martín de Valencia, que les diera en encomienda a algunos niños para que le ayudasen en la tarea evangelizadora.

Para tal misión se destinó a dos muchachos de la misma edad que el fallecido Cristóbal, hijos también de
familias principales de Tlaxcala: Antonio y Diego. Antonio llevaba consigo a un mozo de nombre Juan. Fray Martín de Valencia no estaba muy convencido de que ellos fueran los designados para tal encomienda:

“Hijos míos, mirad que habéis de ir fuera de vuestra tierra, y vais entre gente que no conoce aún a Dios, y que creo que os veréis en muchos trabajos…y aún tengo temor de que os maten por esos caminos; por eso antes de que os determinéis pensadlo bien”

Los niños replicaron al fraile que para esa tarea habían sido educados en la fe, y que considerarían la muerte un privilegio si así lo había designado Dios para ellos. Así entonces, partieron con los padres dominicos. Fray Martín Valencia se los había encargado mucho, en especial a Antonio, nieto de Xicohténcatl el Viejo y heredero del señorío del abuelo.

En camino a Oaxaca pasaron por Tepeaca, donde prosiguiendo con su labor evangelizadora fueron encomendados para buscar y llevarse, casa por casa, las figuras de los antiguos dioses. Así lo hicieron, despertando la ira de los pobladores. Llegaron al poblado de Orduña, donde continuaron con la misma tarea, ante el descontento de los caciques, quienes según Motolinía, planearon su muerte.

En un pueblo cercano a Orduña, llamado Quautinchan, Antonio y Juan llegaron a una casa en busca de
los ídolos. En la puerta sólo había un niño resguardando la propiedad, por lo que sólo se quedó Juan.

Súbitamente llegaron varios hombres adultos que llevaban leños de encino en sus manos, con los que comenzaron a golpear a Juan. Al escuchar la golpiza, Antonio entró y reprochó tal acto, aludiendo a que aquel simplemente era su mozo, y que quien había tomado las esculturas de las deidades había sido él.

No obstante a su intento por frenar la masacre contra su compañero, Juan ya había muerto. Los asesinos de Juan se abalanzaron contra él y también le mataron. Tomaron los cuerpos de los niños y los lanzaron a un barranco profundo. Pero quién podría pensar que la desaparición del descendiente de Xicohténcatl pasaría por alto. Pronto comenzaron a buscarlos, hasta que encontraron los cuerpos de los niños.

La justicia del lugar castigó a los culpables de los crímenes, pero se trataba también de indios principales y las penas no eran excesivas. Se solicitó su envío a Tlaxcala, donde los padres de los niños muertos pedirían la pena capital para los asesinos, pero con pagos en oro al señor de Quautinchan lograron evadir la justicia temporalmente.

Cuando la noticia se supo en la ciudad de México, el gobierno español solicitó su traslado para ser sentenciados y castigados con la pena de muerte: la horca. Fue ejecutado también el señor de Quautinchan. Los cadáveres de los niños fueron sepultados en la capilla del pueblo de Quautinchan. Quien más resintió la tragedia fue fray Martínde Valencia, pues él los había enviado allí.

Los tres niños mártires beatificados en 1990 no fueron los únicos que cayeron en el proceso de evangelización. La implantación de la nueva fe costó la vida de muchas personas, adultos y niños.

  • Charles Gibson, Tlaxcala en el siglo XVI, trad. Agustín Bárcena, México, F.C.E., 1991.
  • Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala (Ms. 210 de la Biblioteca Nacional de París), paleografía de Luis Reyes García, México, Gobierno del Estado de Tlaxcala-CIESAS-UAT, 1998.
  • Gerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, obra escrita a finales del siglo XVI, cuarta edición facsimilar y primera con la reproducción de dibujos originales del códice, Porrúa, México, 1993.
  • Robert Ricard, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572, trad. Ángel María Garibay K., México, F.C.E., 2004.
  • Toribio de Benavente Motolinía, Historia de los indios de la Nueva España.
  • Relación de los ritos antiguos, idolatrías y sacrificios de los indios de la Nueva España, y de la maravillosa conversión que dios en ellos ha obrado, estudio crítico, apéndices, notas e índice de Edmundo O’Gorman, Colección Sepan Cuántos…129, séptima edición, Porrúa, México, 2001.
  • Juan Pablo II habla a México en 1990, Librería Parroquial de Clavería, México, 1990.

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