Bigotes

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Publicado en Septiembre 2021 edición 165

Era una mañana lluviosa de sá­bado debido al huracán Grace, que había tocado tierra en Ve­racruz la noche anterior. Además de que los días lluviosos hacen que me ponga triste y melancólica. Tenía un sentimiento de angustia y desolación, porque había perdido la esperanza de encontrar a Bigotes, mi gato, que lle­vaba semanas desaparecido. Así que mientras tomaba café y escuchaba las estrofas de esa canción que dice: “Fue por ti que aprendí a querer los gatos…”, decidí rendirme y aceptar que todos los esfuerzos de búsque­da habían concluido. Durante cuatro semanas había buscado desespera­damente a Bigotes. Coloqué carteles por todo el vecindario ofreciendo una muy jugosa recompensa. Pero parecía que todo había sido insuficiente. Hasta hace unos minutos donde un mensa­je cambió todo lo que sentía. Una pe­queña chispa de esperanza se encen­dió debido al mensaje de una vecina de la colonia, indicando que habían encontrado a un gato parecido.

Pero primero dejen que les cuente la historia de Bigotes. Lo encontré en un lote baldío junto a dos de sus her­manitos, habían sido abandonados. No tuve el corazón de abandonarlos, no importó que llegara tarde al traba­jo, regresé a casa por una caja y los rescaté. Bigotes fue el más difícil de atrapar y actuaba como el hermani­to protector, defendiendo a los otros dos que eran más pequeños. Era hu­raño y agresivo y no fue fácil darlo en adopción. No dejaba tomarse fotos y cuando lograba conseguir una foto siempre salía con cara de enojado. Así que fue imposible darlo en adopción y decidí conservarlo. Desde que lo vi amé sus bigotes enormes y por eso le puse así: Bigotes.

Algo pasó entre Bigotes y yo, por­que vino a representar un compañero en momentos en los que sentía una inmensa soledad. Creo que una vez desde el rincón donde se escondía, supongo que vio a alguien similar a él. Y aun siendo huraño y solitario se acercó, colocó su pequeña mano so­bre la mía y nos hicimos amigos. Ya jamás lo ofrecí en adopción y se hizo un fiel acompañante.

Se despertaba a las siete de la mañana como yo y después de su rutina de aseo esperaba frente a la puerta hasta que yo saliera. Se ponía a observar desde que arrancaba el motor del coche y se quedaba sen­tado mirando cómo se alejaba el auto de Erika, su dueña o su compañera, porque supongo que eso pensaba que era yo para él.

A veces no apreciamos los detalles porque nos vamos acostumbrando a ellos. Pero Bigotes siempre me esperaba al llegar. Se paraba frente a la reja roja del fraccionamiento donde vivíamos y esperaba a que la abriera, que metiera el carro y me acompañaba a cerrar la reja y regresaba atrás de mí. Camina­ba orgulloso y elegante. Y cuidaba que no se acercara otro gato a saludarme porque lo reprendía gruñendo.

Extrañé esas rutinas de acompa­ñamiento cuando dejó de aparecer, es triste darse cuenta que nunca percibi­mos la presencia pero sí la ausencia.

Después de una semana de no verlo comencé a colocar carteles y buscarlo como desesperada. Hasta esta mañana donde me dijeron que ahí estaba, a unas calles del fraccio­namiento donde vivíamos.

Yo identificaba a Bigotes por una cicatriz en su nariz, que se había he­cho por sus tantas peleas con los otros gatos del fraccionamiento. Esa era la principal característica que había puesto en los carteles de búsqueda.

Después de tocar tres veces el tim­bre del número 209 de la calle Noga­les apareció una niña de aproxima­damente diez años, atrás de ella su mamá. La casa tenía un jardín enorme y tenían al gato sentado en la silla del jardín, traía puesto un collar café y se veía perfectamente limpio. La niña sin darme tiempo a decir nada dijo:

–Pues no creo que sea tu gato y si lo es, por qué te dejó.

–Has de saber que uno no aban­dona a quien quiere.

Fueron unas palabras crueles, pero con mucha verdad, uno no deja a quien quiere, contuve las lágrimas al pensar en David que se fue con su exnovia y terminó conmigo justo cuando llegó Bigotes a mi vida. Pero sentí cierta tranquilidad al saber que a veces no es culpa de nosotros que nos dejen, la niña tenía razón: no abando­namos a quien queremos o al menos eso pensé en ese instante.

La vecina inmediatamente rega­ñó a Fernanda, la encantadora niña. Diciéndole que si no era de ella ten­dría que regresarlo y que pensara que con la recompensa podría comprarse la muñeca que tanto deseaba. Pero a Fernanda se le llenaron los ojos

de lágrimas y dijo que no dejaría ir a Nemo porque lo amaba. Además, dijo que cuando lo había encontrado, Nemo no traía collar y ella se lo había comprado con sus ahorros. Nemo el gato amarillo y súper parecido a Bi­gotes fue a tomar agua de un bote­cito color naranja, similar al color de su pelaje. Yo pensé que Bigotes era el único gato que tomaba agua de esa manera extraña ayudándose con su manita. Pero al parecer eso era co­mún en otros gatos.

Creo que no es mi gato, dije se­rena y tranquila. Pedí perdón por las molestias y le dije a la mamá de Fer­nanda que me retiraba antes de que lloviera más fuerte. Nemo, no dejaba de mover su cola y se veía feliz, lucía perfecto su collar y lamenté nunca haberle puesto un collar a Bigotes. Pensé en todos los días que lo dejé solo y en que quizás, no lo había que­rido demasiado y que la niña tenía ra­zón, uno no abandona a quien quiere.

Empezaban a caer gotas de lluvia con más intensidad, recuerdan que les dije que era una mañana lluvio­sa de sábado. Antes de marcharme pude ver que al caer las gotas de llu­via sobre la nariz de Nemo, se le corría el maquillaje que supongo Fernanda había puesto sobre la nariz de su gato. Me pareció ver una cicatriz similar a la que tenía Bigotes. El corazón me dio un vuelco y todos los momentos que viví con Bigotes pasaron como una pelí­cula rápida por mi mente. Bigotes me miró fijamente y ambos supimos que era una despedida. Lo recordé prote­giendo a sus dos hermanitos cuando lo encontré en el lote baldío. Ahora de­bía proteger a Fernanda y rescatarla de su soledad como lo hizo conmigo. Tuve la intención de reclamarlo, pero pensé que uno también debe dejar a quien quiere, cuando sabe que va a estar mucho mejor. Regresé llorando a casa y las lágrimas que resbalaban por mis mejillas se confundían con la lluvia. En mi mente sonaban esas es­trofas de la canción de Shakira que había escuchado por la mañana. Y la sentí en el alma, porque fue por Bigo­tes que aprendí a querer a los gatos y también por él, descubrí lo que es amar.

Tomás Galicia

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