¡Burro el que no lea!

Publicado en febrero 2008 edición 3

La frase “Burro el que no lea” iba impresa en una playera negra, que utilicé para hablar frente al grupo de cuarto año al que pertenecía mi hija. La ocasión lo ameritaba, pues fui invitada junto con otros padres de familia para comentar algún libro con los niños y fomentar así su hábito por la lectura. Debo decir que esa simpática charla con los niños y este artículo forman parte de mi pequeña, incipiente y personal batalla para ofrecer un gran tesoro para cualquier ser hu­mano: el amor por la lectura.

Es bien sabido por todo el que gusta de escribir, que los primeros renglones son decisivos para atrapar al lector y ahora sólo espero no haber decepcio­nado a algunos, al relacionar la lectura con un tesoro y peor aún con el amor. Pero ¿por qué no hacerlo? Nuestro sistema social, centrado por excelencia en el dinero y no en los seres humanos, está provocando con su egoísmo, su información violenta, amarillista y manipuladora, el adormecimiento de nuestra propia capacidad de interesarnos, de buscar el conocimiento como uno de los alimentos vitales de nuestra especie.

Lo más importante no debería ser lo que producimos o consumimos, sino nuestra capacidad de interesarnos por algo. Ya no nos interesa el proceso creativo de las cosas o fenómenos, sino que ahora éstos absorben nuestra atención. Para el artista se vuelve más importante la obra en sí misma por su valor, su contenido, su corriente, que el proceso que vive con la realidad y con su propio proceso creativo. Esta falta de entrega y conocimiento de su obra genera el desinterés de su crítico o espectador y lo mismo sucede con cualquier otra ocupación, llega a haber personas que no comprenden la importancia social de su labor, se han desconectado de la realidad histórica de su propio tiempo, del proceso dialéctico que viven con su realidad y con su creatividad.

Para la mayoría de nuestros jóvenes es mucho más importante la llegada del viernes para ir al antro a embriagarse, que su búsqueda del conocimiento sin el cual no podrán sobrevivir y mucho menos servir a la sociedad. La causa de ello debe encontrarse en un efecto integral de todo lo que nuestra sociedad les está dando como alimento. Las noticias reflejan las disfunciones sociales y naturales del estado, del país o del mundo entero de manera subjetiva y masticada por los que consideramos expertos en la materia y que, por no considerarnos tal, no debatimos ni tomamos real partido en situación alguna. Basta decir que estamos de acuerdo con tal personaje, diario o programa para engañarnos apaciblemente y declararnos cultos. Los progra­mas de televisión transmiten un mensaje que hace ver al ocio y al éxito material, como lo más importante de la vida. Las letras de canciones de moda muestran poca creativi­dad, reciclando expresiones de poesía barata que no nos ayudan a pensar nada nuevo. Lo considerado “moderno” es un collage de símbolos fálicos, vidas en crisis y una serie de “obras”, que nada nos dicen acerca de cómo re­solver nuestros problemas o por lo menos que nos hagan conscientes de los mismos. Por ello, no dejamos de ser una sociedad autoritaria y llena de lastres que nos impiden alcanzar el nivel de desarrollo económico, social y cultural que merecemos.

Ahora, para revivir nuestra curiosidad innata por saber, debemos enamorarnos de cada cosa que hacemos, para permitimos la oportunidad de hacerlas tendiendo a la ex­celencia. Necesitamos mantener despierto nuestro “demo­nio interior” como sugería Sócrates en su mayéutica; bus­car una vida auténtica usando de nuestra conciencia para recordarnos que debemos huir de la mediocridad, como exigía Heiddeger; recordar tal vez que somos tan solo una etapa transitoria hacia el superhombre como pregonaba Nietzsche. En resumen, debemos ya tomar parte activa en nuestra vida y hacer de ella un arma contra la enajenación y la falta de sentido. No hay tiempo de perder el tiempo.

Es fundamental, para renovar esta capacidad de intere­sarnos, que aprendamos a sustentar con razones de peso nuestras propias ideas y teorías, a partir de una compren­sión cabal de las que otros han generado y esto se logra sólo con la lectura inteligente de todo tipo de fuentes que, por suerte para nosotros, muchas están a nuestro alcance gracias a la comunicación globalizada de la Internet y por supuesto, a través de los libros.

Precisamos comenzar a conocer, y para ello es ne­cesario leer, pues la lectura es el camino idóneo hacia el conocimiento, mismo que nos brinda la satisfacción de sentir que verdaderamente estamos vivos en este preciso momento. Por eso, como consigna válida gritemos: ¡Burro el que no lea!

Marcela Gutiérrez Bravo

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