Confinada en China – Tribulaciones de una tlaxcalteca durante la pandemia

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Publicada Mayo 2020 Edición 149

And I and all the souls in pain,
Who tramped the other ring
“The Ballad of Reading Gaol”
Oscar Wilde

Confinamiento, cuarentena, resguar­do. Desde hace tres meses, estas palabras nos machacan una y otra vez todos los días. Son casi un mantra. Las escuchamos en los noticieros, las mencio­namos en nuestras conversaciones coti­dianas, y por supuesto las encontramos en Facebook, en Instagram, en Twitter, con su cauda de noticias falsas.

Bienvenidos al más grande experi­mento social de la historia, del que somos cobayas involuntarios, pero de ninguna manera inocentes.

En el Año de la Rata, según el horósco­po chino, casi la mitad de la humanidad ha tenido que replegarse a sus casas. Un enemigo microscópico ha puesto en jaque a nuestra especie: el SARS-CoV-2, un tipo de coronavirus causante de una nueva en­fermedad: la Covid-19.

La economía se tambalea; en muchos países los gobernantes han tenido veleida­des tiránicas al amparo de la pandemia; y cientos de millones de personas la han pasado muy mal dentro de sus viviendas. Los casos de violencia contra las mujeres se disparan sin que nadie haga algo por ellas.

Los muertos se cuentan por decenas de miles, principalmente en países con poblaciones envejecidas, como España, Francia, Gran Bretaña e Italia, que suman casi la mitad de los fallecimientos por Co­vid-19. En esos cuatro países, los adultos mayores arrumbados en asilos y casas de retiro mueren acompañados por la sole­dad y unos cuidadores enfermos y llenos de miedo.

El mundo ya había oído hablar de una enfermedad parecida: el SARS, acrónimo en inglés de severe acute respiratory sín­drome, o síndrome respiratorio agudo se­vero. Originado también en China a finales de 2002, y con un periodo de transmisión que se extendió hasta mediados de 2003, el SARS es ocasionado por un coronavi­rus, característica que comparte con la Covid-19.

El año 4718

En aquellos días, China se preparaba para las fiestas del Año Nuevo, en este caso, para darle la bienvenida al año 4718. Esa celebración es parecida a la Navidad en el conjunto de los países cristianos oc­cidentales o al Día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Millones de chinos se aprestan a viajar para reunirse con sus familiares.

El 31 de diciembre de 2019, las autorida­des chinas notificaron a la Organización Mundial de la Salud sobre la aparición de neumonías atípicas, responsables de va­rias muertes en la ciudad de Wuhan, pro­vincia de Hubei.

Pero nada ocurrió como lo preveían esos deseos.

Con la pandemia de SARS en el espejo retrovisor, las autoridades chinas or­denaron el cierre total de la ciudad de Wuhan. Simplemente nadie podría salir. Ante el crecimiento exponencial de los contagios, el siguiente paso fue el confinamiento de Hubei. Después, China entera se enclaustró. No que­rían una expansión descontrolada de la enfermedad, que para entonces ni siquiera tenía nombre. Aquí es don­de entra la protagonista de nuestra historia.

Tribulaciones de una tlaxcalteca en China

A Jessica Mackay le gusta viajar. En su pasaporte están los sellos de las autoridades migratorias de Francia, Gran Bretaña, Japón y China.

Originaria de Apizaco, Jessica es psicóloga social de formación, aun­que los azares de la vida profesional la han llevado a dar clases en bachi­llerato. Pero ante todo, ella quiere ver al mundo en directo.

Cosas del destino, hace tres años Jéssica conoció en París a su novio, un joven afroestadounidense que tam­bién se gana la vida dando clases; de esa forma trata de pagar los créditos que adquirió para ir a la universidad, que es muy cara en Estados Unidos.

Desde 2019, este joven trabaja en China, enseñando inglés a niños de entre cinco y 17 años. Hasta allá lo alcanzó Jessica para pasar las fiestas del Año Nuevo chino. Sin embargo, el coronavirus dictó una historia muy diferente.

Revista Momento conversa con esta joven apizaquense, de figura esbelta y largo cabello lacio, que nos permite asomarnos al departa­mento que comparte con su novio en la ciudad de Xiangyang, además de una gatita de hermoso pelaje color arena. Desde la redacción nos enla­zamos con ella vía Skype, para que nos relate cómo han sido estos días de confinamiento.

Una ciudad china

–Cuéntanos cómo es Xiangyang.

-Xiangyang vendría a ser como Tlax­cala a la Ciudad de México, así como un estado pequeño, una ciudad pe­queña, pero una ciudad pequeña aquí en China es [del tamaño de] Ciudad de México. El transporte, la movilidad económica, el consumo, la cantidad de centros comerciales es impresionante. Hay muy pocos tem­plos ya.

“En la ciudad vieja o antigua es­tán los templos y las casas de los poetas, y todo lo demás son centros comerciales, enormes; puedes pasar un día entero o dos para recorrerlos. Es asombroso. Además, lo rápido que ha crecido. Es una localidad que en 30 años se convirtió totalmente en tecnología y en industria. A la gente todavía le cuesta un poco adaptarse a eso. Llegas a ver gente comiendo, como si estuvieran haciendo picnic, en medio de la banqueta. Es como de locos un poco”.

Para hacernos una idea de las ci­fras de China, Xiangyang cuenta con 1.4 millones de habitantes. “Y es una de las pequeñas. La economía se de­dica a tecnología y entrenamiento. Aquí la vida es de una gran ciudad, totalmente”, afirma. En tono humo­rístico, menciona que sus familiares y allegados en Tlaxcala le pidieron que les enviara productos chinos “de a tres pesos”. Pero esos no los hay.

–¿Qué esperabas ver y conocer en China?

–Esta es mi segunda visita a China; lo que no logré en mi pri­mera visita fue como más acercamiento con la gen­te. La primera fue un poco más turismo y adaptarme un poco a la situación. En esta segunda visita espera­ba conocer un poco más a la gente, tratar más con los locales. Y así fue, gracias a que me conoce un poco más de gente aquí. Nos in­vitaban a reuniones, fuimos al festejo del Año Nuevo en el trabajo de mi novio.

“Ya he podido ver cómo es la gente en China. Son muy amables, extrema­damente serviciales. Y esa es la parte que más me ha gustado hasta el momento. La gente siempre te recibe con una sonrisa e invitán­dote de comer, igual que en México”.

Ese paralelismo culina­rio se refleja, por ejemplo, en el aroma a anís que flota en la calle o en el uso del ajonjolí. Huele o sabe a Mé­xico, asegura Jéssica, quien a su experiencia como do­cente agrega tareas como editora de textos.

Acota que ese primer viaje a China, en el de 2019, esperaba ver toda la tradi­ción, los templos, las ves­timentas de ese país. Sin embargo, la realidad fue muy otra.

“Llegar aquí fue un shock bastante grande, porque la ciudad, la tec­nología ha absorbido a la gente. Por una parte ves a los vendedores de campo, a chicas con ropa tradicio­nal, en medio de grandes edificios, a los campesinos pagando todo con códigos QR, los templos y alrede­dor los grandes edificios, y aparte el caos. Hay dema­siada gente, demasiado tráfico. Todo se mueve. Al principio sí era estresante. Además, [está] el idioma. No entendía nada, no po­día leer nada. Era analfa­beta total”.

–¿Qué hiciste durante ese primer con­tacto con la cultura china?

–Dependía más de mi no­vio. No hablo el idioma. Aquí la gente habla muy poco inglés, ni el básico. Yo no sabía el transporte, no me podía comunicar con la gente. Era salir a la calle y ellos en su amabilidad te hablan y te hablan, y nada más sientes como con­fusión, porque te quieren ayudar, pero no le entien­des nada.

“Las primeras dos se­manas fue como de habi­tuarme un poco a ver cuál era el transporte que me llevaba a la casa. Cuando fui conociendo, me aven­turaba a salir sola y ya lo demás fue ir a conocer lo que yo quería. Conocer los templos, Wuhan y las par­tes históricas de la ciudad, los palacios, las casas de los escritores, de los poe­tas, la parte tradicional. Es muy difícil encontrar esas cosas”.

Esa primera visita duró un mes entero, el tiempo que las autoridades chinas permiten la estancia de los turistas. Y ese dato será una permanente fuente de an­gustia para Jéssica cuando llegó la orden de confina­miento, como veremos más adelante.

Una manera de ser

–¿Qué diferencias y similitudes encuen­tras entre México y China?

–En similitudes, y eso es algo que he intentado, ir a las grandes ciudades, [es que] siempre se mueven igual. Siempre son rápi­das, siempre es el trans­porte. La gente siempre va a lo suyo, tienes que ir a lo que vas. Una vez que en­tiendes cómo se mueve una gran ciudad, así se mueven todas, no importa de qué parte del mundo sea, así van todas.

“En cuanto a diferen­cias, sí son muy grandes. La verdad me sorprenda la educación cívica que hay en China. Y en Japón tam­bién. La gente siempre está pensando no interferir con el otro. Son ciudades tan aglomeradas que la única manera que tienen para subsistir es no interferir en la vida de los otros. Es mu­cho el respeto, a diferencia de las ciudades latinas, que casi siempre somos más in­vasivos en el espacio y en todas las cuestiones.

“En China y Japón lo que veo es que esa como reve­rencia de darte tu espacio, pero con el sentido de te­ner un orden. En Europa veo más que es como una cuestión más individualis­ta, que es así de ‘Te doy tu espacio, porque realmente no me interesas mucho’. En México es como cada quien lo suyo, tengo que pasar a mi modo”.

Las observaciones de Jéssica sobre Japón se apoyan en los dos días que pasó en Tokio.

–¿La conducta de la gente en China se debe al régimen comunista?

–Tiene que ver la política, el régimen que tiene, de tra­bajar bajo un orden, pero también hay una cuestión de espiritualidad.

Tú estás presente en ti mismo y no estás presente (sic), tanto con las demás personas. No estoy fijándo­me en lo que hace mi veci­no, porque llevo mi propio camino, pero sin interferir en el de él. Yo veo aquí esa cuestión espiritual, hasta en su forma de comer. O como ellos viven su religión; tam­bién tiene que ver con la armonía del cuerpo y de la distancia y de la presencia.

–¿El gobierno chino permite expresio­nes religiosas públicas?

–Sí está un poco limitada la situación por el conflicto que hubo con el budismo, pero más practican aquí el sintoísmo y el taoísmo. La prueba está en que hay algunos templos todavía dentro de las ciudades y la gente puede practicar­lo. Por las noches, si sales a caminar, ves a la gente haciendo tai-chi en gru­pos, caminando en solitario haciendo movimientos del tao o los ves con las esferas relajantes. Sea permitido o no, las personas buscan la manera de hacerlo.

“Son extremadamente dedicados en cada detalle, pero es una cantidad exa­cerbada de desperdicio. De hecho, la ciudad donde estoy, en las calles, por zo­nas, hay bastante basura. En los días de la cuarente­na, abrías la ventana y se podía ver el cielo azul, cosa que no se había visto. Eso nos dice mucho de cómo está”.

El Gran Confinamiento

Esta segunda visita de Jéssica a Xian­gyang comenzó el 3 de Enero. Veinte días después, las autoridades decre­taron “el bloqueo”. Literalmente, Jés­sica y su novio quedaron confinados en un departamento tipo loft de unos 30 metros cuadrados, donde está “todo corrido”: al recibidor le sigue la cocina y luego la recámara. “Peque­ño pero suficiente para una persona sola”, aunque bastante complicado si los ocupantes son una familia con un bebé y una suegra, como es el caso de los vecinos temporales de Jéssica. “Imagínate en ese espacio. Yo no sé cómo pasaron la cuarentena ellos. Pobres”.

El loft se encuentra en un edificio de 20 pisos, con cinco departamentos por piso. “Y así ves por toda China”.

–Cómo fueron esos primeros días de Enero, tomando en cuenta que para entonces China ya había declarado la existencia del brote de esta nueva enfermedad.

–Esa es un poco la controversia, que, por una parte, efectivamente, empe­zaron a haber casos desde diciem­bre, pero como tal la noticia empezó a correr el 16 de enero y hasta el 23 se declara la contingencia.

“Las primeras semanas de Ene­ro, cuando llegué, no había ningún protocolo de sanidad; era la vida normal. La gente estaba preparán­dose para festejar el Año Nuevo. Ha­bía fiestas, cenas, como nosotros en Navidad, pero aquí de Año Nuevo. Mucha gente salió de vacaciones. Que fue también lo que pasó. Mucha gente, aprovechando las vacaciones de Año Nuevo, salió de China y se quedaron varados en otros lugares, porque la vida seguía normal, hasta el 23 de Enero”.

–¿Qué medidas tomaron las autoridades?

–La primera fue el cierre de las ciu­dades; ya no podías salir de ninguna ciudad. Se cancelaron los vuelos, los viajes en tren, en autobús. Después fueron las cuestiones de protocolo, de utilizar la mascarilla, guantes. Salir solo a lo necesario; eso fue el 23 de Enero.

“Para la semana siguiente se cerraron restaurantes y cafés; sólo quedaron abiertos los supermerca­dos y nada más podía ir una persona por familia a hacer la compra. A la siguiente semana, como por el 5 de febrero, se cerraron los condominios. La gente común no podía salir de su zona de residencia ni hacer la com­pra. Las compras las hacíamos por­que nos traían cosas a los edificios, donde podías bajar y en el lobby del edificio o a la entrada de tu zona re­sidencial hacer tu compra de lo que llevaban las autoridades. Ya no po­díamos ir ni al super ni a la farmacia ni a ningún lugar. Aquí la cuarentena fue absoluta.

“Se formaron comisiones en todas las administraciones de las residen­cias, de los edificios o de los fraccio­namientos. Coordinados con el go­bierno mandaban alimentos para que cada vecino comprara ahí su comida, en la entrada de donde vivías”.

–¿Cómo tomó la gente estas medidas?

–Hasta donde yo vi, [porque] ya no pude salir de mi departamento, el que salía era mi novio, pero donde vi, bien. La propia gente, los propios vecinos, si te veían por ahí te decían que usaras guantes o que no salieras. Ellos mis­mos aceptaron la medida. Después tuve noticias de que hubo protestas o que no estaban conformes, pero yo hasta donde vi, la propia ciudadanía era la que se restringía de hacer más allá de lo que les pedían.

–En los medios occidentales se manejó que las autori­dades chinas utilizaban drones para que sobrevolaran las calles, pidiéndole a la gente que se quedara en sus casas.

–En la zona donde yo estaba llegaban las autoridades y ponían el sello de que esa zona estaba en cuarentena, y que ya no podían salir. Así llegaba el aviso, o sea, de manera personal.

–¿Tu departamento tiene vista a la calle?

–Sí, tengo vista. Estoy en el piso 16, entonces puedo ver hacia la calle. No se distingue nítidamente, pero sí se ve.

–Cuéntanos lo que veías a través de tu ventana.

–Tengo vista a una avenida grande; era impresionante sin un solo auto. Ni autobuses, ni taxis, ni nada. Normal­mente ves los ríos de autos. Absolu­tamente nada. Frente a mi casa está el supermercado. Y lo mismo: nadie cerca, solo la gente que se quedó trabajando para enviar los alimen­tos. Absolutamente nada.

“Además, aquí escuchas a la gente hablando en la calle, gritando. No se escuchaba nada. Cuando me decían que iba a terminar la cuarentena, me asomaba por la ventana, para ver si ya había un auto o si escuchaba a al­guna persona. Cuando empecé a ver que había como tres autos circulando, me dije “Ya casi, ya casi”.

–¿Qué sentiste al ver la ciudad así?

–Era un impacto… cuando bajé la primera vez y la persona de seguri­dad del edificio, como sabía que no hablo chino, nada más me hizo así como “No” [Jéssica hace un gesto de “¡Alto!”]. Fue así como “¡Qué rudo!”. Y, bueno, ya me regreso a mi departa­mento y fue cuando me dije “Sí, no es otra cosa que prevención. No están atentando contra mis derechos, no están siendo agresivos”. Simplemente es una protección para ellos y para mí. Sobre todo para mí como extranjera. No les conviene que los extranjeros se enfermen y tener que enfrentar cues­tiones de embajadas.

“Y fue ahí cuando empecé a ver la cuestión de lo que te comentaba, la educación cívica de cómo la gen­te tenemos esa percepción diferente, para nosotros como americanos, y también para mí fue “¿Cómo que te dicen que no sales? ¿Cómo vas a ob­tener comida y quién te la va a traer?”. Pero ellos, mis vecinos, [estuvieron] to­talmente ordenados, acatando y dije “‘Claro, ellos están más con el senti­do de comunidad, que si te enfermas, enfermas a los demás y viceversa. Si los demás se enferman, te enfermas’”.

–¿Consideras que eso es por idiosincrasia o por el régimen que tienen?

–Yo considero que, obviamente, es parte del régimen, parte de su forma­ción, pero justamente entra la parte sicológica. Inicialmente, nosotros como seres humanos tenemos eso de obedecer a la autoridad para evitar el castigo. Pero conforme vas asimilan­do, haciéndote consciente de que eso es en tu beneficio, ya se vuelve parte de ti. Obviamente es parte del régi­men, de tu educación social, pero ya lo has hecho tuyo. Y yo lo veía muy claro.

“Un día subí a al ascensor, sin los guantes desechables, y me hizo así uno de los vecinos, como así es más seguro. No te imponen, pero te lo re­comiendan y lo saben. Están cons­cientes de eso todo el tiempo. Y es parte de ellos”.

Los días encerrados

–¿Cuántos días estuviste confinada?

–Cuarenta y tres días sin salir absolu­tamente para nada a la calle.

–¿Qué sensaciones tuviste durante el confinamiento?

–La verdad sí estuve tranquila. La cuestión que me inquietaba era mi visa. Yo tenía que salir el 1 de febrero, porque mi visa expiraba. Eso era la parte que a mí más me preocupaba, estar básicamente de ilegal aquí, sin papeles.

“Entonces empecé a contactar… Mi familia, mis padres allá en Tlax­cala, con [la Secretaría de] Relacio­nes Exteriores. Ellos me contactaron con la embajada de México aquí en China, pues ese era mi mayor estrés. Ya cuando me dijeron [que] es lógico que no se puede salir, se va a dar una extensión de visa, pues ya me relajé. Esa era mi preocupación. De lo de­más, mi familia estaba preocupada. Me decían qué vas a comer, qué vas a hacer. Y yo les contestaba “De que me aburra, no pasa”. Mientras me den mi extensión de visa, yo estoy aquí con comida, estoy aquí tran­quila, estoy sana. De aburrimiento no me voy a morir.

–¿Cuáles rutinas estableciste para sobrellevar el confinamiento?

–Algún día quería estar en un templo, [hacer] la limpieza… Como te digo, es un espacio muy pequeño, somos dos personas, y pues aquí duermes, aquí comes, aquí cocinas. Pues [hacer] la limpieza, levantarte, limpiar lo de la gatita, pues también está la gatita. La limpieza. Luego cocinar. No tienes todos los alimentos a los que estabas acostumbrado, entonces darte ideas para cocinar, luego limpiar lo que cocinas. Fue básicamente estar a la Marie Kondo: todo el día limpiando, cocinando, y pues ya las pocas horas de más ocio, hablando con mi familia, leyendo un poco.

–No eras una prisionera, pero tenías prohibido salir a la calle. Esa es una paradoja más de este gran confina­miento, ¿no crees?

–No sé. Bueno, es que yo estoy un poco acostumbrada. He tenido una condición médica, [por la] que me ha tocado estar en hospitales por bastan­te tiempo. Yo decía, bueno, al menos en esta vez que estoy encerrada, yo puedo hacer las cosas por mí misma y para mí eso es una gran… ganancia.

–¿En qué más pensabas?

–Pasaba justamente eso. El asombro sobre la civilidad que tenían las per­sonas. Pensaba las cuestiones políti­cas, las implicaciones que iba a tener, pero también pensaba que esto era un tiempo para mí, para alejarme de las cosas que no me gustan, para te­ner otra perspectiva, es como estar en animación suspendida, que pue­des ver tu vida en otra perspectiva. Así como de verlo a distancia, qué es lo que está bien, qué es lo que no te gusta, qué es lo que extrañas.

–¿Alguna vez pasó por tu mente salirte a la calle?

–No, pues aunque quisiera, es un edi­ficio. Bajando inmediatamente estaba el guardia que me hacía así [repite el gesto del “Alto”]. Dije, no hay manera. Y como tampoco veía la necesidad… si la gente está tan ordenada aquí, ha­ciendo todo por estar bien, yo como por qué voy a venir a irrumpir un or­den. Eso llegué a pensar también.

–¿Cómo es tu relación con los vecinos?

–A la fecha, en la ciudad donde estoy, al ser pequeña, no hay demasiados extranjeros. Entonces les causa mucha curiosidad y te ven y eso, pero no se te acercan demasiado, pero mi novio ha vivido un poco más de tiempo aquí. Por ejemplo, con vecinos de pisos más arriba, que también tienen gatos, tu­vimos intercambio de co­mida y de arena; con la vecina de al lado también tuvimos intercambio de al­gunos alimentos. Nosotros somos vegetarianos, nos mandaron huevo. Entonces le cambiamos huevo, ella nos dio galletas y bastante solidaridad.

–¿Tuviste alguna carencia o restricción de alimentos en estos días?

–Restricción de alimentos, no. Donde sí nos veíamos un poco complicados era en las cuestiones básicas del súper: jabón para la ropa, shampoo, cosas de baño. Todo eso pues no te lo proveen o te proveen lo básico, papel de baño y nada más.

–¿Allá también se dieron compras de pánico?

–No. No, no, no. Creo que la gente no alcanzó a eso. Porque yo sí veía que aquí normalmente compran mu­chas cosas, pero no la… más bien la escasez de produc­tos se vio cuando terminó la cuarentena y comenzamos a ir a los supermercados. Como no llegaban los pro­ductos, tú ibas al súper y lo veías vacío.

–¿Qué reportaban los medios de comu­nicación en esos días?

–La verdad es que tratába­mos un poco de… [Jéssica duda un momento en su respuesta y cambia el rum­bo. Este es un rasgo que la distingue a lo largo de la entrevista. Trata de recali­brar las contestaciones que da] porque nosotros, nues­tras noticias, por el idioma, pues son más como inter­nacionales.

“Tratamos de alejarnos un poco de las redes, por­que hubo reacciones bas­tante negativas en el mun­do, pero de las autoridades locales pues siempre es el mensaje de ‘Estemos jun­tos, luchemos, lo estamos confrontando para seguir avanzando’. Siempre es como un mensaje de opti­mismo, de que vamos hacia mejor, y esa era la informa­ción oficial, de que estamos trabajando y todos lo esta­mos haciendo bien”.

–¿Alguna vez llegaste a estar encerrada tanto tiempo en condiciones similares, aparte de tu convalecencia?

–No. Mi máximo había sido estar en un hospital 21 días. El estar en el apartamento dije: “Bueno, pues ya supe­ré mis límites al doble”.

La balada de la cárcel de Reading

Cuando Oscar Wilde acabó en prisión, luego de un es­cándalo que reveló lo peor de la alta sociedad ingle­sa, escribió “La balada de la cárcel de Reading”, un largo poema que, entre otros asuntos, describe los paseos que daban los pre­sos por la cárcel del patio. Un fragmento de ese poe­ma sirve de epígrafe a esta entrevista.

Durante la última sema­na de la cuarentena que vi­vió Jéssica en el edificio de Xiangyang donde pasó 43 días sin ver la calle, los ve­cinos daban breves cami­natas por un patio interior ubicado en el quinto piso.

“Si bajabas veías a la gente ca­minando en círculos, alrededor del pequeño patio, sacando a los niños, como [diciendo] ‘Camina tantito y jue­ga básquetbol’, pero dos o tres perso­nas y se regresaban. Ya la gente tenía ganas de salir, pero se buscaba como las maneras [de hacerlo]”, rememora nuestra entrevistada.

–¿Por qué le cuesta tanto a la gente permanecer en­cerrada?

–Pues sí es una parte… y sí es bastante curioso… estamos en la era en la que tenemos Amazon, en la que tenemos Uber Eats, en la que parece que ya nadie quiere salir de su casa, y de re­pente, cuando te dicen que no puedes, entonces te desesperas. Es como ese choque, justamente. Tú lo haces por voluntad. Ah, pero que alguien venga y te diga que no lo hagas, entonces es como esa resistencia personal a, simplemente, negarte a lo que alguien más te lo dice, a las imposiciones.

–¿No te parece muy paradójica esta situación?

–Sí. Extremadamente. Todos dicen “Ay”… Y de hecho, cuando salió Avengers [se refiere a Endgame, que puso fin a una parte de la saga de Marvel], la gente decía que fuera como Thanos, que ya no hubiera la mitad de la humanidad, como que este odio…, pero a la vez también hay como esa punto fatalista de la humanidad de querer desaparecer. Dicen “Ahora sí es el fin. Ahora sí ya viene”. Lo que pasó en 2012, que ya era el final del mundo, y ahora di­cen “Ahora es 2020”. Hay como cierta tendencia a ser trágico, tendencia a la destrucción. Y como te digo, la re­sistencia. Está bien si yo lo decido, pero que nadie más me lo imponga.

–¿Qué fue lo primero que hiciste cuando pudiste salir a la calle?

–Pues correr a las oficinas de mi­gración para regularizar mi situa­ción, que por cierto no me dejaron pasar. A la fecha no me dejan pasar, porque [para ingresar a] todos estos edificios, tienes que tener (sic) en tu aplicación de tu celular, que estás registrado, que no estuviste en un hospital y que no estuviste enfermo.

“Nosotros, al no ser ciudadanos, no estamos registrados, no estamos en esa base de datos. Pues esa fue la primera parte, ir ahí. No me dejaron pasar, entonces fue caminar por toda la ciudad. Fue cuando vimos las filas interminables en Walmart, en los su­permercados, la gente formada para entrar a Walmart. No había otra cosa abierta”.

–¿Este manejo particular de códigos QR podría dar pie a actos de discriminación o atentar contra las libertades?

–Esa también es una visión que tene­mos como occidentales, que lo vemos como discriminación, pero si lo en­tendemos de por qué es parte de que aquí se contuvo un poco más rápido la enfermedad; siempre que estás en una sociedad, hay un intercambio, hay un contrato social, se llama; tú cam­bias un poco de libertad a cambio de seguridad. Cuando entiendes esto de que ni modo, te toca dar parte de tu libertad, pero vas a estar seguro, en este caso de contener una enferme­dad, lo aceptas.

–¿Te genera inquietud que tu situación migratoria en China esté en el aire?

–Bastante. Mi mayor fuente de estrés es esa, pero afortunadamente sigo te­niendo contacto con la embajada de México. Lentamente me están dando los papeles; horita ya tengo un papel donde solicito la extensión de mi es­tancia aquí, les explico las razones. Hoy ya fui a la oficina de la Unidad de aquí. Ya me expidieron esa hoja para que me dejen pasar a los centros co­merciales sin problema. Ya esa parte se está resolviendo, pero sí bastante frustrante por el idioma, por no saber cómo se maneja, no sabes qué hacer.

La filosofía del confinamiento

Más allá del ecuador de la entrevista, pedimos a Jéssica algunas reflexiones sobre las lecciones que nos ha dejado el confinamiento obligatorio. La pri­mera pregunta de esta tanda irreme­diablemente está condicionada por lo que ella y cientos de millones han vivido: ¿qué es la libertad?

“Para mí es poder decidir, poder hacer algo positivo o negativo con tu vida, siempre y cuando no per­judiques a la del resto. Siempre hay ese límite.

“Las medidas fueron las necesa­rias y sí se actuó con rapidez. El pro­pio estilo de vida que se tiene ahora en China también ha ayudado a con­tener. El QR sirve para pagar todo. Eso ayudó a identificar a los con­tactos de las personas contagiadas. Para nosotros eso es el Big Brother”.

–¿Ese manejo de los datos no crees que vulnera la privacidad de las personas?

–Es un riesgo para la libertad, pero como te comento, es parte del con­trato social. Normalmente las perso­nas en Occidente también lo hace­mos y de manera voluntaria. Todos subimos a Facebook qué desayuna­mos y dónde y con quién, y de ma­nera voluntaria, pero la cuestión de que ya se haga y están viendo mis datos… pero si todos nos morimos por estar en el escaparate de las redes sociales.

–¿Confías en que lo que ahora estamos viviendo a raíz de la pandemia traiga cambios para bien?

–Espero que así sea. Hasta el momen­to, infortunadamente no es lo que se ha visto. Vi cómo gente repatriada a Ucrania fue apedreada para que re­gresaran y no los enfermaran.

“En México, en España también están rechazando a la gente que da servicios públicos, como enfermeras o gente que trabaja en el mercado. La realidad está siendo muy dura. Yo no entiendo esta parte de rechazar a alguien que está apoyando, como un médico o un trabajador de supermer­cado. Sí sería lo ideal, pero lo que se está viendo hasta el momento no está siendo así.

–¿Crees que el confinamiento llegue a afectar la salud mental de las personas?

–Más bien diría que debería de ser lo contrario, valorar la libertad que tie­nes, que tengas esa conciencia de que puedes decidir, que puedes moverte y de lo que puedes hacer. Para mi caso, desde mi perspectiva, sería lo contra­rio, pero no todas las personas lo viven de la misma manera (sic).

El día que regreses…

A la entrevista se une nuestra directo­ra, Marisol Fernández, quien pregun­ta a Jéssica qué es lo que extraña de Tlaxcala y qué va a extrañar de China una vez que regrese a México.

“Lo que más extraño de Tlaxcala pues es obviamente a mi familia, a mis amigos. Eso es lo que más extra­ño de Tlaxcala, y como tal también la tranquilidad de estar en tu lugar, en tu casa. Y de China voy a extrañar la comida; aquí encuentras bastan­tes fuentes de alimentos saludables y estilos de vida saludable, que no en­cuentro en Tlaxcala”.

–¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando regreses a Tlaxcala?

–Lo primero será visitar a mis padres. Es lo primero. Y lo más probable es que hagamos alguna comida familiar, para celebrar los cumpleaños que me perdí. Ya me perdí el mío, me voy a perder el de mi papá, que es la próxi­ma semana, el 28 de abril. Mi cum­pleaños fue el 7 de marzo. Me tocó en plena cuarentena mi pastel.

–¿Qué hicieron ese día?

–Nada fuera de lo diferente [se le quiebra un poco la voz]. Ni pastel, ni pan ni galletas. Nada.

–Perdona que insista en este punto, pero podrías abun­dar un poco más sobre esa experiencia.

–[Responde con la misma emoción en la voz] La verdad sí estaba muy men­talizada a que es así, y tiene que ser así y estoy bien. Siempre a lo positivo. Estoy bien, estoy sana, estoy comiendo muy saludable. Sí me mentalicé bas­tante y supe que era así, pero también sé que voy a regresar a mi casa y voy a festejar con mi familia.

–¿Qué nos puede ayudar a sobrellevar una situación de confinamiento como la que tú viviste?

–Precisamente eso: ser consciente de que lo que está sucediendo o que estar en tu casa es por tu bien, para tu bien y para el de tu familia y los que están cerca de ti, y ver todo lo bueno que tie­nes en ese momento, si tienes tu salud, si tienes a tu familia cerca, si no estás en una situación ilegal. Todo lo bueno que tengas en ese momento, valóra­lo. Tienes la oportunidad de cocinar, tienes la oportunidad de comer bien o de leer un libro, a lo mejor algo que no habías hecho en mucho tiempo.

–¿Tuviste miedo?

–No. Bueno, sólo mi situación legal es lo que me daba más miedo, que en ese sentido las autoridades sí son bastante estrictas. Por mi situación legal es lo que más me ha preocupado siempre.

–Esa situación qué implica. ¿Que te detengan y te man­den a prisión o que te deporten de China?

–No, pues que me deporten sería como una buena parte. Ya dada la situación, porque siempre pensamos que el mi­grante es incómodo, y no pensamos en migrantes que están como yo, que no es negativo, pero no estoy por mi voluntad aquí. Pero sí, en el caso de que… yo había leído que es una san­ción económica cuando sobrepasas tu visa de 30 días. Y dices, bueno, una sanción económica, hasta ahí, pero yo ya la sobrepasé por mucho. No sé cuál sería… básicamente la multa o la sanción ante esto. Hasta ahora me he relajado porque la embajada me dice, pues está el reporte desde cuándo es­toy intentando legalizarlo.

–¿Cómo crees que hubieras vivido el confinamiento de haber estado en Tlaxcala?

–Esa es otra parte que ahora me imagino. Básicamente sé que es­taría en mi casa, visitando una vez a la semana a mis padres, como normalmente hacía. Y hasta ahí. No habría cambiado mucho mi estilo de vida, a diferencia de estar aquí. Por eso, cuando me decían o cuando veo todos esos encabezados de aquí en la cuarentena y de cómo la paso y de cómo la vivo, no me hago la víc­tima, porque para mí no fue sufrir, fue un compromiso que tuve, pero como te decía, aquí no podías ni salir al supermercado ni a la farmacia. Entonces es cuando dices, de qué te quejas, estás en tu casa, con tu familia, en tu país, con tus papeles y con salud.

–¿Qué les dirías a las personas de Tlaxcala que se niegan a quedarse en sus casas, aunque no tienen la necesidad de salir?

–Yo les diría que hay que ser cons­cientes de nuestra salud. Tenemos tanto el derecho de salir a la calle, como también tenemos el derecho de cuidar de nuestra propia salud, y al no salir, no nada más cuidas al otro, te cuidas a ti y cuidas a tus padres, porque a lo mejor como joven no vas a tener una enfermedad tan riesgosa, como va a tener tu padre.

“Ser consciente de que vivimos en colectividad y de que para detener un problema de salud pública, es eso, es público, nos compete a todos. Por una parte, más que sentirse obligados o mermados sus derechos, que sientan también que tienen el poder de parar esta epidemia, si te comprometes a no salir. Es el poder de tu decisión.

“Hay que ser más empático con los que tienes alrededor, de valorar lo bueno que tienes, de saber que esta situación se va a solucionar si tienes el poder decisión y de colaboración”. Al momento de realizar la entre­vista, el 23 de abril, a Jéssica se le ha­bía recomendado quedarse en China hasta finales de junio. Además, bus­caba salir por Beijing y no por Wuhan, que fue el origen de la enfermedad, para evitar posibles contratiempos en los países donde haga escala. Espera­mos verla pronto en Tlaxcala.

Yassir Zárate Méndez

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