Confinamiento y violencia contra las mujeres

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La violencia contra las mujeres tiene muchos rostros y nombres. Además, deja secuelas muy difíciles de superar. Sus efectos los resienten las propias mujeres y sus hijos, cuando los tienen, además de su entorno cercano.

La muerte de mujeres es una realidad, abonada en gran medida por la insensibilidad de las autoridades, la falta de políticas públicas con perspectiva de género, un cuerpo legislativo deficiente e incompleto, así como un sistema de justicia que privilegia a los agresores.

Las mujeres enfrentan un desafiante panorama y un camino muy largo para tener una vida libre de violencia. Las actitudes machistas, la violencia cotidiana, la falta de solidaridad social se conjuntan para crear un ecosistema social que llega a ser asfixiante.

Un dato pinta de cuerpo entero esta situación. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indica que 66 de cada 100 mujeres de 15 años o más de edad han padecido al menos un episodio de violencia en su vida.

Violencia sin parar

Diferentes organizaciones civiles han denunciado que la violencia contra la población femenina se incrementó durante el confinamiento dispuesto para frenar la propagación de la COVID-19.

Ese es el diagnóstico que ofrece la fundadora de Mujeres con Poder, Yeni Charrez Carlos, quien bosqueja una amplia radiografía de este fenómeno.

“Lo hemos señalado las organizaciones, lo que originó esta pandemia fue que se visibilizara con mayor exactitud la realidad que viven muchas mujeres en este caso, en el estado de Tlaxcala”, asienta.

Para la abogada de profesión la coyuntura sanitaria ha servido para “justificar” una situación límite.

“Creo que es una realidad presente, el COVID solamente vino a mostrar una realidad de lo que viven, es decir, a escondidas”. La violencia, de manera genérica en la sociedad, aumentó durante el confinamiento, pero no podemos señalar siempre a la COVID. Está siendo el pretexto para tratar de justificar una realidad que ahí está, y es que existe violencia”, acota Charrez.

El diagnóstico lo comparte la académica e investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias sobre Desarrollo Regional (CIISDER), de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, Aurelia Flores Hernández.

“Es un tema grave. Es la laceración que muchas mujeres vivencían (sic) en sus hogares”.

—¿Está fallando el Estado mexicano para resguardar la seguridad de las mujeres?— se le pregunta a la integrante del CIISDER.

—Yo diría que ha fallado desde siempre, en todo lo que significa procuración de justicia para las mujeres y prevención. Ha fallado porque no deberíamos haber esperado una pandemia o no tenemos que haber esperado a una situación de guerra, por ejemplo, en otros países.

 “Había cifras que estaban anunciando que las mujeres, las niñas y los niños (sic) estaban siendo violentados en sus hogares, y que el agresor era alguien cercano. Claro está que llega un momento de una situación de salud grave, mundial. Bajo esa lógica teníamos que haber actuado para prevenir estas situaciones.

—¿Por qué se violenta a las mujeres?

—El agresor es una persona que desconoce su escenario humano. De pronto no ha identificado que una mujer tiene y debe tener el derecho a sentirse digna en esta vida. ¿Por qué se agrede a una mujer? Porque se cree con derechos sobre ella. No tenemos un valor para los violentadores.

“El agresor proviene de contextos donde la violencia es central. Ha percibido algo. No significa que todos los que viven en contexto de violencia van a ser violentadores, pero sí es un detonante. Experimentar violencia hacia sí, en particular los hombres, en particular de pequeños, los hace de mayores intentar oprimir a la otra o al otro, como una forma de ejercicio de poder.

Curva de violencia al alza

Cuestionada sobre la tendencia de la violencia familiar, Charrez Carlos es enfática: la curva va hacia arriba.

“En 2019, en todo el año habíamos registrado alrededor de 193 casos, y en este periodo, [hubo] 133 de marzo a 23 de octubre. Se disparó demasiado. Generalmente había dos o tres atenciones por semana. A veces solamente eran en línea o por WhatsApp, pero en estos 133 casos que se dieron durante el confinamiento, todos fueron presenciales. Teníamos que agendar para verificar qué tan grave era el asunto y se priorizó, sobre todo, en aquellos que vivían agresión física.

—Qué tan extendida está la violencia contra las mujeres

—Más bien han ido evolucionando los tipos de violencia. Nos hemos dado cuenta que, por ejemplo, en los procedimientos, solamente había unos señalamientos de violencia, que no había acuerdos, pero ahora ya se han elevado.

Notamos que de los 133 casos, en 57 ya estaban todas denunciadas ante la procuraduría por algún delito, como omisión de cuidado, abandono de hogar, lesiones, amenazas.

“[A las mujeres] se las señala de que son culpables de alguna situación y generalmente lo que quieren hacer ver es que la mujer es mala. Y, sobre todo, si ella trabaja. La agresión es más alta, porque consideran que no son aptas para cuidar a sus hijos. O incluso señalar que tenía un cierto número de parejas.

“[En el caso de] las 57 denuncias contra ellas, las carpetas de investigación no avanzaron, porque no hay elementos para ello”.

Charrez Carlos advierte que en cuanto a las relaciones de pareja, los agresores recurren a diferentes estrategias para vulnerar los derechos de las mujeres. Una es usar como baza a los hijos, en caso de que la pareja los tenga.

“Se manipula a los menores para evitar el pago de pensión alimenticia. O los recargan de culpas”, describe la activista.  

También se da el chantaje sexual, con lo que la violación dentro del matrimonio está presente. La mujer queda en la disyuntiva de que si no accede a tener relaciones sexuales, enfrentaría la disyuntiva de no tener dinero para cuidar y mantener a sus hijos. Tienen que aceptarlo, con lo que se configura el chantaje sexual, casi siempre acompañado de violencia física.

El confinamiento permitió que se viera con mayor claridad esta situación de precariedad y de agresión permanente hacia una parte significativa de la población femenina. Y los números así parecen confirmarlo.

Los números de la violencia

El INEGI apunta que el 43.9% de las mujeres han sufrido violencia por parte de la pareja actual o última a lo largo de su relación mientras que 53.1% ha sufrido al menos un incidente de violencia por parte de otros agresores distintos a la pareja a lo largo de la vida.

De hecho, diferentes organizaciones denuncian un aumento de la violencia durante el confinamiento. Se habla de hasta 45 mil casos en todo el país. Una cifra preocupante.

Siguiendo la estela de las cifras del INEGI, las mujeres con mayor propensión a experimentar violencia por cualquier agresor a lo largo de la vida son las que residen en áreas urbanas (69.3%), en edades entre 25 y 34 años (70.1%), las que cuentan con nivel de educación superior (72.6%) y las que no pertenecen a un hogar indígena (66.8 por ciento).

En cuanto al nivel de escolaridad las mujeres que reportan mayor violencia son las mujeres con educación superior completa 72.6%, seguidas por las de educación media superior completa con 70.7% y finalmente, educación básica completa con 67.2%. Otra característica importante es el estado conyugal en donde se observa que las mujeres separadas, divorciadas o viudas son las que presentan mayores incidentes de violencia ejercida por cualquier agresor a lo largo de la vida (72.6%).

A este perfil se ajustan los dos testimonios recogidos por Momento y que se han incluido en este trabajo.

Charrez Carlos explica que de marzo al 23 de octubre de 2020, la organización que encabeza registró 133 casos de violencia familiar.

En cambio, Aurelia Flores pide prudencia. Para ella, hay que dudar de los datos suministrados por los medios y por las instancias oficiales. “Desde mi perspectiva, creo que siempre hay que dudar de ello”, sostiene la académica.

La falta de fiabilidad de las cifras oficiales es otro factor en contra de las mujeres. Hay violencias que no se visibilizan, considera la catedrática del CIISDER.

En contraste, Charrez Carlos ofrece una breve panorámica sobre los municipios donde se acentuó la violencia contra las mujeres, siempre a partir del trabajo que efectúa su asociación. Se trata de los municipios de Tlaxcala, Apizaco, Santa Cruz Tlaxcala, Nopalucan y Zacatelco. Apizaco y Tlaxcala tuvieron 25 y 19 casos, respectivamente, con lo que se pusieron a la cabeza de la lista negra.

Condiciones de precariedad contra las mujeres

Flores Hernández alerta que al verse obligadas a convivir diariamente y todo el día con sus victimarios, las mujeres tienen pocas oportunidades para pedir ayuda del exterior.

“¿A qué se debe que las mujeres no han podido llamar?”, se pregunta la investigadora. Para ella, las violencias que ocurren en los hogares las colocan en una situación de doble exposición.

“Por una parte, están encerradas por una situación de contingencia mundial, pero por otra, están en una relación cotidiana y de todo el tiempo con quien las agrede. Una mujer en esa circunstancia cómo puede hacer uso de un teléfono, o de un medio para pedir auxilio. Además, eso se da dentro del hogar. La mayoría de los agresores es el familiar más cercano. En el caso de las mujeres que mantienen una relación de pareja, es esta [la agresora].

“A quién pueden recurrir las mujeres, si las instancias permisibles para la denuncia también están siendo flagelados por esta situación de pandemia, porque los mecanismos, los procesos para denunciar, para llamar, para pedir auxilio han disminuido.

“Todos estos contextos, estas situaciones que las mujeres vivencían (sic) se complican aún más, genera aún más incertidumbre en su propia vida, coloca en mayor riesgo la propia vida, tanto en el hogar como hacia afuera”.

Advierte que no todas las mujeres tienen acceso a la tecnología y que, en todo caso, corresponde al Estado articular estrategias más certeras. “Sé que hay centros de atención a mujeres, que coordina el Instituto Estatal de la Mujer, pero se requieren estrategias más eficientes”, reclama.

De hecho, la académica universitaria apunta que podrían crearse grupos de chat, aunque de inmediato acota que muchas mujeres que radican en áreas con alta marginación social seguirían enfrentándose a limitaciones para adquirir equipos telefónicos o para tener conectividad. “Sigue siendo limitativo”, acepta quien se define a sí misma como feminista, activista y facilitadora.

Tipos de violencia

Para Aurelia Flores Hernández, las mujeres pueden ser víctimas de diferentes tipos de violencia: económica, emocional, psicológica, física, patrimonial, que se pueden combinar entre sí.

Ahora bien, el tipo de violencia que más padecen es la emocional, porque bajo las condiciones del confinamiento, “las mujeres no tienen con quien hablar”, aunque acepta que los hombres tampoco. Apunta que las mujeres hablan con otras mujeres “cuando van a las tortillas, viajan en el transporte público, a la consulta, a la iglesia. Tienen sistemas de comunicación que les permite deshacer toda esa flagelación de violencia que padecen. Y de esas expresiones micromachistas. Hoy las mujeres están encerradas en sus casas. La posibilidad de interactuar disminuye”.

Agrega que las jefas de familia padecen violencia económica, mientras que las adolescentes también sufren la situación. Debe permanecer encerradas “y con ello estos procesos de sociabilidad, de reencuentro con sus pares o con sus amigues (sic) pues también ha sido trastocados de forma dura”.

Testimonios

Momento conversó con dos mujeres víctimas de violencia. Sus casos no se limitan al periodo de confinamiento, aunque la contingencia sanitaria agravó la situación que padecían, ya que el cierre de dependencias e instituciones les impidió tener un acceso pronto y expedito a la justicia.

A eso se debe sumar una serie de fallas e inconsistencias por parte de las instancias procuradoras e impartidoras de justicia. Hace falta una perspectiva de género en jueces, ministerios públicos, policías y demás personal involucrado, como se desprende de las dos historias.

Los testimonios aquí consignados respetan el anonimato de las mujeres, para evitar posibles represalias por parte de sus agresores o del entorno de estos.

Momento agradece y reconoce la valentía de ambas para contarnos sus vivencias. Las dos padecieron la terrible situación de verse separadas de sus hijos, doblemente victimizadas ante el desdén y la insensibilidad de las autoridades.

Afortunadamente, y a pesar de la pésima actuación de las autoridades, ya se encuentran reunidas con sus hijos, pero sin que la zozobra ni el miedo desaparezcan de sus horizontes de vida.

Testimonio 1

El día 4 de marzo [de 2020] tuve una discusión con mi ex pareja por engaño [infidelidad por parte de él]. Le descubrí ciertas cosas. Le pedí que se retirara de la casa. Él agarró sus cosas y se fue. Mi papá le pidió explicaciones de por qué la situación de haber dejado la casa. Él las dio. Llegamos a un acuerdo de que él podía ir a ver a la bebé, entrar a la casa y obviamente convivir. Todo iba normal, hasta después de casi semana y media o un mes.  

Antes de que me quitara a mi bebé, me pidió que regresara con él. Obviamente, luego de la situación que habíamos vivido, pues le dije que no. Él me dijo que lo pensara, pues me convenía. Le respondí que cuando fuera a visitar a la bebé, lo volveríamos a discutir. Al otro día, alrededor de las 4:30, las 5, él se metió a la fuerza a la casa.

Llegó y como la puerta no estaba asegurada, entró y la aventó. Mi niña estaba en la cuna. Me agarró del cuello y me aventó sobre un mueble y ya no pude hacer nada. Se llevó a mi bebé. Salí pidiendo ayuda. Lo único que los vecinos me pudieron decir fue que marcara al 911.

Inmediatamente marqué y lo que me dijo el oficial fue que no me podía ayudar, que era un problema de pareja y que esperara a que regresara con mi niña. Yo, en la desesperación, le hablé a mi papá y a mis hermanos; uno de ellos me dijo que me fuera a la Procu.

Fui y expliqué lo que había pasado, pero me dijeron que tenía que esperar. En ese lapso hubo una llamada en la que me dijeron dónde podía estar mi bebé. Era en un hotel. No recuerdo el nombre, pero ella no estaba allí.

Nos dijeron que iban a seguir checando mi asunto y que me iba a hablar una persona. Me hablaron tres. No recuerdo los nombres. Solo recuerdo que me decían que eran de algunas asociaciones y que me dejaban sus datos para que me acercara a ellos. En ese momento recibí una llamada de la asociación de la licenciada Yeni Charrez, de Mujeres con Poder, y que ella me podía ayudar a recuperar a mi bebé. Nos reunimos.

En esos momentos yo estaba muy desesperada. Lo único que quería era a mi bebé [se le quiebra la voz]. Me acerqué a la licenciada Charrez para contarle lo que me había pasado; ella me dijo que iba a ser un proceso un poco extendido, pero que confiara en ella. Se comprometió a regresarme a mi bebé.

Mientras la mujer da su testimonio, su pequeña hija juguetea de aquí para allá en el lugar donde se efectúa la entrevista.

Le explico a mucha gente que cuando escuché a Yeni y ella me habló con esa seguridad de que me iba a regresar a mi bebé, no quise acercarme a otra persona, porque sentí que era la indicada.

Fue algo duro, difícil. Ella me decía que teníamos que ir a Ciudad Judicial. Las primeras veces que pasó por mí a casa, yo sinceramente iba con esa esperanza de que mi pareja estuviera en juzgados y me regresara a mi hija. Obviamente no pasaba. Los primeros citatorios ni siquiera se presentó.

Yeni siempre me decía que tuviera tranquilidad. Me decía que tenía la esperanza de que viera a mi bebé. Fuimos a ver al papá de mi hija donde trabaja y ella intentó arreglar las cosas, llegar a un arreglo. El papá de mi bebé no se prestó para eso.

Cuando ella se dio cuenta, me dijo “Vamos para largo. Necesito que me tengas mucha paciencia, que todo lo que te pida, me lo des. Necesito que confíes en mí, que si en algún momento tú hiciste algo malo, me lo digas”.

El papá de mi bebé me acusaba de prostitución, de que maltrataba a mi bebé, de que metía hombres a mi casa. Yo nunca maltrataría a mi hija. [SE LE VUELVE A QUEBRAR LA VOZ]. En ningún momento me dediqué a la prostitución ni metía hombres a mi casa. Cuando leía eso y la licenciada Yeni me preguntaba por qué él me acusaba de eso, era algo muy doloroso.

Hasta el momento son cosas que no he podido superar porque no llego a entender cómo el papá de mi hija llegó a quitarme a mi hija diciendo tantas cosas que no eran reales.

Esto se extendió porque él se puso en un plan muy necio. En una junta el juez le pidió que llevara a mi hija; él la llevó, pero no la presentó como tal en juzgados, sino que la dejó en un estacionamiento. Pasó casi un mes para que supiera cómo estaba; en ese lapso no supe quién la tenía o dónde estaba.

El juez me dijo que podía bajar, pero que no podía tocar a mi hija, no podía ni siquiera hacerle un gesto. Yo, con tal de ver a mi hija, que era lo único que en ese momento deseaba, acepté las condiciones del juez. Bajé. A cierta distancia, la mamá de él sacó a la bebé del carro donde la llevaban y sólo la miré, vi que estaba bien y con eso me conformé.

Seguimos con el proceso. Se hizo otra junta, pero no volvió a llevar a mi bebé. Llegamos a la última junta donde tuvimos que ir más allá. Relativamente el juez no estaba haciendo su trabajo. Por esa razón tuvimos que ir con un juez federal.

Gracias a ese juez federal fue como el otro empezó a hacer su trabajo y le exigió que nos atendiera. Ya no fue de “si quieres, fue de que traigas a la niña, porque si no, se te va a arrestar”.

Mi bebé tenía una alerta Amber y obviamente a la persona que la tuviera se le iba a acusar de secuestro. Teníamos ya una sospecha, porque no era algo que pudiéramos confirmar, de que la abuelita [paterna] de mi niña era quien la tenía. Mucha gente cercana a él me decía que yo estuviera tranquila, que ya habían visto a mi bebé y que estaba bien.

Cuando el juez le dijo que tenía que entregar a mi hija, él se tardó 40 minutos para trasladarla a Ciudad Judicial. Él no quería darme a mi bebé. Estaba molesto, enojado. No entiendo por qué.

Al final, gracias al trabajo de la licenciada Yeni Charrez, gracias a la intervención del juez federal, él me entregó a la bebé. Sus abogados gritaron cosas muy feas, muy obscenas, le gritaron a la abogada muchas groserías, a mí también. Su abogada me acusó, de plano dijo “Miren cómo trata a la bebé, miren cómo llora”. Fue una experiencia muy dolorosa.

Hay muchos casos donde les arrebatan a nuestros hijos sin un por qué.

—¿Antes de esta situación usted había sido víctima de violencia por parte de su pareja?

—La verdad yo entendí la palabra violencia [cuando] la licenciada Yeni Charrez me la explicó. Él algún momento sí me empujó, sí me gritó. Nunca me pegó. Era agresivo cuando tomaba, pero psicológicamente me agredía insultándome. Siempre fue de “Come más, porque estás muy delgada. Estás muy delgadita, así no te ves bien”. Hasta ese momento, cuando la abogada me explicó eso, entendí que desde mi noviazgo con él, me agredía de ese modo.

—¿Es su esposo?

—Sí.

—¿Qué siguió cuando recuperó a la bebé?

—Se impusieron medidas cautelares de protección. Tengo en mi casa cámaras [de video], adentro y afuera. Está el apoyo de la policía, ya sea en la tarde o en la noche para ver cómo estoy.

—¿Cómo se siente ahora?

[TOMA UNA LARGA PAUSA PARA CONTESTAR. SE APRECIA MIEDO EN SU ACTITUD]

—Es algo reciente… me siento… de repente, siento que es más que nada tristeza, enojo. Son sentimientos encontrados, porque, de hecho, cuando me casé con él, teníamos un futuro planeado. Cuando mi hija nació, era un futuro de siempre juntos. Ahorita lo que más me duele es todo el proceso, porque al final de cuentas él hizo algo mal y yo hice algo mal, siempre los perjudicados son los hijos.

—¿Por qué considera que su hija está siendo perjudicada por esta situación?

—Mi temor es que cuando ella crezca, me pregunte dónde está papá. Ese es mi gran temor. El escuchar por qué papá no está con nosotros.

—¿Qué le dirá?

—Creo que la única arma que voy a tener son todos esos papeles que van a estar ahí.

—En otras palabras, la verdad.

—Mucha gente me dice “Dile que se fue aquí, se fue allá”. Los niños no siempre se quedan chiquitos. Si no le digo la verdad, al rato no quiero que me reproche. A veces los hijos no entendemos por qué los papás lo hacen.

—¿Qué cree que pueda dejar su historia para otras mujeres?

—Cuando empezó todo esto, veía que los días pasaban y no tenía a mi hija, yo me quería rendir. A veces es un cansancio emocional, físico [SE LE QUIEBRA LA VOZ]. A veces hay momentos en que dices “Ya basta”. Lo comentaba con mi familia, y yo misma me decía que si lo que quería era a mi hija, pues adelante. Era hasta de llegar al punto de decir: “Que se la quede”, pero luego me decía: “No, por qué. Mi hija tiene que estar conmigo, porque yo no hice nada de lo que él dice, no pudo comprobar nada de lo que me acusaba”. Llegó el momento en que me dije “Tengo que ser fuerte, tengo que levantarme”, y creo que como madres tenemos que luchar por nuestros hijos.

“Cuando no tenía a mi hija, no me quería levantar de la cama, ni bañarme, pero hubo un día en que la licenciada Yeni me dijo “Tú eres la que va a entrar a esa sala, vas a hablar por tu hija y tú eres la que va a luchar por ella. Tú vas a ser la que va a recuperar a tu hija al final de todo”. Y sí es cierto. A veces nos decaemos tanto como mujeres, que nada te dan ganas, ni de comer. Sólo quería a mi niña. Quería salir corriendo e ir a buscarla.

“La licenciada me dijo “Cuando las cosas se hacen bien y todo va a su camino, todo va a estar en su momento y va a estar bien. porque si hacemos las cosas mal, te va a perjudicar a ti y a tu hija”. Y sí es cierto. En las primeras juntas la verdad me ponía pants, una sudadera y una gorra y vámonos.  

Yo tenía miedo de que me volviera a gritar o a empujar. Cuando ya estaba más tranquila, ya lo podía ver a la cara. Si lo veía frente a mí, yo temblaba, pero ya podía sostenerle la mirada, ya podía voltearme y hablarle. Nos sentaban juntos. Me daba miedo hasta hablar.

“En las primeras juntas yo no decía nada. La licenciada me dijo “Tienes que hablar, tienes que decir”, porque él me atacaba mucho. Me atacaba diciendo que me dedicaba a la prostitución, que yo metía hombres a la casa, que yo maltrataba a mi hija, que no le daba los cuidados correspondientes. Cuando me di cuenta que estábamos perdiendo a mi hija por no hablar, me cayó el veinte y me puse las pilas.       

—¿Considera que hubo favoritismo del juez hacia el agresor?

—El juez no hizo su trabajo como tenía que ser.

—¿Sospecharon de actos de corrupción?

—Sí.

—¿Procedieron ante el Consejo de la Judicatura?

—Sí.

—¿Qué les respondieron?

—Todavía está en proceso la demanda contra el juez?

—¿Advirtió actitudes machistas por parte del juez?

—La verdad es que sí. Daba muchas preferencias.

—¿Se considera una mujer más valiente después de esta experiencia?

—Sí, más valiente y me enseñé a ser más fuerte.

—¿Qué les diría a otras mujeres que estén en una situación similar a la que usted vivió?

—Que no se rindan. Es algo desesperante, difícil, pero con la asesoría correcta y haciendo las cosas bien, saldrán adelante; que le echen ganas. Lo mejor de todo es cuando vuelven a tener a su hijo al lado.

Testimonio 2

Soy enfermera. En abril de este año me contraté en la Ciudad de México para atender a pacientes de COVID-19. Llevo cuatro años y medio separada. Tengo dos hijos, de los cuales tenía la custodia provisional.

Surge esta oportunidad de irme a la Ciudad de México a trabajar, ya que me encontraba sin trabajo. Fue una oportunidad para aprovecharse. Por esa razón le dejé el cuidado de mis hijos a mi madre y me fui a la ciudad.

Debido al grado de riesgo que yo presentaba, no había regresado a mi casa a ver a mis hijos para no contagiarlos, para no exponerlos; además, mi abuela presenta un alto riesgo y no quería ser un foco de infección. Me voy a la ciudad y paso un mes allá trabajando.

Yo nunca tuve una buena relación con el padre de mis hijos. Desde un principio, desde que me casé con él y vivimos juntos, y más tarde, cuando ya estaba separada, sufrí violencia. Violencia de muchos tipos: verbal, sexual, física. Debido a eso nunca tuvimos una buena relación, siempre había conflictos.

En abril le hice saber que me iba a trabajar [a la Ciudad de México] y que iba a dejarle los niños a mi mamá. Le hago la oferta (sic), por así decirlo, de que si él gustaba, si él podía, que se quedara con los niños, para que se sintieran con un poco más de confianza con él. Pero él se negó. Me puso como un requisito que si le quitaba la pensión alimenticia, era como se quedaba con los niños.

Obviamente sabemos que la pensión es un derecho de los niños. Ni siquiera yo puedo ir a decirle al juez que le quiten la pensión.

[Un día] surge la situación de que los niños se salen de casa a la tienda, que está prácticamente a la vuelta y se van con el papá. No sé. Me imagino, estoy casi segura, que fueron manipulados, ya que mis hijos tenían convivencia con el papá.

Mis hermanos y mi mamá me hablan para avisarme. Me comunico con el papá, me dice que los niños llegaron solos, en malas condiciones. Me empieza a agredir vía telefónica y me dice que se los va a quedar. Por la distancia, por el riesgo y todo, le digo que se quede con ellos.

Me comunico con los niños a la casa de él. Hablo con mi hija, pero llega un momento en que ya no me permiten hablar con ellos. Yo, con todos los riesgos, decido venir a la casa de él a ver a mis hijos, pero no me permiten verlos.

La señora [la abuela paterna de los menores] siempre ha sido agresiva. Lo que hace es que él en ese momento solicita una patrulla, que llega. Yo llevaba el documento de que tenía la custodia provisional de los niños, pero los policías dicen que no pueden hacer nada. Me recomendaron ir al ministerio público. Así lo hice.

Llevé el documento de la custodia, pero desde que me entrevistaron, hubo muchas trabas. La agente del ministerio público me regañó. Me dijo que cómo era posible que hubiera ido así, si no llevaba documentos de los niños. Me la hizo muy cansada.   

Se abrió una carpeta de investigación. El señor estaba imputado por retención de menores, pero nunca se procedió a nada. Nunca lo investigaron. Ni siquiera me dieron una esperanza. Yo me tuve que regresar a la Ciudad de México. Tenía un trabajo que cumplir. Eso fue un viernes. Para el lunes, a la casa de mi madre llega un citatorio del juzgado para que me presentara a una junta familiar, de un día para otro. Aproveché la guardia y vine a Tlaxcala.

Ese día vi a mis hijos. Habían pasado tres meses que estuvieron con él. Entramos a la junta con el juez. Aclaré que era enfermera y que iba saliendo del hospital atendiendo a pacientes infectados. Era el momento del pico de la contingencia. Pero nunca hizo caso. Estaban el juez, la agente del ministerio público y el psicólogo. Expliqué por qué me había ido a la Ciudad de México.

Él dice que yo tenía en malas condiciones a los niños. Nos dicen que van a entrevistar a los niños y ellos dicen que se quieren quedar con el papá. Hubo manipulación. El psicólogo asentó que los niños fueron manipulados. Aún así el juez valida el testimonio de los niños.

Tras esa junta, el juez fijó una pensión a la madre, que ella misma estableció en 500 pesos semanales. El padre exigió más dinero. En septiembre, los niños volvieron con la madre.

Ella asegura que su ex pareja en realidad nunca se hizo cargo del cuidado de los menores. Esa tarea la cumplía la abuela paterna. De acuerdo con el relato de la madre, “el papá tenía una pareja”. Por esa razón, “la hija se siente dolida y traicionada”.

Para ese momento, ya había vencido el contrato que la mujer tenía en la Ciudad de México. También en ese lapso, había recuperado la guarda y custodia de los niños. Desde entonces, ha recibido hostigamiento por parte del padre de los niños y de terceras personas.  En varias ocasiones fue amenazada de muerte por parte del padre de los niños. “Me las vas a pagar”, habría sido una de las constantes amenazas que había proferido contra ella.

A raíz de esa situación, la mujer ha presentado denuncias. “Era violento conmigo. Una vez me amenazó con un cuchillo”, relata.

Ella agrega que la principal molestia de su ex pareja era el pago de la pensión alimenticia decretada previamente. “Quítame la pensión. Ese fue siempre su mayor enojo. Ya verás lo que te voy a hacer. No la vas a contar. Sí nos llegábamos a ver cuando había convivencia con los niños”, asienta la mujer, quien hasta el momento de la entrevista no había recibido atención psicológica. Continúa con su relato.

¿Qué sentí cuando vivía con el papá de los niños? Mucha impotencia. Nadie sabía que yo sufría violencia. Sólo la mamá de él. Ella contribuyó. Siempre me decía “Tienes que estar callada. Debes obedecerlo para que no te pegue” [SE LE QUIEBRA LA VOZ]. Siempre me callé. Nunca dije las cosas como eran.

Cuando me separé, le conté a mi mamá lo que estaba viviendo. Ella siempre me preguntaba por los moretones que me dejaba él. Era la habitual justificación en las mujeres. Nunca dije lo que realmente estaba sucediendo.

Por miedo, porque no quería que él tomara acciones en contra de mi familia, en mi contra. Ya me había amenazado con el cuchillo. “Te voy a matar”, me dijo alguna vez. Tenía miedo.

—¿Qué la animó a separarse del papá de sus hijos?

—Empieza a consumir bebidas alcohólicas. Abusa de mí física y sexualmente. También quería golpear a los niños. En ese momento digo “Ya basta”. No voy a seguir, no puedo seguir así. No voy a salir viva, ni yo ni mis hijos.

—¿Qué condiciones considera que propician que haya personas como el papá de sus hijos?

—No sé si fue la manera en que fueron educados. Tal vez amistades, el hecho de someter a una mujer, el poder que les da a estos hombres el sentirse así, con poder sobre las mujeres.

—¿A qué atribuye que las autoridades no garanticen la integridad de las mujeres y de los niños en casos de violencia como el que usted vivió?

—Influye mucho, porque cuando uno se acerca a la autoridad, pedí ayuda para que me devolvieran a los niños, para verlos, por lo menos. El hecho de no tomarme en cuenta o de regañarme, incluso, porque no estaba haciendo las cosas bien. Es triste ver que no hay un apoyo para la mujer.

—¿Qué les diría a otras mujeres que se encuentran en una situación parecida a la que usted padeció?

—Hay que tener valor, hay que tener mucha fuerza y hay que decidir. Y más que nada pensar en nuestra integridad, y si tenemos hijos, en la integridad de nuestros hijos. Somos el ejemplo para los niños. Si ven a una mujer fuerte, van a ser fuertes, van a defenderse ante cualquier adversidad.

El Movimiento Mujeres con Poder es un colectivo en el que desde la diversidad de acciones o de habilidades busca generar canales de ayuda para las mujeres. Se enfoca en atender casos de violencia que pueden poner en riesgo la vida de alguno de los integrantes de la familia. En la agrupación participan sicólogas, abogadas y trabajadoras sociales.

“A pesar de que se llama Mujeres con Poder, no solo asesoramos a mujeres, también hemos asesorado casos que involucran a hombres, pero hay niños que están en riesgo, por lo que tenemos que realizar la valoración para rescatar a ese niño o niña y esté donde deba de estar. La búsqueda de esa perspectiva de género nos obliga a escuchar la petición de los niños o de las niñas.

“Aplicamos un formulario. Al principio era informal. Son preguntas que realizamos durante el procedimiento, y que incluye nombre, redes familiares, con quién cuentan, en caso de que algo ocurra, con quién nos dirigimos. El objetivo es identificar si existe riesgo o amenaza en la vida de alguno de los integrantes de la familia. También determinamos su condición económica”, explica Yeni Charrez.

—¿Qué te llevó a crear esta organización?

—Desde niña me di cuenta del valor de defender a los desvalidos. No señalaba la violencia que vivía. Llegó un abogado del DIF. Me dijo que no tuviera miedo. Me di cuenta que quería ayudarme. Me dieron poder como niña. Me di cuenta que tenía poder. Sacó la escuela y la universidad por sí misma. Experimenté cosas que me dio la libertad.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías

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