CUANDO LA QUÍMICA HACE EL AMOR

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Publicado en edición 3, Febrero 2008

EL AMOR SUELE DESCRIBIRSE COMO UNA ENFERMEDAD, AUNQUE ESTUDIOS MODERNOS HAN DESCUBIERTO UNA INNEGABLE Y SIN DUDA PROSAICA NATURALEZA ALTAMENTE QUÍMICA, DISTANTE DE NUESTRA IDEA ROMÁNTICA SOBRE ESTE SENTIMIENTO.

Durante el enamoramiento pueden producirse hasta 250 sustancias químicas.

ADICTOS A LA QUÍMICA

Feniletilamina, oxitocina, dopamina y norepinefrina son nombres que suenan muy poco románticos. Sin embargo, son los ingredientes indispensables en la composición de un coctel de sustancias químicas presentes en el proceso del enamoramiento. Lo mismo nos embriagan, que nos hacen resistentes al dolor, al hambre o al cansancio, o nos facilitan un dulce olvido. Literalmente nos llevan a un estado de éxtasis y de locura… del que tardamos alrededor de tres años en salir, aunque muchos apuran pronto la copa del amor, y en aproximadamente un año y medio se liberan de sus dulces cadenas.

Las preguntas siempre han estado ahí: ¿Qué hace que nos enamoremos? ¿Por qué nos inclinamos por una persona en específico? ¿Qué nos lleva a romper nuestros patrones de conducta con tal de seducir y conquistar a alguien? La respuesta es química pura.

Distintos estudios apuntan hacia la secreción copiosa de una anfetamina llamada feniletilamina, un compuesto orgánico que aumenta la energía física y la lucidez mental. En la fase del enamoramiento literalmente inunda el cerebro, que a su vez responde con la producción de dopamina (un neurotransmisor encargado de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), además se liberan norepinefrina y oxitocina.

Así se pone en marcha la fisiología del amor, que incluye a órganos como el cerebro, la vejiga, los genitales, el estómago, la piel y, por supuesto, el corazón, que desde tempranas épocas de la civilización occidental se ha considerado como el punto de donde parten y a donde convergen los sentimientos amorosos.

LOS SÍNTOMAS DE LA PASIÓN

Y es que cuando el amor toma la palabra, literalmente el corazón late más deprisa, alcanzando hasta 130 pulsaciones por minuto, cuando la frecuencia cardiaca normal oscila entre 60 y 100 latidos por minuto. Este rasgo influye en la presión arterial sistólica, que es la creada cuando el corazón late; en otras palabras, el amor es hipertenso. También se producen más glóbulos rojos, con el propósito de optimizar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea. En las mujeres, los pezones se endurecen, mientras que la glándula del timo (nunca tan adecuado el nombre) segrega timina en mayor cantidad, elevando el estado de ánimo, lo que en ocasiones provoca risas difíciles de controlar. Pero además se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular requerida para el momento del contacto sexual.

Aparentemente, en el hipotálamo se ubica una especie de “núcleo de la sexualidad”. Cuando alguien se siente atraído por otra persona, ese “núcleo” manda señales químicas a la hipófisis, para que disponga la segregación de hormonas sexuales, como estrógenos y progesterona. La marejada hormonal acelera el corazón, ocasionando tensión, mareos y hasta desmayos.

CUANDO EL AMOR SE VA: LA TERAPIA DEL CHOCOLATE

Pero los torrentes químicos del amor tienen fecha de caducidad. Como apunta la antropóloga Helen Fischer, una de las más destacadas expertas en el tema del amor, los efectos de este sentimiento, o al menos los de la pasión arrebatadora, se diluyen en un máximo de tres años, aunque hay quienes se sacuden su influencia en unos 18 meses, o menos.

Quedan entonces dos rutas amplias: el engaño y la separación, o la transición a una relación fincada en aspectos menos intensos, pero que ofrecen a la pareja una mayor estabilidad, apoyada en la seguridad, la paz y la confianza mutuas. Aquí hace su aparición otra sustancia, la endorfina, un compuesto natural semejante en su estructura a la morfina, y que provoca en el individuo una sensación de paz y de sosiego. Este nuevo baño químico nos brinda seguridad, encaminándonos a una fase de apego hacia nuestra pareja.

De acuerdo con investigaciones desarrolladas en la Universidad de Edimburgo, una sustancia más, la oxitocina, permite establecer lazos permanentes entre los amantes tras el primer arrebato de excitación; la hormona actúa cambiando las conexiones de los miles de millones de circuitos cerebrales. Sus servicios son amplios, porque así como ayuda a cimentar la relación entre una madre y su bebé, igualmente se produce en el parto, pero también durante el orgasmo.

Para estas alturas, los niveles de feniletilamina han disminuido notablemente, produciendo en el desenamorado un peculiar síndrome de abstinencia. Estas reacciones y marejadas químicas no son frecuentes; sólo de dos a cuatro veces una persona se enfrenta en su vida a los síntomas del amor, y su organismo no le permitiría resistir durante más de tres meses seguidos esta intensa explosión bioquímica.

Para Fischer, cuando estamos perdidamente enamorados “queremos irnos a la cama con nuestra pareja, pero lo que realmente deseamos es que nos llame por teléfono, que nos invite a cenar, y se crea una unión emocional. De hecho, una de las características principales del amor romántico es el deseo de contacto sexual… y de exclusividad sexual. Cuando nos acostamos con alguien y no lo amamos, no nos importa realmente si también se acuesta con otros. Pero cuando nos enamoramos, pasamos a ser realmente posesivos. En la comunidad científica lo llamamos vigilancia de la pareja. El amor romántico es muy peligroso. Lleva consigo una gran felicidad y una gran tristeza. Cuando se nos rechaza estando enamorados, hay personas que pueden matarse, o matar a otra persona”.

Sin embargo, una vez pasados los efectos de la química del amor, el cuerpo nos demanda su dosis habitual de narcóticos pasionales, y si no se atiende su exigencia se puede caer en profundos estados de depresión. De ahí que aparentemente el oscuro hábito de consumir chocolates en cantidades industriales en esta fase, obedece a la necesidad de mantener el porcentaje de feniletilamina, abundante en aquellos productos. Así, la ruptura o el desenamoramiento toma un camino amargamente dulce.

Yassir Zárate Méndez

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