Danza de los Cuchillos, una escenografía visual de alegría y venganza

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Esta tradición en Toluca de Guadalupe data de 1930

Las coreografías, los trajes y la música guardan vestigios del pensamiento indígena, referencias simbólicas a la naturaleza y alusiones a diversos momentos de la historia comunitaria.

La Danza de los Cuchillos es una es­cenografía que relata visualmente la vida del campo en Toluca de Guada­lupe, allá por el año 1930, cuando los tra­bajadores reciben con mucha alegría la entrada de la primavera y con ello el inicio de un nuevo ciclo agrícola, pero también representa el hastío hacia el capataz de la hacienda por los maltratos y explotación laboral de los que son objeto, a quien ter­minan ahorcándolo.

Esta danza es representativa del carnaval en esta comunidad serrana ubicada al norte del estado de Tlaxcala y es el mayor atrac­tivo del pueblo; para los habitantes es una manera de expresarse, es como una catarsis de todo lo que les pasa durante el año.

Incluso, el carnaval en Toluca de Gua­dalupe tiene mayor proyección que la feria patronal o de aniversario de la comunidad.

Durante el año calendario puede haber diferencias entre los habitantes de esta co­munidad, pero los días de carnaval son de catarsis, de desahogo, todo el mundo se habla, todo mundo anda en la calle, nadie está estresado y se sigue dando de manera inconsciente la festejación de quitarse las ataduras de los capataces de las haciendas, pues hay pulque, tequila, mezcal y mucha comida.

La calle principal de Toluca de Guada­lupe, los días de carnaval, se inunda con hasta 150 o 200 danzantes.

“El carnaval nos enorgullece en el pueblo porque es la manera de identificación de los que vivimos, de los que nacimos aquí. Nace un niño y no hay necesidad de enseñarle, sólo escucha la música y eso es suficien­te para que empiece a bailar”, narra Josué Fernández León, quien toca los sones de la danza con su guitarra.

En tanto, la psicóloga Alma Luisa Moreno Castillo, en un trabajo de recopilación de in­formación acerca de la Danza de los Cuchi­llos, escribe: “El espectáculo del carnaval es para muchos tlaxcaltecas razón suficiente para integrarse a las camadas (grupos de danzantes de carnaval). Para la mayoría de danzantes, el carácter festivo de las danzas y su música, así como la vistosidad de los disfraces, no necesita ninguna explicación, aunque la tengan o alguna vez la hayan tenido, para ellos sólo se trata de meras expresiones de celebración y de gusto”.

Agrega: “no obstante, las coreografías, los trajes y la música guardan como sig­nificado latente vestigios del pensamiento indígena, referencias simbólicas a la natu­raleza y alusiones a diversos momentos de la historia comunitaria”.

De acuerdo con información que han recabado los pobladores, expone Josué Fernández, los abuelos dan cuenta que aproximadamente en el año 1930, en la comunidad de Toluca de Guadalupe, per­teneciente al municipio de Terrenate, ubi­cada en la sierra nororiental de Tlaxcala, se comenzaba a realizar la representación de su vida cotidiana, pro­ducto del sometimiento de los pobladores del ejido, quienes eran explotados por caciques o capataces que los azotaban y man­daban con mucho rigor, de modo que la explotación de la mano de obra era hostil y precaria.

Los integrantes que lo­graron organizarse y fundar la comunidad de Toluca de Guadalupe provenían de rancherías de los alrededo­res (nororiente del estado) y rancherías como Pilancón, La Caldera, Villarreal, Zapa­ta, Cruz de León, el Llanete e Ixtacamaxtitlán, Puebla.

Personas que hicieron historia en torno a la funda­ción de la comunidad fue­ron: Diega Pozos, Margarito Cervantes, Alberto García y Apolonia Hernández, quie­nes generación tras gene­ración han transmitido una serie de saberes y conoci­mientos que entrelazan el arraigo y la pasión por la Danza de los Cuchillos.

De estas historias se cuenta el origen de orden satírico, siendo la repre­sentación de la lucha por la libertad y los derechos de aquellas personas someti­das a malos tratos y humi­llaciones. Estas condiciones infrahumanas fueron el de­tonante para realizar dicha representación que desper­tó la furia, la rabia, valentía, fuerza y valor para luchar y obtener derechos básicos, contar con ejidos propios para tener una tierra donde sembrar y donde vivir, a fin de alimentar a sus familias. Estos hombres tenían co­nocimiento en agricultura, sembrando maíz, cebada, frijol, trigo, haba y avena. También sobre la produc­ción de pulque artesanal.

La estrategia que utiliza­ron los primeros danzantes como forma de comunica­ción fue utilizar el lenguaje al revés para que el capataz no supiera lo que tramaban, mientras éste los observaba y los explotaba.

Estos hombres planea­ban ahorcar al capataz para desquitarse de los abusos cometidos, ponién­dolo en juicio ante el pueblo y repartiendo sus riquezas a los pobladores.

Aquellos hombres y mu­jeres provenientes de pue­blos originarios, hicieron comunidad, teniendo como forma de vida una cosmovi­sión prehispánica, conexión Hombre–Tierra.

Esta visión del mundo es el origen para hablar de la vestimenta de los danzan­tes que está compuesta por sombrero adornado con pa­pel de china de diferentes colores, una careta o más­cara de vaqueta, paliacate que cubre el rostro, pañoleta de colores, camisa floreada o bordada, chaleco bordado de chaquira, calzoncillo con cascabeles que representan la caída de la lluvia, nahui­lla adornada con listones de colores, calcetines o tubos de colores, botas de tubo color negro (zapatos de trabajo). La indumentaria consta de un chicote que simboliza la caída del trueno o relámpa­go, un machete y un par de cuchillos.

La colorida vestimenta que adorna a estos huehues representa la entrada de la primavera y la fertilidad.

Algo importante de la Danza de los Cuchillos es la música, que consta de gui­tarra y violín, anteriormente se utilizaba acordeón y con­trabajo, este último se utiliza actualmente.

Los danzantes de la primera generación fue­ron Fidel Moreno, Modesto Olivares, Macario Olivares, Daniel Olivares, Tomás Fer­nández, Margarito León y José Castillo. Estas personas, a través del tiempo, hereda­ron su gusto por la danza y símbolo de conmemoración por la lucha de los ejidos.

El día que se efectuó la justicia por la propia mano del pueblo, dicho ahorca­miento se realizó con mú­sica de guitarra y acordeón que interpretaban algunas personas de aquel tiempo. Esto dio origen a los sones y cuadrillas que se volverían emblemáticos, pues acom­pañaban la representación desde aquellos ayeres hasta la actualidad.

Los nombres de los sones y de las cuadrillas son los si­guientes:

La Entrada.- Simboliza la entrada de la primavera.

El Tlaxcalteco.- Simbo­liza el momento de convi­vencia y burla entre los in­tegrantes de la camada.

El Peine.- Simboliza el trabajo y labor de labrar la tierra, como si los danzan­tes peinaran la tierra con el arado.

El Chiquerey.- Simboliza la labor de los tlachiqueros y la convivencia entre los pulqueros.

El Colorín Colorado.- Simboliza el final de la labor de los agricultores.

El Porrazo.- Simboliza la gracia a las labores de agri­cultura. Bromas, humor,

Las Medias Vueltas,- Simboliza la germinación y el crecimiento del maíz.

El Tabaso.- Simboliza el almuerzo de los trabajado­res.

El Jarabe de los Cuchi­llos.- Simboliza la selección de personajes que enfren­tarán al capataz o cacique. Simboliza la fuerza, valentía y audacia.

La Garrocha.- Simboliza el instrumento de medida para realizar labores del campo. Los danzantes lo representan con una garro­cha, en la que pareciera que está cayendo un arcoíris, son alrededor de 36 danzantes y con la cinta de cada uno se va formando un tejido alre­dedor de la garrocha para evidenciar de manera visual lo que eran explotados.

El Jarabito.- Simboliza la embriaguez de los trabaja­dores.

Las Agonías.- Simboliza el momento previo a la hor­ca del cacique.

El Ahorcado.- Ritual en el momento en que ellos fes­tejan.

Marcha de Salida.- Sim­boliza la salida.

Las cuadrillas son: salu­dos, machetes, pañuelos, la garlopa, la canasta, enga­ños y los listones.

En la Danza de los Cu­chillos no participan muje­res porque en esa época los hacendados abusaban en todos sentidos de las indí­genas y por eso se buscaba cuidarlas. Sólo hay una re­presentación en la camada de una mujer que se llama la viuda, que es un hombre vestido de mujer represen­tando a la esposa del ca­pataz que se queda viuda y anda penando.

Los sones fueros resca­tados y restaurados gra­cias al maestro y músico Alberto García, quien se dedicó a ordenar y escribir las partituras, dándole sen­tido rítmico y musical a este orden de sones y cuadrillas. Al paso del tiempo las gene­raciones han evolucionado, reintegrando y reordenado este trabajo a través de Au­relio León, Maximino León, Floriberto Zamora, Josué Fernández León y Visael Fer­nández Olivares.

Los personajes que componen la camada son: El huehue de nahuilla, que representa al campesino; el charro, que representa al capataz; los viejitos, que representan la sabiduría; el diablo, que representa el mal; la muerte, que repre­senta el paso al otro mundo; la bruja, que representa las leyendas e historias que los abuelos cuentan; el cura o sacerdote, que representa al soplón de la comunidad; y la viuda, que representa la esposa del capataz.

Josué Fernández León, desde los 12 años de edad, es músico del carnaval. Toca la guitarra, aunque algunos años ha danzado y actual­mente forma parte de la organización del carnaval para que siga vigente esta tradición en Toluca de Gua­dalupe.

“La danza es el mayor atractivo del pueblo, a la gente le gusta expresarse, hacer esa catarsis de todo lo que le pasa durante el año. El carnaval en Toluca de Guadalupe es más pro­yectado a diferencia de las feria patronal o del aniver­sario del pueblo”, agrega.

Considera que la músi­ca del carnaval es como el himno del pueblo, ya que generación tras generación se ha heredado, “es como una dinámica del pueblo que funciona a través de un pensamiento colectivo inconsciente que data desde 1930”.

La Danza de los Cuchillos –explica– es como una es­pecie de revolución, una re­belión de anarquistas contra quien oprimía o explotaba a los trabajadores del campo, en este caso los hacendados o capataces.

Toluca de Guadalupe se fundó con personas que lle­garon de distintas rancherías del norte del estado de Tlax­cala y de la sierra de Puebla que migraron por cuestio­nes de trabajo, en busca de oportunidades en esas tie­rras porque los hacendados necesitaban peones.

Esas personas tenían la influencia de la cultura pre­hispánica y de la coloniza­ción, de ahí que celebren la entrada de la primavera y la fertilidad de la tierra en la Danza de los Cuchillos.

La deidad en la que se creía en el tiempo prehis­pánico es Camaxtli, el dios de la fertilidad, de la gue­rra y de la caza. “Todas esas tribus que se concentraban en esta zona rendían culto a esa deidad y por eso su­bían al cerro para desde ahí pedirle que llegara buena cosecha, que hubiese lluvia abundante”.

Curiosamente en la dan­za, el día que se disfrazan, acuden al Cerro de las Cru­ces, antes de que salga el sol, para hacer su ritual de encomendarse a algo. Ba­jan disfrazados y cuando descienden sus atuendos se ven muy coloridos y vie­nen tronando un chicote que asemeja a la fuerza del rayo, portan cascabeles que suenan (los más que se puedan para hacer mucho ruido) como sinónimo de que la lluvia va a ser muy abundante y le va a hacer bien a la tierra porque va a ser fecundada.

Las personas que tra­bajaban estaban bajo las órdenes de un capataz, que era el que ayudaba al hacendado. Vigilaba que to­dos estuvieran trabajando y si veía a alguien que no lo hacía, entonces le pegaba con un chicote.

El sistema de medición del trabajo era con garro­chas que medían 20 me­tros y el hacendado exigía determinado número de garrochas, sin importarle a qué hora terminaran.

Josué Fernández narra que los trabajadores eran tan hostigados, tan mal­tratados y tan explotados y a cambio recibían semillas como pago o dinero apenas para vivir,

A raíz de eso, alguien tuvo la idea, porque tomó consciencia de que no podía seguir esa situación, de di­señar un plan para terminar con ese abuso.

Esa persona empieza a dialogar con los demás para planear cómo desquitarse de la persona que abusa­ba de ellos. La estrategia es que nadie conociera quié­nes eran para poder per­petrar sus intenciones.

Para que el capataz no se diera cuenta que ellos estaban planeando algo, in­ventaron un código discursi­vo que no era otra cosa más que utilizar antónimos a la hora de estar conversando.

Palabras muy dichas en este lenguaje es el bende­cido, atribuyendo a “Oye, tú, maldito”. Decían: “Oye, bendecido, me alejo” y lo que querían decir es “Oye, tú, maldito, acércate”, cosas así. Incluso a la fecha aún se dicen esas palabras en tri­buto a lo que en ese tiempo hablaban los pobladores.

Ese lenguaje era combi­nado con el folclore que se iba dando con la mezcla de las lenguas, porque había quienes hablaban náhuatl. El tono de voz, los chasca­rrillos entre la gente que se entendía, le daba una gra­cia a ese lenguaje. Mientras más palabras fueran refe­rentes a lo contrario, era más atractivo y complejo para el capataz, quien no las entendía.

El plan era ahorcar al capataz, sin que se supiera quiénes eran, ya que iban a llegar disfrazados por él.

La indumentaria de esta danza lleva cuchillos por­que las herramientas de los campesinos eran un ma­chete y siempre cargaban cuchillos para preparar su almuerzo, ya que su medio de supervivencia era lle­var chiles, papas, tortillas, nada más prendían fuego y comían.

Como tenían una o dos horas para comer a partir del mediodía, acudían a beber pulque a fin de tener energía para seguir traba­jando. Entonces, había con­vivencia, había embriaguez y se desahogaban de sus problemas.

En el plan para ahorcar al capataz, entre ellos co­mentaban quién se iba atre­ver a agarrarlo y llevarlo a la horca. Entonces como ya estaban borrachos, decían pon a fulanito, a tal o cual.

Josué Fernández aterri­za que esta historia posible­mente sea el origen de los Cuchillos, ya que cuando los danzantes están bailando, pareciera que hay una es­pecie de duelo. Hay dos filas horizontales y en medio van los que tienen mayor expe­riencia, los líderes del grupo.

Entre la música hay un son conocido como el Ta­baso, en el cual el canto de los abuelos era: “cinco de chile, cinco de sal, diez de manteca para guisar”. Esto tiene que ver con la repre­sentación de la música, de los sones y las cuadrillas, es una escenografía cronoló­gica de todos estos aconte­cimientos, desde la entrada que vienen bajando los dan­zantes del cerro porque van a hacer algo en el pueblo, van a trabajar, pero van a ser explotados. Esa esce­nografía está redactada visualmente en la danza y en la música”.

Finalmente lograron capturar a esta persona, sin que se lo esperara, lo llevan al centro del pueblo y es lin­chado ante la población.

Por fin el que los explo­taba queda expuesto ante todos y, posteriormente, lo que hacen es repartir las riquezas del capataz en­tre el pueblo. Todos están felices, contentos y entre el grupo hay alguien que era músico y le piden que toque para festejar porque acaba de terminar algo, son libres, son dueños de la tierra que trabajan. Se dice que ahí fue la composición del son de El Ahorcado. Ellos felices se to­man de las manos y alrede­dor de la horca empiezan a bailar para festejar.

Entre los relatos de los abuelos –menciona Josué–, hay la versión de que los po­bladores tanto se creyeron su lenguaje invertido que terminaron por ahorcar a su propio líder. Se dice que éste resucita, toma vengan­za y les empieza a dar de latigazos al momento que están bailando, por eso ese ritual se hace el día del re­mate del carnaval.

La otra versión es que ahorcaron al capataz y como se empieza a ha­blar de la dualidad entre la creencia prehispánica y el catolicismo, los pobladores piensan que va a resucitar y a tomar venganza.

A partir de la persona que compuso el son de El Ahorcado, se quiso repre­sentar cada una de esas batallas con música y al año siguiente ya había otro son, al que denominaron El Tlaxcalteco.

Sobre la música del car­naval, refiere que el señor Alberto García Hernández fue ejecutante y aprendió a tocar varios instrumentos y a leer partituras.

Él empezó a tocar la música que escuchaba de esta celebración y como tenía conocimiento musical se dio cuenta que a lo que tocaban los otros señores le hacía falta arreglo, había que cuadrarlo, escribirlo y reproducirlo. Entonces, Al­berto García se dedicó a hacer esto y a partir de ello la danza quedó en Toluca de Guadalupe.

En otros lugares, las personas que ejecutaban el carnaval ocupaban acor­deón, bajo sexto y contra­bajo, posiblemente por su gusto por la música norteña. Eran personas que tenían la virtud de dominar el instru­mento, eran músicos líricos, pero con ideas muy intere­santes de esta danza.

Alberto García escribió la partitura de esa música y se dio cuenta que había 27 sones con cuadrillas y que tienen un orden cronológico, así que se dedicó a investi­gar los significados a través del nombre del son.

Después hubo otra ge­neración de músicos, pues Alberto García murió hace 15 años y se quedaron Flo­riberto Zamora, con su hijo acompañándolo con violín y guitarra, y actualmente Jo­sué toca el carnaval. Alberto García fue su tío abuelo.

Actualmente son tres músicos: Josué, quien toca la guitarra; Visael Fernán­dez ejecuta el violín y Artu­ro Fernández Castillo apo­ya con el contrabajo u otro primo (los integrantes de la camada son parientes).

Remarca que para la música de la Danza de los Cuchillos se utilizan tres ins­trumentos de cuerda y como anteriormente el pueblo era más pequeño, había menos gente, no se necesitaba am­plificar la música.

Pero a través del tiempo ya se adaptaron a tocar con música electroacústica para amplificar el sonido con la utilización de un equipo de audio, pero sin perder la esencia.

Por otra parte, señala que el carnaval de la zona sur del estado es diferente al de la región norte. “Allá es carnaval, aquí es danza. Allá es como una represen­tación más contemporánea y aquí es más prehispánica, pero las dos comparten algo interesante: su vestimenta tiene que ver con el atuen­do de un tlatoani, pero en el sur utilizan una máscara con rasgos de españoles y en el norte la careta tiene que ver más con rasgos indígenas”.

Tras insistir que el car­naval de Toluca de Guada­lupe es único y sirve como catarsis a la población por­que parece que todo lo que hacen esos días es de ma­nera inconsciente, pues no tienen la información nece­saria para entender por qué lo hacen, Josué Fernández expone que como sociólogo que es de profesión, se ha propuesto explicarles a los habitantes realmente qué es el carnaval, que sepan su origen para darle identi­dad a las personas, esto es, “quién soy yo, por qué ando bailando, por qué me visto y qué es lo que me mueve a hacerlo”.

“El carnaval es una ca­tarsis o desahogo que ellos tienen, porque la mayoría se viste de danzante, varios tienen conflictos persona­les, pero el día del carna­val todo el mundo se habla, todo mundo anda en la ca­lle, nadie está estresado y se sigue dando de manera inconsciente esta festejación porque hay pulque, tequila, mezcal y mucha comida”.

En virtud de que en 2019 es la primera vez que Josué y Alberto organizan el car­naval en esta comunidad, su intención es alfabetizar a la gente sobre esta tradición

“Hemos descubierto que tenemos el sentido de ser artistas, el sentido de expre­sar en su máximo esplendor eso que nos aqueja, se sigue viendo la represión, el abu­so, de una manera diferen­te, pero al final el sentimien­to sigue estando presente. El hecho de entender eso y expresarlo de esa manera, quizá no canalizarlo de una manera violenta, sino a tra­vés de la danza y la música, es lo que a nosotros nos lle­va en este momento a res­paldar el carnaval con todo este propósito”.

Sobre la ausencia de la mujer en esta danza, explica que en una ocasión se inte­gró una camada de muje­res, participó cuatro años, pero esa opresión, la falta de oportunidad y la esca­sez de educación, no permi­tió que la percepción de la gente fuera más liberal, más integradora y empezó una serie de prejuicios, una serie de cosas que no permite que participen las mujeres en la camada.

Los sombreros de los danzantes

Arturo Fernández Casti­llo es el presidente del comi­té del carnaval de la Danza de los Cuchillos, pero tam­bién se ha distinguido por elaborar los sombreros que portan los danzantes.

Expone que en esta po­blación hay una camada única, pero con tres divisio­nes: la camada del centro, la camada segunda ge­neración y la camada 40 y más.

El carnaval en Toluca de Guadalupe empieza el 3, 4 y 5 de marzo, sigue el 21, 22, 23 de abril y cierra el 27 de abril.

Arturo se dedica a ha­cer sombreros porque para él es una distracción y los adorna para venderlos a los danzantes.

Los sombreros llevan chaquira, lentejuela, un pa­ñuelo y los decora con papel de china.

Las imágenes son las que gusten las personas, pero de manera primordial deben simbolizar la entrada de la primavera. Por ejemplo, puede ser un pavorreal con flores, rosas, depende de lo que quiera el danzante.

Informa que el 3 de mar­zo participarán en Tlaxcala capital y lunes y martes bai­lan en Toluca de Guadalupe. En promedio, el vestuario de un danzante tiene un valor de 5 mil pesos.

Aprendió a decorar som­breros a los 10 años de edad por sus ganas de bailar, así que se abocó a hacer el suyo. Como su mamá sabe coser, le fue enseñando y de ahí se siguió con esta acti­vidad y ahora vende en 2 mil o 2 mil 500 pesos cada sombrero

Máscaras de vaqueta

Por su parte, David Cas­tillo Martínez es uno de los pobladores de Toluca de Guadalupe que se dedica a la fabricación de máscaras para aportar su granito de arena a la preservación de esta tradición.

“Siempre me llamó la atención hacerlas, no des­cansé hasta hacer la prime­ra y de ahí me seguí”, relata en el taller que tiene en un cuarto de la planta alta de su hogar.

Las máscaras son de vaqueta, aunque también trabaja la fibra de vidrio. No obstante, asienta que se utilizan más las primeras porque son más tradicio­nales para la Danza de los Cuchillos.

Cada año hace entre 10 y 15 máscaras para quienes no tengan o deseen cam­biarla. “Tú no sabes si a al­guien le falte o quiera una nueva. Te tienes que ir dan­do a conocer con tu trabajo, las vendo a un precio acce­sible, para echarle la mano a los chavos, somos humil­des, se las doy a 500 pesos la grande, 400 la mediana y 350 para niño”.

En el diseño de la más­cara, dice que se fija en la personalidad de cada per­sona, “cada máscara debe ser diferente, debe tener su atracción, no nada más es decir voy a hacer una máscara y ya. Por ejem­plo –agarra una másca­ra–, ésta tiene los bigotes juntados y a la gente no le llama mucho la atención, no hay nada como te­nerlos abultados, por eso cada uno se va ganando el prestigio con su trabajo, yo trato de hacerlas lo mejor que pueda”.

Pero lo más importante para hacer una máscara a un cliente, enfatiza David, es saber para qué la quie­re, esto es, de qué se va a disfrazar.

“La máscara es lo pri­mordial porque es tu rostro, depende de lo que quieras bailar. El charro tiene una representación muy fuer­te en la danza, entonces la máscara del charro no es la misma del que baila de nahuilla en la parte de adentro. Depende del dan­zante. Se diferencian en las barbas, en el color porque hay negras, rojas, color piel y rosas, es más interesante el que baila afuera que el que baila adentro”.

Especifica que el color rojo en la máscara repre­senta al diablo y el negro a los charros, “me baso en lo que te platican los danzan­tes o la gente, escuchas a un chavo que le gusta una máscara negra con barbas blancas, si tú eres el arte­sano, haces una maqueta a ver cómo se ve para que la vea el danzante”.

En su caso, destaca que tiene la fortuna de guardar moldes de máscaras de an­taño y que son diferentes a los que están sacando ac­tualmente.

“Los danzantes se basan más en la vejez, yo traigo moldes que son de mi abuelo, yo soy la tercera generación de danzantes. Esas máscaras no son igua­les a las actuales, ya no es lo mismo, las de hoy ya no se ven bien. Está bien que se vea una máscara igual, pero muchas iguales como que ya no. Yo trato de dar­le una personalidad a cada uno, puedo hacerlas con barbas de chivo, de borrego o blancas, tratas de consentir al cliente y eso me ha valido para que me busquen mucho”, apunta.

José Carlos Avendaño Flores

Comparte este artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on linkedin