Un actor se confiesa. Vida y andanzas de Raúl Briones Carmona

Viernes por la tarde en Apizaco. La luz del otoño pardea. El día agoniza. El escenario es el centro cultural La Libertad, que alguna vez funcionó como cárcel municipal, hasta que en los años noventa, Verónica Rascón, durante el gobierno de José Antonio Álvarez Lima, rescató al sitio para convertirlo en un espacio dedicado a las artes, incluido el teatro.

En escena aparece el protagonista de este drama: el actor Raúl Briones Carmona. La suya es una historia para contarse.

Tercera llamada.

Comenzamos.

Viaje a la semilla

La vida del actor Raúl Briones Carmona es un cruce venturoso entre el azar y la necesidad. Su tenacidad y resiliencia lo llevaron hasta el teatro y el cine, para participar en el montaje de clásicos como Hamlet, y a ganar un par de Arieles, por las cintas Asfixia y Una película de policías. Pero no hagamos spóiler. Ya vendrá el momento de esa narraturgia.

Muy pocos indicios en la infancia de Raúl apuntaban hacia el rumbo del arte. Parecía que su historia iba a diluirse en el anonimato de la masa silenciosa.

Una vida más, una historia perdida en el ruido y la furia.

Pero se negó a seguir ese guion.

Entendió que cada persona puede ser su propio héroe o villano. En un momento de ruptura, atendió a esa oscura voz que germi­naba en su alma, y que lo acabaría llevando por los derroteros del arte. Varios episodios en su niñez le habían entreabierto esa ruta vital.

Por ejemplo, cuando iba en el jardín de niños, se escabullía del salón de clases para entrar furtivamente en una habitación donde se encontraba un piano. Fascinado y seducido por el instrumento, se acercaba y pulsaba algunas teclas.

Ese sonido era embriagador; hacía que su alma resonara a un tempo distinto. Pero la magia y el secreto iban a terminar muy rápido, cuando el conserje de la escuela descubrió a Raúl con las manos en las teclas.

Un soberano regaño lo “traumó para siem­pre”: no se debía jugar con el piano, no era un juguete y podía desafinarlo o, peor aún, descomponerlo.

Siguiente escena. Años más tarde.

Raúl descubre cerca de su escuela primaria un sitio donde dan clases de popotillo, “esta técnica de quebrar los popotes sobre cera de Campeche, en un trazo predibujado” para luego colorear con popotillo.

Y aunque el taller costaba “unos cuantos pesos”, su padre se negó a proporcionárselos, porque eso era “cosa de jotos”. Sin embargo, la semilla ya estaba sembrada. Entonces hubo un giro en la historia.

Un malhadado día, los padres de Raúl decidieron separarse. En ese entonces, la familia vivía en la colonia La Navidad, en la delegación Cuajimalpa, del todavía Distrito Federal.

Sin saber cómo, de repente, Raúl se vio juntando sus pertenencias, para subirlas a un camión de redilas. El niño, casi adolescente, no tenía muy claro lo que estaba pasando. Simplemente, él y sus hermanos más pequeños se irían con su ma­dre, hasta un lugar lejano y ajeno: Apizaco, Tlaxcala.

Cambio de escenario.

Era el tiempo de las aguas. Agos­to, para más señas. El camión de redilas traqueteaba sobre el camino, lleno de incertidumbre y desazón, guardadas las esperanzas en cajas de cartón amarradas con premura; perdida entre los enseres iba la caja de Pandora.

Unos enormes charcos dieron la bienvenida a los viajeros, una madre y sus hijos más pequeños, incluido Raúl, que seguía sin entender del todo lo que estaba pasando. Vaya, pensaba que aquello era transitorio. Ni siquiera se había despedido de sus amigos de la colonia. Estaba seguro que iba a volver a los pocos días, a retomar su vida en La Navidad, tratando de caerle bien a sus vecinos y vecinas. Pero eso no iba a ocurrir.

Al menos no pronto.

Como pudieron, los niños y la madre bajaron ropa, trastes, sue­ños, miedos, y los acomodaron en los dos cuartitos construidos en la colonia Loma Florida, un auténtico páramo en aquellos años, a finales de los noventa del siglo XX. Toda una época.

Luego de acomodar lo que se dejó acomodar, entre todos dedi­caron tiempo a cubrir los huecos donde deberían ir los cristales de las ventanas. Unos hules sirvieron para ese fin. Habían dejado dos cuartitos donde se hacinaba una familia de diez, para ir a vivir a otros dos cuartitos, donde ahora viviría una familia desgajada.

Nadie durmió esa noche.

¿Acaso esto es un melodrama? Habrá que esperar un poco.

Intermedio en retrospectiva a lo Brecht: Madre Coraje

Tendida sobre la yerba, Ángeles pierde su mirada en la inmensidad del firmamento. Se distrae adivinando formas en las nubes que navegan en las aguas azules del cielo.

Es como una armada de abiga­rrados y barrocos barcos que van a ninguna parte.

La niña de unos siete u ocho años entrecierra los ojos y solo escucha el balar de las ovejas de su rebaño. Cada mañana las lleva a pastar a esta pequeña hondonada.

A un lado, dormita el padre de la chica, pastor como ella; el hombre llena las horas que transcurren en el apacentamiento contándole a su hija historias de aparecidos, de brujas y de fantasmas.

Ángeles se levanta sin hacer mu­cho ruido. No quiere molestar a su padre. Desde hace días se pregunta qué habrá al otro de la colina donde forrajean las ovejas.

Decidida, camina cuesta arriba.

Una tenue y fría brisa le revuelve el cabello, como si quisiera jugar con ella. Ella no se detiene, está determinada a llegar a la punta.

Y lo que descubre en la cima acabará por cambiarle la vida. A sus pies se extiende el inmenso valle donde se asienta Tlaxcala, con la Matlalcuéyetl como figura señera.

Muchos años después, Ángeles Carmona Gutiérrez, que es el nom­bre de esta niña pastora, dejará a sus ovejas y a su natal San Miguel La Caldera, en el municipio de Ix­tacamaxtitlán, Puebla, para escribir su propia historia en otros rumbos, con otros personajes, aportando su óbolo a la vida del drama.

Allá, en el futuro, la esperan ocho hijos.

Uno de ellos se llamará Raúl.

A escena

El personaje toma asiento en una de las butacas del auditorio de La Libertad. Tal vez algún recuerdo brote de su memoria, cuando varios años atrás estaba subido en el escenario, atendiendo las instrucciones de Gloria Miravete, directora del grupo Tlalocan, donde él había recalado, llevado por el instinto del arte.

Entonces aparece la memoria, la madre de las musas, según Hesíodo, el poeta campesino y pastor —como Ángeles, la madre de Raúl—. Ahora entra en personaje y se deja llevar por los recuerdos evocados, disparados por las preguntas que comienzan a acribillarlo.

Narra/evoca su viaje a la ciudad de Apizaco como si fuera un guion cinematográfico, con cortes directos a los episodios más significativos o emotivos. Sin transiciones ni pausas dramáticas.

Desgrana poco a poco sus recuer­dos, que luego hilvana con anécdotas de distinto color.

Nos dice:

“Aquella mudanza fue un cisma en mi familia, y se debió a problemas económicos en la familia. Mi papá compartía un terreno con uno de mis tíos. Empiezan a crecer los hijos, se empieza a armar una polémica entre ellos y mi mamá decide agarrar a algunos de sus hijos. Yo tengo siete hermanos y hermanas.

“Los más grandes decidieron quedarse con mi papá. Él trabajaba como mecánico, hojalatero y pintor en la colonia La Navidad, en Cua­jimalpa, de la Ciudad de México.

“Mi mamá nos trajo a los más pequeños, y fue una cosa muy rá­pida. No tuvimos mucho tiempo para asimilarlo. Cuando empecé a escuchar la palabra “Mudanza”, no tenía idea de lo que significaba eso. Me venían a la mente imágenes muy gringas, cinematográficas, del camión perfecto, con las cajitas perfectas.

Corte a.

“Estaba en un camión de redilas, de un compadre de mi papá, con toda mi vida a cuestas. Tampoco es que viviéramos en una casa muy grande. Vivíamos en dos cuartitos muy chiquitos, que se componían de la cocina, la sala y las recámaras, donde había dos literas en las que dormíamos diez personas.

“Los más chicos íbamos atrás, en el camión de redilas, atorados. Fue agridulce la sensación, porque yo no tenía idea de a dónde iba, y tenía la sensación de que iba a volver. Tenía a mi grupo de amigas y de amigos en la esquina de la casa de mis tías.

“Me acuerdo de mi grupo de amigos en la esquina, sin decir nada, muy poco dramática fue la despe­dida. Y yo tampoco me despedí. Tuve la sensación de ‘No me voy a despedir, porque voy a volver’. Ahí en La Navidad sigue viviendo mi tía, una hermana de mi papá y varios de mis hermanos. Sigue siendo parte importante de mi familia.

Corte a.

“Llegué aquí a Apizaco, a la co­lonia Loma Florida, hace como 24 años, más o menos; solo estaban los dos pequeños cuartitos que había alcanzado a construir mi mamá. Llegamos un 18 de agosto, no me acuerdo si de 1995 o 1997. Yo tenía once años, ahora tengo 38.

“Lo más impresionante fue que era la época de lluvias; no sé si ustedes recuerden cómo era Loma Florida en ese entonces. Estaba solo la casita en medio de un páramo enorme, con un montón de char­cos gigantescos alrededor; solo se escuchaba el croar de muchos sapos. Para una persona acostumbrada a vivir en la Ciudad de México, fue un contraste muy impresionante. Por un lado, muy shockeante, pero por el otro una imagen poética que llevo en mi memoria.

“Algún día filmaré algo cine­matográficamente con eso, de esa primera noche, de llegar a un piso sin concreto, sin ventanas, tapiar las ventanas con plástico. Mi mamá con sus hijos más pequeños, con­teniéndonos en una noche donde nadie durmió. Esa fue mi llegada a Tlaxcala.

“De ahí fue muy rápido aceptar este lugar, porque teníamos el campo y un montón de cosas que hacer. Había muchísimos animales. Nunca había visto camaleones ni lagartijas. A esa edad lo convertimos en juego; también vimos cómo se construyó la colonia.

“Fue muy raro, porque llegamos ya entrado el ciclo escolar. No pu­dimos inscribirnos en las escuelas que queríamos. Me acuerdo que mi mamá nos quería meter en la “Benito Juárez”, y terminamos en la “Valentín Gómez Farías”, que era como el turno apestado de la “Benito Juárez”.

“Pero ahí conocí a una maravillosa maestra que se llama Eli Pimentel Morales, una mujer que atesoro en mi corazón, porque fue ella quien empezó a sembrar las bases de los valores que me forjaron para no irme hacia otro lado de la vida.

“Fue siempre una guía maravillosa, una maestra formidable; luego le tocó a uno de mis hermanos menores tomar clases con ella, y también se repitió la misma manera, porque es una mujer con una vocación enorme por la enseñanza”.

A grandes rasgos ese fue el primer encuentro con Tlaxcala. Fue duro, por supuesto, pero fue muy rápido.

“Me he enamorado de este lugar y de este espacio”, afirma.

Fue así como la familia se dividió en dos: la de los más grandes y la de los más pequeños.

“La familia con mi papá y la fa­milia con mi mamá. Con mi mamá fue la energía de renovación y de posibilidad, y aunque estábamos en medio de un páramo, en dos cuartitos muy parecidos a los que teníamos, los sueños ahí estaban.

“El horizonte se abrió de alguna forma. Fue entender la valentía de mi mamá, de cargar con todas sus cosas y con parte de sus hijos. Después, conforme fui creciendo, madurando y entendiendo el salto cuántico que mi mamá se aventó, fui abrazando con mucha fuerza y con mucho amor la valentía de mi madre”.

Todo sobre mi madre

—¿Cómo es la relación con tu madre?

—Es hermosa. Es muy hermosa, pero la verdad es que ha sido forjada por el teatro también. Yo fui un adolescente muy inquieto, muy rebelde, muy contreras, y muy callejero. Soy una persona que gusta de la geografía. Yo creo a través de la geografía. Me gustan muchísimo los espacios.

Una de las cosas que hago cuan­do llego a un teatro es reconocer el lugar; ver si tiene paso de gato, si tiene trampilla, cuántas entradas y salidas hay. Es como una forma, una sensación de si hay peligro o de que entre la vida a este lugar.

Cuando llego a una casa nueva, que me he mudado como unas 17 veces, lo primero que hago es caminar por la colonia, perderme en el lugar, hacer que el espacio se vuelva parte de mí.

Mi relación con mi madre fue dura. La verdad es que le daba mu­chos dolores de cabeza. Siempre me la pasaba en la calle. Era candil de la calle, oscuridad de mi casa. Nos gritoneábamos horrible.

Luego tuve la oportunidad de estar en un proyecto de teatro, Safari en Tepito, un proyecto dirigido por Daniel Jiménez Cacho, donde me tocó interactuar con una mujer, Silvia, Chivita, una mujer de más de 70 años; tenía que entrevistarla e interactuar con ella, investigar su vida. Y de repente digo: “Yo qué hago investigando la vida de alguien, si no conozco nada de la vida de mi madre”.

A raíz de eso fue que empecé a hablar con mi mamá, porque ella es una mujer que le hablas por te­léfono y le preguntas “Cómo estás”, y te dice “Bien, mi hijo”. Yo antes me conformaba con ese “Bien, mi hijo”. Ahora no. Ahora le digo “Pero cómo estás, ma”. “Bien, mi hijito”. Y entonces le voy indagando, le voy sacando la sopa, hasta que termina­mos hablando de su infancia, de sus sueños, de su filosofía. Tengo una relación hermosa con ella.

—¿Ahora qué sabes de tu madre?

—Hay una anécdota muy bonita de ella. Mi madre era la favorita de mi abuelo, porque era de las menores y mi mamá siempre ha tenido una energía muy noble. Mi abuelo era pastor en Ixtacamaxtitlán, en Puebla, arriba de Terrenate.

Mi familia es de un pueblo que está en una gran cañada y se llama San Miguel La Caldera, Puebla, justo arribita de Terrenate. Es casi Tlaxcala, realmente.

Mi abuelo se dedicaba a pas­torear borregas y vender la lana a un pueblo que estaba mucho más adentro de la sierra, donde hacían textiles y cobijas; se les daba la lana y le regresaban cobijas. Luego mi abuelo las vendía y esa era su manera de ganarse la vida, antes de que viniera la gran repartición de tierras y pudiera empezar a sembrar. Te estoy hablando de hace 70 años.

Mi mamá decía que cuando era niña, se la pasaba horas tumbada en el pasto, mientras mi abuelo le contaba historias de fantasmas, de brujas. Mi mamá creía que el mundo era solo esa cañada, porque nunca había ido arriba de los cerros.

Pensaba que esa cañada giraba alrededor del sol y que eso era todo el mundo. Para ella fue muy impre­sionante una vez que subió el cerro y vio la gran planicie de Tlaxcala, La Malinche y el Cuatlapanga en medio.

Se dio cuenta que su mundo era muy pequeño y que el mundo allá afuera era enorme. Cuando me contó eso, se me llenó el corazón de emoción, porque en realidad eso fue lo que mi madre siempre ha hecho para nosotros, subir al cerro y descubrirnos un mundo.

—¿Un personaje profundamente dramático tu madre?

—Muy, muy dramático. Mi mamá es ahora una abuelita increíblemente suave, pero nos aventábamos nuestros buenos encuentros. Era como una troyana; pegaba unos gritos así de grandes. Imagínate, estuvo embara­zada 20 años de su vida, cuidando no solamente su embarazo, sino a la hilera de hijas y de hijos, y no creas que somos huesos fáciles de roer.

—¿Troyana al estilo de Eurípides?

—Troyana a lo Eurípides; sí, era brava mi mamá. Era muy, muy brava.

El vicio del teatro

La primera estancia de Raúl en Apizaco fue relativamente breve. Una vez finalizada la secundaria, donde quedó a deber una materia, decidió regresar a la Ciudad de México.

Aquel joven tenía poco claro hacía dónde lo llevaría la vida. A pesar de que en alguna parte de su mente estaba madurando una idea, a partir de la sensibilidad que tenía. Pero el camino no iba a ser fácil.

Su estancia en la capital del país lo hacía correr el peligro de quedar atrapado en una trampa existencial. De repente, una suerte de epifanía le reveló un sendero distinto a la rutina en la que había caído.

Es así que volvió a Apizaco, para seguir sus estudios de bachillerato. Fue en el plantel 19 del Colegio de Bachilleres de Tlaxcala, ubicado en San Cosme Xalóztoc, donde lo estaba esperando pacientemente su verdadera vocación, en forma de drama.

—¿Qué representa para ti Xalóztoc?

—Xalóztoc representa el momento en que tuve la posibilidad de romper con la inercia. Yo no tenía ningún referente cultural en mi familia. Soy la primera persona que se dedicó al arte.

Uno de mis primeros acercamientos fue cuando tenía como cinco años, en un DIF, afuera de la primera donde estudiaba en La Navidad. Tenía como unos seis o siete años, más o menos. Me acuerdo que pasé por ese centro cultural, donde daban un pequeño tallercito de popotillo, que es esta técnica de quebrar los popotes sobre cera de Campeche, en un trazo predibujado, colorear con popotillo. La inscripción costaba unos cuantos pesos.

Fui a pedirle dinero a mi papá, para pagármelo, y me mandó direc­tamente al diablo. Me dijo que no, que eso era para jotos. Me dijo que no, y que no perdiera el tiempo, que hiciera otra cosa de provecho, que no tenía dinero… y luego me dio un billete para ir a comprar una botella de Bacardí.

Fue una sensación extraña, pero de alguna forma entendí la lógica de mi papá. No lo discutí demasiado; lo dejé ir. Suspendí ese pequeño impulso artístico que tuve desde la primera infancia. Luego vinieron varios.

Tuve otro en el kínder, donde había un piano. Yo me brincaba al salón de música. Pedía permiso para ir al baño, aunque en realidad me iba a picarle a las teclas.

Eso se acabó cuando el conserje me descubrió y me pegó una rega­ñada que me traumó para toda la vida. Me dijo que no se jugaba con el piano. Nunca volví a tocar un piano porque, claro, es un aparato carísimo; si lo andas jugando, se desafina, y si no lo sabes tocar, no lo tocas. Tampoco pensé: “Pero en­tonces cómo se aprende”. En algún momento hay que cometer errores. Eso quedó ahí suspendido.

Cuando terminé la secundaria quedé a deber una materia y me fui a la Ciudad de México, donde estaban mis hermanos mayores. Ellos se dedican a la electricidad. Dije: “Bueno, ya no pude estudiar la prepa. Voy a chingarle con mis hermanos”.

Me fui a trabajar y logré ser oficial electricista. Tengo ese oficio, entre muchos otros trabajos que hice a lo largo de mi vida.

Un día, de repente, después de tres años, descubrí una inercia, un ciclo en el que estaba encerrado: tra­bajaba de lunes a sábado; el sábado a mediodía salía, me pagaban y ese dinero lo usaba para embriagarme toda la tarde. El domingo estaba crudo todo el día y el lunes empe­zaba de nuevo el ciclo.

Entonces me dije: “No, yo necesito otra cosa. No sé qué es, pero necesito otra cosa”. Fui al Campo Militar número 1, que está en la Ciudad de México, porque quería entrar al Ejército, según yo; pero quería porque me encanta el uniforme de gala de los militares.

Me explicaron: “No, pues es que si vas a entrar desde soldado raso, te va a ir muy mal; lo que te acon­sejamos es que estudies la prepa y luego regreses y hagas carrera, porque tu físico no se ve muy militaroso”.

Por eso me regresé a Apizaco. Le avisé a mi mamá: “Oye, quiero regresarme a estudiar la prepa”. Ella me aclaró que en el plantel 10 del Colegio de Bachilleres ya no había lugar, y que solo estaba disponible el plantel 19, en San Cosme Xalóz­toc. Ese lugar ya lo conocía, porque está en la ruta que tomábamos para llegar a San Miguel La Caldera, cuando íbamos a visitar al rancho; conocía Xalóztoc, Velasco, Toluca de Terrenate, todos esos pueblos que pasas para llegar a La Caldera.

Xalóztoc significa la toma de decisión de no querer seguir en un ciclo que me estaba destruyendo y superarme en la vida. Hacerle caso a mi sensibilidad, a mi intelecto y a mi necesidad de seguir preparán­dome. Ahí conocí al teatro.

—¿Qué te condujo al teatro?

—Me llevó que no había lugar en la paraescolar de música, porque en la secundaria estuve en rondalla. Yo cantaba y era parte del coro. Tam­bién era parte del coro del himno nacional. En el COBAT llegué a buscar la paraescolar de música, pero todo mundo se inscribió ahí.

Me dijeron que había una pa­raescolar llamada Teatro. Yo nunca había escuchado la palabra “teatro” de una manera que fuera accesible. Cuando escuchaba la palabra “teatro” pensaba en los comerciales de Once y doce, esa obra de Chespirito que pasaban los comerciales en Televisa una y otra vez, del público botado de la risa, ¿te acuerdas? Esa era mi idea de teatro. Yo me dije: “Bueno, pues voy a ver qué onda”.

En ese momento estaba la maestra Hilda Serrano dando el taller. Pero por alguna razón no había podido ir esa vez, y mandó a José Luis Pérez Hernández, Güicho.

Recuerdo perfectamente el mo­mento en el que Güicho nos hizo un ejercicio, que consistía en imaginar una escena en la que íbamos en una lancha, te picaba una serpiente y tú no podías nadar. Lo que pasaba era que te morías de envenenamiento.

Me acuerdo perfectamente que vi la lancha, vi el agua, vi el bosque y vi a la serpiente; los colores los tengo en la memoria. Nunca se me va a olvidar. Al mismo tiempo estaba en un salón de clases, en un Colegio de Bachilleres, en San Cosme Xalóztoc.

Me explotó la imaginación. Por primera vez pude darme cuenta de que se podía estar en dos lugares al mismo tiempo a través de la imagi­nación; me enamoré perdidamente del teatro.

En ese momento era una persona más intensa, luego he ido madu­rando y esto del romanticismo y del artista que va hacia la luz y la autodestrucción, ya no me va. Pero en ese momento sí. Yo empleaba la metáfora de que “El teatro me envenenó desde el principio”. Y la única cura era el mismo teatro. No puedo dejar de hacerlo, soy adicto al teatro.

—¿En qué momento decidiste ser actor?

—En ese momento. Ese día. Lo tuve clarísimo, porque ahora que he tenido la fortuna de que me preguntaran varias veces sobre mi infancia, mi carrera, mis impulsos artísticos, me doy cuenta de que en realidad lo traje desde siempre.

Mi mamá es costurera. Hay algo muy mágico en lo que hace ella, de convertir una materia prima en una prenda; es algo muy impresionante. Mi papá era hojalatero y pintor; siempre había Pantone por todos lados. Mi papá era un experto igua­lando el color, después vinieron las tecnologías y él no quiso ponerse a la altura y así se fue rezagando. Yo siempre estaba jugando con colores y con pintura.

Mi hermano está estudiando ahora en la Escuela de Artes de Tlaxcala. Él es un pintor muy im­portante y talentosísimo. Yo creo que viene de ahí. Cuando llegué a San Cosme pude ponerles nombre a mis sueños de toda la vida. Mis sueños eran el teatro.

—¿Estaba larvado?

—Claro. Sí, ya estaba sembrado desde mucho antes, porque cuando era niño, era muy mentiroso, aunque mentía honestamente. Mentía por pertenecer, solo por inventar un montón de cosas.

—¿Mitómano?

—Sí, pero no por maldad, sino por jugar, por provocar, muy performance. Ahora sé que hay una cosa que se llama ficción, que no es precisamente mentira, pero se puede tocar.

La verdad es que siempre me sentía muy cómodo ante los ojos de los demás, y esto tiene una razón. Fui muy buleado dentro de mi familia, porque era un niño muy inquieto y tenía muchos problemas de hi­peractividad, de falta de atención; todo el tiempo estaba en la calle, tratando de quedar bien con mis vecinas y con mis vecinos.

Siempre traje al espectáculo pegado a mi personalidad, para ser aceptado, querido. Yo creo que todo actor y toda actriz tiene un ego lastimado, como para pararse frente a un grupo de personas a pretender que le aplaudan. Ahora lo tengo clarísimo y por fortuna tengo el escenario para depositar ahí mi ego, que puede llegar a ser monstruoso.

Un actor se prepara

Una vez que tomó la decisión de ser actor, Raúl Briones Carmona buscó una escuela para afinar su vocación. La elección recayó en el Centro Universitario de Teatro, el legendario CUT de la Universidad Nacional Autónoma de México, por donde ha pasado lo más selecto de la escena teatral de nuestro país.

—¿Cómo fueron tus años en el CUT?

—Fueron increíbles. Yo me consi­dero un actor silvestre, es decir, a falta de referentes culturales y de referentes intelectuales, todo lo que me dieran era bienvenido; no tenía ninguna intención de cuestionar a nadie. Porque todo era nuevo.

Yo llegué al CUT con las pupilas dilatadas, el pecho abierto, los bra­zos abiertos, muy preparado. En ese momento, debido a mi impulso de querer ser militar, tenía un carácter muy castrense. Si hubiera conocido un mesías, me hubiera inmediata­mente metido a sus filas.

Afortunadamente no me pasó, porque conocí el teatro y fui con un nivel de disciplina que de verdad si no hubiera sido así, me hubiera regresado con mucho miedo. Yo quemé las naves, y no miré hacia atrás, porque si no me convertiría en estatua de sal, así, tal cual; no voltee, y eso mis maestros lo reci­bieron con muchísimo cariño y con muchísimo amor. Aquí fue donde dejé a Santiago, mi hijo, que ahora tiene 15 años. Me enteré que iba a nacer cuando iba a entrar al Centro. Yo ya estaba encaminado al CUT. Ese fue un sacrificio hacia los años de infancia de Santiago, de quien hasta la fecha sigo haciéndome responsable y ha­ciéndome cargo; tengo una relación hermosa con él, pero fue después de muchos años. Yo tenía que ir al CUT a por todas.

Cuando vienes de una clase social tan baja, tienes un solo tiro. Cuando vienes de una clase social un poco más acomodada, tienes más tiros, tienes el cartucho lleno y andas por la vida tirando por todos lados. Yo no. Yo le pegaba o me regresaba a ser obrero y mantener a una familia. No tuve de otra.

Me desvivía en las clases. Ab­sorbí del CUT cada centímetro de esa escuela, cada gota de sudor, con muchísima pasión. Y hasta la fecha es algo que me acompaña en mi carrera.

—¿Qué aprendiste en el Centro?

—Aprendí que tengo un cuerpo y que este cuerpo está compuesto por un montón de factores que hay que diseccionar para poder entenderme como actor. Este cuerpo tiene una voz, una mente, un espíritu: este cuerpo se mueve de determinada manera.

Aprendí a diseccionar mi cuer­po, a analizarlo, a entenderlo, pero sobre todo aprendí que el camino de la actuación, para mí, era la vía para un camino espiritual y un camino terapéutico. Hasta la fecha sigue siendo así. Yo no disocio mi trabajo como actor de mi camino espiritual. A mí la actuación me ha hecho crecer muchísimo. Me ha dado todas las herramientas para madurar… y crecer.

—¿Para ti actuar es una forma de redención?

—No necesariamente. No sé si por ahí se trata más de asumirme como el propio objeto de investigación de la experiencia humana. Tiene que ver con mi yo como sujeto ob­servable en la sociedad y qué tanto mis decisiones colaboran a la gran violencia y al gran sistema, enten­diendo que los personajes me van ofreciendo distintas versiones de la vida. Dependiendo de los errores y del carácter y de los vicios de cada uno, puedo ir modulando mi pro­pio carácter y tratando de tomar a mis personajes como maestros y no cometer sus mismos errores, para no aportar a la violencia del gran sistema.

—¿Quién fue tu profesor favorito o tu profesora o favorita?

—La verdad es que como iba con este nivel de fe, a todos los recibí de igual manera, pero fue el maestro Antonio Crestani, no porque sea mi favorito, sino porque fue el primero; él me dio en primer año.

Crestani es un hombre muy apasionado del teatro… y muy duro, con un nivel de exigencia y mística increíble. Además, me quiso y me guio de una forma muy amable y amorosa.

Cuando estudié en la escuela hace quince años, las reglas eran otras, la conversación sobre las violencias era otra; también hubo mucha crueldad, no creo que de una manera premeditada. Mis maestros me educaron como los educaron, me dieron lo que les dieron. Yo ahora tengo la oportunidad de ofrecer herramientas más amables y amorosas.

A ese silvestre niño que llegó al CUT, Cristani lo fue refinando de una forma bastante intensa y amorosa.

—Tú has hecho teatro clásico, como Hamlet. ¿Qué te dejó esa experiencia?

—Es muy impresionante cómo se actúa a Hamlet. Yo fui Rosencrantz, aunque hice varios personajes en realidad, como el enterrador.

Esa experiencia me dejó la enorme satisfacción de estar dentro de un texto que ya por sí solo se para; fue una adaptación de Flavio [González Mello] bastante críptica y extraña, donde cada acto tenía un tono dis­tinto, cada acto era un tipo de teatro diferente, hasta cerrar con un teatro mucho más intimista, naturalista, neutro; pasábamos de la farsa a un realismo casi cinematográfico.

La puesta me dejó la oportunidad de entender a Shakespeare desde dentro y la satisfacción de sentir una dramaturgia impecable.

—¿Crees en el Método de Stanisla­vsky? ¿Confías más en Grotowski o en Lee Strasberg?

—Creo que soy una mezcla rarísima. Yo tengo algo con el conocimiento. Soy una persona que lee bastante, que ve bastantes cosas, pero mi me­moria es malísima. Debido a que me atropellaron a los seis años, tengo una memoria extraña, aunque la memoria también es ficción.

Puedo estar leyendo una novela y a la mitad del camino decir: “Por qué sé el futuro de los personajes? Ah, chin, pues es que ya la leí”. Te lo juro. Con las técnicas me pasa algo parecido. Las recibí también de una manera bastante mezclada, porque en México tampoco tenemos una técnica como tal. [Héctor] Mendoza es el único que de alguna manera desarrolló algo y luego [Luis de] Tavira aplicó sus propias técnicas, su análisis tonal, todas sus ideas en torno al teatro, que son maravi­llosas y geniales, pero no tenemos a un Brecht o a un Shakespeare. No tenemos una técnica como tal, que se defina como la teatralidad mexicana.

Creo que es algo que deberíamos investigar en los tlaxcaltecas, y en todo el teatro evangelizador; en los pueblos originarios, si en las festi­vidades, si en las danzas, creo que por ahí está el secreto de nuestra teatralidad.

Yo absorbo las técnicas y luego hago una mezcla muy extraña. Di­ría que soy mucho más cercano al Método, porque soy una persona que gusta de la autobiografía, del análisis interior, de las heridas y de los trampolines personales. Me acerco más a ese lugar, que a algo más brechtiano, que es mucho más frío, mucho más objetivo y mucho más lejano.

—¿Cómo se dio tu transición de actor de teatro a actor de cine?

—Fue a través de Alonso Ruizpa­lacios. Él me dirigió en La cocina, en mi última puesta en escena en el CUT. Curiosamente también estaba Güicho en esa puesta en es­cena, porque Güicho entró al CUT después de mí.

Él me había dicho: “Te tienes que ir a estudiar al CUT”. Y llegué al CUT, estudié el primer año y luego le dije: “Güicho, tú también tienes que estar en esta escuela”. Él entró tres años después que yo, a pesar de que tiene más edad.

La cocina, de Arnold Wesker, es una obra gigante, con más de 30 personajes. Alonso quería conservar la magnitud de una cocina, por lo que pidió a otras generaciones que se anotaran en el elenco. Ahí entró la generación de Güicho. Compartimos escena en mi última presentación, que también fue una cosa maravillosa, como un ciclo de cierre muy bonito.

Alonso Ruizpalacios ha sido un director muy híbrido desde sus inicios. En realidad quería ser director de cine, por lo que se fue a Nueva York a tratar de estudiar, pero lo mandaron al diablo y terminó estudiando ac­tuación en Londres. Luego dio clases en el foro de [Ludwik] Margules de dirección y después da dirección de actores en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).

Es un autodidacta del cine; conoce a mucha gente del cine y a mucha gente del teatro. Él inmediatamente me dijo: “Te quiero en mi puesta en escena Rock and Roll”. Mi primera puesta en escena profesional fue con Alonso y ahí me vio mucha gente de cine.

Me empezaron a invitar a hacer ficciones con alumnos del CCCo. Me vieron los maestros y las maestras de allí, entre ellas Natalia Beristáin, que es directora y también fue di­rectora de casting durante mucho tiempo; me empezó a llamar a las producciones, porque yo llegué a los proyectos cinematográficos de Alonso, no por Alonso, yo llegué por casting. Alonso ni siquiera se lo esperaba.

Yo ya estaba en su compañía de teatro y él no me llamó de manera directa. Fue Natalia la que le hizo los primeros castings a Alonso.

Y así fue como llegué, la verdad bastante lento, investigando, por­que yo salí del CUT diciendo: “Yo soy un animal del teatro. Jamás me voy a poner frente a una cámara de cine”, porque además me imponía muchísimo el lente, porque ahí hay un cambio muy cabrón; en el teatro estás cubierto de los ojos del espectador. La cámara es como un hoyo negro que te chupa el alma. Está tan focalizado el mundo, la expectación, que al principio es imponente.

Nunca logras ese nivel de detalle que da la cámara y que se siente en la piel. Cuando tienes la cámara, hay que aprender a ecualizar y a regular tu energía.

El siguiente paso para Raúl Briones Carmona sería dar el salto al cine, donde ha cosechado sus más importantes reconocimientos, como el reciente Ariel a actuación masculina, por su papel como el agente Montoya, protagonista de la cinta Una película de policías, un singular proyecto, híbrido de ficción y de documental.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías

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