Días de gloria en Tokio – Un tlaxcalteca, Leonardo de Jesús Pérez Juárez

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El cronómetro del Estadio Olímpico de Tokio mostró el tiempo logrado por el atleta que había llegado en tercer lugar: 17 segundos y 44 centésimas. Era la mejor marca personal que había logrado en los 100 metros, categoría T52.

No lo podía creer.

No después de haberse quedado fuera del podio en las carreras de 400 y 1,500 metros, donde consideraba que tenía más posibilidades de ganar medalla en los convulsos Juegos Paralímpicos de Tokio 2020, celebrados apenas este verano, luego de mil vicisitudes.

El tlaxcalteca Leonardo de Jesús Pérez Juárez finalmente estalló en alegría. Ese lluvioso día de septiembre le había asegurado su segunda medalla, tras la obtenida en los Juegos de Londres, en 2012.

Alguien de la delegación mexicana le alcanzó una bandera tricolor. Leonardo de Jesús, originario de San Simón Tlatlahuiquitepec, en el municipio de Xaltocan, siguió rodando sobre la húmeda pista de tartán del Estadio Olímpico.

Disfrutaba esos instantes de gloria bajo el cielo de Tokio.

Nada como el triunfo.

Arriba, en todo lo alto, ondulaba la llama del fuego que acompañaba a todos los atletas que mantenían vivo el espíritu de una competencia milenaria.

Ahora todo quedaba atrás: los extenuantes y peligrosísimos días de entrenamiento, que hacía sobre la carretera que atraviesa Ciudad Industrial Xicohténcatl. Cada jornada tenía que practicar sobre el asfalto debido a que fueron cerradas las instalaciones del complejo deportivo “Luis Donaldo Colosio”, de Tetla, debido a la contingencia provocada por la COVID-19.

Todo se había puesto de cabeza. Incluso estuvieron en riesgo los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, que se pospusieron durante un año, y se llegó a barajar su posible cancelación.

Pero había valido el esfuerzo, los sacrificios, la disciplina que debe distinguir a un atleta de alto rendimiento como lo es Leonardo de Jesús, curtido por la vida, pero siempre acompañado por sus padres Adrián Pérez Ríos y Lourdes Juárez Tizapantzi, así como por sus hermanas Anel y Karla. Para él, su familia ha sido una columna inquebrantable.

Momento conversó con Leonardo de Jesús una mañana de septiembre, en la casa que tiene en San Matías Tepetomatitlán, muy cerca de su terruño y poco después de una semana de haber logrado la gloria en Tokio.

Los retos de la discapacidad

—¿Dónde y cómo fue tu infancia?

—Desde que tengo memoria viví en San Simón Tlatlahuquitepec. Allí me crie. Mi infancia fue muy libre, ya que mis papás me dejaban hacer lo que quería, que pasara momentos agradables. Ellos no me decían cosas como “Estate quieto” o algo así.

Desde pequeño mis papás me dieron la oportunidad de buscar algún hospital donde pudieran darme una prótesis para poder caminar y llevar una vida más normal.

Ellos deciden llevarme a la Ciudad de México, a un hospital para personas con discapacidad. Allí me atendieron bastante bien y me dieron unas prótesis. Fue en la época en que entré a la primaria; de hecho, meses antes de entrar a la escuela me dieron las prótesis.

Antes de eso, literalmente no podía caminar. Eran caídas constantes; los codos los tenía con cicatrices por las caídas. Pero con el paso del tiempo fui superándolo. Al llegar a sexto de primaria ya podía moverme sin ayuda del bastón. En los primeros años, las prótesis contaban con un bastón para que pudiera equi­librarme, porque eran dos prótesis y era más difícil mantener el equilibrio.

Al inicio no era natural, porque me sentía más alto, con poco más de 20 centímetros de la estatura normal que era. En ese momento no me gustaban y no me las quería poner.

Yo soy el segundo de tres herma­nos; tengo dos hermanas y mi papá siempre me mandaba con ellas para practicar. Me abrazaban, una de cada lado, llevándome del brazo. Caminá­bamos en el pueblo, que no estaba pavimentado como hoy. Creo que eso fue lo que me ayudó a ser más hábil con las prótesis, por lo mismo que era más difícil por el terreno, pero lo fui logrando poco a poco.

Al llegar a secundaria ya podía caminar perfectamente y eso me permitió dejar el bastón. Cargaba mi mochila y caminaba lo más normal posible. Hasta la fecha me preguntan cómo puedo desenvolverme con ellas, cómo es mi día a día, desde salir a la calle y tomar el transporte público, ir a la Ciudad de México, tomar el metro, andar entre la multitud o salir a fiestas.

Yo les digo que me puedo mo­ver con más facilidad, al grado que aprendí a manejar con un amigo que vendía pan. Yo lo acompañaba y me dejaba manejar su combi, que era es­tándar. Así fue como aprendí a mane­jar, hasta que pude obtener mi primer carro. Me fui haciendo a la idea y quise aprender de todo un poco.

—¿Qué ha representado para ti ser una persona con discapacidad?

—Es un gran reto. No cualquiera llega a lograr lo que yo hago. La mayoría de las personas con discapacidad que conozco la tienen debido a que sufrie­ron accidentes o enfermedades que te van deteriorando. En mi caso fue desde que nací y lo tuve que asimilar de alguna forma. Así nací y así soy. De alguna forma me acepté.

Hubo momentos donde me pregun­taba: “¿Y por qué yo? ¿Por qué esto?”.

Hasta que el destino te pone las pruebas y lo vas logrando, ahí te das cuenta de que estás en un lugar di­ferente y triunfando. No me vi como normal.

Recuerdo que estando en secun­daria nos preguntaron “¿Cómo te visualizas en diez años o a la edad en que termines una carrera?”. La mayoría dijo que se veía como poli­cías, licenciados, abogados, etcétera. Cuando tocó mi turno, yo dije: “No sé qué quiero ser en la vida”.

Mi papá se dedica a la albañilería y mi mamá es ama de casa y no me gustaba ver a mi papá con la ropa sucia, por lo que dije que quería vestir de traje y estar detrás de un escritorio. Por eso algunos dijeron: “Seguro vas a ser presidente municipal” [risas], pero yo respondí “No, no es eso”. En reali­dad, no sabía y no me había hecho esa pregunta. Lo único que quería era verme bien. Nunca fue mi idea ser de­portista y ahora, además de la rutina de los entrenamientos, viajo y conoz­co lugares. Todo lo que mis amigos querían, ahora lo estoy haciendo por ellos [risas].

—¿En qué momento tuviste claro qué querías hacer?

—Bueno, terminé la secundaria, pero ya no terminé la preparatoria; la pos­puse casi dos años y me metí a es­tudiar diseño gráfico. La volví a parar porque llegó la oportunidad de com­petir en los Juegos Paralímpicos de Londres. Esto me lo propuso mi en­trenador Martín Díaz, quien me habló del Abierto Mexicano, en el que iban a participar deportistas de otros paí­ses de América. “Veremos si puedes conseguir una buena marca e ir a los Juegos”, me dijo.

La forja de un deportista de alto rendimiento

—¿Entonces en qué momento co­menzaste a hacer deporte?

—A los once años. El entrenador [Mar­tín Díaz] fue al municipio de Xaltocan y preguntó en el DIF municipal si había personas con discapacidad, porque quería tener un acercamiento.

Un día me citan en la presidencia. Esa vez me acompaño mi mamá y el entrenador preguntó si me interesaba participar, ya que habría un campa­mento y competencias. El siguiente fin de semana tenía que quedarme en el campamento. Dije que sí. Nos anotó y fuimos el día acordado a Tetla, al complejo “Luis Donaldo Colosio”.

Éramos como 40 jóvenes, entre chicos y chicas. Al inicio lo vi como un juego y esa parte hizo que me queda­ra. Era como un relajo entrenar todos los sábados y me llamó la atención. En su momento hice natación, lanza­miento de jabalina y pista. Con el paso del tiempo pedían que solo hiciéra­mos una prueba y me decidí por la pista, porque me gustaba ser rápido en la silla. Hicimos de todo, incluso básquetbol.

—¿Qué te animó a hacer deporte?

—Quizás fue la idea de viajar, la po­sibilidad de conocer lugares y que me ayudaría a salir adelante, tanto deportiva como personalmente. Me inspiró confianza, aunque al momen­to no sabía si decir sí o no, por eso le comenté a mi mamá, quien me apo­yó desde el inicio. Al principio no me gustaba salir a fiestas, incluso si eran de familiares, me quedaba en casa.

Nunca he sido de acudir a fiestas, creo que fue desde el inicio. Si llego a ir, voy, felicito al festejado, entrego un presente y convivimos un rato. No soy de quedarme hasta que termine la fiesta.

—¿Te consideras una persona poco sociable?

—No, tengo amigos y me invitan a fiestas. Pero para salir a divertirse sí soy aventado. Recuerdo que cuando regresé de Londres, unos amigos me invitaron a aventarme de un para­caídas y lo hice. No recuerdo el lugar, creo que fue en 2012; ya paso un buen rato [risas].

—¿Cómo te defines?

—Lejos de lo deportivo, soy una per­sona muy enfocada en lo que hago, perseverante y no me gusta darme por vencido. Creo que la vida me ha enseñado a ello.

Recuerdo un viaje que hice con unos primos a una barranca. Busca­mos un árbol para hacer un columpio. Vimos un árbol y queríamos subir. Al inicio lo intentábamos, pero no podía­mos y parecía que nos dábamos por vencidos, pero yo no. Al final pude su­bir solo. La verdad no sé cómo lo hice, pero cuando me di cuenta, ya estaba arriba. Me pasaron el lazo y pudimos hacer el columpio para todos.

Esto también se lo debo a mi papá, ya que nunca me dejó ser débil. Me enseñó a luchar por lo que quería. Me gustaba jugar futbol y jugaba con mis tíos y primos. Una vez me dieron un balonazo y me puse a llorar. Mi papá me sacó del campo y me dijo: “Si vas a llorar vete a la casa y si vas a es­tar conmigo, te limpias las lágrimas y juegas futbol”. No fue regaño, pero tampoco dejó que me venciera, por­que la vida me iba a dar golpes, pero debía quedarme en el área de juego.

Creo que estas dos historias me definen, porque me ayudaron a so­bresalir.

—¿Cómo es la relación con tu familia?

—Mi familia es humilde, pero nunca nos ha faltado nada. Mi mamá y mi papá siempre me han apoyado, me dan consejos e impulso a su modo, debido a las pocas experiencias que ellos han tenido.

Cada vez que salgo, recuerdo al­guna cosa que me ha pasado y le cuento al entrenador. Recuerdo que ahora en el viaje de Japón a México, en el aeropuerto, pasamos a comer una pizza pequeña y recordé que mi papa me dijo: “Cuando te den las prótesis y puedas caminar bien, te compro una pizza en la TAPO”. Y le respondí: “¿Tam­bién mi refresco?”, “Sí”, me contestó. Él lo hacía para que no fuera pesado para mí. Ahora que estuvimos en el aeropuerto de la Ciudad de México por los Juegos Paralímpicos de Tokio, me hizo recordar esa anécdota y se la platiqué al entrenador. Esto no lo sabía nadie y apenas lo estoy contan­do. Mi familia ha sido y es mi impulso.

—¿Qué nos puedes contar de tú mama?

—Ella es la que siempre me abraza, me apoya y siempre me recibe. Como toda madre, está siempre al pendiente de mí.

—¿Y tus hermanas?

—Ellas son las que apoyan más, in­cluso desde antes de ser Leonardo el deportista. Con las dos me llevo muy bien.

—¿En qué momento advierten que tienes potencial para ser un atleta de alto rendimiento?

—Justamente en el selectivo que hubo en el Grand Prix Mexicano para la marca de Londres, a finales de 2011. Di la marca, pero no tenía una clasi­ficación internacional. Por esa razón fui a Sao Paulo, a una competencia en la que tenía que registrarme por primera vez, antes de llegar a Juegos Paralímpicos.

Me vi en la obligación de sacar el pasaporte y de viajar con un entre­nador. Hoy en día se puede viajar con doctores, psicólogos, todo un equipo multidisciplinario. Aquella vez fue un delegado que apenas conocí. Fue la primera vez que competí de manera internacional.

—¿Compártenos tu experiencia de ese momento?

—Recuerdo que me dijeron “Vas a ir a Sao Paulo, Brasil, pero tal vez no des la marca para ir a Juegos Paralímpicos”.

Me sentí contento de ir a Brasil, aunque no fuera a los Juegos, así lo veía. Hicimos buenas carreras y gana­mos en tres en las que participé

—¿En qué competiste?

—En la categoría T52 en 100, 200, 400 y 800 metros. Logramos ganar e hi­cimos las mismas marcas que traía­mos. Entonces tocó entrenar más para bajar un poco las marcas que tenía­mos. Gano la clasificación y el entre­nador me avisa que hay otros atletas de Tlaxcala que llevan más tiempo y entre ellos voy yo. Éramos cinco en to­tal. Eso me animó mucho más, ade­más de que el entrenador apostó por mí, no por la posibilidad de ganar, sino por ser más joven, no solo de la repre­sentación de Tlaxcala, sino de toda la delegación.

Durante esos meses tuve un en­trenamiento fuerte. Recuerdo que re­gresando de Brasil me sentía superior y falté a algunos entrenamientos. En­tonces el entrenador me dijo: “Si vuel­ves a faltar a un entrenamiento, diré que ya no te lleven, que te bajen del avión. Yo puedo hacerlo.”

Después de eso, me metí mucha presión y retomé los entrenamientos, logrando mejorar las marcas, y eso me permitió obtener la medalla de bronce en la carrera de 400 metros en los Juegos de Londres, en 2012.

—¿Cómo es tu día normal de entre­namiento?

—Un día normal consiste en levan­tarse a las siete de la mañana, alistar utensilios como licras y guantes y pre­parar las llantas. Después salgo para Tetla. Una vez en el centro, caliento para el entrenamiento.

Los entrenamientos duran entre una hora u hora y media. Acaba­do ese entrenamiento, desayuno. Descanso hasta la una de la tarde, en el cual hago otro entrenamiento hasta las dos y media. Acabado eso, regreso a casa y descanso, además alisto cosas para el día siguiente. Ya he comentado que no soy una persona que le guste salir, por lo que prefiero quedarme en casa y descansar.

—¿La palabra “Disciplina” define a un atleta?

—La verdad sí. Creo que la parte en que interrumpí mi preparación escolar se debió a los entrenamientos. Cuan­do llegaba de entrenar, me dormía en la computadora, me dormía en clase… no hacía las cosas bien, lamentable­mente. Por eso decidí que haría una, por lo que puse mi empeño para ir a Londres, dejando a un lado la escuela.

La aventura paralímpica

—¿Cómo fue el proceso de prepara­ción para los Juegos Paralímpicos de Londres en 2012?

—No fue muy complicado, debido a que el nivel competitivo no era alto. Pero a raíz de que salieron nuevas sillas deportivas en Londres, fue aumentan­do el nivel y todo fue evolucionando. Por ejemplo, la silla que sacó la marca Alfa Romeo permitió que se rompiera un record en Japón este año. Pero Lon­dres marcó la pauta. De ahí en adelan­te los tiempos fueron mejorando.

—Platícanos cómo te fue en Londres.

—Sinceramente no me daba cuenta del evento masivo que era en aquel momento. Yo me imaginaba que iba de paseo, a divertirme. Eso me ayudó un poco a liberarme de la presión.

En la primera competencia que tuve de 400 metros, en el heat quedé en segundo lugar, pero me descalifi­caron por salirme del carril en un tra­mo de la competencia. Yo no sabía por qué me habían descalificado y entonces el entrenador me dijo: “Te descalificaron porque te saliste del carril y no puedes hacer eso”. Pero a mí nadie me había dicho que no podía salirme del carril [risas].

Después participé en 800 metros y ahí los primeros 100 metros son en carril y los demás son libres; me em­peñé en aquella. Me sentí tan bien en esa competencia que al año siguiente participé en Francia, haciendo mejor tiempo y gané la medalla de plata.

—En Río de Janeiro también compe­tiste y no obtuviste medalla. ¿Qué represento para ti esa situación?

—Me dio un bajón emocional. Ahí me cayó el veinte de la responsabilidad de ser atleta paralímpico. Siempre había escuchado comentarios ha­lagadores sobre mí, cuando ganaba medallas. Pero cuando no gané nada sentía que no tenían la misma consi­deración, lo que importaban son las medallas, estas son las que resaltan y posicionan a tu país.

Fue difícil, pero marcó la pauta para otras cosas. Veía que compa­ñeros que habían ganado medallas, al final no pasaban a las finales, por lo que no me sentí tan mal y me ayu­dó a sentirme que estaba en un buen nivel competitivo. Pero lo importante no es estancarte, quedarte ahí, sino que siempre debes ser de los mejores en todas las competencias que ten­gas desde abiertos mexicanos hasta panamericanos.

Siempre he obtenido buenos resul­tados, como terceros y cuartos luga­res, medallas de plata y bronce. Lo que me caracteriza es la exigencia que tengo cada día en los entrenamientos.

En Brasil no me sentí contento por no haber obtenido una medalla, pero sí satisfecho con lo realizado y a seguir trabajando para conseguir medallas.

Camino a Tokio

—¿Cómo fue tu preparación para To­kio, ante las complicaciones origina­das por la COVID-19?

—El entrenamiento fue en carretera, en el tramo que va de Ciudad Indus­trial Xicohtencatl a Huamantla, cru­zando de Mena hasta San Cosme Xalóztoc; esos son cinco kilómetros, aproximadamente. Esto lo hacía día con día, para mantener mi rendi­miento. Entrenaba junto a los auto­móviles y los tráileres, pues no tenía­mos la posibilidad de ir a los centros deportivos, por lo que fue un cambio radical.

—Muy peligroso.

—Sí claro. Hay partes donde la ca­rretera se hace de un solo carril. Lo más feo que sentí fue cuando subí un puente por donde pasan tráileres pesados. Se sentía cómo se movía el puente por el paso del tráiler.

—¿Buscaste la manera de practicar de nuevo en los centros de entrena­miento?

—Sí, pero la respuesta fue negativa. Traté de mantenerme en forma en ruta, pero no es lo mismo que entrenar en la pista, debido al pavimento, que es duro y era pesado. Lo que quería era entrenar en la pista para no perder esa sensación de rapidez.

Después se pudo abrir la pista y pude volver a entrenar con el pro­pósito de entregar resultados. Acudí a un gimnasio que se encuentra en Tlaxcala, que nos otorgó ciertas fa­cilidades para continuar preparán­donos mis compañeros y yo. Eran entrenamientos de ir y venir y por consiguiente eran más pesados. Pero esto nos ayudó a salir de la rutina que nos hacía sentir cómodos; de algu­na forma esa fue la parte buena de todo esto.

—¿Cómo conseguiste tu pase a los Juegos Paralímpicos de Tokio?

—Fue en un Mundial en Dubai, en 2019. Nos comentan que por cuarto lugar nos daban el pase. Yo quedé en cuar­to lugar en una prueba de 1500 metros y me otorgan el pase. No importaba la marca, sino el lugar.

Me sentía mejor corriendo en 1500 y 400 metros. El problema fue que en 400 me quedaba en la salida, por lo que veía difícil aquello. Fue por eso que tuve que afinar mucho en la hora de la salida. Fueron muchas repeticiones, hasta el punto que llegué a hartarme, pero era así y logré algunas marcas, como 17.80, 17.70 hasta llegar a 16.95.

—¿Llegaste directamente a Tokio?

—No, llegamos a Hiroshima, a un cam­pamento previo para acostumbrar­nos al clima y al cambio de horario, porque era muy pesado. Después ir a Tokio para participar en los Juegos y hacer un buen papel.

—¿Cómo fue aquel campamento?

—Todo fue muy diferente. No era como otros a los que había acudido. Todo era muy cerrado. No dejaban salir a conocer el lugar. Todo fue muy ruti­nario; tenías que ir de tu habitación al comedor, y de ahí a la pista de entre­namiento y luego de vuelta a la habi­tación. Estaban divididos los pisos por países y si querías bajar al comedor, debías hablar por un radio instalado ahí y mandaban por una persona al elevador para poder bajar al come­dor. Era casi como una escolta.

—¿Te sentías prisionero?

—Un poco. Al momento sentí que fue algo gracioso, pero me di cuenta de la responsabilidad y del peligro que representaba si te contagiabas de COVID; eso significaba no poder com­petir, y entonces iba a perder toda esa preparación; por eso me dije “Mejor me alineo”. Comprendí esa parte. Solo convivía con los compañeros a la hora de la comida, en los entrenamientos, pero todo el tiempo era estar en el cuarto, encerrado, pensando en todo y en nada a la vez. Así fue el día a día.

—¿En qué pensabas?

—No sabría decirte. Eran como ilusio­nes. “¿Ganaré una medalla? ¿Perderé? ¿Cómo vienen los competidores? ¿En­trenarán igual que yo? ¿Habrán evolu­cionado más?”. Y la pregunta que más me hacía: “¿Qué pasará si uso la silla de fibra de carbono o la de aluminio?”. Eran pensamientos locos.

—¿Como cuáles?

—No sé, a veces estaba solo y en otras entrenaba. Algunas ocasiones revisa­ba el celular, pero no podía hablar con ninguno de mis contactos, porque es­taban dormidos debido a la diferencia horaria. A veces llegaba a platicar con el entrenador, pero no hablábamos mucho, pues como nos conocemos de toda la vida, no había mucho tema.

—¿Qué tanto de esos planes los im­plementaste en las competencias?

—Nada. Por las experiencias que he tenido, lo que tenemos es lo hacemos, no hay que experimentar. En compe­tencia hay que refrendar lo que lleva­mos hecho, pero hacerlo bien. Si no estaba en competencia, a lo mejor sí había posibilidad de experimentar, de improvisar. Pero en competencia no, hay que llevar lo que tienes hecho.

—¿Cómo es la experiencia de la Villa Olímpica?

—Es muy padre. Conoces mucha gen­te, te involucras. Juegas, convives, aprendes muchas cosas. Hay veces en que cambias pines con participantes de otras naciones. La convivencia es la parte buena con la que te quedas.

—¿Formaste amistad con algún competidor de otra nación?

—Sí, en Londres, con un corredor de Colombia llamado Cristian. A la fecha seguimos en contacto. De hecho, me invitó a competir en la ciudad de Cali, pero no pude ir porque era un 24 de diciembre. También tuve amistad con competidores de otros estados.

Días de gloria en Tokio

—Antes de ganar la medalla de bron­ce en Tokio, participaste en otras carreras. ¿Cómo fueron esas com­petencias?

—Cuando corrí, tenía la esperanza de obtener algún resultado, porque me preparé para esas pruebas de 400 y 1500 metros con el objetivo de obtener bronce, siendo realista. Pasan estas pruebas y dije: “Algo estamos hacien­do mal”. Me sentía cabizbajo. Pocos días antes de la última prueba perdí la esperanza.

—¿Sentiste miedo?

—No, me sentía mal de saber que no iba a obtener nada, que me iba a ir con las manos vacías. Me sentí des­animado y fue cuando mi esposa me dice: “Sí puedes, échale ganas. Dijiste que entrenaste y habías mejorado. Eres un chingón”. Cuando se da eso, me sentí muy contento. La marca per­sonal de Londres era de 18 segundos y no podía bajar de ese tiempo; en Tokio hice 17.44 segundos. Quede contento porque es el resultado de ese trabajo y mejoró mi marca personal y a la vez estoy llevando una medalla.

—¿Qué pensabas en la línea de salida de la final olímpica?

—En salir a entregarlo todo. Todo o nada en ese momento. Después de todos los entrenamientos, me con­centré para entregarlo todo. Durante la carrera, al ser muy rápida, no da tiempo de pensar. Cuando vi, pa­samos la meta y sentí la adrenalina al cien por ciento. El corazón palpita mucho y vas concentrado durante la carrera, viendo a los que van delante.

—En qué piensas mientras vas co­rriendo?

—En nada. Cuando se concentra uno, tu mente está en blanco. No escuchas nada, solo tu respiración. Creo que si te detienes a pensar por un segundo, aflojas el paso y olvídate. No te puedes dar ese lujo.

—¿Cómo te sentiste al obtener tu se­gunda medalla de bronce en unos Juegos Paralímpicos?

—No me lo creía. En la pista hay dos pantallas, paré y busqué una para ver los resultados. Dieron los dos primeros, pero el tercero tardó un poco. Por mi mente pasó que iba a suceder algo así como en Londres, pero cuando sale el resultado me emocioné. Ade­más de ser mi récord personal, todos los que me acompañaron en las gra­das estaban echándome porras y un profesor me tiró una bandera de Mé­xico. Una de las fotos que sacaron es cuando tomo la bandera. Empezaron los festejos y se siente la emoción.

—¿En qué pensabas?

—“¿Que vamos a hacer para festejar?” [risas]. Piensas en todo, en los entre­namientos, el no pasar mucho tiempo con la familia. Lo primero que vino a la mente fue esa cuestión, estar un poco más de tiempo con ellos. Lo he abandonado un poco, porque si quie­res ser el mejor, debes entrenar como el mejor y sufrir como el mejor.

—¿Qué sentiste cuando subiste al podio y viste ondear la bandera de México?

—Muchas sensaciones, que debí con­tener por respeto a quien ganó la me­dalla de oro. Si hubiera sido de oro, no me importaría gritar “Viva México”, pero no era mi momento.

—¿Había presión para ti y la dele­gación Paralímpica de dar buenos resultados, luego de que la Olímpica dio pocos resultados?

—No. Cuando corres bajo presión, es cuando no entrenas. Hubo un tiempo en que me sentía el mejor del país, pero en realidad no hay rivales pequeños. Todos son fuertes y si están ahí, es por algo, porque tienen la capacidad de ser mejores. La primera vez que corrí, me ganaron y pensaba: “¿Por qué me ganaron, si yo siempre les ganaba?”. Ahí me di cuenta que debía entrenar y hacer un buen trabajo.

—¿Consideras que debería haber más apoyo para el deporte para­límpico?

—Pues sí, porque en las localidades donde he vivido, no saben a lo que me dedico. Si nos ayudaran en la difusión y si los empresarios voltearan a vernos para patrocinios, creo que de esa for­ma nos ayudarían bastante. Esa parte la requerimos todos para poder cre­cer. La mayoría se queda a mitad de camino, por esa falta de apoyo.

—¿Te ves en París 2024?

—No lo sé. Los Juegos de Tokio eran la pauta para verlo. Si no ganaba nada, pues podía competir uno o dos años más, y luego buscar un trabajo esta­ble. En el deporte no gano y no puedo estar con mi familia. Trataré de buscar una medalla de plata en Juegos Para­límpicos. Será difícil, pero me basaré en mi experiencia. Si no llegara, por lo menos dejar un buen papel y mejorar mis marcas personales.

—¿Qué harás en estos tres años?

—Trabajar para llegar a París. Te­nemos Mundial en Japón y hay que competir, ganar esa marca y poder representar al país.

—Muchas gracias por compartirnos estas palabras. Enhorabuena por este logro y deseamos volver a ver­te competir.

—Muchas gracias y un saludo a todos.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías
Archivo COPAME

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