EL DILEMA DEL MAÍZ TRANSGÉNICO

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Publicada Enero 2008 Edición 2

LAS CIFRAS DEL MAÍZ EN MÉXICO

El maíz tiene un papel protagónico en la cultura mexicana. Considerado como centro de origen de esta gramínea, México ha perdido paulatinamente su capacidad de producción al ser superado por países como Estados Unidos, China y Brasil. De acuerdo con cifras oficiales manejadas por la SAGARPA, en la cosecha de 2006 se levantaron poco más de 20 millones de toneladas de la variedad de maíz blanco, que es la empleada para la alimentación humana, sembradas en poco más de siete millones de hectáreas y que generaron ganancias por alrededor de 40 mil 500 millones de pesos.

Con el maíz blanco se elabora una amplia variedad de productos, entre los que destacan las tortillas, alimento consumido desde hace más de cinco mil años en la región mesoamericana y que aún es la base de la dieta de la mayoría de los mexicanos. Además, es el ingrediente principal de una amplísima variedad de platillos nacionales.

EL DESARROLLO DE LOS ORGANISMOS GENÉTICAMENTE MODIFICADOS

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) los organismos genéticamente modificados “pueden definirse como aquellos en los cuales el material genético (ADN) ha sido alterado de un modo artificial”, a partir de los avances logrados por la biotecnología moderna, también llamada tecnología de ADN recombinante o ingeniería genética, cuyos procedimientos separan las moléculas del ADN de una fuente, por ejemplo un ser humano, con un bisturí químico, llamado enzima de restricción. Una vez troceado el ADN, se separa un pequeño fragmento de material genético, ya sea de un gen o de unos pocos genes. A continuación se corta con la enzima de restricción un segmento del cuerpo de un plásmido, una longitud corta de ADN existente en las bacterias. Tanto el fragmento de ADN humano como el cuerpo del plásmido desarrollan unos “extremos pegajosos” a causa del proceso de corte. Los extremos de los dos segmentos de ADN se enganchan entonces entre sí, y se forma un todo genético compuesto por material de las dos fuentes originales. Finalmente, el plásmido modificado se emplea como vector, es decir, como vehículo que mueve el ADN a una célula hospedadora, habitualmente una bacteria. Al absorber el plásmido, la bacteria procede a duplicarlo indefinidamente generando copias idénticas de la nueva quimera. A esto se llama ADN clonado. Esta tecnología de ADN recombinante permite “transferir genes seleccionados individuales de un organismo a otro”, con el agregado de que la combinación se puede realizar entre especies no relacionadas. Ese es el caso de los llamados maíces transgénicos.

BACTERIAS, VIRUS Y DILEMAS

El desarrollo de las primeras semillas de maíz genéticamente modificado, obedeció a la necesidad de proteger a los cultivos. En el documento denominado 20 Preguntas sobre los alimentos genéticamente modificados, la OMS destaca que “los cultivos GM tienen como objetivo principal aumentar el nivel de protección de las siembras mediante la introducción de resistencia a enfermedades causadas por insectos o virus, o a través de una mayor tolerancia a los herbicidas”.

Así, la resistencia a los insectos se ha conseguido al incorporar en el material genético del maíz el gen productor de toxinas de la bacteria llamada Bacillus thuringiensis (BT). La toxina se emplea como un insecticida en la agricultura y es considerada como inocua para los seres humanos, en cambio destruye el intestino de las larvas de insectos, particularmente lepidópteros, que atacan y consumen la planta del también llamado maíz BT.

La resistencia viral se consigue a través de la introducción de un gen de ciertos virus que originan enfermedades en los vegetales. En tanto, la tolerancia a herbicidas se desarrolla al introducir un gen de una bacteria.

Pero más allá de estas aparentes ventajas, el maíz genéticamente modificado no ofrece mayores rendimientos en la producción ni aporta más y mejores nutrientes, como apunta Elena Álvarez-Buylla, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México. La investigadora destaca que “estos maíces transgénicos fueron desarrollados en Estados Unidos para el contexto de la agricultura industrializada de allá. Y como cualquier desarrollo tecnológico de este contexto, tienen los mismos problemas de estos sistemas, que son no sustentables ambientalmente y eventualmente pueden generarse resistencias a estas proteínas plaguicidas producidas de manera endógena en los maíces. En Estados Unidos ya hay bastantes problemas de resistencia. Son efectos secundarios producto de cualquier tecnología hecha en este contexto de agricultura masificada, de monocultivo industrializado para lo cual están desarrollados estos insumos. Si se ven los datos que hay en Estados Unidos, para el maíz no ha habido efectos positivos netos ni en rendimiento ni en la disminución de uso de plaguicidas”.Y es que es más redituable aplicar herbicidas en lugar de contratar mano de obra para efectuar el desyerbe de los campos de cultivo atacados por malezas u otras plagas vegetales.

Por otra parte, los hábitos de cultivo en nuestro país podrían verse en peligro en caso de utilizar maíz transgénico resistente a herbicidas. Tradicionalmente el cereal es sembrado junto con frijol y calabaza, que se verían seriamente afectados en caso de que se aplicara masivamente herbicidas a las milpas. Álvarez-Buylla destaca que el sistema tradicional de siembra en México es mucho más sustentable ambientalmente, ya que la combinación de cultivos permite regenerar las cualidades nutricionales del suelo.

Por ello, considera preferible emplear las técnicas tradicionales de cultivo: “Necesitamos recuperar la riqueza de conocimientos que guardan nuestros campesinos. Hay un potencial agrícola en México para producir todo el maíz necesario e incluso para exportarlo. El mejor maíz del mundo se produce acá”. Pero esa riqueza podría ponerse en riesgo en caso de que se permita la siembra de maíces transgénicos.

A esta alerta se suma la directora del Programa Universitario de Alimentos (PUAL), Amanda Gálvez, quien advierte sobre la posibilidad de contaminación genética de los maíces de México, lo que podría acarrear una eventual afectación. Por otra parte, cuestiona la posibilidad de permitir la siembra de maíz transgénico cuando el país no cuenta con una adecuada infraestructura que permita incrementar los niveles de producción: “Para qué se quiere sembrar transgénicos si no se les va a poder regar. El campo enfrenta el problema del abandono. Además, no nos vamos a salvar con los transgénicos.”

En este contexto no se puede dejar fuera la presión ejercida por las compañías biotecnológicas, que pretenden introducir en el mercado sus maíces patentados. El uso extensivo e intensivo de semillas transgénicas podría tener graves consecuencias socioeconómicas para los campesinos mexicanos, acentuando el abandono del campo y polarizando las diferencias sociales y económicas entre los habitantes de zonas rurales y los de áreas urbanas.

LAS DUDAS RAZONABLES SOBRE LOS PRODUCTOS GENÉTICAMENTE MODIFICADOS

En cuanto a posibles efectos nocivos sobre la salud, Elena Álvarez-Buylla sostiene que aunque la información recabada hasta el momento en cuanto al consumo de maíz transgénico “sugiere que no hay efectos drásticos, sí hay algunos datos que indican que algunas variantes del maíz BT son alergénicas y se han tenido que retirar del mercado”.

La primera reacción contra los alimentos elaborados a partir de organismos genéticamente modificados se dio en la Unión Europea. Distintas asociaciones de consumidores, así como activistas y hasta algunos políticos levantaron la voz para advertir al público sobre posibles efectos nocivos en la salud humana, así como alteraciones ambientales.

En contraste, la OMS asegura que los alimentos genéticamente modificados disponibles en el mercado “han pasado las evaluaciones y no es probable que presenten riesgos para la salud humana. Además, no se han demostrado efectos sobre ésta como resultado del consumo de dichos alimentos por la población general en los países donde fueron aprobados”. Para este fin, la OMS, junto con la FAO, ha integrado un organismo conjunto denominado Comisión del Codex Alimentarius, encargado de compilar los estándares, códigos de práctica, lineamientos y recomendaciones en materia de alimentos genéticamente modificados, aunque también tiene incidencia en alimentos tradicionales mexicanos.

Pero a decir de Elena Álvarez-Buylla falta mucho para entender las redes de regulación de los aspectos que interesan en el caso del maíz, como la resistencia a sequías, plagas, inundaciones o a metales pesados: “Estamos lejos de desarrollar una tecnología inteligente que se base en el entendimiento profundo de la biología molecular, y es que se puede hacer una biotecnología más inteligente que no implique involucrar secuencias tan alejadas como puede ser un virus”.

De ahí la necesidad de incrementar los recursos destinados a la investigación, que permita el desarrollo de alternativas más cercanas a los mecanismos naturales, pero que sean económicamente eficientes para proporcionar altos niveles de producción y rendimiento alimenticio que beneficien a los consumidores.

LA REGULACIÓN JURÍDICA DE TRANSGÉNICOS

En México, el uso de transgénicos se encuentra regulado a través de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, que destaca como una prioridad del Estado mexicano el cuidado del maíz, toda vez que el país es centro de origen de este cereal. Expresamente la legislación mexicana define al centro de origen como “aquella área geográfica del territorio nacional en donde se llevó a cabo el proceso de domesticación de una especie mexicana”.

Y aunque la ley permite el eventual cultivo de maíz transgénico, e incluso se han expedido permisos exclusivamente con fines experimentales y de estudio, lo cierto es que hasta el momento no se ha efectuado ninguna siembra debido a que no hay un reglamento que regule los procedimientos a seguir.

En cambio, se permite la importación de maíces genéticamente modificados para destinarlos a usos industriales, que eventualmente llegan a la cadena alimenticia a través del consumo animal. Al respecto, la directora del PUAL apunta que alrededor de una veintena de marcas se comercializan en México: “esas 22 marcas de maíz transgénico que se venden en el país nos las estamos comiendo mezcladas con el maíz blanco y en forma de almidón y de aceite”.

Yassir Zárate Méndez
Foto: Archivo Revista Momento

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