El don de ayudar a dar vida de Cándida

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Publicada mayo 2018 Edición 124

Es partera tradicional certificada por instituciones del sector salud

A los 13 años de edad, Cándida atendió el primero de cientos de partos que lleva en su cuenta en la población de San Isidro Buensuceso. Cuidaba borregos en el campo y de repente una de sus tías inició el trabajo de alumbramiento, por lo que Cándida no tuvo otra alternativa que asistirla. Con un machete cortó el cordón umbilical.

Cada que nace un bebé, con ternura le platica: “Les digo: ‘Ya llegaste conmigo, ahora te voy a entregar con tu mamá’; le doy un besito. Unos vienen con su dedito bien en su boquita, ya vi como vienen los bebés”.

Esta mujer nació en San Miguel Canoa, Puebla, pero al contraer nupcias cambió su residencia a San Isidro Buensuceso, Tlaxcala; es una de las llamadas parteras tradicionales que se ha capacitado y ha sido certificada por autoridades del sector salud.

Momento plática con Cándida Manzano Monarca, de 67 años de edad, en un cuarto construido a base de block, en donde está la cama donde duerme y una mesa en donde se ven figuras religiosas, entre ellas la de la virgen de Juquila.

La lengua nativa de Cándida es el náhuatl y por su oficio de partera tuvo que aprender a hablar español, por lo que su hablar en castellano es pausado.

Sus padres fueron Sebastián Manzano Romero y Pascuala Monarca Amador, quienes trabajaron el campo para producir maíz y frijol a las faldas de La Malinche. Fue la única mujer de entre cuatro hijos.

Recuerda que de pequeña cuidaba borregos y cuando tenía 13 años de edad atendió un parto de su tía, “porque nació su bebé y nadie la atendió, yo la atendí y le corté con machete su ombligo… nunca me enseñaron, aunque mi abuelita era partera, pero ese día estábamos en el campo”.

“Ese día le agarró la contracción a la señora y me dice si la podía ver, pero cómo la voy a ver, si no sabía, solo sabía de los borregos porque sí los atendía, a la gente no, pero dije igual como los borregos y así fue”, rememora. Su abuelita Guadalupe Amador también fue partera.

A raíz de esta experiencia, Cándida decidió dedicarse a ser partera y cuando tenía 20 años de edad la invitaron en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a capacitarse para atender a mujeres embarazadas.

Además de cuidar borregos, recuerda que hacía tortillas a mano, iba a la escuela, “es una pena, estudié hasta segundo año porque a esa edad me mandaban a cuidar los animales, tuve que trabajar desde chiquita. Sí me gustaba la escuela, pero no me dejaban. Ahora ya sé a dónde voy ir, ya sé cómo agarrar el carro, pero anteriormente no sabía”.

La primera vez que intervino en un alumbramiento fue cuando tenía 13 años de edad

Dice que sabe leer y escribir “tan­tito, no mucho”, pero eso le permitió estudiar para conocer cuando es un parto de alto riesgo y de bajo riesgo, porque “no podemos atender a alguien que tenga alguna complicación”.

Incluso, relata que 15 días antes de la entrevista, la fueron a buscar para atender un parto, pero la mujer se sentó, bajó su pantalón y rápido salió el bebé, no tuvo complicación y todo bien y fue a traer el papel para certificar el nacimiento del niño al Hospital General de Tlaxcala.

“Yo hablo mexicano, por qué cree que no puedo decir mucho, no po­día hablar español, habló el náhuatl, pero gracias a Dios en Tlaxcala todo me enseñaron, ya nadie me va a de­cir que no puedo, sí puedo hablar con los doctores. Aprendí español a los 22 años, ahora puedo hablar de dos”.

Los hijos de Cándida también son bilingües, así que, si ella no puede decirles algo en español, se los co­munica en náhuatl, pues es de referir que San Isidro Buensuceso es de las pocas comunidades del estado de Tlaxcala en donde aún se preservan las lenguas nativas.

Incluso, al estar asentada esta po­blación cerca de La Malinche, el paso de personas con sus burros cargados de madera es una estampa común.

Cuando tenía 16 años de edad se casó con Ramos Domínguez Arce, originario de San Isidro Buensuceso, pero falleció hace 38 años de cirrosis hepática por el exceso en el consumo de alcohol. Tiene cinco hijos, una es mujer que trabaja el campo y los de­más son hombres que se dedican a la albañilería.

Sobre su trabajo como partera, expone que poco a poco adquirió confianza en su labor para atender a las embarazadas.

Una médico de nombre Rosa le preguntaba si tenía miedo al atender a las mujeres y ella le respondió que no, pues ya sabía cómo. La galeno le cuestionaba cómo sabía que venía bien el bebé y ella le contestaba que ya había sentido la postura del niño.

La voz se empezó a correr entre la población de que Cándida era parte­ra y a menudo la iban a buscar para atender a las mujeres que iban a dar a luz, pues no había quién las asis­tiera en la comunidad.

A la fecha, con mucha satisfac­ción y orgullo, Cándida menciona que todas las mujeres han salido bien de su parto, incluidas sus nueras. No se ha muerto ningún bebé de las emba­razadas que ella ha atendido.

“Siempre siento primero cómo viene el bebé, si siento que no viene en buena posición, yo no atiendo a la mujer, aunque hasta ahorita tienen confianza conmigo, pero si la mujer está estrecha, le sugiero que vaya al doctor para recibir una mejor atención”, menciona.

Cándida ya tiene 40 años de que cuenta con documentos del IMSS y de la Secretaría de Salud (Sesa) que avalan sus conocimientos como partera, derivado de que ha tomado cursos en los que le enseñaron a diferenciar los partos de alto y bajo riesgo.

“Aprendí que una mujer se puede desangrar en el parto, si no sale toda la placenta que se debe sacar, también que ya no puedo atender a una persona a la que no le he dado seguimiento a la etapa de gestación, porque no sé cómo viene su bebé, no llevé el control”, apunta.

En una bolsa tiene los papeles que avalan su capacitación en el IMSS y las credenciales que respaldan que es partera tradicional.

“Yo atiendo a las personas en su casa, llego y rápido. Necesito que estén limpias las cosas que me dan ellos, por ejemplo, sábanas, cobijas para el niño y agua caliente. Yo llevo mi estetoscopio, perilla y estetoscopio de Pinard para escuchar al bebé”, abunda.

–¿Considera que es un don ser partera o es algo que heredó de su abuela?

–Creo que sí es un don, no se me muere ni uno; en cambio, a algunas compañeras que estaban en Tlaxcala las corrieron, no sé por qué. Yo estoy capacitada.

–¿Cuántos partos ha atendido usted?

–Ya son muchos, aunque este año apenas llevo uno. Hace años atendía más de 20 por mes, a veces dos o tres en el día. En la noche venían por mí, me buscaban mucho.

Con este oficio ha sacado adelante su hogar, pues cobraba 800 pesos por parto hace algunos años y ahora la atención es de mil 500 pesos.

Las figuras religiosas que tiene en la mesa del cuarto donde duerme son porque ella es creyente en Dios y pide que no les pase nada malo a sus pacientes.

“Dicen que no hay Dios, pero sí, yo confío en Él y en la virgen de Juquila, francamente soy religiosa, de veras”.

–¿Se pone nerviosa cuando atiende un parto?

–Ya no tengo miedo cuando tengo un parto. Mi nuera, de 40 años, le dije que fuera con el doctor cuando iba a nacer su bebé, no me hizo caso, y no fue. Mi hijo me vino a traer cuando iba ya a nacer el bebé, me enojé con ella y le pregunté por qué no fue con el doctor, porque yo ya no quiero atender a mujeres mayores de 40 años porque los embarazos son de alto riesgo. Ella me respondió: qué de alto riesgo, usted me atiende y ya. Pero ella dice, aunque a veces puede venir alguna complicación y por eso el doctor me dijo que ya no lo haga.

–¿Qué piensa o qué siente cuando nace el bebé?

–Me da gusto, a veces son cuatitos y viene primero uno, viene el otro, atiendo a los dos.

Ha atendido alrededor de 10 casos de cuates y los doctores le preguntan cómo se da cuenta que son dos bebés. “Yo les digo que está disparejo, uno está de la cabeza y uno está de la colita. Los doctores me dicen está bien lo que haces, pero mejor tráelas acá. Pero un día ya no llegamos al hospital, se alivió en el coche, nos regresamos y ya fue el doctor, le dije están bien, son dos, me dijo, bueno siquiera ya salió bien”.

Actualmente, las mujeres embarazadas de esta comunidad las lleva al Hospital General de la Sesa para que las atiendan los doctores, pues cada vez es menos el trabajo que realiza porque padece osteoporosis.

–Si no fuera partera, ¿qué le hubiera gustado ser?

–Hubiera trabajado en el campo. Pero la doctora Ofelia Salas Huerta habló conmigo y me enseñó que no debía tener miedo para acercarme a los doctores. Me regalaron una bata, zapatos, suéter, me daban para mi pasaje, sí me apoyaban, aunque me regañaban porque no podía hablar el español y tuve que aprender. Luego me dicen que hable mexicano y ahora les digo que ya no quiero (risas).

En San Isidro Buensuceso hay tres parteras, pero ya solo una, que es más joven, está más en activo.

–¿Qué le enseñaban los doctores sobre el parto?

–Me enseñaban cómo atender a las mujeres, lo que debía hacer y por eso me dieron el estetoscopio normal y el estetoscopio de Pinard, también a ver si viene atravesado el niño para que lo enderece; a veces vienen sentados y yo los enderezo, les doy un masajito y les digo que vayan a ver al doctor, quien les dice que ya está bien.

“Mi marido me decía que era buena para atender los partos y me decía que fuera a Tlaxcala, yo no iba con falda como ahora, iba con mi vestimenta indígena, con mi ceñidor en la cintura, pero allá los doctores me llevaron a comprar mi falda, me cambiaron, porque yo no usaba eso”.

Con el dinero que ganó dio estudio a sus hijos, “el que quiso ir, pues aprovechó, quien no quiso, no, pues yo siempre estaba en Tlaxcala. Cuando se murió mi esposo estábamos más que pobres, de veras, pero gracias a Dios con mi trabajo más o menos ya estamos bien”.

Sacó a sus cinco hijos adelante tras quedar viuda muy joven

–¿Ha sido difícil para usted salir adelante como una mujer viuda?

–Sí, yo tenía seis hijos, pero no podía hacer nada, ellos se quedaban en casa, pero como ya ganaba dinero por trabajar en el Seguro Social, contrataba una persona que los veía. En el IMSS entraba a atender los partos junto con los doctores y me enviaban a revisar a las pacientes para ver cómo estaban.

Cándida recomienda a las mujeres embarazadas que no levanten cosas pesadas, como cubetas con agua, porque les puede dar dolor de estómago y el riesgo de aborto; que utilicen zapatos sin tacón.

También menciona que como partera canaliza a las mujeres a las instituciones del sector salud para que les prescriban métodos anticonceptivos, pues anteriormente ella lo hacía porque estaba en el Seguro Social y ahora ya no.

“Tenía 170 mujeres de control, pero ahora me dicen que les dé algún método y ya no puedo porque ya no voy al IMSS. Antes me facilitaban tratamientos para tres meses, no es malo, es bueno, pero ya no voy”, apunta.

Cándida comenta que hace tres años perdió la memoria a causa de un susto, pues asesinaron a un sobrino suyo y ella vio como llevaron al muchacho.

Por último, dice que tiene dos niñas por mantener porque las dejó su mamá y las sostiene con lo que va ganando de los partos que atiende, siempre y cuando sean de bajo riesgo.

Las parteras tradicionales

Cándida ha sido de las parteras tradicionales que se han capacitado mediante cursos y talleres para contar con herramientas que le permiten identificar oportunamente embarazos de riesgo, a efecto de aminorar muertes maternas y fortalecer la cobertura de salud en los 60 municipios del estado.

Entre los conocimientos adquiridos están, además de brindar atención durante el nacimiento, convertirse en acompañantes de las madres durante el proceso de embarazo y el puerperio inmediato.

Así, las parteras participan en todo el proceso de gestación y de esta manera detectan los signos de riesgo y, si es el caso, remiten al sector salud a la mujer que lo requiera. También generan un vínculo con el recién nacido durante las primeras seis semanas siguientes al nacimiento.

Esta capacitación se brinda a través del programa Salud Materna y Perinatal de la Sesa, a fin de coadyuvar en la disminución de muertes maternas en Tlaxcala.

La legislación en México considera la actividad de las parteras con el reconocimiento de la medicina tradicional desde 1990, pero las califica como “personal de salud no profesional”.

La Secretaría de Salud dispone de 30 parteras certificadas que atendieron 26 alumbramientos en esa modalidad durante 2017, mientras que en 2018 han procurado solo un alumbramiento.

El área de Medicina Tradicional de la Sesa es apoyada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud, que buscan promocionar y fortalecer el desarrollo de la partería en Tlaxcala.

La partera no necesita ser médico, pero está capacitada para atender alumbramientos y valorar si la madre tiene la capacidad de parir sin ayuda del bisturí, mientras que el ginecólogo es una persona especializada en ese ramo y de igual manera atiende partos.

José Carlos Avendaño Flores
Fotografía: Federico Ríos Macías

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