El tianguis nocturno de Apizaco

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Viernes por la noche en Apizaco. Son poco menos de las 22 horas. Para este momento, las calles de la Ciudad Modelo ya tienen muy poca actividad. Entre la hora y las restricciones de movilidad por la COVID-19, el paisaje es poco menos que desolador.

El motor económico de Tlaxcala se dispone a descansar, luego de una semana de habitual ajetreo e intensa actividad.

Sin embargo, hay un enorme grupo de personas para quienes apenas está empezando la jornada de trabajo. Se trata de los comerciantes del tianguis nocturno de Apizaco, que desde hace 40 años se ha instalado en las inmediaciones del Mercado 12 de Mayo.

A pesar de la hora, cientos de personas se agolpan en los puestos de frutas, verduras y flores, principales productos comercializados en la apurada noche del viernes, en un ejercicio que ya lleva cuatro décadas. Los marchantes pueden encontrar mamey, durazno, aguacate “criollito”, plátano, ciruela, guanábanas, maracuyá, plátano macho, dominico y morado (para todos los gustos hay, marchanta). Y si uno se adentra entre los apretados y aromáticos puestos, la gente se puede llevar a sus casas jitomate, tomate, chiles poblanos y cuaresmeños, al igual que zanahoria y legumbres como lechuga y cilantro.

El conjunto es una estampa que hubiera hecho las delicias de Diego Rivera o de David Alfaro Siqueiros.

 Pero también a la vista resaltan las naranjas traídas desde Veracruz, con su apariencia de pequeños soles sin rayos, llenas de delicioso zumo que tanto ayuda en estos tiempos de enfermedades respiratorias. Y pegados a las paredes del mercado se apelotonan los puestos de papas recién cosechadas en Terrenate, con su inconfundible aroma a vestido de tierra.

La noche se pinta sola. Nada falta para que los mediomayoristas puedan abastecerse, al igual que personas que apenas van saliendo de sus trabajos para hacer el mandado. Hay que aprovechar, pues, que todo está a la mano, fresquito, recién cosechado.

 Así es el tianguis nocturno de Apizaco, instalado cada viernes en las inmediaciones del Mercado 12 de Mayo. La mayoría de los tianguistas forma parte del núcleo de fundadores de esta iniciativa, que tuvo su origen en 1981.

“Anteriormente trabajábamos en la privada Miguel Solana, del Mercado Guadalupe, pero ya se encontraba muy saturado. Vendíamos en el día y diario, pero las autoridades vieron que ya no era posible vender por la saturación, y para entonces estaba iniciando el movimiento en el Mercado 12 de Mayo; ese fue el motivo por el cual nos movieron, ya que estaba muy vacío y abandonado”, refiere Carlos González, secretario general de la Unión de Mayoristas y Medio Mayoristas, una agrupación que ahora cuenta con 30 integrantes.

Carlos González, quien tiene 65 años, asienta que prácticamente todos los tianguis trabajan a la luz del día, así sea rayando el Sol y hasta que este se oculta, “pero no había uno que diera servicio en la noche. Es por eso que se tomó esa decisión con las autoridades para que se diera ese servicio desde el viernes en la noche”, relata.

 La idea sentó bien entre los comerciantes, externa Gilberto Baldomino Rodríguez, quien desde la capilla de Tepeyahualco, en el municipio de Tlaxco, llega a ofrecer su recaudo. —¿Cómo es la experiencia de vender de noche? —se le inquiere. —Bonita, a mí siempre me ha gustado. Antes se vendía muy poco. Si por mí fuera me quedo a vender toda la noche.

 A este gusto por parte de los tianguistas, se agrega la ventaja de que los clientes pueden llevarse mercancía fresca.

“Encuentran todo a como se van destapando las cajas; encuentran todo fresco y es lo que les gusta, por eso vienen”, afirma José Artemio Cortés Mendoza, originario de Amaxac, pero afincado en Apizaco desde hace tiempo.

 La idea la comparte Raúl Muñoz Flores, de apenas 43 años y originario de Apizaco: —¿Cómo ve la experiencia de vender de noche? —Para nosotros es más cómodo, porque ya la gente aprovecha la noche para venir a hacer sus compras y al otro día le rinde el día, o sea, la mayor parte de los clientes de mayoreo vienen en la noche, ya en sábado es gente que viene a surtir para sus casas, la mayoría. ¿En la noche por qué? Porque hay donde estacionarse, está un poquito más desahogado el tianguis, porque el día de mañana [sábado] ya estamos todos los del mercado “interior” y, pues ya se congestiona un poquito más. No es tan fácil encontrar estacionamiento y por eso es que la gente como que se acostumbró a venir en la noche.

 Sin embargo, en sus inicios, el tianguis era más bien vespertino. “De hecho, antes no era tan noche, empezábamos a las cinco de la tarde, pero no había tanta venta. Venía muy poca gente. Nosotros lo hacíamos por la comodidad de llegar e instalarnos para el otro día a trabajar y tener todo listo, porque antes, como a las cinco de la mañana, ya había bastante gente. Yo creo que por lo mismo de que ya hay clientes.

 “Por ejemplo, yo tengo una clienta que viene de El Peñón. Ella me dice que es más cómodo venir en la noche; carga y se va a su casa y al otro día, temprano, saca sus cosas. Antes, cuando venía el sábado, llegaba a comprar como a eso de las seis de la mañana y acababa yéndose a las diez, por lo que llegaba a su casa a las once. Entonces se le iba medio día. Ahora, como viene en la noche, pues le rinde más el día a ella. También es mercancía del día; todo fresco. Nosotros lo compramos en la mañana, lo vendemos en la noche; está impecable y es lo que la gente busca, que su mandado le rinda para toda la semana”, detalla Raúl Muñoz.

Además de contar con un recaudo más fresco, agrega que el tianguis nocturno, curiosamente, representa “menos riesgo para la gente”.

Y la realidad es que las personas se cuidan al andar en bloque. Si bien hay pocos policías, la masa de compradores y vendedores parece ahuyentar a los delincuentes, aunque no falta el vivo que se roba la cartera o el teléfono móvil de algún marchante o marchanta.

 Tampoco faltan otros episodios, como riñas o altercados. Pero son los menos, aseguran los comerciantes, que han tejido una vigorosa red en estos cuarenta años de servicio a sus clientes.

Bajo el signo de la COVID-19

 —¿En estos tiempos marcados por la COVID-19 ustedes dejaron de vender? —se le pregunta a Raúl Muñoz.

—Bajó un poco la cantidad de gente que venía; cuando estábamos en lo más fuerte de la pandemia nos limitaron en cuanto al tiempo en que podíamos trabajar; nos recortaron horas, además de que la gente no venía con la confianza, porque estábamos con el miedo de la pandemia, pero creo que ahorita estamos empezando a regresar a la normalidad.

—¿Pero nunca dejaron de vender?

—Nosotros no. Aquí en este tianguis como todos vendemos perecederos como recaudo, fruta, legumbres, pues no nos recortaron, pero en el tianguis del domingo quitaron lo que es ropa y zapatos. El ayuntamiento nos decía que los no esenciales iban a parar. A ellos sí los quitaron. Tardaron como tres meses sin trabajar, pero nosotros, por lo mismo que son productos básicos, sí nos dejaron trabajar, aunque con menos horas y con las medidas.

“En las esquinas se ponen los filtros y nosotros debemos llevar cubrebocas y careta, aunque ahorita ya como que aflojamos un poquito, pero, de hecho, cuando estábamos en lo más fuerte de la pandemia, nos exigían todas las medidas que se pudieran tener. A veces uno no está acostumbrado a tener el cubrebocas, porque luego la gente no nos escuchaba y por eso hay que hablar un poco más fuerte, además, en el día el calor lo hace todavía más difícil, pero nos acostumbramos, ahora sí como nos decían: ‘¿Quieren trabajar? Pues pónganse su cubrebocas y la careta’.

 “La verdad aquí en Apizaco yo siento que el ayuntamiento se portó accesible. En Calpulalpan, aun siendo básicos, nos quitaron dos meses de venta; no nos dejaron trabajar. Es decir, cada ayuntamiento tomaba sus decisiones, pero sí se siente en la economía, porque está uno acostumbrado a vender, y con los gastos que se llevan en la casa, pues no trabajar, afecta a mucha gente.

 “Yo, por ejemplo, tenía un cliente que trabajaba en la cafetería de una secundaria, pero dejó de venir el muchacho. En una ocasión lo encontré y le pregunté cómo le había ido. Él me respondió ‘Mira, como no hay escuela, pues no hay trabajo’.

 La pandemia nos afectó a todos, aunque no al mismo grado. Nosotros nunca dejamos de vender, por lo menos no en Apizaco. Otro tanto ocurrió con Carlos González, quien reconoce el apoyo de las autoridades, particularmente las municipales.

“Es algo con lo que estamos muy agradecidos. Como representante de la Unión de Comerciantes de Mayoreo tengo que reconocer que nos ha favorecido mucho el presidente actual. Hubo muchos problemas con Gobernación; le pedían que cerrara el tianguis, pero no lo hizo y nosotros le agradecemos mucho, porque nos defendió a capa y espada.

“Nos decía: ‘Si cierro lo que es básico, como la comida, a dónde voy a mandar a la gente’. No tanto a nosotros como comerciantes, ya que a nosotros unos días que nos suspendieran no había tanto problema, pero el consumidor qué iba a hacer.

 “Nosotros también apoyamos de buena manera y a lo que ellos nos pedían; poner los filtros, aplicar el gel, repartir cubrebocas, poner los cercos; en fin, de alguna manera hemos contribuido para afrontar esta situación”, recalca.

 Por su parte, José Artemio Cortés también reconoce el apoyo otorgado por la presidencia municipal, de la que se destaca que estuvo viendo la prioridad a la ciudadanía, en que no se perdiera el apoyo. “Afortunadamente nos brindó muchos filtros para el acceso de la gente, como cubrebocas y gel”, destaca.

Ese fue el mismo caso de Arcadio Pimentel:

 —¿Con el problema de la pandemia, dejó de venir alguna vez?

—No, toda la temporada estuvimos acá.

 —¿Sí vendía?

—Sí, gracias a Dios sí se vendía. Tengo mucho cliente que ya me conoce, como ya tiene tiempo que estoy viniendo; viene mucha gente a comprarme.

En cambio, Gilberto Baldomino Rodríguez, refirió que dejó de acudir al menos dos semanas, pero por una decisión particular, “para que no estuviera todo tan lleno”.

De mole, dulce, rajas, verde y jarocho

 El frío arrecia a medida que camina la noche. Este verano sin verano, en pleno julio, el viento hace que la noche sea mucho más que fresca.

Entonces nos acercamos con Paulina Rodríguez, una joven originaria de San Pablo Zitlaltepec, una localidad ubicada en el extremo oriente de Tlaxcala, y donde desde hace años la mayoría de sus habitantes se dedica a la preparación y venta de tamales.

Incluso la principal festividad, consagrada al apóstol San Pablo, tiene como referencia a los tamales.

 Paulina, siguiendo la tradición familiar, se dedica al comercio de tamales, atole y café, que vende en uno de los inconfundibles carritos que cruzan las calles de las ciudades y pueblos de este país.

—¿De qué tamales vendes?

—De mole, rajas, verde, dulce y jarocho.

—¿Cuándo los haces?

 —Diario los hacemos.

 –¿Cuánto tiempo llevas vendiendo aquí en el tianguis nocturno?

—Aproximadamente desde hace diez años. Mi familia se dedica a lo mismo; en este lugar antes vendían mi papá y mi hermana. Ahora me dedico yo, junto con mi hermana.

—¿A qué hora terminas de vender?

—Como entre la una y la una y media de la mañana.

—¿Llegas a preparar lo de mañana?

—Sí, unas personas se quedan a preparar lo de mañana y mañana temprano es igual.

—¿A qué hora llegas a vender?

—Salimos a las siete de la mañana

—¿En algún momento dejaron de vender por la pandemia?

 —Algunos días, porque nos quitaron dos días de comercio.

 —¿Les preocupaba que en algún momento les dijeran que ya no iban a vender? —Sí, porque de eso comemos, de eso trabajamos.

 —¿Cuántas generaciones de tu familia se han dedicado a vender tamales?

—Casi todas se dedican al tamal. Donde vivimos [San Pablo Zitlaltépec] se realiza la Feria del Tamal y casi todo el pueblo se dedica a esto.

 Ya es casi la medianoche. El sábado se asoma en el reloj. Aún quedan algunas horas de trabajo. Una vez que acabe la venta, los comerciantes levantarán sus puestos y se dispondrán a pasar la noche lo mejor que puedan. La mayoría se queda en sus camio – netas, si las tienen, mientras que otros se limitan a echar unos periódicos o papeles sobre el piso, para preparar lechos por de – más incómodos. Se cubren con unas cobijas y se aprestan a descansar, aunque sea unas pocas horas. Y es que el oficio de tianguista deja poco tiempo para el ocio o el sueño. Sin embargo, tampoco falta el relajo, sobre todo entre los jóvenes ayudantes, que se cabulean entre ellos, tanto, que incluso se les viene encima la mañana sin haber dormido ni un minuto.

Así se les va la vida. Así es el tianguis nocturno de Apizaco.

Yassir Zárate Méndez
Marisol Fernández Muñoz
Fotografía: Federico Ríos Macías
Melisa Ortega Pérez

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