A propósito del nombre de América

Octubre 2023. Numero 190

Distintas fuentes coinciden en que el nombre dado a nuestro continente es el resultado de “una sombría ironía del destino”. En efecto, esa “sombría ironía” descartó la opción de que estas tierras llevaran el nombre de Cristóbal Colón, quien durante décadas insistió ante las cortes de Portugal, Castilla, Francia e Inglaterra en preparar una armada que permitiera demostrar que se podía llegar al Lejano Oriente —esto es a la India, China y Japón—, tomando la ruta del Atlántico.

Esa pertinaz voluntad, que llevó a Colón a izar velas en el puerto de Palos de la Frontera el 3 de agosto de 1492, no se vio recompensada con el alto homenaje que significa que un territorio reciba el nombre de quien ha dado con él, siguiendo una añeja práctica occidental.

Pero antes de continuar con el viaje del Almirante, conviene darse una vuelta por algunas de las ideas que había en la geografía de aquellos años.

LA TIERRA ES UNA ESFERA

Hasta la fecha se mantiene la creencia de que la gente de finales de la Edad Media suponía que la Tierra era un enorme disco plano. Nada más lejano de la realidad. Al menos la élite intelectual de la época tenía muy claro que el planeta era una inmensa esfera; donde no había tanto consenso era en las dimensiones de esa esfera.

Algunos geógrafos, como el griego Marino de Tiro, la estimaba en 180 mil estadios (cada estadio medía unos 174 metros, los mismos que tenía el estadio de Olimpia, sede de los juegos más famosos de la Antigüedad). Un cálculo más preciso lo había hecho Eratóstenes de Cirene, quien en el siglo II antes de nuestra era diseñó un muy ingenioso experimento que arrojó una cifra de 250 mil estadios, sensiblemente distinta a la de Marino de Tiro. Pero Eratóstenes estaba en lo correcto. Además, con la prueba que hizo, una vez más demostró que la Tierra era redonda y no plana, una idea que ya habían planteado otros griegos.

Un argumento en favor de la esfericidad del planeta era muy sencillo: bastaba con apreciar que cuando un barco se acercaba a la costa, lo primero que se veían eran las velas, y más tarde la proa y la cubierta. Se razonaba que las velas se veían primero porque eran las primeras en entrar en el ángulo de visión de un observador ubicado en la costa, ya que al ser esférica la Tierra, las velas tenían que ser lo primero en ser percibido del barco que navegaba hacia la costa. Para todos los terraplanistas, basta con tomar una pelota para hacer un sencillo experimento en casa: coloquen un barquito sobre la pelota, establezcan un punto de observación y luego muevan el barco hacia ese punto de observación. Confirmarán lo que ya sabían los griegos hace más de dos mil años: la Tierra es redonda.    

De vuelta con nuestra historia, encontramos que Marino de Tiro también suponía que la masa continental de Asia-Europa era más larga de lo que es en realidad. La propuesta fue respaldada por el geógrafo florentino Paolo Toscanelli, quien ejerció una fuerte influencia en el pensamiento de Cristóbal Colón  

De hecho, Colón no era tan original en su propuesta de llegar a Oriente navegando desde Occidente. Toscanelli ya había planteado la idea, que en su momento valoraron los portugueses, pioneros en la exploración de la costa occidental de África, al menos durante la parte final del Medioevo. ¿Y por qué los portugueses? Porque ellos buscaban afanosamente el paso hacia el Océano Índico, circulando desde el Atlántico; su objetivo era llegar a los mercados asiáticos de las jugosas especias. Sin embargo, los portugueses descartaron la posibilidad de viajar al Oriente por la ruta de Occidente. Fue la tozudez de Colón la que permitiría abrir otros horizontes en la navegación atlántica y en la expansión de Europa.

EL ARRIBO DE COLÓN

De acuerdo con lo consignado por el Almirante en su Diario de abordo, él murió convencido de haber encontrado el reino del Gran Khan, ese legendario monarca oriental, que de acuerdo con el propio navegante, había escrito al Papa solicitándole misioneros para llevar la fe de Cristo hasta aquellas tierras; ese —el de la predicación del Evangelio en tierras paganas— fue uno de los argumentos que convenció a la reina Isabel de Castilla para fondear la travesía colombina.  

Para cuando se tenía la certeza de que las tierras a las que arribó Colón pertenecían a un continente del que los europeos mediterráneos no tenían noticia, la ironía de la que hablan autores como Contreras es que no se bautizó al territorio con el nombre del Almirante. En su lugar, el continente fue llamado América, en honor al italiano Américo Vespucio.

UNA CUESTIÓN CARTOGRAFICA

La injusticia histórica parte de un libro que fue un best seller en su momento: el Mundus Novus, escrito por Vespucio. En una carta que el comerciante y navegante italiano dirigió a Lorenzo Pedro de Medici, da cuenta de un viaje auspiciado por la corona portuguesa, y que había tenido como destino las tierras halladas por Colón; presumiblemente se considera que la región a la que arribó esa expedición portuguesa era parte de lo que ahora es Brasil.

En dicho periplo, Vespucio advirtió que se trataba de un territorio desconocido para los europeos. Así lo esboza en la carta a Medici:

Días pasados muy ampliamente te escribí sobre mi vuelta de aquellos nuevos países, los cuales, con la armada y a expensas y por mandato de este serenísimo rey de Portugal hemos buscado y descubierto; los cuales Nuevo Mundo nos es lícito llamar, porque en tiempo de nuestros mayores de ninguno de aquéllos se tuvo conocimiento, y para todos aquellos que lo oyeran será novísima cosa, ya que esto excede la opinión de nuestros antepasados.

El marinero, italiano como al parecer también fue Colón, agrega en su misiva que para sus ancestros y contemporáneos, había límites que nadie se había atrevido a desafiar. Sin dar crédito a Colón, asegura que se trata de un lugar inexplorado por los europeos, si obviamos las expediciones vikingas de unos siglos antes:

La mayor parte dice que más allá de la línea equinoccial y hacia el mediodía no hay continente, solo el mar, al cual han llamado Atlántico; y si alguno de aquéllos ha afirmado que había allí continente, han negado, con muchas razones, que aquélla fuera tierra habitable. Pero que esta opinión es falsa y totalmente contraria a la verdad, lo he atestiguado con esta mi última navegación, ya que en aquella parte meridional yo he descubierto el continente habitado por más multitud de pueblos y animales [que] nuestra Europa, o Asia o bien África.

Llegados a este punto, menos de una década después del primer viaje de Colón, le va quedando claro a los navegantes, geógrafos y cosmógrafos europeos que se encuentran ante una nueva realidad, ignorada hasta ese momento por ellos. Vale apuntar que numerosos eruditos situaban en aguas del Atlántico un rosario de islas, que solo existían en la imaginación de esos letrados; ese era el caso de Antillia y de Brasil, aunque sus nombres se usaron más tarde para bautizar tierras reales.

Entonces ocurrió la “sombría ironía del destino” advertida por Contreras:

Cuando los nuevos territorios descubiertos ya no eran sólo unas islas desperdigadas por el océano próximas a aquél, sino tierra firme continental que geográficamente nada tenía que ver con los sueños e ideas fijas del almirante de haber llegado a Cathay (China) y Cipango (Japón) siguiendo la ruta del Sol, de Oriente a Occidente, y hubo de darles nombre, en vez de recibir los de su descubridor Colombia, Columbia o Columba al modo italiano de su apellido, o Colonia en forma española, idioma el castellano ligeramente aportuguesado que es el que Colón siempre utilizó para hablar o para escribir, no el italiano que mal conocía, que hubiera sido lo justo, el nuevo continente fue bautizado con el nombre de América tomado de Américo Vespucio.

Para este investigador, Vespucio de ninguna manera fue “el hombre extraordinario que partes interesadas de su tiempo y posteriores, singularmente italianas, nos han querido hacer ver”. Sin embargo, el daño ya estaba hecho, merced a un mapa que acabó haciendo fortuna.

EL PRIMER MAPA DE AMÉRICA

Para continuar con las paradojas, el documento cartográfico donde se utiliza por primera vez el nombre de América, elaborado por Martin Waldseemüeller y Mathias Ringmann, no recoge los territorios a los que llegaron Colón y el resto de los navegantes que comenzaron a explorar la región. Ese mérito corresponde a un mapa hecho por el marinero, cartógrafo y comerciante cántabro Juan de la Cosa.

Probablemente originario de Santoña, de la Cosa formó parte del primer viaje emprendido por el Almirante; de hecho, era dueño de una de las carabelas de esa travesía, La Gallega, rebautizada como la Santa María, de la que fue maestre, y de la que Colón asumió la capitanía.

Juan de la Cosa habría aprendido cuestiones de cosmografía al lado de Colón, lo que no impidió que fuera uno de los expedicionarios que se inconformaron hacia finales de septiembre de aquel 1492, ante la extensión que estaba tomando el viaje. Más adelante, ya en pleno reconocimiento de las islas caribeñas, en la Nochevieja de ese año, quedó varada la Santa María, percance del que Colón responsabilizó al cántabro.

De vuelta en Europa, Juan de la Cosa asumió mayores responsabilidades en la fase auroral de exploración. De hecho, gracias a su experiencia acabó formando parte de una élite de científicos y navegantes, reunidos para asesorar al rey y a dependencias como el Consejo de Indias y la Casa de Contratación de Sevilla.

Para 1507, “Fernando el Católico convocó en Burgos una junta de sabios a la que asistieron con él Vicente Yáñez Pinzón, Juan Díaz de Solís y Américo Vespucio, en la que se decidió continuar las exploraciones y comenzar a poblar lo descubierto, organizándose dos expediciones, una de ellas al mando de Pinzón y Solís, y otra al de Juan de la Cosa, quien percibió por este concepto “una ayuda de costa para los preparativos de 100.000 maravedís”, de acuerdo con lo reseñado por la Real Academia de la Historia. Fue así como Juan de la Cosa se convirtió también en conquistador y poblador.

En total, de la Cosa efectuó siete viajes a las Indias, encontrando la muerte en el último de ellos, en 1509, a manos de indios caribes que sorprendieron al grupo de expedicionarios que encabezaba el cántabro, quien ostentaba el cargo de capitán del rey.

EL PRIMER DOCUMENTO

En uno de sus viajes de retorno a España, y ya afincado en el Puerto de Santa María, donde los Reyes le habían otorgado un beneficio para comerciar con trigo, el explorador y cartógrafo refinó la información que había recopilado en sus periplos.

Fue así como dio forma a la conocida como Carta de Juan de la Cosa, que se conserva en el Museo Naval de España, y que, de acuerdo con la Real Academia de la Historia, es el “primer testimonio conocido del continente americano y que sería ampliada y convertida en mapamundi más tarde, con la información obtenida de otros viajes y planos, en el contexto de la partición ibérica del Tratado de Tordesillas y con la decoración tradicional de estas grandes piezas”.

El mapamundi de Juan de la Cosa es el primero que delinea el perfil de la actual Sudamérica y buena parte del Caribe, gracias a los ya numerosos viajes que habían efectuado exploradores castellanos y portugueses, a la luz de los Tratados de Tordesillas. El documento también es una ventana a las ideas que se tenían sobre el globo terráqueo, con una mezcla de personajes que a nuestros ojos se antojarían fabulosos, como el Preste Juan o las legendarias tribus de Gog y Magog —supuestamente encerradas por el mismísimo Alejandro Magno—, pero que eran una realidad palpable para los hombres y las mujeres de aquella época.

Sin embargo, corresponde a los alemanes Martin Waldseemüeller y Mathias Ringmann el haber elaborado el primer mapa donde se incluye el nombre de América, con el que designaron las tierras que iban encontrando los europeos; este mapa también tiene el mérito de haber intuido la presencia del Océano Pacífico, seis años antes de que Núñez de Balboa fuera el primer europeo en ver esas aguas. De esa manera, el mapa Waldseemüeller/ Ringmann insinuaba que América era un territorio desconectado de Asia. Elaborado en 1507, da un inmerecido reconocimiento a Américo Vespucio, quien habría dado aviso de que estaban ante un continente del que ningún europeo tenía noticias, como ya se mencionó.

La única copia que se conserva del mapamundi Waldseemüeller/ Ringmann, titulado Universalis cosmographia secunda Ptholemei traditionem et Americi Vespucci aliorum que lustrationes, esto es Un dibujo de toda la Tierra siguiendo la tradición de Ptolomeo y los viajes de Américo Vespucio y otros, se encuentra en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en Washington, que lo adquirió por diez millones de dólares, el precio más alto pagado hasta ese momento por un mapa.

Al trabajo de Martin Waldseemüeller y Mathias Ringmann siguieron los documentos de Sebastian Munster (1561), donde ya se va perfilando la forma de América del Sur y Centroamérica, así como la parte meridional y central de la Nueva España, además del Golfo de México, la península de Florida y parte de lo que serán las colonias del Reino Unido en la América septentrional.

Finalmente, con el trabajo de Gerhard Mercator se alcanza una idea geográfica más completa del continente, llamado indistintamente Terra Nova, Nouus Orbis o Terra Incognita.

EL CASO DE LOS VIKINGOS

Desde los años sesenta del siglo XX, se identificó un asentamiento vikingo en la isla de Terranova, actual territorio canadiense. Se trata del sitio histórico nacional de L’Anse aux Meadows. Información de la Unesco señala que dicho establecimiento se encuentra en el extremo de la Gran Pení­nsula del Norte de la isla de Terranova, y que “prueba una primera presencia de los europeos en el continente americano desde esa época. Las excavaciones han puesto al descubierto vestigios de edificios construidos con terrones de turba y armazones de madera, análogos a los encontrados en Groenlandia e Islandia”.

Las primeras excavaciones fueron efectuadas por Anne-Stine y Helge Ingstad, a quienes siguieron Birgitta Linderoth Wallace y otros investigadores.

Un artículo de Neil Price, especialista en la era vikinga y catedrático de la Universidad de Uppsala, refiere que en  L’Anse aux Meadows “Hay hogares y talleres, además de una fragua situada a cierta distancia del resto de estructuras, tanto para facilitar el acceso al agua como para minimizar el riesgo de incendio”.

Además, uno de los edificios “pudo ser un cobertizo para un barco, y hay evidencias de trabajos en madera y de reparación de botes. Dos hallazgos concretos confirman el origen nórdico del yacimiento: un alfiler de bronce y una fusayola de esteatita (un elemento usado para hilar). También aparecieron una aguja de hueso, pedernales de jaspe probablemente provenientes de Groenlandia o Islandia y madera tallada con herramientas metálicas”.

El asentamiento se remonta al siglo XI de nuestra era, es decir, cuatrocientos años antes de la expedición de Cristóbal Colón. De este modo, el contacto entre ambos mundos es más antiguo de lo que se conmemora el 12 de octubre.

Vale apuntar que L’Anse aux Meadows fue rápidamente abandonado por los nórdicos y su recuerdo se refugió en las sagas islandesas y groenlandesas —una suerte de cantares épicos que rememoraban las hazañas viajeras de los vikingos—.

UNA POLÉMICA: ¿DESCUBRIMIENTO, ENCUENTRO, CHOQUE?

En los últimos quince años se ha avivado una polémica en torno a la travesía y actuación de Colón y el resto de exploradores/conquistadores europeos. Para activistas e integrantes de los llamados pueblos originarios, a partir de 1492 se desató una guerra de exterminio que costó millones de vidas, destruyó numerosas culturas y representó la explotación de los recursos naturales, empezando por la extracción masiva de metales y la transformación del paisaje.

Como resultado de ese choque, se habría establecido una forma política de dominación por parte de los europeos, que sometieron a prácticamente todos los grupos aborígenes. En algunos casos, como el de los territorios sometidos por los españoles, se dio un proceso de mezcla, que dio origen a los actuales países iberoamericanos; en cuanto a las colonias inglesas, se echó a andar un mecanismo de despojo y aniquilación de las tribus asentadas en las planicies de lo que acabaría siendo Estados Unidos.

A raíz de esas matanzas, a Colón y el resto de “descubridores” y conquistadores —como Cortés, Pizarro, Almagro, Nuño de Guzmán y muchos otros más—, se les ha tachado de genocidas.

En un acto de revisionismo, más con tintes de revancha histórica, se han removido estatuas y se ha tratado de dar un nuevo cariz a lo que antes era el Día de Colón —en el caso de Estados Unidos— o Día de la Raza, aquí en México. A cambio, ahora se habla del Día de los Pueblos Indígenas o Día de la Resistencia Indígena.

¿Pero realmente Colón y el resto fueron unos genocidas? Más allá del indeseable presentismo, es decir, juzgar al pasado con los valores del presente, sin duda hubo un proceso que dejó a un lado claramente vencedor, en detrimento de otro que tuvo un evidente descenso demográfico, producto de la guerra y del arribo de nuevas enfermedades para las que carecía de inmunidad, como la viruela y el sarampión.

También resulta evidente e innegable que se dio la eliminación de variados sistemas sociales, económicos y políticos, en detrimento de la imposición de una cosmovisión muy diferente, independientemente del lugar de origen de los recién llegados. En ningún caso hubo un proceso pacífico de transición: la guerra y la muerte marcaron el derrotero de ese nuevo sistema, que iba a permanecer durante tres siglos.

A cambio, se gestó una nueva forma de convivencia, siempre sometida a fuertes tensiones, que hasta la fecha deja sentir sus efectos. Para personajes como Miguel León Portilla, aquel episodio iniciado en la madrugada del 12 de octubre de 1492, fue un encuentro de dos mundos, que a través del tamiz de la guerra y la destrucción, dio origen a una nueva civilización, que hunde sus raíces en una doble naturaleza, india y europea, que en última instancia representó un hito en la historia de la humanidad.

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