Criollo, pícaro y padrastro de la patria: José Miguel Guridi y Alcocer

José Miguel Guridi y Alcocer es un personaje único en la historia de Tlaxcala. Criollo de familia pobre, aprovechó al máximo una tupida red de relaciones familiares y de amistad para alcanzar las cimas del poder.

Visto desde una perspectiva actual, podríamos considerarlo como un hábil trepador, que siempre jugó en el bando de los vencedores. Sólo así podríamos explicar y entender que haya pasado de ser un diputado por Tlaxcala a las Cortes de Cádiz, mientras en la Nueva España se extendía la rebelión encabezada por Miguel Hidalgo, a convertirse en diputado —también por Tlaxcala— al primer Congreso bajo el imperio de Iturbide (de quien era amigo cercano) y de ahí convertirse otra vez en diputado —de nueva cuenta por Tlaxcala— ¡luego de la abdicación de Iturbide! Todo un animal político don José Miguel Guridi y Alcocer, cura enamoradizo, férreo defensor de Tlaxcala, legislador de corte ilustrado, pero sobre todo hábil oportunista, digno protagonista de una novela picaresca. Esta es su historia.  

ESE PÍCARO CRIOLLO

A un par de cuadras de la Plaza de la Constitución de la ciudad de Tlaxcala, circulando sobre la avenida Juárez, como si uno se encaminara hacia la Matlalcuéyetl, se encuentra la calle José Miguel Guridi y Alcocer, o la Guridi, como le dice la mayoría de los capitalinos tlaxcaltequeses. ¿Quién diablos fue ese tal Guridi y Alcocer?

Si le preguntáramos a los transeúntes de dicha calle si tienen noticias sobre ese personaje, lo más probable es que se encogerían de hombros y se limitarían a decir: “No lo sé”. Otro ilustre desconocido. Otro ejemplo del fracaso de la instrucción pública. Otra muestra de ingratitud histórica. Y los que se acumulen de aquí al final de este ensayo de divulgación de la historia.

Hagamos un pequeño ejercicio de reivindicación de la memoria y de justicia poética. Empecemos con esto: José Miguel Guridi y Alcocer fue un personajazo. Al menos si hemos de fiarnos de unas sabrosas, divertidas y patéticas memorias que escribió mientras se moría de aburrimiento cuando era cura de Acajete, un cargo que tomó nomás para no morirse de hambre, pero que le interesaba tanto como ser gladiador romano o soldado a las órdenes de un general turco.

Ahora pongámonos serios: José Miguel Guridi y Alcocer, sus hermanos y coetáneos, formaron parte de una generación que nació siendo novohispana y murió siendo mexicana. En el caso de nuestro personaje, asistió al nacimiento de un nuevo país (que no necesariamente de una nueva nación, no al menos como ahora la entendemos), luego de tratar de mantener la centenaria unión entre Madrid y sus dilatados dominios americanos.

Bajo la inspiración de un humanismo y una ilustración marcada por los principios católicos basados en el derecho castellano, a su paso por las Cortes de Cádiz, Guridi y Alcocer llegó a plantear medidas tan liberales como la abolición de la esclavitud y el reconocimiento de la ciudadanía a las castas, particularmente a las de sangre africana.

Una vez consumada la independencia del Imperio Mexicano, debemos a Guridi y Alcocer el uso de los añejos símbolos mexicas (el águila posada en la roca que emerge de la laguna), como los emblemas patrios del naciente país. Como se puede apreciar, se trató de un personaje que tuvo una marcada influencia en su momento, y cuyas acciones aún tienen un eco en nuestros días.

HISTORIAS DE FAMILIA EN UNA RECÓNDITA VILLA DEL IMPERIO ESPAÑOL 

Don José Mariano Guridi y Alcocer y doña Ana Sánchez Cortés Albarado, españoles americanos ambos, eran originarios y vecinos de San Felipe Ixtacuixtla, villa ubicada en la región poniente de la provincia de Tlaxcala.

El de José Mariano y Ana era un joven matrimonio de criollos que pasó continuas penurias económicas, en parte como reflejo de la decadencia que enfrentaba San Felipe, pueblo ubicado “en las cercanías de la falda de los volcanes de México, en términos de la provincia de Tlaxcala, antes opulento y hoy casi arruinado” relata el propio José Miguel Guridi y Alcocer.

La localidad había vivido mejores épocas, particularmente en la primera mitad del siglo XVIII; de hecho, “fue sede de una de las seis subreceptorías de las alcabalas de la provincia”, indica el historiador Jesús Barbosa Ramírez. Ese auge habría atraído a algunas familias de españoles, incluidos los Guridi y los Alcocer.

La vecindad de la familia Guridi en Ixtacuixtla se remonta al siglo XVIII, aunque hay noticias de ellos que los ubican en tierras novohispanas hacia principios del siglo XVII; diversos documentos del Archivo Histórico de Tlaxcala y del archivo parroquial consignan el papel que llegaron a tener los integrantes de este clan.

En el caso de los Alcocer, los repositorios indican que había presencia de uno de ellos en la iglesia parroquial de Ixtacuixtla (Joachin Alcocer), mientras que otros dos (Francisco Xavier Alcocer y Cristóbal Alcocer) eran dueños de la hacienda La Concepción; del lado de los Guridi, en 1760, el alcalde suplente de Ixtacuixtla era Diego Guridi. Ambas familias se unieron de manera temprana, hacia la tercera década del siglo XVIII, con el matrimonio entre Diego Guridi y Ana María Alcocer, padres de José Mariano Guridi y Alcocer y, por lo tanto, abuelos paternos de José Miguel.

La vida de José Mariano sintetiza las andanzas y penurias que llegaron a tener los criollos pobres —que los hubo, y muchos. Al inicio de su matrimonio, contaba con un capital de 2,000 pesos, una cifra considerable para el pueblo donde vivía. Sin embargo, a lo largo de su vida conyugal, tuvo que ensayar varios oficios para darle estabilidad económica a su familia. Fue así como se dedicó a la arriería, la agricultura, el comercio y la agrimensura, como evidencia la lista de bienes que dejó al morir, en 1802. Para ese momento, su capital ascendía a 4,661 pesos, que fueron administrados por su primogénito. A la luz de su corte de caja, digamos que salió a manos con la vida.

Sin embargo, la heredad se fue en “pagar las deudas, gravámenes sobre la casa, adeudos de refacciones para la tienda en San Felipe, misas sin pagar de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, además de préstamos que se perdieron por muerte de los deudores o imposibilidad de cobro”, acota Barbosa Ramírez.

Un último intento por mejorar la hacienda familiar lo emprendió José Mariano en la década de los noventa del siglo XVIII, al trasladarse a Zitácuaro para desempeñarse como comerciante. El intento también fracasa. Para finales de esa década, se encuentra con su mujer y la única hija que tuvo el matrimonio, viviendo en la parroquia de Acajete, al lado de José Miguel, quien había obtenido el curato de ese pueblo, como más adelante se verá.

Mi interés en precisar los cimientos familiares de José Miguel Guridi y Alcocer obedece a que estos núcleos, condicionados por sus limitaciones económicas, dependían de las redes sociales que podían tejer, empezando por los nexos familiares y reforzándolos con lazos de amistad y de poder con las autoridades civiles y eclesiásticas.

UNA FAMILIA CRIOLLA

José Mariano Guridi y Alcocer y Ana Ignacia Sánchez llevaban casi un año de casados, pero seguían sin concebir un hijo. Esa situación los tenía al borde de la ruptura. Dicha circunstancia “desazonó al uno del otro mutuamente; casi les pesó el nudo con que se habían enlazado, y desapareció entre ellos la paz, reemplazando su lugar las desavenencias y discordias”, nos platica el propio Guridi y Alcocer.

Para evitar la separación, optaron por una medida extrema: fueron en peregrinación al cercano santuario de San Miguel del Milagro. Corría el año de 1763. San Miguel se encuentra ubicado a unos cinco kilómetros de San Felipe Ixtacuixtla y a unos 18 kilómetros de la ciudad de Tlaxcala, y tenía fama de ayudar a parejas como la José Mariano y Ana a tener hijos; de hecho, esa creencia se mantiene hasta la fecha, refieren informantes de la comunidad. Dicho y hecho. Tras la visita al santuario, Ana quedó embarazada.

El matrimonio se había salvado y, sin saberlo en ese momento, por supuesto, la pareja daría al reino de la Nueva España y al futuro imperio mexicano un personaje decisivo para sus respectivas historias. José Miguel María Esteban de Jesús Guridi y Alcocer nació el 26 de diciembre de 1763, “a las ocho de la noche, cuando se tocaban las ánimas, para que naciere entre plegarias quien se había concebido entre súplicas”, cuenta Guridi y Alcocer sobre su alumbramiento.

Tenemos noticia de este pasaje gracias a una precoz autobiografía, titulada escuetamente como Apuntes, publicada por primera vez en una fecha tan tardía como 1906, en parte debido a su contenido. Y es que dichos Apuntes caben a gusto en el género de la picaresca, particularmente por los hechos correspondientes a la infancia y la adolescencia de Guridi y Alcocer. Asimismo, es un amplio ventanal por donde nos asomamos a los hábitos y costumbres de un segmento bien definido de la estamental sociedad novohispana de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Más adelante nos ocuparemos de este documento, que originalmente circuló en copias manuscritas.

El matrimonio Guridi y Alcocer-Sánchez Cortés tuvo otros cinco hijos que llegaron a una edad madura: José Mariano, nacido en 1776; José Manuel, que vio la luz en 1773; José María, en 1775; María Josefa, de 1777; y José de Jesús, nacido en 1779. El dinero nunca sobró en la familia, y esa situación iba a condicionar la vida de José Miguel, quien iba a echar mano de parientes ricos y allegados para costearse los estudios. En suma, pertenecían a una típica familia española americana de clase media, venida a menos.

PRIMEROS AÑOS: INFANCIA Y ADOLESCENCIA

Guridi y Alcocer precisa que la mayor parte de su niñez la pasó en San Felipe Ixtacuixtla, salvó un breve periodo en que sus padres se desplazaron a la vecina San Martín Texmelucan.

En aquellos días aurorales, mostró una fuerte inclinación por la religión, estimulado por su madre. A una “edad muy tierna”, ya recitaba las oraciones de la doctrina cristiana, además de algunos trozos de relaciones y romances, que le instruían otras personas, por la gracia que les hacía escucharlas de la boca del pequeño José Miguel; también nos cuenta que había levantado una suerte de iglesia en miniatura, donde repetía los oficios que escuchaba en la misa dominical. En suma, parece que traía el gusto eclesiástico.

Antes de los diez años fue enviado a una escuela para que aprendiera las primeras letras. Sin embargo, el profesor que lo recibió no se daba abasto con la cantidad de niños que debía atender, por lo que delegaba las tareas de instrucción en varios “decuriones”, término que ya nos pinta parte del sentido del humor de Guridi y Alcocer; o al menos del que tiñe a la casi totalidad de los Apuntes. Pero volvamos al San Felipe Ixtacuixtla de finales del siglo XVIII.

Una vez en la escuela, el decurión que le tocó en turno al pequeño José Miguel, solía aplicarle severos castigos, tirando una y otra vez de la oreja del niño, hasta que este se puso “malo” por la severidad de los castigos. Advertida la situación por parte del padre del chico, procedió a retirarlo de la escuela.

El episodio retrata las prácticas didácticas de la época, pero también la preocupación de José Mariano Guridi, quien asumió el compromiso de darle educación a sus hijos varones, a pesar de la estrechez económica que enfrentaba. Gracias a una sólida red de lazos familiares y amistosos, pudo enviar a su primogénito a estudiar a Puebla, en concreto al Seminario Palafoxiano; así, siguió la ruta de muchos españoles americanos limitados de recursos, que vieron en la Iglesia la oportunidad de lograr el sustento y abrirse camino en la ruda pirámide estamental novohispana.

Pero antes de ese salto a la Angelópolis, José Miguel tenía que contar con una instrucción básica urgente, misma que había dejado trunca debido a los tirones de orejas que le propinaba el malvado decurión que le tocó en suerte. En los Apuntes relata que recibió lecciones de un “tío pobre”, que se trasladó a la casa de los Guridi y Alcocer. Sin embargo, José Miguel y el hermano que lo acompañaba a tomar clases tenían otros planes para esas lecciones privadas. Así narra en su autobiografía la actitud que tomaron con el “tío pobre”: “Nada aprovechamos a su lado. Nos contemplaba, a más de su genio nimiamente pacífico, por no perder las comodidades que disfrutaba en casa, y jamás nos dio un azote. Abusábamos de su bondad, y a la hora que se nos ponía en la cabeza, haciéndonos una seña, arrojábamos los libros y salíamos en fuerza de carrera de su cuarto, armando mucha mofa y algarabía, y él se quedaba regañando a las paredes”.

El pasaje pinta de cuerpo entero a un chico inquieto, que continuaría con sus travesuras a lo largo de su estancia en el Seminario Palafoxiano, como dejó consignado en los Apuntes, a los que ahora le echaremos un rápido vistazo.

LOS APUNTES: ORIGINALES CONFECIONES DE UN NOVOHISPANO

En más de un sentido, esta obra —que tardaría más de un siglo en ver la luz de la imprenta— representa un hito en las letras novohispanas. Se trata de un texto singular, animado por un espíritu que ni siquiera el propio autor supo explicar.

Se trata de una valiosa obra, cuyo título completo es Apuntes de la vida de José Miguel Guridi y Alcocer, formados por él mismo a fines de 1801 y principios del siguiente 1802, que nos permite conocer de cerca los anhelos, miedos, deseos y frustraciones de nuestro personaje, pero también nos presenta un amplio mural de al menos un segmento de la sociedad novohispana, cuyo teatro de operaciones se ubicó en tres de sus principales provincias: Tlaxcala, Puebla y México.

Uno de los rasgos de originalidad del escrito es que aquí aparecen consignados —con muy pocos rubores— los amores no tan secretos que mantuvo con una joven a la que llama Ignacia, nombre muy probablemente falso, para cuidar la honra de la aludida. Sin embargo, las personas más cercanas al autor que hayan leído las versiones manuscritas seguramente sabrían quién era aquella muchacha, que despertó en él “por la vez primera los impulsos de la propensión al otro sexo” confiesa sin pudores nuestro personaje, aunque el subrayado es mío, y es que Ignacia no será la única mujer que desfilará por la memoria del futuro clérigo y que quedará retratada en los Apuntes.   

También aquí aparecen los afanes literarios de nuestro protagonista, que se revelaron desde muy temprano, apenas llegado al seminario. Esa vena por las letras la expresó a través de unos versos castellanos, “que nada tenían de recomendable; pero tampoco pecaban contra las leyes y el mecanismo del metro”, nos presume.

Para 1789 ya se había ordenado sacerdote, no sin antes haber barajado la posibilidad de dejar de lado la vida religiosa, tentado por “una jovencita mexicana”, esto es, de la Ciudad de México, cuya hermosura no solo borró el recuerdo de Ignacia, sino incluso la inclinación del mocetón José Miguel por el estado eclesiástico.

La historia acabó en decepción amorosa, que lo sumió en una profunda melancolía: “No tuve un instante de consuelo en el espacio de quince días; anduve fuera de mí en todos ellos; me entregué del todo a la pena, y me pesaba hasta la vida”, lamenta muy dolorido. Menos mal que no leyó Las penas del joven Werther, porque de haberlo hecho, la historia pudo tomar un trágico desenlace romántico.

Hay también a lo largo de estas páginas un examen de conciencia, un autorretrato de los paisajes de su carácter, que le hace reconocer en él “un genio violento que tendía a la ira, despierta las más veces […] hoy un gran deseo de gloria […] y un corazón, albergue de la sensibilidad, cuyas fibras se conmovían demasiado con la más leve impresión”.

Punto esencial del texto es la relación que hace de la vida que llevó en el seminario angelopolitano y, posteriormente, ya en la Ciudad de México, en el Colegio de Santa María de Todos los Santos, abierto rival del Colegio de San Ildefonso, gran centro intelectual del reino de la Nueva España. Están ahí los esfuerzos de José Miguel por echar a andar academias y grupos de estudio con sus condiscípulos, pero también todas las cuitas que pasó para obtener el dinero que le permitiera seguir estudiando y consolidar una posición.

Finalmente, en los Apuntes registra los empeños que desplegó para obtener un medio de sustento, que acabará siendo el curato de Acajete, en la intendencia de Puebla, a pesar de que estaba muy lejos de sus deseos, como lo confiesa: “nunca tuve inclinación al empleo de párroco, en el que entré por necesidad”, a lo que suma las condiciones del pueblo donde ejercía. En efecto, a los ojos de un Guridi y Alcocer habituado a los fastos de Puebla y de la Ciudad de México, Acajete se le mostraba como un lugar difícil para “un hombre sociable” como era él.   

El escrito es una puntual descripción de la trayectoria que siguió nuestro personaje en su calidad de integrante del clero secular y es un testimonio único “del camino que seguían los jóvenes hijosdalgo de mediana fortuna, destinados a integrarse al sacerdocio”, asienta Cristina Torales Pacheco.

Los Apuntes se detienen en los primeros años del XIX, con lo que perdemos el testimonio de Guridi y Alcocer, a propósito de los dramáticos acontecimientos en los que participaría a partir de 1810, tras la convocatoria a Cortes por parte de la Junta gaditana instituida para hacer frente a la invasión napoleónica de la península ibérica. Ese esfuerzo parlamentario buscaba darle un rumbo a España y a su dilatado imperio, que se debatía entre la lucha contra los franceses y la guerra civil iniciada en varios de sus territorios americanos, incluida por supuesto la Nueva España.

Como apunta Guadalupe Jiménez Codinach, en el texto nos asomamos “a la vida de un novohispano de provincia que, con base en el esfuerzo y una buena educación, hoy logra convertirse en un clérigo ilustrado, viaja a Europa donde fue actor de primera línea en las Cortes de Cádiz, las cuales presidió entre mayo y junio de 1812”.

EL VIAJE A CÁDIZ: OTRO TLAXCALTECA EN TIERRAS IBÉRICAS

La intervención de Napoleón Bonaparte en España resultó un catalizador para las élites criollas de Ultramar. El afán del corso por controlar el dilatado imperio español encendió ardientes respuestas a ambos lados del Atlántico.

En el caso de Nueva España, hubo un golpe de estado, encabezado por integrantes del Consulado de México, una poderosa agrupación que incluía a los comerciantes más ricos de la capital novohispana. En el lapso de una sola noche, aprehendieron y destituyeron al virrey José de Iturrigaray y a la familia de este, para colocar a un veterano militar español, Pedro Garibay. La asonada le costó la vida y la libertad a algunos de los integrantes del ayuntamiento capitalino, como Francisco Primo de Verdad y el mercedario peruano Melchor de Talamantes.

Un furor autonomista se despertó entonces en el reino de la Nueva España. Decenas de reuniones más o menos secretas erizaron el territorio, principalmente en las ricas regiones de Guanajuato y Michoacán, cuyo corolario fue el levantamiento de Miguel Hidalgo, cura de Dolores, de la intendencia guanajuatense.

Pero antes de ese episodio, la Junta instituida en Cádiz, que se arrogó la representación soberana de la nación española, había convocado a Cortes, es decir, a un congreso, para elaborar una constitución y darle un nuevo cauce legal a la situación del imperio.

Aunque inicialmente a Tlaxcala se le negó el derecho de nombrar diputado, finalmente se impusieron sus argumentos, en los que el Cabildo indio hizo valer sus privilegios de conquistadores, reconocidos sucesivamente a lo largo de casi 300 años por los monarcas españoles, tanto Habsburgos como Borbones.

Fue así como se pregonó la convocatoria en la capital de la provincia, a partir de mayo de 1810; de ahí se siguió por los pueblos de Santa Chiautempan, San Luis Apizaco, Huamantla, San Agustín Tlaxco, San Felipe Ixtacuixtla y Santa María Nativitas, por donde anduvo rodando el nombre de José Miguel hace exactamente 113 años.

La elección tuvo lugar el 13 de julio del ya referido 1810. Las autoridades tlaxcaltecas delegaron en Guridi y Alcocer la encomienda de representarlos en las Cortes. Para ese momento, había mejorado sustancialmente la situación del ahora diputado; había pasado de Acajete a Tacubaya y luego a la catedral Metropolitana, donde lo tomó su designación. Esa encomienda la iba a resaltar el clérigo tlaxcalteca, quien en una de las intervenciones que tuvo durante los debates gaditanos, resaltó que había sido electo representante por un “cabildo de indios”. Nadie más podía presumir un pedigrí semejante.   

Una vez electo, se dio a la tarea de obtener apoyos económicos para la empresa que estaba a punto de emprender. Asimismo, tenía que revalidar sus títulos académicos, para fundamentar las argumentaciones que iba a realizar en el pleno parlamentario. Finalmente, se embarcó en el buque inglés Baluarte, en octubre de 1810, arribando a Cádiz en diciembre de ese año.

El papel de Guridi y Alcocer en las Cortes iba a ser altamente significativo. Por una parte, fue uno de los pocos diputados de Ultramar que llegó a ocupar la presidencia, cargo que asumió el 24 de mayo de 1812, después de ser electo por 70 votos de sus pares.

Pero más allá de esa responsabilidad, el diputado tlaxcalteca se ganó el reconocimiento por sus encendidos y fundamentados alegatos en torno a la reivindicación de las castas americanas, la abolición de la esclavitud y los conceptos de soberanía y de nación. Sus participaciones se encuentran asentadas en el Diario de debates, y dan cuenta de un conocimiento del derecho castellano, pero sobre todo de un humanismo, claramente teñido de los principios católicos, con los que argumentaba en favor de los más desprotegidos, como castas y esclavos.

Una vez instalado en la ciudad andaluza, y acreditado ante el colegiado, las participaciones de Guridi y Alcocer fueron frecuentes y sustantivas. Una de las primeras se dio en una fecha tan temprana como el 28 de febrero de 1811, a propósito de la discusión del artículo 3 de la futura Constitución, en el que se definía el concepto de soberanía. En su redacción original, el texto asentaba que “la soberanía reside esencialmente en la nación y por lo mismo pertenece a esta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”.

En contraste, Guridi y Alcocer propuso que se definiera que la soberanía reside “radicalmente” en la nación. Argumentaba que la palabra radical proviene de raíz, es decir, de un fundamento profundo, vertebrado en la estructura del imperio. El asunto estaba lejos de ser baladí; de hecho, la caótica situación que se vivía en Ultramar, con los numerosos alzamientos registrados en el Río de La Plata, Nueva Granada y Nueva España, se debía a desacuerdos sobre la naturaleza de la soberanía y de la nación.

Más allá de un deseo de independencia o de autonomía, la mecha de la guerra civil que asolaba los dominios americanos de la Monarquía católica, se había encendido por desencuentros y diferencias en torno al ejercicio de la soberanía: ante la ausencia del rey, ¿quién debía asumir la potestad soberana? Esa pregunta y sus diferentes ensayos de respuesta había movilizado a las élites americanas, que en un principio se habían alzado contra un gobierno al que consideraban ilegítimo (esto es, el reinado de José Bonaparte), pero a medida que evolucionaron los acontecimientos, entrevieron la posibilidad de la autonomía o de plano transitar por la vía de la independencia política con respecto a Madrid.

En el caso de la Nueva España, la inconformidad, germinada desde los días de las reformas borbónicas, se acrecentó con el golpe de estado orquestado por el Consulado de México, que, como ya hemos visto, depuso al virrey legítimo (Iturrigaray, al que acusaban de tirano y represor) y en su lugar colocó a uno afín a los intereses de las élites económicas españolas europeas (Garibay, que se convirtió en un tirano represor).

Otro momento relevante de la participación del diputado tlaxcalteca tuvo lugar el 11 de abril, también de 1811, en este caso, para pedir la abolición de la esclavitud en los territorios del imperio.

“Mis proposiciones se reducen hoy a que se suavice la esclavitud sin perjuicio de nadie y sin que de ello puede resultar trastorno alguno. La primera proposición es para que se circunscriba el comercio y se acabe la esclavitud”, adujo aquella jornada del 2 de abril, como consigna el Diario de debates. Sin embargo, la propuesta encontró una férrea oposición por parte de lo que ahora llamaríamos el lobby de los esclavistas, representado, principalmente, por diputados provenientes de Cuba, cuya economía descansaba sobre las espaldas de los esclavos, en particular las explotaciones de caña de azúcar.

Un tercer momomento relevante de Guridi y Alcocer en su periodo como diputado en Cádiz se dio en defensa de las castas para que pudieran obtener la ciudadanía. En su intervención, destacó que esta calidad de personas eran leales a la Corona y que además formaban el grueso de los ejércitos virreinales.         

Tras renunciar a la diputación, en julio de 1812, decisión que en buena medida tuvo que ver con la crónica falta de sus emolumentos como diputado por Tlaxcala, regresó a la Nueva España. Para su mala fortuna, al arribar al puerto de Veracruz, fue atacado por “unas calenturas”, que lo tuvieron en cama durante varias semanas. Guridi y Alcocer habría enfermado de tifoidea, que por entonces se cebaba en la Nueva España, presuntamente tras el sitio de Cuautla.

En esa penosa condición, insistió ante el gobierno de la provincia de Tlaxcala el pago de sus viáticos como representante en Cádiz. A cambio, solo consiguió vagas promesas de las autoridades tlaxcaltecas, que alegaban una falta de recursos debido a la insurrección iniciada en septiembre de 1810, que para entonces era encabezada por José María Morelos.

De vuelta en la Ciudad de México, retomó sus actividades eclesiásticas. Asumió la parroquia del Sagrario de México, donde se mantendría hasta 1821, año en el que escribiría otro brillante capítulo de su biografía.

DE CÁDIZ A PALACIO NACIONAL, PASANDO POR IGUALA Y CÓRDOVA

El periodo que va de 1813 a 1821 es uno de los más intensos de la Nueva España. En ese lapso, se juró la Constitución de Cádiz, promulgada el 19 de marzo de 1812, día de San José, por lo que se la conoció como la Pepa. Las amplias facultades que se daba a ayuntamientos y provincias iban a ser el germen de numerosas discordias en los siguientes años; la Constitución gaditana sería el sustento jurídico de las élites regionales novohispanas, para justificar sus esfuerzos para minar la autoridad virreinal, asentada en la Ciudad de México.

Sin embargo, el retorno de Fernando VII al trono español en 1814 significó la suspensión de la Carta Magna y las libertades que concedía. Fue la vuelta del absolutismo. En cuanto a la guerra civil que se libraba en el territorio novohispano, poco a poco los ejércitos virreinales retomaban el control de numerosas áreas. Los insurrectos se parapetaron en fuertes y en sitios recónditos, como hicieron Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. La expedición de Francisco Xavier Mina dio un pasajero aliento a la causa insurgente, aunque para 1820 la situación parecía bajo control de las autoridades virreinales.

En ese contexto, el pronunciamiento del coronel Rafael del Riego, el 1 de enero de 1820, volvería a cambiar el rumbo de los acontecimientos. La jura de la Pepa por parte de Fernando VII cambió las tornas en Nueva España. Los ricos se las olieron que podían perder privilegios con la constitución liberal, por lo que optaron por proclamar la independencia.

En la farsa política que se iba a escenificar a partir de ese momento, aparece un personaje de opereta, Agustín de Iturbide, quien asumió un papel protagónico, respaldado por parte de la élite económica. El proyecto político de esa élite se reflejó en el Plan de Iguala, que declaraba la independencia del llamado Imperio Mexicano, aunque ofrecía la corona al propio Fernando VII o a algún otro integrante de la realeza española.

Los acontecimientos que siguieron a la proclamación del Plan de Iguala volvieron a colocar a Guridi y Alcocer en un primer plano. En ese contexto encontramos a nuestro personaje en el entorno de Agustín de Iturbide. El tlaxcalteca es uno de los emisarios que entabla contacto con el último virrey español, Juan de O’Donojú, y su intervención es decisiva para la firma de los Tratados de Córdoba, con los que se establecía la independencia de la Nueva España, a la luz del Plan de Iguala. Los Tratados fueron oportunamente desconocidos por Madrid, aunque la independencia era inminente.

Miguel Guridi y Alcocer había regresado de nuevo a la Ciudad de México. Él fue uno de los signatarios del Acta de Independencia del naciente Imperio, lo que da cuenta del papel que llegó a jugar nuestro personaje; con esa firma, se convirtió en padrastro de la patria.

Guridi y Alcocer no iba a conocer descanso. Tras firmar el Acta de Independencia, se incorpora a la Junta Provisional Gubernativa, primer órgano de gobierno del naciente país. En su calidad de integrante de la Junta formó parte de la comisión sobre “Escudo de Armas, Sello, Pabellón y Moneda del Imperio”, que presentó el primero de sus dictámenes el 19 de octubre de 1821.

La creación de estos símbolos nacionales era fundamental en los inicios de la construcción política del Estado. Una simbología que a partir de entonces debía identificarse con la nueva nación mexicana, inventando así la propia identidad nacional.

El día 27 del mismo mes se preparaba la ceremonia para la jura de la independencia y para entonces, México ya debía contar con un escudo y una bandera propios. Respecto al escudo de armas, fue nuevamente una indicación de Guridi y Alcocer la que adoptó la Junta. Según el tlaxcalteca “no se podía omitir poner la laguna de que debía salir el nopal en que posaba el águila”. De esta forma, fue gracias a Guridi y Alcocer que el escudo mexicano —que todavía hoy ondea en las banderas nacionales— conservó los antiguos símbolos de la ciudad de Tenochtitlán, refiere la historiadora Ivana Frasquet.

Posteriormente, tras la caída del Primer Imperio, Guridi y Alcocer es nombrado por Tlaxcala para incorporarse al Congreso Constituyente de la ahora República (esta parece una historia de Star Wars), del que llegó a ser presidente el 5 de octubre de 1823; ese colegiado acabará dando forma a la primera Constitución del México independiente, promulgada en 1824.

Como se puede advertir, José Miguel Guridi y Alcocer fue un personaje activo en su desempeño como parlamentario, y también uno de los más importantes políticos del país que veía sus primeras luces. A su muerte, ocurrida en 1828, había dejado un legado difícil de igualar.   

A MANERA DE CONCLUSIÓN

En sus 65 años de vida, una vida dilatada para las condiciones de la época —recordemos que la esperanza de vida no superaba los 40 años— Miguel Guridi y Alcocer acabó por convertirse en un protagonista de los acontecimientos que iban a marcar el rumbo de los dominios de la Monarquía hispánica, y posteriormente los del país que se iba a asomar a la vida independiente, que pasó de ser el reino de la Nueva España, al Imperio Mexicano y luego una república.

La de Guridi y Alcocer es la trayectoria que iban a seguir numerosos españoles americanos —criollos, para nuestras habituales categorías—, que ante la falta de una hacienda personal abundante, iban a buscar en la Iglesia, la administración pública o el Ejército, una forma de sustento y de influencia política.            

En manos de los criollos iba a quedar la suerte del naciente país. En el caso de nuestro personaje, iba a tener una responsabilidad adicional: velar por los intereses de su provincia natal: Tlaxcala. Su legado es incuestionable.

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