El Lienzo de Tlaxcala – La historia en imágenes

La mayoría de los libros y artículos que abordan la Conquista de México inclu­yen en sus portadas o en sus interiores ilustraciones del Lienzo de Tlaxcala.

Ese extendido uso del documento ha opacado el proceso de elaboración y el contenido histórico del texto. Pocos saben que esas imágenes han sido extraídas del Lienzo; aún menos personas tienen claro cuál fue el mecanismo que propició su manu­factura y apenas un puñado de especialistas tiene conocimiento sobre los motivos por los cuales fue pintado y cuál fue su destino.

Por último, y no menos importante, es que la versión utilizada en los libros de especialistas, en los textos escolares y en los artículos de divulgación de la historia de la Conquista, fue hecha a finales del siglo XIX, basada en un trabajo procedente del último cuarto del siglo XVIII.

Sobre la trascendencia de este códice indígena virreinal, Miguel León Portilla apunta que “El Lienzo de Tlaxcala contribuye a hacer posible una interpretación histórica más objetiva”. La perti­nencia de este artículo radica en dar a conocer el proceso de elaboración del Lienzo de Tlaxcala, haciendo referencia al contexto histórico que le dio origen; asimismo, se propone una comparación entre las versiones de los siglos XVIII y XIX, a la que se sumará una tercera, procedente del llamado Manuscrito de Glasgow, una copia del Lienzo hecha en papel europeo, y que acompañaba a la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala, del historiador mestizo Diego Muñoz Camargo.

Historia(s) de un códice indígena virreinal

El Lienzo de Tlaxcala es el resultado de una ini­ciativa del virrey Luis de Velasco y del cabildo indio de Tlaxcala. La intención era recordarle al emperador Carlos V el papel que habían jugado los tlaxcaltecas durante el proceso de conquista del reino de la Nueva España, e incluso de tierras más lejanas, como Guatemala, Nicaragua y El Salvador, amén de áreas que acabarían en la esfera novohispana, como Guerrero, Sinaloa, Jalisco, Oaxaca, Zacatecas y San Luis Potosí. Se trataba, por lo tanto, de una apología, pero también de una relación de acontecimientos, así como un mapa que sintetizaba, en un magistral maridaje, las dos tradiciones que para ese momento ya confluían en Tlaxcala y en Nueva España.

Con esa evocación/reafirmación de la alian­za tlaxcalteca-castellana, querían remarcarle al rey-emperador y a las autoridades novohispanas los privilegios que habían obtenido por su respaldo militar, y que se remontaban al pacto establecido con Hernán Cortés en septiembre de 1519. En concreto, buscaban la disminución o de plano la exención de tributos, a los que estaban obligados todos los pueblos indios sometidos a la autoridad europea. De hecho, era frecuente ese tipo de alega­tos, como lo demuestran numerosas relaciones y obras, como las escritas por historiadores mestizos de la talla de Hernando Alvarado Tezozómoc, descendiente directo del huey tlatoani Moctezuma (Motēcuzōmah Xōcoyōtzin), en cuyas obras dejaban patente el pa­pel que habían jugado en el proceso de conquista, y así ganar el afecto y el reconocimiento de la Corona.

En esa línea de acción, los tlax­caltecas de mediados del siglo XVI consideraron que un soporte visual reforzaría sus argumentos. Y es que como apunta Donis Dondis, “en la conducta humana no es difícil detectar una propensión a la información visual. Buscamos un apoyo visual de nuestro conocimiento por muchas razones, pero sobre todo por el carácter directo de la información y por su proximidad a la experiencia real”.

Al respecto, el Lienzo es muy claro en señalar las diferentes campañas en las que participaron tropas tlaxcaltecas, ayuda a la que años más tarde suma­rían los procesos de colonización del Septentrión, extendiendo y afianzado los dominios de los Habsburgo en esa parte del mundo. “Podemos decir que los tlaxcaltecas estuvieron en su derecho, al preservar en su Lienzo el recuerdo de las que consideraron sus victorias al lado de los españoles”, asienta Miguel León-Portilla.

El Lienzo se mandó a elaborar en 1552, tomando como referente una serie de pinturas murales que adornaban el edificio del Cabildo tlaxcalteca y, por supuesto, la memoria viva que tenían de sus proezas al lado de los castellanos.

En ese momento se pintaron tres copias: una para ser enviada a Espa­ña; otra para que se guardara en los archivos del gobierno virreinal en la Ciudad de México; y una tercera, que se resguardaría en el propio cabildo. Ninguna de las tres se conserva.

Del ejemplar enviado a Europa no hay registro de que se recibiera en la corte imperial. Ningún documento revelado hasta ahora indica que se le diera un uso a dicha copia; seguramente fue tratado como uno más de los ins­trumentos remitidos por los súbditos americanos del emperador Carlos V. Charles Gibson estima que esa copia pudo viajar a España durante la cuarta embajada que envió Tlaxcala a la Corte. En tanto, Federico Navarrete plantea la hipótesis de que el Lienzo pudo ser considerado en la Corte como “uno de los tantos tapices que adornaban” los recintos oficiales.

Una suerte similar habría tenido la copia remitida a la capital del virreinato. Nada sabemos del destino de ese otro ejemplar, que también pudo perderse en el maremágnum de papelería oficial que agobia a toda burocracia. En sín­tesis, también se encuentra perdida y muy probablemente destruida.

La tercera copia, guardada en los archivos del Cabildo de Tlaxcala, acabó corriendo la misma suerte del extravío, pero a través de un camino distinto. En el contexto del Segundo Imperio, la Comisión Científica, encabezada por especialistas franceses, solicitó al Cabildo que les facilitara el Lienzo, con el propósito de efectuar una copia que se utilizaría para estudios posteriores. En medio de la guerra en que nació y murió el imperio de Maximiliano de Habsburgo, la copia acabó en paradero desconocido. Una vez restaurada la República, los tlaxcaltecas solicitaron la devolución de su Lienzo, pero fue en vano. Ya no se sabía en manos de quién había acabado y ni siquiera se tenía conocimiento de que la Comisión hubiera hecho la copia prometida. Fue un buen ejemplo del saqueo cultural intensivo efectuado por potencias europeas a lo largo de los siglos XVIII y XIX. A río revuelto, ganancia de traficantes de antigüedades.

¿Y cómo es que ha llegado hasta nosotros el Lienzo de Tlaxcala después de que se perdieran las tres primeras copias? Resulta que, en 1773, el Cabildo de Tlaxcala dispuso que Juan Manuel Yllanes del Huerto hiciera una nueva copia del texto que para ese momento aún conservaban los tlatoque tlaxcaltecas; esa copia, plenamente barroca, se en­cuentra bajo resguardo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

Asimismo, poco más de un siglo después, en el contexto de las conme­moraciones del cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, se estableció una comisión interamericana para rescatar y editar documentos de diversa naturaleza, que reflejaran la historia de la región. Para ese momento —finales del siglo XIX— las tres copias hechas en 1552 ya se encontraban extraviadas. Quedaba solamente la de Yllanes, que sirvió de modelo para una nueva versión del Lienzo, publicada en 1892, con un texto introductorio de Alfredo Chavero. Esta es la que ha corrido con la mejor suerte. Se trata de la más conocida por el gran público, merced a la sencillez del trazo que la distingue, muy alejada del estilo barroco de Yllanes y de la titubeante mano que elaboró los dibujos del llamado Manuscrito de Glasgow. De las diferencias estilísticas nos ocuparemos más adelante, en otra de las secciones de este artículo.

Por lo pronto, cabe apuntar que la versión de Chavero partió de un trabajo elaborado por Genaro López, quien para ese momento ya había adquirido una notable capacidad para reproducir textos similares al Lienzo, gracias a su trabajo como copista del Museo Na­cional. Esa singular habilidad acabaría por llevarlo por el oscuro camino de la falsificación. Ante el creciente interés que suscitaban los códices virreinales, López cayó en la tentación de falsificar documentos, valiéndose de su habilidad y del conocimiento que llegó a alcanzar. Genaro López litografió el Lienzo de Tlaxcala, a partir de unos calcos hechos por Diódoro Serrano, quien, a su vez, seguía instrucciones del historiador José Fernando Ramírez. Se trataba de una iniciativa que tomaba como base la versión de Yllanes.

Sin embargo, de acuerdo con el historiador Baltazar Brito Guada­rrama, esta versión está incompleta, debido a que se eliminaron escenas e incluso se suprimieron detalles de los dibujos, muy probablemente por orden de Alfredo Chavero.

El texto fue publicado en el libro Antigüedades mexicanas, “como parte de los eventos realizados por la Jun­ta Colombina para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América”. Esa fue la versión que litografió Genaro López, y la que ha tenido la difusión más amplia; desa­fortunadamente, también es la que

presenta más inconsistencias y, por lo tanto, puede ofrecer una versión distorsionada de los hechos que buscaban recordar aquellos pretéritos tlaxcaltecas del siglo XVI.

El tercero en discordia para este proyecto es el llamado Manuscrito de Glasgow, título que abarca a la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala, escrito por Diego Muñoz Camargo, así como una serie de dibujos relacionados con el texto. En términos iconológicos, el Manuscrito es valioso por la inclusión de imágenes que, de acuerdo con la evidencia, partieron del Lienzo mandado a pintar por los tlatoque tlaxcaltecas en 1552 y que podrían ser la referencia más próxima, en términos temporales.

Muñoz Camargo, nacido en 1529 e hijo de un conquistador castellano y una noble tlax­calteca, es uno de los primeros historiadores mestizos en interesarse por el pasado de la que acabaría siendo su tierra, donde llegó a tener una notable influencia. Autor de una Historia de Tlaxcala, siguió los pasos de los cronistas de Indias, al basarse en el testimonio de numero­sos informantes, pero sobre todo en valiosos documentos elaborados a partir de la alianza entre los tlaxcaltecas y los europeos.

Sin duda, el trabajo entero de Muñoz Camargo se orienta hacia la defensa del papel que tuvo Tlaxcala en la derrota militar de Tenochtitlan, pero también en la conquista y paci­ficación de otras regiones de lo que acabaría siendo la Nueva España y el resto de los territorios que fueron objeto de interés de los castellanos.

Ese interés lo compartían los se­ñores tlaxcaltecas que, como hemos argumentado líneas arriba, era la razón por la que se mandó a elaborar el Lienzo.

Educado en un ámbito marcado por el pensamiento cristiano, Muñoz Camargo se asume como un europeo. Así lo deja ver en la manera que narra los acontecimientos. Asume un “noso­tros”, cuando se refiere a las acciones emprendidas por Hernán Cortés y los hombres que lo acompañaban en la aventura y que salieron con él desde Cuba. En cambio, cuando se refiere a los indios, emplea un contundente “ellos”, incluso cuando menciona a los tlaxcaltecas, a los que acabaría sirviendo en varias tareas, además de contar su versión de los hechos relacionados con la Conquista.

Para fines de este trabajo, nos intere­samos por las láminas que acompañan a la Descripción, que se inspiraron en el Lienzo de Tlaxcala elaborado en 1552.

Para cerrar la historia de las di­ferentes versiones que se han hecho del Lienzo, vale apuntar que, para finales del siglo XIX, el entonces gobernador de Tlaxcala, Próspero Cahuantzi —compadre de Porfirio Díaz y su equivalente en Tlaxcala en término políticos— mandó a hacer una nueva versión del manuscrito indio, misma que vio la luz hasta 1933, ya en pleno periodo posrevolucionario. Se trata de un trabajo más pequeño que el de la versión de Chavero y que ha tenido muy poca difusión.

Privilegios en peligro

El acta del Cabildo de Tlaxcala, fe­chada el 17 de junio de 1552, recoge la determinación de ese cuerpo edilicio de elaborar un yaotlahcuiloli, esto es, un escrito de guerra, que consignara “de cuando vino el marqués y de las guerras que se hizo en todas partes”. A instancias del entonces virrey de Nueva España, Luis de Velasco, los señores tlaxcaltecas advirtieron la necesidad de recordarle a su “primo” (así llamaban al emperador y rey de España), el papel que habían jugado durante la conquista.

En esa coyuntura, la historiadora Virginia Polvo plantea el asunto en los siguientes términos: “¿Qué situación impele a los tlaxcaltecas para promo­ver la producción de los documentos referidos? Sin duda, el contexto es sumamente complejo, pero, grosso modo, primero la conformación de la sociedad novohispana estaba en pleno desarrollo; una sociedad en la que varios agentes competían por obtener recompensas y privilegios, y posicionarse en una jerarquía destacada dentro de dicha sociedad”.

Pero había otras razones que empujaron a los tlatohque de Tlaxcala a enviarle un recordatorio de esta naturaleza a la Corona. Una era sor­tear —en la medida de lo posible— el pago de 8,000 fanegas de maíz, un impuesto que consideraban oneroso y lesivo a sus intereses, pero, sobre todo, les representaba una afrenta, porque los colocaba como tributarios, es decir, siervos, y no como señores conquistadores, papel que se habían arrogado desde su pacto con Cortés y que trataban de mantener a toda costa ante las autoridades virreinales y, antes que nada, ante el monarca Habsburgo. La realidad es que poco a poco habían perdido varios privilegios, hasta el grado que “se les estaba obligando a prestar servidumbre, estaban perdiendo tierras como resultado de la conforma­ción de territorialidad española y las tierras que conservaban tenían poca productividad”, añade Virginia Polvo.

Esa situación se había agudizado hacia finales del siglo XVIII, cuando el cabildo indio de Tlaxcala consideró urgente elaborar una nueva copia del Lienzo, ante el evidente deterioro del original que conservaban, además de la pérdida de las pinturas murales que adornaban el edificio de gobierno.

Nuevos participantes intervinieron en esta versión. El primero de ellos fue Nicolás José Faustinos Mazihcatzin Calmecahua y Escobar, descendiente del señor de Ocotelulco —uno de los que firmó la alianza con Cortés—, integrante del Cabildo indio de Tlax­cala y quien contaba con el grado de bachiller en Artes, Santa Teología, Sagrados Cánones y Jurisprudencia Civil, que había obtenido en la Real y Pontificia Universidad de México.

Curiosamente, aunque formaba parte del Cabildo indio, Faustinos Mazihcatzin no sabía náhuatl, tal vez porque había partido hacia la Ciudad de México desde muy pequeño. El caso es que una vez que entró a formar parte del cuerpo edilicio, encontró que el Lienzo pintado en 1552 se encontraba “en una pintura tan tosca y antigua que con gran dificultad se divisa y se leen las letras, consigna Brito. A Faustinos se debe la primera interpretación conocida del Lienzo, que consignó bajo el siguiente título de fortísimo gusto barroco: Descripción del mapa historiographo que se guarda en el arca de privilegios del mui Ilustre Ayuntamiento de la Novilisima, Insigne y siempre Leal Ciudad de Tlaxcala, donde se cantó primero la Ley del Santo Evangelio Diocesano de la Christiandad y la más principal de esta Nueva España.

El trabajo de Faustinos Mazihcatzin se vio estimulado por el interés del militar español Diego García Panes y Abellán, quien era capitán de artillería, pero sobre todo alguien interesado en recuperar documentos indígenas, mismos que aprovechó para escribir Theatro de Nueva España en su gentilismo y conquista, que por diversas circunstan­cias se quedó sin publicar. Ese fue el contexto en el que se decidió elaborar una nueva copia del Lienzo.

Un pintor barroco al filo del neocla­sicismo

Para cumplir ese cometido, el Cabildo indio de Tlaxcala encargó al pintor po­blano Juan Manuel Yllanes del Huerto la ejecución del proyecto. De Yllanes del Huerto hay noticias suyas a partir de una abundante actividad en la provincia de Tlaxcala en la segunda mitad del siglo XVIII, así como en la Angelópolis y otras localidades poblanas, como San Martín Texmelucan y Tehuacán.

Yllanes llegó a residir en la pro­vincia de Tlaxcala entre los años de 1781 y 1788, periodo durante el cual cumplió varios encargos eclesiásticos y civiles. Entre los primeros, sobresalen varios cuadros religiosos que ahora se encuentran en templos como la catedral de La Asunción y la parroquia de San José, ambas en la Tlaxcala ca­pital; asimismo, se sabe que tuvo una comisión en el pueblo de San Diego Metepec en una fecha tan temprana como 1763, misma que duró más de tres lustros, reflejo de las dificultades que tenían los mayordomos para pagar los emolumentos del pintor. En cuanto a trabajos profanos, se encuentra la elaboración de genealogías, mapas y deslindes, reclamados por los señores de la provincia tlaxcalteca.

Sobre el estilo de Illanes, el his­toriador del arte Jaime Cuadriello Aguilar destaca que se trataba de “un buen colorista, de tonos cálidos y contrastados, que sabía matizar y dar brillo a los rojos y azules de sus personajes arropados en ambientes ambarinos u ocres y envueltos en una luminosidad uniforme y sin contrastes”. Notoria también fue su capacidad para trabajar la acuarela, donde “se pueden apreciar las dotes del artista para ejecutar el apunte a mano suelta y la facilidad para sintetizar entre el dibujo y la pincelada diluida, son hasta ahora, rarísimos ejemplos de esta técnica (tan dúctil, pero que no admite arrepentimientos)”, acota Cuadriello.

Sin embargo, por encima de esos quehaceres sobresale la copia del Lienzo. Esa tarea la acometió en 1773, teniendo a la vista el original del siglo XVI.

La naturaleza del Lienzo

De entrada, se debe asumir al Lienzo de Tlaxcala como un documento pro­pagandístico. Para Enrique Flores­cano, forma parte de una estrategia de los señores tlaxcaltecas en la que se distorsiona la historia, y se exagera la participación de este pueblo en la fase de Conquista.

Sin embargo, y a contracorriente de esa interpretación del desaparecido historiador veracruzano, los tlatohque de Tlaxcala tenían muy claro cuál fue el papel que jugaron en esa gesta. Querían recalcarle al emperador Carlos V que gracias a las estrategias y a los soldados tlaxcaltecas, difícilmente se hubiera derrotado a los mexicas y, por lo tanto, extender la presencia castellana en otras regiones.

Esta es la raíz de la tesis de los indios conquistadores, que ha cobrado fuerza en los últimos años. El Lienzo de Tlaxcala y el Manuscrito de Glasgow forman parte de una tradición que alimentó historias “ampliamente conocidas y difundidas dentro del mundo indígena novohis­pano, por lo que se llegó a configurar como la memoria más extendida sobre estos hechos durante los tres siglos siguientes dentro de la mayoría de la población del virreinato”, expresa Federico Navarrete.

En términos iconográficos, el Lienzo tiene varias naturalezas. Por una parte, sigue la estela de los códices mesoa­mericanos, que en numerosos casos son una relación de acontecimientos, a partir de una serie de convenciones, cuya referencialidad tenían clara los participantes en la elaboración y consumo de los mensajes e imágenes incluidos en los documentos.

Puestos de frente ante las tres versiones que aquí se recogen, en­contramos sensibles diferencias. Por ejemplo, Cuadriello recoge que si comparamos el Manuscrito de Glasgow y el trabajo de Illanes, “la linealidad sintética de la mano indígena del siglo XVI ha desaparecido, en aras de reforzar la narrativa argumental de la serie, y así todo se enfatiza no solo por el empleo de una retórica de las emociones, sino por el manejo subsecuente del espacio y que subraya la jerarquía de los protagonistas”. Este autor destaca las “figuras sombreadas y levemente iluminadas, situadas en dos y hasta en tres planos de profundidad y dotados con una gestualidad más elocuente y conmovedora que apela a los sentimientos (más notables en las figuras de Cortés, doña Marina y los cuatro señores)”.

Para Navarrete, Yllanes “fiel a la corriente artística barroca de su época, incluye sombras, profundidad y gestualidad que no estaban en el original”. Las versiones del Manuscrito y la de Yllanes apelan a los sentimientos y los exacerban, a partir de recursos dramáticos propios de las corrientes artísticas de su época. En cambio, la de Alfredo Chavero carece de muchos de esos atributos. En términos estilísticos, lo primero que salta a la vista es la falta de profundidad de los trazos; carece de perspectiva, y tampoco encontramos emociones en los personajes pintados. En términos contemporáneos, podríamos afirmar que se trata de un trabajo de diseñador, muy rígido y esquemático, sin dramatismo ni sentimientos.

La versión de 1892 opta por el ca­mino de la sencillez del trazo. A ratos nos recuerda a las pinturas medievales, donde el conjunto se arracimaba en un solo plano. Ni Diódoro Carrasco ni Genaro López se atrevieron a darle volumen a sus composiciones, recur­so que sí está presente en la obra de Juan Manuel Yllanes, contagiado del barroquismo que hasta la fecha seduce al ojo mexicano.

Por otra parte, ya pisando terrenos de la historiografía, encontramos que lo singular del Lienzo de 1552, que se conserva en la de 1773, es el cambio de modelo en la forma de entender, asumir y explicar el devenir. Se pasa del paradigma mítico, propio del pensamiento mesoamericano, al del providencialismo, tan caro al sentir hispánico de la época.

La Alegoría de una nueva era

Los tlaxcaltecas, una vez convertidos al cristianismo, entienden que la his­toria es el resultado de los designios y de la voluntad de Dios. En ese nivel, asumen que su participación en las guerras de conquista, de Tenochtitlan al Septentrión, y de allí a lo que es ahora Centroamérica y más tarde en expediciones a Perú y Filipinas, es el resultado de una obra de inspiración divina: ha sido el mismísimo Dios quien ha dispuesto los acontecimientos.

Así queda evidenciado en la llamada Alegoría, que es la imagen con la que abre el Lienzo. Se trata de la imagen más grande y funciona como una suerte de manifiesto político, religioso e iconográfico. Al mismo tiempo, fusiona las tradiciones compositivas mesoamericanas y europeas, es una suerte de mestizaje visual.

Por un lado, el original autor del Lienzo atiende las convenciones apli­cadas en la elaboración de los códices indígenas, ya que ubica al centro de la imagen el icono del altépetl de Tlax­cala. En un hábil juego que mezcla las cosmovisiones europea e india. Arriba de la imagen del altépetl, el tlacuilo colocó al águila bicéfala de los Habsburgo, flanqueada por las Columnas de Hércules, que son enlazadas por el Toisón de Oro, otro de los emblemas más significativos de los monarcas de aquella casa.

La imagen se estructura con el huey altépetl de Tlaxcala en el centro y los cuatro altepeme principales (de izquierda a derecha y de arriba abajo, en el siguiente orden: Tizatlán (el al­tépetl militar), Ocotelulco (la cabecera económica), Tepetícpac (el primer altépetl de la confederación tlaxcalteca y que presumiblemente tenía el control religioso) y Quiahuiztlán (dedicado al comercio y, por ende, al espionaje y las relaciones diplomáticas).

Esta disposición recoge la manera en que se concebía al cosmos en la visión prehispánica: un eje del mun­do, en este caso representado por el glifo/símbolo del altépetl de Tlaxcala. A su alrededor, los cuatro rumbos en que se dividía ese mundo, con el este (lugar de origen del Sol) en la parte superior (perspectiva muy distinta a la occidental, que en el ordenamiento geográfico dispuesto en los mapas coloca al norte en la parte superior). De esta manera, se satisfacía la expec­tativa visual de los lectores indígenas del Lienzo. Estamos, por lo tanto, ante un quincunce: lectura geoespacial del entorno que reconoce cinco puntos cardinales, con un eje central en torno al cual se desprenden norte, sur, este y oeste.

Además, al colocar por encima del altépetl el escudo de los Habsburgo, se atendía la jerarquización simbólica habitual en una lectura occidental: lo más importante va por arriba de todo. De acuerdo con Navarrete, con esta manera de ordenar las imágenes, el Lienzo dejaba complacidos a los lectores de ambas tradiciones. Según se tuviera la pertinencia para leer los símbolos, se tendría clara la preeminencia de cada elemento involucrado. Y así todos quedaban contentos.

Por si fuera poco, se incluía a personajes como Cortés o Luis de Velasco, con lo que se abría la puerta a los aliados castellanos y se remarcaba el sentido de vivir en una nueva era, de inspiración divina.

Una añeja polémica: Cholula

Uno de los rasgos distintivos de los tres documentos aquí analizados es el del papel que se asigna a doña Marina o Malintzin. En varios de los cuadros de Chavero, la figura de la intérprete y traductora es más grande que la del resto de personajes masculinos. Asimismo, su recurrente presencia denota el impacto que generó en los autores originales del Lienzo.

Un episodio particularmente polé­mico es el de la llegada del contingente hispano-tlaxcalteca a Cholula y la matanza de señores principales que ocurrió en esa localidad. Hay que recordar que, en 1519, la confederación tlaxcalteca tenía una relación ríspida con la ciudad sagrada. A la luz de ese hecho, es que se han tejido diferentes versiones sobre lo ocurrido. Mi interés se centra en mostrar la gestualidad de los personajes retratados en los cuadretes del Lienzo que recogen este episodio; en particular, subrayar la manera en que se presenta a uno de ellos: doña Marina.

En el caso del Manuscrito de Glasgow y de la versión de Yllanes, Marina apa­rece detrás de un caballero hispano, presumiblemente Hernán Cortés. En cambio, en la de Chavero-Serrano-López, Marina se encuentra considerablemente alejada de Cortés, con el brazo derecho levantado y apuntando hacia el teocalli de los cholultecas. Con esa postura, pareciera que está dando órdenes y dirigiendo la operación.

En sus Cartas de Relación, Hernán Cortés explica los motivos por los cuales el contingente hispano-tlaxcalteca atacó a los cholultecas; arguye que Marina recibió informes de una celada que los habitantes de la ciudad estaban planeando contra el ejército invasor. A todas luces, pretende involucrarla en la decisión. Esa declaración de Cortés parece haber influido en la manera de presentar a Marina en la versión de Chavero-Serrano-López. Por último, no podemos obviar la animadversión que muchos historiadores de corte liberal tenían contra Marina, sobre la que pesaba el baldón de una supuesta traición a su “raza”, situación que tam­bién se extendía hacia los tlaxcaltecas y que, lamentablemente, la ignorancia sigue manteniendo hasta la fecha.

Podemos afirmar, con Miguel León Portilla, que “la actitud de los tlaxcaltecas, así como la de Malintzin, se explican por sí solas. Muestra que la historia es mucho más compleja de lo que es superficialmente aparece”.

A manera de colofón

El Lienzo de Tlaxcala se ha conver­tido en un icono de la Conquista. Su recurrente uso para ilustrar dife­rentes materiales, particularmente en publicaciones periódicas, le ha permitido tener una amplia difusión. Sin embargo, poco se ha hecho por estudiar los motivos que orillaron a los señores tlaxcaltecas a confeccionar este volumen.

Menos atención ha merecido el destino de las diferentes copias que se han hecho. Fue apenas en 2021 cuando se ha publicado una nueva edición del Lienzo, a cargo del Fondo de Cultura Económica. Antes, en 2016, el gobierno del estado de Tlaxcala editó la versión de 1773, en un formato monumental dispuesto por la directora del proyecto, la maestra Guadalupe Alemán, que dificulta un poco su lectura, aunque sin duda hace honor a su contenido y al significado que tiene el Lienzo para los tlaxcaltecas.

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