Anatomía de una obra de arte

En náhuatl, la palabra “Texohpapalotl” significa “Mariposa azul”. Esa expresión sirvió para darle título a una obra de arte tejida por el joven maestro Juan Carlos Conde Copalcua.

Con Texohpapalotl, un delicado sarape elaborado con lana y teñido con añil, en el que recrea de manera abstracta unas mariposas azules que revolotean sobre un nítido fondo blanco, Juan Carlos obtuvo el primer lugar en el X Concurso Nacional de Textiles y Rebozo 2022, en la Categoría B.3, Textiles de Lana.

Originario de San José Aztatla, municipio de Contla de Juan Cuamatzi, Juan Carlos se ha dado a la tarea de darle nueva vida a una tradición centenaria de su comunidad: el tejido con telar de pedal.

Sus padres son Magdalena Copalcua Maldonado, quien se ocupa en las labores del hogar, y Benito Conde Teopantzi, quien desde hace diecisiete años migró a Estados Unidos. Juan Carlos cursaba la ingeniería en mecatrónica en la Universidad Po­litécnica de Tlaxcala, campus Tepeyanco, aunque la dejó para consagrarse al arte textil.

Durante décadas, las prendas de lana fueron el signo distintivo de Contla y de sus vecinos de Chiautempan. Sin embargo, con el paso de los años, diferentes circunstancias se han conjugado para poner en peligro la continuidad de esta práctica.

Los últimos veinte años han sido fatales para los artesanos textiles. Por un lado, la desleal competencia de productos textiles

extranjeros, principalmente chinos, han hecho casi incosteable la actividad artesanal. Por otra parte, hay un marcado desinterés de los jóvenes para conservar este oficio.

A pesar de dicha inercia, poco a poco toma forma una nueva generación, que trata de man­tener viva la actividad textil. Momento conversó con Juan Carlos Conde, quien destaca dentro de esta nueva hornada de artistas textiles.

Crecer entre telares

Juan Carlos Conde Copalcua es el heredero de una larga tradición artesana. Sus dos abuelos remaron en ese oficio, que luego se fue dis­persando con las generaciones más recientes, hasta casi desaparecer. Ahora este joven de apenas 27 años se ha echado sobre los hombros la responsabilidad de darle nueva vida a una tradición familiar y comunitaria.

“Llevo dos años y medio tejiendo. Crecí entre telares como muchos de los jóvenes que, desafortunadamente, ya no ejercen este oficio. Yo tuve un acercamiento desde muy pequeño”, relata Juan Carlos.

Ahora, tras tomar algunos cursos con ar­tistas como Ignacio Nezahualcóyotl y Juan de la Cruz, afianzó los conocimientos que había obtenido de manera empírica en su entorno familiar, al tiempo que adquiría nuevas expe­riencias, en particular en el teñido de la lana.

Confiesa que la curiosidad lo ha movido, al ver piezas de su paisano contlense Ignacio Nezahualcóytl.

“Yo conocía obras más comercia­les, como saltillos y sarapes. Luego empecé a ver obras más elaboradas, con colores más variados. Aquí en Contla lo que se acostumbra es el saltillo, y aunque respeto mucho las técnicas para hacer esa prenda, a mí no me gustan mucho los colores tan llamativos. Fue entonces que empe­cé a ver las piezas de Ignacio y me gustó cómo jugaba con los colores.

“Un día me acerqué con él para que me enseñara y me dijo que sí. Así fue como iniciamos, con obras sencillas, pero con el paso del tiempo, a medida que tomamos el ritmo, fuimos haciendo piezas más elaboradas y complejas.

“Desde un principio me llamó la atención cómo en cada vuelta que daba en el telar, se creaba poco a poco la figura que teníamos plasmada ahí”, evoca el joven artista.

—Usted forma parte de una tradi­ción familiar consagrada al textil.

—Sí, por parte de mi abuelo paterno, pero cuando falleció, ninguno de mis tíos ni de mis primos retomó el trabajo. Todo eso quedó en el olvido y abandonado, e incluso quemaron los telares, porque ya no se utilizaban, ya no lo veían como una forma de sustento.

“Mi abuelo dejó de tejer por ahí del 2001, después del atentado del 11 de septiembre. Sus ingresos comen­zaron a bajar mucho, porque vendía en Tijuana, donde se vio afectado el mercado. Por ese motivo se dedicó a otra cosa. Así se fue olvidando, hasta que yo lo retomé.

—¿Qué motivó su interés por re­cuperar una actividad que parece condenada a desaparecer?

—Sí, muy poco. Muchos creen que hablar náhuatl los hace ver más indí­genas. Mi abuelo nunca le enseñó a hablar a mi mamá o a sus hermanas. Él igual tejió, pero también tuvo sus razones para dejar de hacerlo. Ese abuelo es un poco más cerrado. Cuando platico con él, no me cuenta por qué dejó de tejer. Mi abuelita por el lado de mi papá también se dedicaba a tejer. La otra no lo hizo.

—Hay otro tipo de actividades que con el paso del tiempo se han ido olvidando, cosas que son muy importantes, que nos identifican a ciertas regiones. Un ejemplo es nuestra lengua materna, que muchos ya no la practican; algunos, los más jóvenes, ni la han de conocer.

—¿Usted la conoce?

—Aquí en Contla es una tradición.

—Sí. Cada familia tenía su telar, pero eso ya cambió. Quedamos pocos.

—¿A qué atribuye que se haya ido perdiendo esa práctica?

—Había mucha competencia. Como todos lo trabajaban, algunos daban un precio más bajo y eso fue devaluando sus piezas. Ya no era redituable, por eso muchos lo dejaron. También la industrialización afectó.

—¿Se corre el riesgo de que la arte­sanía textil desaparezca de Contla y de Tlaxcala?

—Sí hay ese riesgo. Muchas técnicas se perdieron porque hay gente que no quiso compartir su conocimiento y se lo llevó a la tumba. Si uno no transmite lo que sabe, con el tiempo se pierde.

“La gente no apuntaba sus rece­tas. Conozco a varias personas que trabajaban el añil, pero no te com­partían lo que sabían. Esas técnicas prácticamente ya se perdieron. Si la gente no hace caso, no le pone interés; sí se corre el riesgo de que se pierda”.

—¿Por qué cree que esos artesanos no compartían su conocimiento?

—Por envidia o por temor.

—¿Por qué considera que su abuelo no le compartió lo que sabía de este oficio?

—Mi abuelo paterno nunca tiñó con tinte, él solo se dedicó a hacer saltillos, piezas más comerciales, pero lo que sabía se lo enseñó a sus hijos, a mi papá, a mis tíos, a mi hermano mayor.

El otro abuelito es un poco más reservado. Tal vez por el contexto social que vivió. Cuando son grandes ya es muy difícil hacerlos cambiar de ideas.

—¿A usted le gustaría compartir sus conocimientos?

—Sí, aunque para eso se requiere el equipo, porque hay chicos que sí les interesa.

—Se puede reavivar esta tradición

—Yo creo que sí. La gente se motiva y ve todo lo que se puede hacer. Hay varios maestros que son buenos. Ahorita empecé a conocer más de esos artesanos. Son buena onda y te comparten lo que no sabes o si tienes dudas. A veces a sus hijos no les llama la atención, y por eso nos enseñan lo que saben.

—¿Qué tipo de piezas confecciona?

—Ahorita me he dedicado más a hacer sarapes, pero también he he­cho gabanes, quexquémetl y cojines. He intentado hacer rebozos, pero no me salen. Esas son las prendas que he tejido.

Sobre la manera en que prepara sus piezas, Juan Carlos Conde detalla que en algunas se apoya en figuras geométricas y en secuencias, respe­tando la iconografía de la región. “La respeto y me baso en ella; las voy combinando, voy jugando con las figuras, pero siempre respetando la iconografía”, afirma A veces los diseños surgen de la nada: “Voy caminando, veo algo y de repente me digo que estaría bien ponerlo en un textil. Lo pongo en un boceto y después de eso lo plasmo mejor en una cuadrícula; empiezo a diseñar cómo se van a ver los colores. Es un proceso que a veces es espontáneo”.

—¿En qué se inspira?

—Por lo regular en la naturaleza. Siempre estuve rodeado de la natu­raleza, ella es mi mayor inspiración.

—¿Qué ha capturado de la natura­leza en sus textiles?

—Ahorita solo lo que son las ma­ripositas, porque no he explorado más, porque las piezas que he hecho, por ejemplo, los sarapes, son piezas de rescate.

—¿Por qué le gustan las mariposas?

—Porque aparte de que son bellas, por el cambio, por todo el proceso que conlleva, desde que son una pequeña oruga, se hacen capullo y ya florecen.

—Entonces lo que le gusta es el proceso de metamorfosis.

—Así es. Lo malo es que son algo efímeras.

No en balde las mariposas son como flores volando, le mencionamos.

—¿Qué se necesita para hacer un sarape como Texohpapálotl, con el que ganó el Concurso Nacional de Textiles y Rebozos?

—Primero que nada, gusto por el textil y, segundo, mucha dedicación y compromiso. Contla se caracteriza por ser muy fiestero. Imagínese, a veces cada ocho días hay fiestas y nos invitaban a ir. Yo, la verdad, dejaba de asistir, para dedicarme a mi pieza. Es mucho sacrificio, no es fácil. Se necesita mucho compromiso y dedicación.

—¿Cuántas horas trabaja al día?

—Depende, porque hay veces que solo son unas ocho, pero hay días en que cuando siento que el tiempo ya me consume, pues son unas doce o más horas. No tengo un horario específico, porque como luego me surgen otras actividades, es a la hora que me dé tiempo. Puede ser en la tarde-noche, porque, por ejemplo, si vengo en la tarde, empiezo como a las cinco y termino como a las dos o dos y media de la madrugada. Voy repartiendo mis tiempos, pero más o menos son unas ocho horas al día.

Ahora mismo Juan Carlos Conde se encuentra de lleno con el tejido. De manera sucinta, explica que, para preparar un gabán, pri­mero dibuja un boceto, en el que incluye las figuras y la iconografía que plasmará. Posteriormente, lo pasa a una cuadrícula, de donde se saca el conteo.

“Cada telar tiene un peine, y ese peine tiene diferentes medidas; por ejemplo, hay cuentas desde el diez, aunque hay más cerradas y otras más abiertas. Nosotros manejamos cuentas de 1-25, eso quiere decir que en cinco cen­tímetros hay 25 hilos. Con base en eso lo pasas a una cuadrícula. Después tienes que contar todos tus hilos, en el ancho que vas a querer la pieza.

“Yo hago divisiones de cuántos cuadros tienen, para ir acomodando, para que queden bien centradas. Después de eso se pasa a la acción, a tejer, pero tienes que saber cómo sembrar las figuras. Se llama sem­brar a la hora que metes el hilo y empiezas la figura”, puntualiza.

Anatomía de una obra de arte

Este joven artista se animó a par­ticipar en el certamen nacional en el que acaba de triunfar a instancias de Ignacio Nezahualcóyotl.

“Hace un año me sugirió que participara. La categoría que gané no es el máximo al que uno puede aspirar. Hay otros concursos en los que se requiere diseños más com­plejos, colores más sólidos. Ahorita nada más es como el inicio, porque hay concursos con piezas más ela­boradas”, acota.

—¿Cómo confeccionó esta pieza, a la que nombró Texohpapalotl?

—La idea ya la tenía de tiempo atrás, nada más que no sabía cómo ejecutarla. No manejaba los colores. Con el añil llevo como unos cinco meses tiñendo. Los tintes que uti­licé ahí son los primeros que hago. La tenía en mente, pero no había tenido tiempo. He trabajado otro tipo de piezas.

—La pieza se apoya en la técnica de la olla podrida. ¿Nos puede explicar en qué consiste?

—Esa se utiliza para teñir con el azul de añil. Consiste en dejar que se pudran los elementos que le pone­mos, como el agua de tequexquite, el nejayote, que ayudan a tener cierto pH, porque si uno se pasa, no va a teñir. Hay que ser muy cuidadosos con la técnica, que es una intermedia, porque hay otras más complejas y otras más fáciles.

“Una es cien por ciento orgáni­ca, que no ocupa hidrosulfito. Ahí hacemos el proceso naturalmente, que es un poco más delicado, porque tienes que checar cómo va, porque se tiene que ir calentando todo el oxígeno que tiene”.

—¿Cuánto tiempo le lleva preparar un tinte como el que usó en la pieza con la que ganó?

—Alrededor de unos veinte días, o más. Es un proceso lento, con varias etapas; se tiene que poner primero el añil en la olla, de ahí debes preparar dónde vas a meter la lana. Esa es una solución con el nejayote, que es el jugo del nixtamal; también ocupo el agua de tequexquite y sobre eso se deshace un porcentaje, y ya más o menos vas calculando que tenga un pH de once o de doce. Si te pasas, no tiñe.

El aprendizaje sobre los pigmen­tos lo tuvo en cursos con Ignacio Nezahualcóyotl, aunque asegura que también hace sus propios ex­perimentos.

—¿Dónde consigue los materiales?

—La lana la compro en Santa Ana Chiautempan. Ahí hay varios esta­blecimientos donde la venden, ya sea en conos o teñida. La que yo ocupo es en cono, porque aquí la tiño. Los tintes los consigo aquí, como la hoja de nuez, del encino, del que se utiliza la corteza y el fruto. También ocupo eucalipto y pericón, que se consigue en las plazas, mientras que el palo de Brasil se vende en tiendas.

—¿Cuánto tiempo le llevó hacer el sarape de las mariposas azules?

—Como unos tres meses, con ocho horas diarias.

Texohpapalotl es un sarape que mide 1.20 metros de ancho por 2.10 de largo; está elaborado con lana y al momento de efectuar la entrevista se encontraba expuesto en Cuerna­vaca, donde iba a permanecer dos meses. La capital morelense fue el sitio donde se le otorgó el galardón a Juan Carlos Conde, quien tasó su sarape en 23 mil pesos, aunque algunos artesanos le señalaron que valía un poco más. Por esa pieza obtuvo un estímulo de 60 mil pesos.

En Cuernavaca pudo conocer a otros artesanos, de los que apunta que “tenían trabajo de calidad, muy hermoso”. De hecho, este es el se­gundo reconocimiento nacional que recibe, luego de que el año pasado lograra un segundo lugar.

“No sé si sea suerte o sea mi tra­bajo el que habla. Es muy pronto. Hay chicos que lo han intentado, no sé si saben del tiempo que he llevado. Es complejo entenderlo. A mí se me hizo fácil. Pero otras son más difíciles. No sé si sea talento nato, pero sí entendí muy rápido.

—¿Cuáles considera que son las habilidades que le han permitido destacar en este arte?

—Yo creo que mi creatividad y lo fácil que se me presenta para hacerlo, para diseñar y para trabajar con el telar.

—Qué le significó ganar este premio?

—Al principio uno no se lo cree, pero ya centrándose bien, uno se siente muy feliz y contento, por todo el sacrificio que se hace; al final sí valió la pena.

—¿Qué le dijo su familia?

—Se sintieron contentos, muy felices, porque mientras lo estuve tejiendo, veían que eran las doce, la una de la mañana y yo estaba trabajando. Pasaba mi mamá y me decía “Ya vete a dormir”. Vieron que vale la pena este esfuerzo.

—¿Es redituable este oficio?

—Sí deja. Cuando estás iniciando, como en todo trabajo, pues no sa­bes, lo haces lento y a veces es un poco desesperante, pero cuando vas adquiriendo más práctica, ves que es redituable y que sí deja. No es para que te hagas rico, pero sí para irla pasando.

—¿Se quiere concentrar en esta actividad o le gustaría probar otras cosas?

—Sí me gustaría probar otro tipo de cosas, por ejemplo, enseñar lo que sé.

—¿Qué trata de decirle a la gente a través de sus piezas?

—En general, que siempre luchen por sus sueños, por lo que les gusta. Vida solo hay una y se acaba, al final de todo. Que sigan sus sueños y que luchen por ellos. Si uno pone todo el empeño, al final obtiene lo que quería. Incursiones plásticas

Desde que era un niño, Juan Carlos descubrió su habilidad y gusto por el dibujo. “Desde muy pequeño fui curioso. Me gustaban mucho las figuras que traían los Tazos; yo los dibujaba en mis libretas. Lo hacía todas las tardes y las mañanas. Desde ahí nació mi gusto por el dibujo”.

“Mi esposa estudió la carrera de Artes Visuales, aquí en Contla. Ese fue el medio para conocer al maestro Ignacio”.

“Una de las ocasiones en que fui a verla, ella estaba pintando. Le pedí que me permitiera utilizar sus materiales. Yo nunca había empleado acrílico u óleo. Me llamó mucho la atención cómo cada gota de pintura iba formando lo que yo quería, lo que tenía en mente, lo que quería transmitir. Eso ocurrió en 2015”.

“De esa época son mis primeros trabajos. También me invitaron a un colectivo, donde estaban Igna­cio y los compañeros de mi esposa. El colectivo se llamaba Quetzal. Tuvimos varias exposiciones; yo participé en unas cinco o seis. Se desintegraron y ya no volvimos a actuar como colectivo”.

“Yo seguí pintando, participando en concursos, hasta que conocí el arte textil, al que me empecé a dedicar”.

En el taller donde se realiza la entrevista se encuentran algunos de los cuadros que ha pintado Juan Carlos, mezclados con el telar y los materiales que emplea en su quehacer textil.

—¿Quién le enseñó a dibujar?

—Nadie. Aprendí nada más viendo las figuras, con videos de YouTube para saber sobre la luz. Siempre fue por curiosidad.

—¿Cuál es la temática de sus pinturas?

—Trato de expresar sucesos que me hayan recordado cierto tipo de cosas. Tengo un atardecer, que está aquí detrás de mí. Me recuerda esas tardes rojas, amarillas, cuando íbamos al campo y ya veníamos de bajada, cuando se estaba metiendo el sol. Me gustaba mucho.

—¿Qué es lo que trata de decirle a la gente?

—Más que nada sobre las cosas sencillas, que son las más bellas, como un atardecer, al que vemos diario, pero hay muchas personas que ya les pasa por alto.

—Le gusta retratar la fugacidad.

—Algo así.

—Esa inclinación que siente por el arte lo combina con el textil.

—Sí, más o menos. Trato de plasmar algunas cosas que me inspiren. La pieza de Mariposas azules toma en cuenta que en el monte hay mariposas, pero esas son muy raras y verlas es aún más raro. Esa idea era la que quería plasmar, pero no sabía en qué. Conocí esto y ahora voy mezclando cosas.

—¿Llegó a combinar pintura y textil?

—Ya no pinté más a la hora de dedicarme al textil. Por eso estoy tomando clases con el maestro Juan de la Cruz, porque él hace otro tipo de arte. Sí puedes meter más creatividad, pero lo que hace el maestro es artístico, sí puedes explorar más formas, figuras. Son diferentes las técnicas, que tienes que conocerlas muy bien para aplicarlas. Siento que apenas voy encaminado a eso, a transformar lo que hacía en la pintura, a esto que ahora hago en el textil.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías

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