Constantina Bautista Nava- Mujer Nativa orgullosamente del Náhuatl

Cerca de las faldas de La Malinche, frente a un taller de elaboración de telas ubicado en la comunidad de Xaltipa, Contla, vive Constantina Bautista Nava, de 79 años, cuya virtud va más allá que solo ser mujer.

“Perder mi rebozo provocó un castigo que me alejó de la escuela”

Doña Constantina es de las personas que mantienen un vín­culo con el pasado a través de la lengua. Entre anafres, comales y niños que no eran suyos transcurrió su propia infancia.

Toda su vida la ha pasado en el mismo lugar: Xaltipa. Allí nació, allí creció y allí continúa desgranando maíz, mirando cómo el pueblo se ha ido transformando con los años. Cuando recuerda su infancia, el paisaje que describe parece otro.

El pueblo —rememora— era pequeño, casi silencioso. Las ca­sas estaban separadas como si cada familia viviera en su propio mundo. La calle principal era una vereda estrecha por donde apenas pasaba un burro cargado. No cabían los automóviles. Tampoco había pavimento. Solo tierra y caminos abiertos entre las casas.

Ahora todo es distinto.

La vereda se convirtió en calle, entran los coches y el pueblo creció. Hay más escuelas, un jardín de niños, un centro de salud.

Doña Constantina es la mayor de ocho hermanos: siete hom­bres y ella. Desde muy pequeña aprendió lo que significaba ser la hija mayor en una familia campesina. Su madre trabajaba en el campo, buscando la forma de traer alimento a la casa. Su padre trabajaba en una fábrica y juntaba dinero con un objetivo claro: comprar un terreno para que sus hijos tuvieran un lugar donde vivir.

Para ella, la escuela duró muy poco. Nos platica que estu­dió, pero no más de dos meses. ¿El motivo? Perdió su rebocito. Cuando su mamá se enteró de la pérdida, rechazó la idea de que la pequeña Constantina siguiera en la escuela. La decisión fue inmediata.

“No, tú ya no vas a ir”, le dijo su mamá. “Nomás vas a perder las cosas. Además, los que tienen que estudiar son los hombres, porque ellos van a mantener”.

A pesar de sus ganas de seguir estudiando, con la certeza de que su camino hubiera sido diferente con esa oportunidad, no hubo nada más que hacer o decir. Al ser una niña no podría discutirlo; la escuela terminó con ese episodio.

En lugar de cuadernos y lápices, su infancia se llenó de otras responsabilidades: cargar a sus hermanos, arrullarlos, cuidarlos mientras crecían. En tanto su madre tra­bajaba en el campo, Constantina apren­dió a hacer la comida, a moler el maíz en el metate, a hacer tortillas antes de que terminara el día.

A pesar de esa cotidianidad llena de obligaciones para una niña, había mo­mentos en los que algo dentro de ella seguía buscando aprender.

Por tal motivo, durante las tardes, cuando terminaba sus responsabilida­des hogareñas, corría a la escuela don­de daban clases para personas mayores. Llegaba cuando podía y se iba antes de que anocheciera para regresar a casa. Así fue como aprendió un poco de español, lo suficiente —dice entre risas—, para con­testar el teléfono o leer un nombre en la pantalla.

“Recibió la Presea en Derechos Humamos por su labor como promotora de la lengua náhuatl”

Pero si hay una lengua que realmente habita en ella, es otra: el náhuatl.

“Yo crecí con el náhuatl”, dice con naturalidad. “Ese fue mi primer idioma”.

En su casa todos lo ha­blaban: su padre, su madre, sus hermanos. El español llegó después, cuando algu­nos de ellos comenzaron a asistir a la escuela y regre­saban con nuevas palabras.

Incluso hoy, el náhuatl sigue siendo la lengua de su vida cotidiana. Con su esposo habla en náhuatl, aunque “le fa­lla”, acota Constantina. Con algunos de sus hermanos también lo practica, en los encuentros casuales con alguien que aún lo sabe, se detienen en la calle a conversar en esa lengua que, para ella, no es solo una forma de hablar, sino una forma de existir.

Hablar náhuatl le produce gusto. Or­gullo.

“Porque es nuestra lengua. Con esa cre­cimos. Con esa se formó la tierra”.

Por eso hay una preocupación genuina de enseñarlo. Actualmente, doña Cons­tantina viaja dos veces por semana a la Universidad Intercultural de Tlaxcala, ubicada en Ixtenco, donde da clases junto con otra compañera. Allí comparte lo que sabe con jóvenes que desean aprender la lengua. Lo hace porque cree que la lengua no debe desaparecer.

Mientras cumple su labor de educado­ra, la pregunta del por qué los jóvenes ya no hablan náhuatl como antes, se hace presente. Ella no responde con enojo, sino con una cierta tristeza tranquila. Dice que muchos prefieren el español o que el trabajo y obligaciones no les deja tiempo para aprender. Dentro de este des­arraigamiento están los que aún desean aprender esta lengua, se acercan por cu­riosidad y el interés por aprender. Para ella, cada persona que aprende es una pequeña victoria.

A lo largo de su vida ha visto cambiar muchas cosas. Advierte cómo las oportu­nidades para las mujeres han crecido. Su propia historia se refleja en la de su hija. Cuando su hija estaba en la escuela, un día perdió el suéter del uniforme, por lo que llegó a casa preocupada. Doña Cons­tantina recuerda la escena con claridad.

“Déjalo, hija”, le dijo. “Yo te compro otro. Tú vete a la escuela”.

Aunque el dinero no sobraba, ella te­nía claro que era una oportunidad que no le negaría a su hija. Su hija terminó la universidad, donde le enseñaron náhuatl. Claramente no pudo tener mejor maestra que a su madre, quien era quien disipaba dudas. Después hizo una maestría, y hoy también enseña náhuatl. Para doña Constantina, ese logro representa algo más que un título: es la prueba de que las oportunidades para las mujeres pueden cambiar.

Cuando le preguntan si se siente orgullosa de ha­blar su lengua, la respues­ta es clara. Sí, nunca le ha dado pena hablar náhuatl frente a nadie; ni frente a autoridades, ni frente a sa­cerdotes, ni frente a desco­nocidos.

“Yo le hablo a cualquie­ra”, dice. “Si le gusta, me contesta. Y si no, no”.

Habla porque cree que la lengua no de­bería acabarse. Habla porque fue la lengua de su infancia. Habla porque es la lengua con la que, como dice ella misma, nació y creció. El náhuatl es memoria, identidad y una forma de nombrar el mundo. Una lengua mucho mas compleja de lo que el mundo se imagina. Tener la curiosidad es un inicio, aprenderlo es de atrevidos y los hablantes como doña Constantina son un tesoro para este mundo. Personas como ella sostienen nuestra historia y tradición.

Por eso insiste en enseñarlo y compar­tirlo.

Y mientras haya alguien dispuesto a escucharla, doña Constantina seguirá enseñándola.

Doña Constantina recibió la Presea en Derechos Humanos en sesión pública so­lemne del Consejo Consultivo en el marco del 33 aniversario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Tlaxcala. Fue reconocida como una sabia comunitaria, por la labor como promotora de la lengua náhuatl, siendo un ejemplo y un referen­te de las mujeres indígenas portadoras y guardianas del saber, la memoria y la identidad colectiva. Con su voz y ense­ñanza fortalece los derechos humanos, haciendo énfasis en los derechos lingüís­ticos y culturales de nuestros pueblos in­dígenas.

Marisol Fernández Muñoz
Lucero Ivonne Peña Jiménez
Fotografía: Lidia Patricia Corona Montiel

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