Corazón de barro, magia en libertad.

Bernardo Juárez Rodríguez forma parte de la cuarta generación de artesanos dedicados a elaborar piezas de barro.

Afincado en La Trinidad Tenexyécac, municipio de Ixtacuixtla, Bernardo Juárez ve en esta materia primigenia un pasaporte a la libertad. El acto de palpar el barro con las manos alienta un acto liberador. Todo queda atrás.

De sus manos mágicas brotan piezas de arte popular: ocarinas; braseros ornamentados con la mítica serpiente emplumada, símbolo de la eternidad; cráneos policromos que dan continuidad a una tradición milenaria de las culturas originarias del Altiplano central.

Momento conversó con este artesano que se codea con artistas y que de niño soñaba con llevar sus obras al extranjero. Ese sueño lo cumplió gracias a su tesón y al poder creativo de su espíritu, que lo llevó incluso a desafiar a su padre, todo con tal de hacer realidad sus anhelos.

Pero el camino dista mucho de ser fácil.

Ha aprendido a sortear todo tipo de retos, comenzando con una infancia complicada, luego de que sus padres decidieron dejar el Distrito Federal hace poco más de medio siglo, para asentarse en La Trinidad Tenexyécac, tierra natal de la familia paterna de Bernardo Juárez.

Como si fuera una premonición, recuerda que el día que llegaron para quedarse, atravesa­ron “una gran avenida de tezontle con barro”, luego de una lluvia que incluso ocasionó el desbordamiento de un río que pasa por las cercanías de La Trinidad. Desde ese día, el barro se hizo presente, con su huidiza consistencia.

El hijo pródigo regresaba a casa.

El retorno de una familia numerosa

“Mi papá, Daniel Juárez Dávila, salió de aquí siendo muy pequeño. Al nacer, su mamá murió y mi abuelo no lo reconoció, por lo que se crio con mis bisabuelos. Uno de mis tíos se lo llevó para México”, relata.

Adversa como es la ciudad, Daniel Juárez empezó a trabajar acarreando materiales.

“Trabajó como chalán en los tiempos mozos de cuando hicieron el Estadio Azteca; le fue muy bien, pero como no tuvo guía, fracasó. Entonces mi mamá, Felicitas Rodríguez Ba­rrera, toma la decisión de venir acá con mi papá, aunque también pudieron ir a Hidalgo, pues mi mamá es de ese estado. Acá ya tenían un cuartito que hicieron, cuando a mi papá le fue bien. Por eso tomaron la decisión de venir acá, con mi bisabuelo”.

—¿Recuerda algo de su vida en México?

—Fíjese que de la vida de México no recuerdo nada. El primer día que llegamos acá pasamos por una gran avenida de tezontle con barro; había llovido mucho y creo que el río se había desbordado, porque tenemos un río al lado. Pasaba mucha agua en los vados.

Recuerdo a mi papá quitándose los zapatos y a nosotros cargando la ropa que trajimos de México y en cajitas nos pasaba por donde estaba el agua.

Ese primer día que llegué lo tengo bien marcado en mi vida. Lo atesoro, porque de la vida de México no recuerdo nada, pero sí me acuerdo del primer día que llegamos aquí; es algo curioso.

Bernardo Juárez Rodríguez es el cuarto de los nueve hijos que tuvieron Daniel Juárez y Felicitas Rodríguez. Son cinco mujeres y cuatro hombres. “Fue la época en que la televisión estaba en blanco y negro [risas]”, bromea.

“Tengo dos hermanas mayores, una es maestra y la otra es ama de casa. Mi hermano mayor es alfarero y luego estoy yo. El otro hermano se fue a los Estados Unidos; otros hermanos son cuates y se dedican al comercio. La que les sigue tam­bién es artesana, al igual que la más chica. Y hay un biólogo. Somos los que estamos”.

Una tradición familiar

Una vez avecindados en La Trinidad Tenexyécac, los integrantes de la fa­milia Juárez Rodríguez comenzaron a ganarse la vida con una actividad que ya llevaba tiempo entre sus an­tepasados: la alfarería, en concreto la elaboración de cazuelas de barro.

Comenzaron a trabajar en esta tarea siguiendo la estela del bisabuelo. “Él ya hacía cazuelitas. Fue un poco difícil porque llegamos sin nada; no teníamos horno, no conocíamos de materias. Me acuerdo muy bien de esa época muy difícil. Antes no había transportes, todo era a carrera, a pulmón. Carretillas casi no había y era de ir a traer el barro hasta el cerro en burro. No había transporte.

“Me acuerdo del bisabuelo que jalaba los burros al repique de las cinco de la mañana; era para que la gente se parara a arrear al burro y se fuera a traer material.

“El repique de las doce del día era para dar gracias a Dios de que estábamos vivos y bien. Y el de las siete de la tarde era para hacer oración. Es lo que nos enseñó el bisabuelo.

—¿Todavía hacen los repiques?

—Fíjese que ya no. El repique ya se acabó. A los porteros ya no les gusta madrugar [risas]. Todavía se hacen el de las doce y el de las siete de la tarde, pero el de las cinco de la mañana ya no. De hecho, ya no hay mucho barro en esta comunidad. Ya se está terminando. Ahora lo que hacemos es comprarlo en otros lados y quien lo venga a vender a domicilio. Esa parte es más fácil, entre comillas.

La materia prima

—¿Dónde adquieren el barro?

—En San Matías Tepetomatitlán, por donde están los hospitales, y de Ixtacuixtla hacia arriba, donde están Espíritu Santo y Santa Rosa. Es zona de barro. Tenemos que hacer mezclas, dependiendo la tierra.

—En ese entonces de dónde se sacaba el barro, ¿de este cerro?

—Sí, de este cerro. Teníamos los bancos de barro. Al principio iban los abuelos, luego los papás y lue­go los hijos. Después de los nueve años que ya podíamos aguantar un poco, nos ponían a hacer esta labor. Arrear al burro, ver que no se hiciera tarde para llegar a la escuela, traer el material, ponerlo a secar, ir a la escuela, regresar y hacer todo el proceso de molerlo, moldearlo y amasarlo. Posteriormente, después de la secundaria, empezamos a hacer nuestras primeras piezas. A los 12 o 15 años nos dejaban hacer piezas pequeñas. Cuando entré a preparatoria, empecé a hacer piezas más grandes.

—¿Empezó muy joven?

—Empecé a apoyar a los papás desde los seis o siete años: a mover el barro, quitar la basura, lisar las cazuelas. Trabajos no tan pesados que podíamos apoyar a la familia.

Posteriormente, cuando uno va creciendo, va aguantando y va ha­ciendo el demás proceso.

—¿Usted forma parte de la cuarta generación de la familia dedicada a esta labor?

—Sí, la cuarta generación. Desde el bisabuelo; también podemos contar al abuelo, pues a él le tocó hasta la venta en burro. En ese entonces no había transportes, se iban a vender a Huejotzingo, Hueyotlipan, Zacatelco y San Martín. Sacaban las horneadas y se iban a ofrecer.

A mí todavía me tocó esa ma­ravilla del trueque. Los martes, supuestamente en San Martín es el tianguis más grande del mundo y se utilizaba mucho el trueque. Mamá llevaba las cazuelas más defectuosas, pero que servían y hacía trueque con las marchantas del jitomate, la carpa, el chicharrón, el queso… era intercambio.

Para nosotros, los martes, miércoles y jueves eran días de festín, porque teníamos de todo, dependiendo la época. Había peras, manzanas, por­que la fruta también se cambiaba mucho. Ahora ya no se hace eso. Fue una época maravillosa para mí, porque empecé a usar zapatos hasta los 12 años. De hecho, el zapato no era indispensable para nosotros. Era ir a la escuela así, jugar futbol sin zapatos.

Para mí fue una época maravi­llosa, donde no había delincuencia, drogadicción… nada de eso; era muy limpia. Esas generaciones bonitas, jugábamos con los vecinos. Todos los juegos de la infancia me tocó vivirlos. Fue una época muy padre.

—¿Cuándo comienza a involucrarse adquiere más conocimiento?

—Sí, de hecho, siempre fui in­quieto. La desventaja mía es que en la época de mis papás no te dejaban jugar con el material. Era material para hacer de co­mer y no podías jugar. Hice mis pininos a escondidas, incluso para estudiar. Yo soy técnico en Máquinas y herramientas por corte de viruta, nada que ver con lo que ahora hago.

A mí me encanta el oficio y he tenido la fortuna de conocer gente. Me gustaba hacer cosas, pero no me gustaba el oficio, porque aprendí de la manera tradicional, aprendes o no hay de otra. A mi papá le agradez­co; muchas veces eso uno lo ve de diferente manera, pero él me hizo ser disciplinado y comprometido con lo que hago.

No me gustaba tanto hacer la cazuela, porque no veía que económicamente nos fuera bien; no teníamos asesoría de ningún compañero. Desgraciada­mente, los oficios con muy celosos, cada uno aprende y se queda con el conocimiento y poco más.

Yo siempre decía: “Algún día tengo que salir de acá”, y les daba risa. Les decía: “Algún día mis hijos van a estar en…”. Cuando uno es joven, no conoce que el mundo es tan grande. Decía: “Tienen que ir a Europa, Estados Unidos…”, y a todos les daba risa, a todos nos tratan de locos.

Iba a la primaria y les decía a los compañeritos: “Algún día voy a hacer mis piezas y van a ir al extranjero, tienen que llegar bien lejos, porque el barro es muy bonito”. Nada más les daba risa.

Salgo del Conalep, porque nunca nos preguntaron qué quieres estudiar, aquí es estudias y terminas, también eran buenas friegas. Cuando terminé la escuela dije: “Tengo que salir de aquí”. Terminé el Conalep y me fui a México.

Pero cuál fue la sorpresa mía, que fui a una prueba de material cerámico para enriquecer mi trabajo. Vi más cosas. Me tocó visitar donde hacen cerámica. No todo era cerámica, sino barro basado y decía: “Todo esto se hace en mi tierra, dentro de mis locuras también, ¿no?”.

Cierran donde estábamos tra­bajando y regreso a mi pueblo. Antes estaba prohibido decirle a un padre: “¿Sabes qué? Estas mal. Necesitamos cambiar, tienes que hacer esto”. Ahora comprendo a mi papá, porque es un arriesgue, una cosa que nos da de comer. Hacer el cambo siempre da miedo. Decía: “Se pueden hacer tantas cosas”.

Llegó un momento que tuve que cortarme de mi papá y del taller, y empecé el mío acá. El otro taller, donde empezamos, era de mi papá. Al llegar acá, empecé a hacer mis locuras y a experimentar. Empe­zamos a hacer cazuelas de color verde, negras, azules. Era hermoso.

—¿A qué edad comenzó a hacer eso?

—A los 26 o 27 años.

—¿A esa edad entró al oficio?

—No. Creo que el universo conspira para que todo eso pase. Vi a maestros egresados en cerámica de Bellas Artes que vinieron a impartir cursos y me emociona, porque nos enseñaron otras técnicas, otros procesos.

Lecciones de vida

—¿Dónde les daban clases?

—Aquí en la presidencia de comu­nidad. Nos empieza a enseñar la tormenta y todo eso. Los procesos y todo eso. El programa se llamaba Programa para el Diseño Artesanal. Empezamos a meter más colores, decorados en frío, un poco de englo­be. Me enriquece y así fue llegando hasta que a los 35 años me dio la necesidad de irme a la universidad para aprender más, a ir a moldear, a hacer esculturas.

Cuando uno está joven quiere ver más cosas maravillosas y em­pecé a ver revistas. La vida me ha dado eso, la gente me trae revistas y empiezo a empaparme de más información. Empiezo a hacer mis pininos, porque la enseñanza fue buena, pero siempre hace falta. A pesar del error y el acierto.

—¿En cuál universidad estudió?

—En el diplomado de artes visuales. Aquí ha moldeado un gran maes­tro, Francisco Téllez. También fue egresado de la universidad. Dio clases durante muchos años. Fue un maestro de vida, él me puso la cerecita del pastel, porque cundo llego, había puros chicos de 22 o 23 años y llego a los 33 años a estudiar el diplomado. Luego, puros jóvenes.

Yo ya estaba casado y le digo a mi esposa: “Sabes qué, ya no regreso; son puros chavitos. Me siento ruco ahí”. Pero ella me dice: “No, ya estás ahí; tienes que ir”. Sin embargo, de todas formas fui a darle las gra­cias al maestro: “Mire, son puros chavitos”. Pero él me dio un gran consejo: “Todos vienen porque no tienen nada que hacer. Ellos vienen por explorar, pero tú vienes por aprender. De todos ustedes, el que más va a aprender eres tú”.

Eso me hizo ver que yo iba por la necesidad de aprender. En lo personal, me hizo crecer bastante, porque me dio las tablas para seguir adelante, porque este camino es muy cansado y desesperado, por­que muchas veces no alcanzas las metas en corto. Muchas veces son a largo plazo.

Desde ahí me propuse aprender y lo que aprendiera, compartirlo con más gente, porque me tocó ese proceso de no saber nada y para mí fue desanimador, porque veía a mis papás y a veces no alcanzaba y eso, pues dices: “Las generaciones que vienen no tienen que sufrir las desesperaciones que nosotros hemos pasado”.

Si está en nuestras posibilidades compartir, siempre he dicho que compartir engrandece. La vida es un espejo. Me veo al espejo y es como me quiero ver; es mi reflejo. Yo llevo esa doctrina en mi vida, tratar de compartir lo que más se pueda, no quedarme con nada, incluso en los talleres, les doy de más.

Llevaba más de 12 años trabajando para Icatlax; ahí solo me pagan el curso y ya. Yo les doy más del curso: les doy horno, esmalte, colores; de la enseñanza tal cual, les doy un poquito más, porque cuando yo me vaya, dejarles el camino, porque sí es muy pesado.

El padre Cronos

En su proceso de preparación, Bernardo Juárez tuvo que marcar una línea de ruptura con su padre. De línea más tradicional, Daniel Juárez se resistió al cambio. Fue el enfrentamiento con el padre Cronos.

—¿Cómo vio su papá los cambios en el proceso de creación?

—Hasta el momento ha sido un shock para él. No sé, a lo mejor se acuerda de que no me había dejado crecer y esa pregunta se la hizo mi hermana: “Qué se siente tener un hijo artista, aunque no se considere un artista”, pero así le dijo mi hermana. Y todavía mueve la cabeza diciendo: “Ah, este cabrón”. En esas palabras. “Mira con qué me salió. Yo me quedé así”.

Ellos son resistentes al cambio. He tenido la fortuna de hacer varias exposiciones acá en el pueblo y con gente como el escultor Francisco Cárdenas o chicos egresados del diplomado, y solo me ha acompaña­do una vez y eso porque el maestro Cárdenas le regaló un retrato; casi fue como compromiso o algo así de “¿Cómo me rebasas?”. Yo lo siento así, como que no está bien. Pero no es rebasar, el crecimiento es personal, siempre digo eso. El crecimiento de uno es personal.

Yo no compito con nadie y muchos no lo ven así. Ellos piensas que uno siempre está tratando de superarlos y no, uno se supera personalmente. El reto es conmigo mismo, no con los demás. Muchas veces les digo: “Vengan, les comparto; vean cómo se hace”. Igual ese pasito como que no lo dan.

Yo espero que algún día cambie la mentalidad de no solo hacer ca­zuelas, sino de dejarles un futuro bueno a nuestros hijos, de que esto sea un buen negocio para que vuelva a florecer, porque cuando dejan de ser negocio, ya no interesa, como nada más sale para medio comer, los que tenemos más de 50 años, ya no nos contratan en otros lados, pero sí se pueden hacer muchas cosas.

—¿Cómo llega usted al Icatlax?

—Es una historia bien triste [risas]. Cuando aprendí a hacer otro tipo de artesanías, llega un señor de Bélgica. Ahí se cumple mi sueño de mandar piezas al extranjero. Ve mi jarra de barro, la toca, empieza a investigar de dónde es y en la Secretaría de Turismo le dicen que es de esta comunidad y que el artesano soy yo.

Me trae algunas piezas y me pregunta si lo podía maquilar. Le contesté que sí. Y me trae más piezas y más piezas. Llegó un momento en que le dije: “Sabes qué, quiero un contenedor para poder llevar mi obra a Europa, específicamente a Bélgica, Francia y Alemania”.

Allá fue a vender la producción. Un contenedor se fue de aquí. Piezas de barro oxidado. Somos creadores de barro oxidado, es un proceso que se le da al barro para que se vea viejo, en frío.

—¿Qué piezas eran?

—Son piezas de ornato, unas danzas de niños abrazados. Se prende una

vela y se ve a unos niños abrazados. Originalmente son de Colima, pero yo les di una pátina y un tratamiento especial; les dimos un tratamiento personalizado de acá. Hicimos ranas, macetones, diferentes artesanías, pero puro ornato. Ya no cazuela. Se va el primer contenedor a Europa y así me convertí en exportador de artesanías.

Gracias a Dios expuse en el World Trade Center representando al estado. Fuimos al Palacio de los Deportes durante dos años representando al estado. Estuvimos en Monterrey, en el Encuentro de Culturas, también durante dos años. Viajamos por varias partes de la república.

Llega otro cliente y me pide medio contenedor, pero de puras ranas de maceta. En tres meses lo trabajamos. Se hace mi amigo y me pide la copia de la factura. Yo estaba muy cansado y me agarra en mis cinco minutos. Le doy la copia de la factura para que pase el contenedor a Canadá y se lleva la original para cobrar.

Ya no pude cobrar.

Me quebró emocionalmente. Estuve esperándolo por algún tiempo y no me pagó. Fui a su oficina y ya no estuvo. Dejé de hacer a lo que estaba dedicado por un tiempo y me dediqué otra vez a las cazuelas. Aquí no hay nada, me tomó un rélax de casi cinco años.

—¿Hace cuánto tiempo ocurrió eso y cuánto perdió?

—Hace 27 años. Eran cerca de 87 mil pesos. Fue de tres meses y medio de producción y tres días de no dormir por ayudar a empacar. Pero bueno, eso hace que uno vaya aprendiendo de los golpes, pero no de esa manera.

—¿Qué aprendió de eso?

—A no confiar tanto en la gente. Nosotros los artesanos somos limpios, expresamos lo que sentimos. Cuando te doy la mano, es porque te la doy, jamás te voy a traicionar. Aprendí a no confiar tanto en la gente y que se debe de cobrar bien por el trabajo. Aprendí los tiempos del proceso.

Un artesano capacitado puede hacer lo que quiera, nada más es un poco más de preparación. Después de esos cinco años, me vienen a ver del Sepuede, una dependencia de gobierno, para volver a hacer la imagen corporativa y regresar al mercado de exposiciones.

Yo dije que no unas cuatro veces; para la quinta mi esposa me dice: “Corre, no inventes; te están ruegue y ruegue. Tú ve”.

Voy, llevo mis piezas, mis masca­rillas, lo que hago. Al jefe del Icatlax no lo conocía. Entrando nos topamos y me pregunta: “Oye, ¿tú haces ese tipo de artesanías?”. Le dije que sí y empezamos a platicar, pero como tenía que estar en la reunión, me pidió que terminando la reunión pasara a su oficina. Al inicio me quedé como “¿Pues qué hice?”.

Paso a la oficina y empezamos a platicar. Me preguntó si me gustaría enseñar y ser parte de eso. Respon­dí que sí, pero que no tenía quién me pagara. Ya lo había hecho con escuelas y con gente que venía. Les impartía el taller y me daban una gratificación, pero a veces nada. “Necesito que me paguen, porque hay hijos que mantener”, le expliqué. “Aquí se te va a pagar”, me respondió.

Mandó a traer a los encargados para firmar contratos y todo. Me contrataron para ir al Cereso, porque este oficio también es te­rapéutico; relaja mucho, ayuda al sistema psicomotriz, ayudas a la comunidad. Cuando llego al Cereso me di cuenta. Pero igual ha sido un aprender en la vida.

Del Cereso me mandan a Cal­pulalpan, porque había un grupo interesado y así me fui llevando la vida. De repente, más y más cursos. No tenía chance entre semana, ni

sábado ni domingo. Así me la llevé los 12 años anteriores, hasta que llegó la pandemia. Aun así, estuve dando cursos en línea, pero empecé a estar más en el taller y me di cuenta que había dejado esta parte olvidada, varios proyectos parados y me dije: “No. Hay que regresar”.

En este lapso me encuentro en Secretaría de Cultura que llegó a Tlaxcala y me tocó capacitar y me empiezo a empapar. Incluso llegaron a decir que qué hacía un artesano con artistas. Me quedé de “Bueno, qué les hago. No les hago daño. Yo vengo a aprender”. Lo que me gustó de la chica que venía de la Secretaría de Cultura fue que les dijo: “Para mí, un artesano y un artista son lo mismo. No debemos distinguir”. Eso me dio un empujón. Me dije: “De aquí soy y tengo que aprender más”.

Para mi pueblo necesito llevar cultura, porque desgraciadamente el oficio no nos da para llevar eso, de acercar eventos culturales, una obra de teatro y eso. Entonces, por qué no hacerlo. Me empapo más y me gusta.

Tuve la fortuna, antes de la pan­demia, de traer dos días completos de eventos culturales. Desde talleres, bailables, títeres, de todo hubo en dos días. Eso me llenó y ahí sigo. Estuve trabajando con gente de la cultura, pero no de alguna depen­dencia, sino de manera libre. Ahora estoy trabajando con Secretaría de Cultura, trayendo eventos a mi pueblo. Entre ellos, queremos hacer algo por la naturaleza. Siempre he dicho: “Dale a la madre tierra lo que le quitamos. Regresarle un poquito”.

Corazón de barro, magia en libertad

Comprometido con su comunidad y con los alumnos que ha ido for­mando, el maestro Bernardo Juárez considera que el trabajo con el barro confiere una libertad espiritual.

—¿Cuáles son esos proyectos que realiza después de la pandemia?

—Ahorita vamos a darle más iden­tidad a mi pueblo, más de la que ya tiene. Es un pueblo alfarero. Vamos a hacer letras de metro y medio en barro; creo que van a ser las primeras de muchas [risas].

Estamos por hacer turismo biocultural. De lo que le estoy pla­ticando, ya se está haciendo, pero no legalmente. Estamos en el pro­ceso de aprendizaje con el Colegio de Tlaxcala y con la Secretaría de Turismo, para hacer turismo bio­cultural, para que la gente venga y vea qué hay detrás de una pieza, desde cómo se trae el material hasta hacer una pieza. Estamos haciendo talleres los sábados, invitando a la gente. Ahí es más de salud. Que la gente se venga a relajar.

Queremos aterrizar un taller-es­cuela, para que los niños y jóvenes vengan a aprender y no hagan ese proceso tan largo. Estamos por ir a las escuelas; para nosotros es importante llevar el taller a las es­cuelas, para que los niños conozcan sus raíces. Queremos que aprendan cómo hacer una cazuela y cómo hacer una artesanía, porque es totalmente diferente. Tenemos documentales de cómo se hace la alfarería tradicional, la artesanía y terminamos con un taller interactivo, igual con los niños y con los jóvenes.

Antes de pandemia lo empezába­mos a hacer, pero llega la pandemia y se nos cayó todo. Hay un taller que se llama “Taller de papá e hijo”. Ese nos da resultados súper interesantes, porque ahí se refleja la convivencia entre papá e hijo; con el trabajo y el cambio de vida, se nos olvida que los hijos son lo más importante. Esas dos o tres horas que pasan juntos son inolvidables, porque empiezan a crear juntos, a hacer cosas juntos. Pero también se ve al papá que le hace la tarea al hijo y así.

Tuve la fortuna de tener a maes­tras de primaria con sus hijas. Y una profesora me dice: “Mi hija es no sé qué y no sé cuál”. Empezamos a trabajar y nos dimos cuenta que la mamá es la que hace todos los trabajos a la hija. Entonces le dije: “Por eso su hija es la número uno [risas]. El problema es ese, no lo tome a mal, es un consejo. Dejar que los hijos aprendan”. El problema no es ahorita, es cuando están grandes. No aprenden a resolver el problema de chicos, menos de grandes. Es un taller muy padre. Lo disfrutamos mucho.

—¿Para usted qué significa enseñar?

—Eso lo traigo del maestro Anas­tasio Téllez. Él comentaba que para no morir hay que hacer tres cosas: tener un hijo, sembrar un árbol y hacer un libro. En mis enseñanzas, lo que hago es hacer un libro y de­jar un legado, para que el oficio no muera. Por eso imparto talleres en diferentes partes, donde se empieza a realizar.

Yo siento que no va a morir, por­que veo que varios de mis alumnos ya están dando clases, nos vamos expandiendo. Para mí la idea era eso, que mi oficio no muriera, que la artesanía viviera, porque es un legado de los abuelos. Es parte del patrimonio de México para el mun­do. Si dejamos que nuestros oficios mueran, siento que el país se está llenando de muchas cosas, que hay que aportar hacia afuera. Para mí es eso, dejar un legado.

—¿De todo el proceso, cuál parte le gusta más?

—Moldear. Eso es crear. Cuando uno lo hace, se le pasa el tiempo. Es plasmar algo que sientes; dejas un legado para las nuevas generaciones. Ya tuve la fortuna de dejar un mural en mi pueblo para que muchas generaciones conozcan el trabajo. Está en la presidencia; se trata de un trabajo en barro oxidado. Este proyecto que tenemos de las letras es mío, porque estamos metidos igual en el turismo. Siempre he dicho que todo proyecto empieza con un sueño. Y los sueños se cumplen, cuando uno está bien enfocado a hacerlo. Estoy más que convencido. Estamos en eso y estoy disfrutando trabajar las letras e incluso rescatar técnicas ancestrales y plasmarlas en el barro. Eso es lo que más se disfruta.

—¿Tiene hijos?

—Tres. Uno, que es el mayor, y dos niñas. Una se me fue a la Guardia [Nacional]. Y otra que está entre a ver qué hace. Estos tiempos les cambió la vida. Están metidas en el ámbito cultural, los recorridos; cuando se hacen talleres, ayuda bas­tante. Igual quiero dejar ese legado a mis hijos, que se enseñen a que hay que compartir. Este mundo hay que cambiarlo y se necesita de todos.

—¿Su hijo también se dedica a esto?

—Mi hijo igual veía, como yo lo hacía con mi papá. Las cazuelas son bien cansadas, casi no dejan o dejan para medio vivir, no podemos hacer más cosas. No podemos viajar y eso. Entonces, cazuelas no. Pero como digo, la vida y el universo conspiran para que todo se haga. Yo dejo de dar clases, él regresa, se fue dos o tres años.

Regresa, nos juntamos y empeza­mos a crear y ve que el barro no es nada más la cazuela, son ocarinas, maceteros; son muchas cosas todo lo que está en esos sellos. Empiezo a trabajar y se da cuenta y comienza a trabajar también; como que la curiosidad mató al gato [risas].

Crea y le gusta. Y ahora está más metido que yo. Él es muy bueno para hacer las ocarinas. Durante la pandemia me enfermo de la ciática, debido al estrés; quedo paralizado de las piernas y no puedo moverlas. Yo decía: “Dios, no me quites las manos”.

Me recupero, empiezo a sentarme y a hacer la ocarina. Nos costó mucho, porque no sabíamos hacerla. La ventaja de las redes sociales es que hay mucha información y empezamos a hacer tutoriales, sentaditos los dos. Algo curioso, a mí me gusta hacer medio prehispánico, ya no se está haciendo.

No puedo mover las piernas, pero las manos sí y empiezo a crear. Llega el momento en que nos vamos a Facebook y vemos todo lo artístico y llegó el momento en que no nos dimos abasto. Son épocas. Ahora viene noviembre y son diferentes cosas y lo vamos a empezar a hacer.

A mí me gusta mucho modelar los cráneos. A muchos les da miedo la muerte, pero a mí no. No le temo a la muerte, porque estoy a gusto conmigo mismo y con lo que estoy haciendo. Siento que para eso na­cimos, para disfrutar el camino y cuando uno muera, hacerlo en paz. Eso me hace crear.

Un tiempo estuve enojado con mi papá por su patriarcado y moldeé una rosa; cuando las rosas florecen, empiezan a verse los pétalos; eso lo vi reflejado en mi vida. Uno nace, florece y empieza a tirar pétalos. Uno tiene que llegar a la muerte. He aprendido a disfrutar el camino, el progreso al llegar. Puede ser hoy, mañana, pero tratar de disfrutar todo en la vida, de aquí en adelan­te. Eso hago mucho con ello. En la Secretaría de Turismo tengo una exposición de cráneos en la parte de abajo.

—¿Qué mensaje le compartiría a nuestros lectores?

—Invito a la gente a que disfrute de la vida, a que se enamore de lo que hace, que disfrute el camino. La pandemia me ha enseñado mu­cho. A esta vida uno viene a vivir, no a morir. Muchas veces vivimos muertos. Nos preocupamos de muchas cosas. Jamás nos ocupamos por nosotros mismos. La pregunta

que hago: “¿Te has dado tiempo de vivir?”. Muchos me dicen que no. Han dejado de hacer cosas que les gusta hacer, que les gustaría hacer, de darse ese tiempo consigo mismo. Eso se ha olvidado.

Ese proceso igual lo estoy tra­bajando, ahora con la llegada de la gente que se dé tiempo, que se apapache, que se disfrute. Siempre estamos con el trabajo, obligaciones y correr, y correr; muchas veces se nos olvida que estamos vivos. Apapacharnos, degustar lo que nos gusta. Comer un helado, leer una revista sin importarme nada. Siempre estamos con el pensamien­to de ya se me hizo tarde, voy acá, voy allá. Las clases, las tareas, los trabajos. Y nos olvidamos siquiera de disfrutarnos un día.

Siempre he dicho que soy un afortunado de la vida. Me están pagando por lo que me gusta hacer. Si no me pagan, no importa. He aprendido también esa parte. Ya lo degusté, lo disfruté; lo bailado quién me lo quita. Mis trabajos se flreflejan.

Esa alegría de la vida, de recuperar a mi hijo, las ganas de vivir, hubo un tiempo en que con tantos problemas que tenían o no solución, están ahí. Todo va a salir bien. En cauce, pero en muchas ocasiones se llena uno de malos pensamientos que a veces son fiinsignificantes que cuando pasan, son tan fáciles. Siempre se encierra uno en eso. Hay que apapacharse. Mi consejo sería: “Apapáchense por lo menos un día. Me voy a degustar un buen pozole, un libro, un café, apago el celular. No quiero saber de nadie, solo de mí mismo”.

Otro problema que tenemos es el celular. Empiezan las llamadas, los mensajes y estamos ahí. Nos desactiva. Entonces hay que apagar el celular, no pasa nada. Hay cosas que uno no puede cambiar. Desco­nectarse un rato de la tecnología, disfrutar de los talleres.

Pasó algo así con una compañera un poco nice. Le dije: “El barro no es mugre, es tierra sana”; se hace con silicatos, salinas, arcilla y cuando uno lo toca, todo el estrés baja. El simple hecho de crear y amasar está ayudando a la salud. Empieza a crear el sistema psicomotriz. Comencé a decirle todos filos beneficios que tenía el taller de barro y me dice “Entonces sí quiero”. Es algo que a uno lo cambia.

El trabajar en el Cereso me cambió la vida. Dos años de trabajar con gente que está olvidada, que no tiene nada más que a sí mismo. Estar en contacto con ellos. Lo estaba haciendo como pagarle a la vida, algo que me ha dado. Me ha dado reconocimientos como no te imaginas.

Yo degusto el momento. Lo dis­fruto y hasta soy yo mismo. La vida es el diario y cada día es el día. Eso me lo enseñó el Cereso. El comerte una quesadilla, una torta, algo que uno tiene, no tiene precio. El tener a la familia, estar platicando, el hacer sociedad. Ya estamos hasta el gorro de ver las mismas caras; acá vemos caras diferentes, hasta uno se ve diferente, vi cuatro paredes.

Les cuento de rápido. Uno de los alumnos no tenía visitas; le llevo el barro y hace sus piezas, las hornea y las vende. Así como vende, va corriendo a comprarse un kilo de huevo y se lo comió completo, él solito. Esas historias que te dicen: “Tenemos a manos llenas, y a veces no degustamos ni disfrutamos. Como vivimos con prisas, no degustamos el sabor de la comida”.

En esas pausas de la vida, igual he aprendido, porque yo aprendo más de ellos, que ellos de mí. Valorar a la familia, si tienes papás, herma­nos, a veces te enojas, pero al otro día los ves. Como sea. Disfrutar de comida que ellos no tienen. Tuve la fortuna o infortuna de comer lo que ellos comen. No es nada agradable, tortillas embarradas en aceite, sal­sas sin sabor, frijoles con gorgojo. De eso se aprende. Igual, se quitan la comida para dártela y te digan: “Queremos compartir con usted”, y cómo les dices que no. O un Día del Maestro, que se cooperaron y me llevaron cosas que no me imaginaba, como pastel.

Esas cosas se guardan acá y te cambian la vida. Se quitan para darte, eso a mí me ha cambiado mucho la vida. Cuando voy a pue­blos como Tetla o Calpulalpan, con gente humilde, igual me quito la playera, no es necesario que me paguen, vamos a hacer esto y esto.

Hace tiempo fui a grupos y les dije con dolor que ya no voy a poder seguir; la gente llora, eso se queda en el alma, en el corazón, señoras grandes de 40 o 50 o 60 años decían: “No se vaya, siga con nosotros”. Les dije: “No me hagan eso”. Uno trae fllos sentimientos a flor de piel. Esos momentos con los que me cambian la vida y no se pagan con nada.

—Muchas gracias.

—Muchas gracias a ustedes y cuando gusten, están invitados al taller.

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