“El carnaval me lo trace ”¡Huehue soy yo también!

Es un hombre de talentos. Entre sus varios nombres es preferentemente conocido como Antonino. Sus pininos en el Carnaval encuentran raíz en su infancia; ha experimentado no solo ser huehue, sino también ser tesorero y en el presente de San Dionisio, fiscal representante.
Su mundo va al ritmo del Carnaval.
Cito sus palabras como impronta escrita: “El carnaval me lo trace”.

—¿Cuántos años lleva bailando Carnaval?
—Febrero significa 60 años bailando Carnaval, sin reencuentros, pues he estado año con año. A mí me ha tocado todo, porque desde los cinco años empecé a hacer mis pininos y después, ya con traje, bien formal, empecé a los ocho años.

—¿Qué representa para usted bailar el Carnaval?
—El Carnaval para mí es mi vida, es mi pasión. Por todos los años que he participado ya no siento la adrenalina, lo veo normal, pero veo a mis niñas del ballet de 13 años, de 15 años y hasta de 20 años, sentir muchos nervios y la adrenalina al entrar con cinco mil espectadores, turistas y gente importante de otros países y de la República Mexicana. ¡Los nervios como niño, como joven!, pero en mi vivencia no siento más que el disfrutar de ver cómo bailan los niños, los jóvenes y un poco de enojo con las personas que quieren ser huehues y nunca se quieren preparar. Serán huehues del montón, porque para ser huehue primero se necesita condición.

La vida de Antonino empieza al cuarto para las seis de la mañana, haciendo ejercicio diario. A mis sesenta y ocho años aún juego futbol de jóvenes todos los domingos. Cuando se invita a las personas, no quieren hacer ejercicio, solo quieren llegar al Carnaval. ¿Cuántos han muerto en los carnavales de infarto? Porque bailar, como mi ballet aquí en San Dionisio bailamos de tres horas a tres horas y media continuas, sin descanso. Ahora ya está la Plaza del Huehue, pero antes era a pleno sol.

¿Para usted qué sabor tiene el Carnaval. ?
—El sabor del Carnaval es la pasión, es el convivio de tres días estar con gente que precisamente ves cada año.
Ir a que te invitan el desayuno, la comida, la cena, el baile precisamente de las cuadrillas. Ese es un gran sabor, que cuando termina el Carnaval queda la satisfacción de haber estado conviviendo tres días, a lo mejor con enojos o con lo que pase, porque nunca habrá un Carnaval del cual decir “Es el mejor carnaval”; en el Carnaval siempre hay problemas.

¿Cómo se ve el Carnaval?
—Aquí en Yauhquemehcan el Carnaval se empieza a vivir, ya se empieza a ensayar para llegar al día del Carnaval. La economía empieza a subir, pero bastante, porque el domingo hay aquí en el centro no menos de 600 personas y mucha gente entra y sale, vienen y ven, pero sí trae mucho movimiento. Y tampoco es bien visto por todo mundo; para algunos sacerdotes somos los demonios.

¿Cómo se siente el Carnaval?
—Para mí, padrísimo; es mi pasión, es mi vida, es un reto personal. He perdido cinco kilos en tres días, porque no nada más es bailar tres horas y media. Bailas tres horas y media, paras, tomas un refresco y a la media hora ya estás bailando en otra casa; así es desde que amanece hasta el anochecer. Luego andas a las diez de la noche bailando, pero como danzante sientes feo los dos minutos que dejas de bailar y empiezas nuevamente a bailar.

—En esta vida de Carnaval, ¿Cómo ha experimentado el trayecto de la vestimenta?
—Yo elijo qué evento será, si de día o de noche, qué tipo de máscara usar. Nosotros aquí en Yauhquemehcan nos distinguimos porque todas las máscaras son barbadas, todas. He llegado a lucir vestimenta de los charros de Papalotla, o sea, muy diferente a la nuestra.

Yo uso todo. En una presentación si quiero voy vestido de chivarrudo; tengo todo, hasta el caballo. Si voy con otros amigos, voy como los charros y no pasa nada, porque se ve bonito; se ve bonito estar ahí. He estado mucho usándolos así en Nanacamilpa. Voy cada año a Nanacamilpa, a lo que es todo el período de las luciérnagas.
A mi ballet le pagan, porque siempre nos presentamos en esos lugares; puedo ir vestido como yo quiera y dar una explicación de porqué vengo de chivarrudo.

Para usted, ¿a qué huele el Carnaval?
—Pues como que luego no lo quiero decir, pero, pues sí, huele a alcohol. Pero yo en el ballet no les permito ni tomar agua, porque debemos ser más profesionales. Así se venga la lluvia, vamos a seguir bailando; pero sí, desgraciadamente sí huele a eso. También huele a economía. Entran diez mil, quince mil personas al Carnaval. Huele aquí a la economía, al alcohol, a la diversión.

—¿Qué diferencia existe entre el Carnaval que experimenta Antonino y los demás carnavales?
—Aquí el Carnaval no es como en otros lados. No hay tanto libertinaje. Aquí hay mucho respeto; en mi ballet anda el abuelito. También soy yo abuelito. Traigo a mis hijos, a mis nietas y todo bailando; yo no le puedo faltar el respeto a nadie de los que están ahí; en cambio, en otros lados sí se les falta mucho el respeto a las damas y aquí no, ni nuestro ballet ni tampoco en las otras camadas. Se respeta mucho a la mujer. En ese sentido no es igual el Carnaval que en otros lados.

¿Cómo se escucha el Carnaval?
—Pues muy criticados a nivel estatal en esta pasada feria de Tlaxcala, en el Facebook muy criticados somos los huehues. Dicen: ”¡Esos malditos huehues ya nos tienen hasta el gorro!”. Me quedo callado, en ocasiones nunca respondo al Facebook, nada más veo por qué la situación.

—¿Podría evocar y relatarnos algunos recuerdos significativos entorno al Carnaval?
—En Yauhquemehcan yo fui el último ahorcado, aquí se usaba el ahorcado, nada de que rey feo, eso no era de aquí. Gané en el ITC el Proyecto Conservando los 10 números, porque tiene 10 números lo que bailamos, pero hoy chistosamente como ya están gorditos los compañeros, ya no bailan el 3, ya no bailan números, que si los bailas, ahí te acabaste. Es como un número que va pausadito; ahora los compañeritos como ya no pueden, ya solo escogen los
números vistosos para ellos.

En 2004 se nos dio 30 mil pesos; nada más éramos cuatro camadas: San Juan Totolac, San Francisco Tlacuilohcan, la camada del centro de San Dionisio y Tenancingo.
Nosotros cuatro éramos los que recibíamos más, por ser los más viejos, pues estamos registrados con 200 años y tanto. ¡Qué buen acierto de dar! Porque el Carnaval en ese tiempo estaba cayendo mucho, iba de picada. Al siguiente año yo fui el que recibió el cheque a nivel estatal, simbólicamente.

Admiro a mis amigos de Papalotla que alguna vez estuvimos en el Bicentenario, representando al estado de Tlaxcala, tanto ellos como nosotros. Es lo bonito del Carnaval, que vives, viajas.

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