Escena, historia y el Lienzo de Tlaxcala. El legado de Guadalupe Alemán

Publicada abril 2022 Edición 172

Guadalupe Alemán es una trashu­mante. Muy pocas personas saben que nació en Oluta, Veracruz, “de donde se dice que es Malintzi”, presume, ahora que se ha resignificado la fi­gura, la memoria y el papel que jugó aquella mujer indígena, en el brutal choque que fue la irrupción de los europeos en esta parte del mundo, hace poco más de cinco siglos.

“De esa zona es que proviene mi apellido: Alemán”, agrega esta artista, creadora escénica, promotora cultural y editora, quien recaló en Tlaxcala en 1981, tras recorrer varias partes del país.

Es así como la suya ha sido una vida de viajes y de exploraciones. A ella y a Alejandro Jara se debe la institución del Festival Internacional de Títeres, que algunos se han querido apropiar.

De su experimentación con el arte dramá­tico brotó la más sólida generación de actores y directores originarios de estas tierras, donde se empezó a ensayar con el teatro de evangeli­zación apenas unos años después de la derrota militar de los pueblos originarios.

Guadalupe Alemán nos recibe en su casa de La Joya, colonia de la ciudad de Tlaxcala, donde ha construido un santuario de libros, fotografías y recuerdos, muchísimos recuerdos, que acechan a la memoria de esta extraordi­naria mujer.

Coronada por una hermosa trenza, se encuentra flanqueada por los libros que ha editado, entre los que descuella la monumental versión del Lienzo de Tlaxcala, con su ciclópea portada de tapas duras, cubiertas en tela roja, que de inmediato atrae la mirada.

Esta edición recupera la versión de 1773, debida a Juan Manuel Yllanes del Huerto; asimismo, incluye la celebérrima versión del historiador Alfredo Chavero, que ha anclado la iconografía de la llamada Conquista a esas láminas en las que se aprecia a los tlaxcaltecas en su versión de conquistadores, exploradores y colonizadores.

Esas son las andanzas tlaxcaltecas a lo lar­go de lo que acabará siendo la Nueva España pergeñada por Hernán Cortés, mientras el extremeño y sus aliados indígenas preparaban el asedio de aquella ciudad construida sobre un lago, y que a los ojos de los invasores europeos parecía cosa salida de una novela de caballerías.

Este libro monumental, que reunió a es­pecialistas como Miguel León-Portilla, Ángel García Cook, Andrea Martínez Baracs y Jaime Cuadriello, es el legado que Guadalupe Alemán le ofrece a Tlaxcala.

“Creo que he tenido muchas facetas, pero me gustaría que me recordaran como editora”, confiesa.

Además del Lienzo de Tlaxcala, a los afanes editores de Guadalupe Alemán se debe el res­cate de un manuscrito náhuatl del siglo XVI, descubierto por el historiador Luis Reyes, un texto que es “posiblemente el único que hay en México y posiblemente en América Latina”, por sus características y que rompió paradigmas en el ámbito de la investigación histórica.

—¿Qué la animó venir a Tlaxcala?

—Antes de llegar a Tlaxcala estuve recorrien­do varias partes de la República Mexicana. Estuve en la Ciudad de México, en Ensenada, en Chiapas y en Oaxaca. Andaba buscando un lugar, así como los mexicas, donde encontrara el águila sobre el nopal.

Llegué a Tlaxcala y descubrí a Miguel N. Lira; poco a poco me fui convenciendo de quedarme en Tlaxcala. Y aquí estoy, pasando la última etapa de mi vida y aquí me quedaré. En esta errancia antes de llegar a Tlaxcala, estuve 50 años como docente, en Tlaxcala 30 años. Los demás años estuve impartiendo clases en preparato­ria, en Ensenada y en la Ciudad de México; también di talleres de arte para niños. Siempre he estado inmersa en todo lo que el arte implica.

—¿Qué fue primero, el arte o la docencia?

—Fue primero el arte y el arte me llevó a la docencia, porque actual­mente no se puede vivir del arte. Eso fue lo que me encaminó a la docencia y verdaderamente me encontré muy a gusto como docente y seguí adelante.

Después empecé con todo lo que es la promoción y gestoría cultural. Yo divido mis cuarenta años en Tlaxcala en tres etapas: la primera fueron tres años que estuve traba­jando en comunidades marginadas (de extrema pobreza) dentro del estado, formando grupos de teatro campesino junto con Alejandro Jara Villaseñor. Fue así como llegamos a Huamantla, conocemos a don Panchito [Rosete] y comenzamos con el festival de títeres.

La segunda etapa fue como docente y formadora de jóvenes interesados en el arte, apoyándolos para que estudiaran carreras relacionadas con esa disciplina, sobre todo con el teatro.

La tercera etapa sería en la que verdaderamente me siento muy a gusto. Desde pequeña era muy curiosa, me interesaba mucho la historia; ahora, en esta etapa de mi vida he tenido la oportunidad de profundizar en la historia, de conocer mucha gente con el mismo interés que yo tengo.

En todas las etapas de mi vida he obtenido muchas satisfacciones, pero en esta ultima es en la que me siento más cómoda y más a gusto. Esta etapa es en la que he obtenido satisfacciones muy importantes y significativas para el estado de Tlaxcala. Por ejemplo, la publicación, en 2010, de un manuscrito del siglo XVI. Ahí es donde conozco al Dr. Miguel León-Portilla.

Se trata de un manuscrito que encontró Luis Reyes García. Antes de fallecer, Luis me platicó de la existencia del manuscrito, el cual le fue entregado a uno de sus alumnos para resguardarlo y me dijo que lo localizara. Sentí como un encargo que Luis me estaba dando, porque yo no sabía la importancia del manuscrito.

Cuando Luis fallece, empecé a buscar a su alumno, que para ese entonces ya no vivía en Tlaxcala. Lo localicé en el estado de Hidalgo. Me comuniqué con él y le platiqué todo lo que Luis me había encomendado, junto con la reciente noticia de su fallecimiento.

Nos pusimos de acuerdo para que me entregara el manuscrito y posteriormente le hablé al Dr. León-Portilla, comentándole que en Tlaxcala el maestro Luis Reyes había encontrado el manuscrito en un archivo municipal. Luis me había dicho que por las características del manuscrito y el estudio que realizó sobre este, parecía indicar que era del siglo XVI.

León-Portilla me dijo que no había manuscritos de obras de teatro referentes a ese siglo. Sus palabras fueron: “Maestra, se han hecho extensivos estudios al respecto; le voy a compartir bibliografía donde se habla de ello, revísela y después hablamos”.

Comencé a leer y leer. Después de cierto tiempo volví a contactarlo para decirle que ya había leído todo y que en efecto varias cosas de lo que me había compartido ya las sabía previamente. Le propuse que se diera la oportunidad de conocer el manuscrito. Aceptó y se lo mandé; luego me comentó que lo iba a analizar con su equipo de trabajo.

Mi gran sorpresa es que tiempo más tarde me llaman de la oficina del Dr León-Portilla para decirme “Sí, maestra, el manuscrito es original: por el tipo de tinta, por la escritura. El que exista este manuscrito es un gran hallazgo para Tlaxcala”.

Desde ese momento el manuscrito quedó considerado como posiblemen­te el único manuscrito que hay en México, y tal vez en América Latina, con estas características pertene­cientes al siglo XVI, y lo tenemos en Tlaxcala, desde luego avalado por el Dr. Miguel-León-Portilla

—¿Cómo fue su acercamiento inicial a las artes?

—Mi madre era una mujer con mucha personalidad, de carácter muy fuerte, pero tenía una gran sensibilidad, aparte cantaba muy bonito. Me encantaba escucharla cantar. Pienso que heredé mis gustos por las artes, de ella. Yo desde pe­queñita cantaba, actuaba, recitaba. Y de igual forma era curiosa, me interesaban los datos históricos.

Posteriormente entré a los Ta­lleres de Danza Contemporánea de la UNAM, porque uno de mis sueños de niña era ser bailarina. Justo enfrente de este taller se encon­traba el de danza folclórica, donde tenían un taller de investigación de la cultura popular y la danza en México. Me acerqué a ese taller y me interesó mucho, por lo que me cambié. Quería estar también en el ámbito de la investigación.

Empecé a estudiar la cultura de México y todo eso me motivó a recorrer la República Mexicana. En esos años estuve en Chiapas y en Oaxaca, hasta que llegué a Tlaxcala y fue aquí donde decidí que era el lugar que estaba buscando.

—¿Esos recorridos por diferentes sitios del país estaban motivados por la investigación coreográfica?

—Sí, tenía ese interés, pero poco a poco me fui involucrando en todo lo que son los rituales. Por ejemplo, estuve en Chamula y lo que sucedió allí me marcó. Estar allí en la iglesia de Chamula, en uno de los rituales que hacen los tzotziles, marcó mi vida.

El ritual consiste en que a los habitantes se les divide en grupos, llevan música para cada santo, visten a su santo y le rinden homenaje. La iglesia se llena de humo, de mú­sica y toman un licor que es muy fuerte. Lo toman como los griegos, cuando en las fiestas para festejar al dios Dionisio, no bebían para emborracharse, sino para estar en éxtasis cerca de ese dios.

A mí me pasó lo mismo; comencé a sentirme como en otra dimensión, que estaba en concordancia con los tzotziles: llevaba el pelo suelto, las otras mujeres del grupo tocaban mi cabello. Empecé a sentir un escalo­frío. Fue algo mágico.

Entendí que el arte es una ener­gía, y si uno no tiene esa energía, no podemos transmitirle nada a nadie. Antes de empezar una función, me ponía en un estado de concentra­ción para poder transmitírselo a mis alumnos. Pero si no creemos en esa magia o en esa energía, no puede existir esa comunión.

—¿Cómo eran esas comunidades marginadas de Tlaxcala que visitó?

—Eran comunidades muy pobres. La gente dormía en petates o, cuando mucho, en hamacas. En muy pocas casas donde llegaba a quedarme te­nían una cama pequeñita. Pero, por otro lado, cuando me aceptan en las comunidades, y tengo la oportuni­dad de entrar a sus casas, conozco el alma del tlaxcalteca, constituida de una gran generosidad. Sin embargo, al inicio hubo un poco de rechazo, pero cuando llegan a aceptarme, me enamoré por completo de las personas tlaxcaltecas.

—¿Qué la llevó a esas comunidades?

—Cuando llegamos Alejandro y yo, a quien conocimos primero fue al hijo mayor del maestro Des­iderio Hernández; se trataba de José Guadalupe, quien era músico y cuyas composiciones y poemas eran sobre la época prehispánica. Empezamos a platicar con él y nos hicimos amigos. Él vivía en la calle Muñoz Camargo, donde por un corto periodo fue también nuestro lugar de residencia.

Un día nos invitó a su casa y nos llevó a conocer al maestro Desiderio, que de entrada nos veía súper raro, porque veníamos con el cabello lar­go y yo con faldas largas; teníamos toda la facha de unos hippies. Poco a poco empezamos a platicar con él; nosotros previamente habíamos hablado con José Guadalupe sobre hacer un pequeño espectáculo de poesía prehispánica.

Esa idea se la comentamos al maestro Desiderio, a quien le pareció un buen proyecto, porque incluso nos dijo que debíamos incluir a Nezahualcóyotl; sacó un libro y comenzó a leernos la poesía de ese autor texcocano.

Posteriormente, en el 86 me pasé a vivir al Portal Grande. La casa se ubicaba en lo que actualmente es el segundo piso del restaurante Jardín Plaza. Era una casa enorme.

El maestro Desiderio me dijo: “Oye, Lupita, ya que está tan grande tu casa, vamos a hacer aquí las reu­niones, ¿no?”. Accedí sin problema alguno. Empezamos en esa casa, desde ese año del 86, a hacer reuniones. Allí nacieron unos talleres literarios que impartieron Juan Bañuelos, Germán List Arzubide y los poetas de aquella época.

Conseguimos que el ISSSTE, que tenía como un tour de poetas, nos hiciera llegar a semejantes personajes a Tlaxcala. Si una cosa tengo es que soy muy perseverante. Conseguimos esa ayuda y cada semana nos man­daban poetas, quienes nos daban talleres ahí en mi casa.

Años más tarde hice un escrito, al que titulé Una faceta poco conocida del maestro Xochitiotzin: su acercamiento a las artes escénicas. El maestro formó un grupo de teatro en 1965, que se llamó Tlaxcaltecayotl y también pintó escenografías. En el ensayo que escribí pongo el programa de mano de esa etapa del maestro, como escenógrafo y como actor. Además, incluyo fotografías inéditas, en donde aparece el maestro pintando y toda la cosa.

También montamos Vuelta a la tierra, con las escenografías origina­les realizadas por el maestro y con mis alumnos; de estas reuniones salieron muchas cosas, que nosotros hicimos. Eran grandes pachangas las que hacíamos.

La esposa del maestro, doña Lilia Ortega, era muy buena cocinera y cuando estaba de buenas, en algunas ocasiones hacía pozole, lo llevaba a mi casa, junto con su anafre para que todos comiéramos. Nos la pasábamos bailando, platicando, bebiendo y comiendo hasta largas horas de la madrugada.

—¿Qué otros proyectos salieron de esas reuniones?

—De ahí salió esa puesta en escena que ya comentaba y que fue maravillosa. Porque, además, nos conjuntamos con el maestro Juventino Sánchez de la Vega y con la maestra Isaura Ramos, una investigadora de danza. Invité a la maestra porque la obra llevaba danza de concheros; fue el maestro Desiderio quien me pidió que la invitara, para que ella, con los alumnos de su escuela, montaran las coreografías. Fue una reunión muy padre y constructiva que hicimos para el montaje de esa obra.

Ahí también se gesta y se for­talece el festival que ahora es el Festival Internacional de Títeres “Rosete Aranda”. El segundo cartel de esos festivales está diseñado por el maestro Xochitiotzin.

Montábamos las exposiciones, el maestro iba y nos ayudaba, junto con los demás compañeros con los que nos reuníamos. Entre todos hacíamos grandes cazuelas de comida en mi casa, donde se les daba de comer a los grupos que se presentaban en el festival. Alrededor de la fiesta es que sucedió todo esto.

Si no hubiera sido por eso, por la perseverancia y el apoyo de los compañeros, no existiría actualmente el Festival Internacional de Títeres de Tlaxcala y tampoco el Museo Nacional del Títere.

Siempre he sido constante en la defensa de que todo esto de los títeres se originó aquí en Tlaxcala, porque los de México han venido y han querido adjudicarse todo el trabajo que nosotros hicimos para que esto se concretara. Lo peor es que lo lograron, pero ahí estoy yo evidenciando el trabajo para que se regrese el origen de los títeres a Tlaxcala.

—Durante muchos años el taller de teatro que usted dirigió en el Cole­gio de Bachilleres fue un semillero de actores y actrices de Tlaxcala. Platíquenos sobre esa parte de su trabajo creativo.

—En 1985 empecé a trabajar en el Colegio de Bachilleres con un taller de teatro, impulsado mucho por el maestro Xochitiotzin.

Recuerdo que años antes vinieron unas personas del Instituto Nacional de Bellas Artes y empezaron a hacer modificaciones a lo que ahora es la Pinacoteca del estado. Uno de ellos me dijo: “Mira, Guadalupe, a estas personas les dan mucho dinero para hacer cosas y luego ya ni saben qué hacer. Ustedes tienen que cuidar su patrimonio; por otro lado, no tienen profesionales del teatro. Tienen que hacer un esfuerzo y empezar a lanzar gente a Xalapa y la Ciudad de México, e impulsarlas para que estudien carreras artísticas”.

Muy acertado aquel hombre. Y ahí empecé yo, entonces si veía a alguien con talento, no dudaba en ayudarlo. Como pasó con José Luis Castilla, quien quería estudiar teatro, pero no tenía el recurso suficiente. Lo que hice fue solicitar una entrevista con la gobernadora Beatriz Paredes, para hacerle la petición de una beca, (en ese momento no existía ningún tipo de beca), con la finalidad de ayudar a mi alumno y hacerle notar a Beatriz que ese tipo de ayudas eran necesarias en el estado.

Beatriz, con esa sensibilidad que la caracteriza, accedió a darme la beca. José Luis estuvo becado durante toda su carrera, en la Universidad Veracruzana, en Xalapa. Fue la primera beca que se dio en Tlaxcala para estudiar una carrera de arte. José Luis también puso mucho de su parte, porque sus calificaciones siempre fueron de diez.

Ya de ahí varios se animaron y yo con gusto los apoyaba en todo lo que estuviera a mi alcance para que se prepararan y estudiaran este tipo de carreras. Ese taller tocó muchas fibras de los jóvenes del Colegio de Bachilleres. Yo detectaba talento con esa intuición tan peculiar que me caracteriza.

—¿Nos podría hablar de alguna obra, que por las razones que usted considere, haya marcado su vida?

—Serían dos. Una fue a raíz del levantamiento en Chiapas. Eso me movió mucho, porque yo había estado en las comunidades y las conocía. Tuve como un rayo de esperanza.

Me puse a escribir y encontré una obra pequeñita de media cuartilla que había sido escrita en Colombia cuando empieza a surgir allá un movimiento de dramaturgos que querían hacer un nuevo teatro y tener un lenguaje propio de Amé­rica Latina.

El teatro que hacemos está basado en los cánones del teatro griego: la comedia, la tragedia. Empieza a surgir ese movimiento, donde se propone realizar algo propio. Esa obra se llama La Maestra, y con un poquito de texto hice una obra como de media hora. Actuó ahí José Luis Alfaro.

Esa obra me marcó mucho, porque era poco el texto y mucha la ima­gen. Yo trabajo así, de esa manera; trabajo mucho con la imagen y la música. Para mi la imagen es como un lenguaje del alma.

Alguna vez me dijo José Luis Alfaro: “Maestra, lo que usted hacía era performance. Todavía no se conocía aquí el performance, pero usted ya lo hacía”.

Tuvo un gran impacto la obra, pues todo el público estaba con­movido. Eran imágenes de cómo eran las comunidades en Chiapas y en América Latina. Fue una cosa impactante; era un ritual.

La otra obra fue El Rastro, de Elena Garro; es una obra corta, de muy pocos personajes, pero yo la hice con cien alumnos, con Erick Barba como protagonista. Pero lo que hice para que pudieran participar cien alumnos fue un ritual nuevamente, con todos los textos de Elena Garro, los cuales son muy profundos.

Hice un ritual en el escenario, la gente veía acá, veía allá y estaban extasiados. Yo veía en cada alumno qué es lo que podían hacer. Se me ocurrió hacer un ritual con Adrián Barajas [el protagonista], que era un abusador de las mujeres.

Era un ritual con música de Xochipitzahuatl. Erick aparecía peinando a las chicas; todo era imagen y música.

Otra escena incluía a una alumna que tenía un poder de concentra­ción enorme, a la que le puse una mesa con muchas cosas mexicanas, entre ellas un pescado de tamaño considerable.

Esa imagen fue impactante, porque cada vez que Adrián Barajas maltrataba a la mujer, a Delfina Ibáñez, la alumna siempre estaba con una concentración que con cada maltrato que recibía, ella le daba un machetazo al pescado que estaba en la mesa y este saltaba.

La obra termina cuando le da el machetazo a la cabeza del pescado, simbolizando que le corta la cabeza a Adrián Barajas.

Hubo una señora, que era tía de una de mis alumnas, que se tuvo que salir, la llevaron al baño y estuvo en shock, llorando, porque su esposo abusaba de ella y se veía reflejada ahí, en la historia que estábamos contando. Mi alumna me dijo: “Dice mi tía que ya nunca más va a dejar que su esposo le pegue”. Todo eso fue sumamente impactante y conmovedor.

—¿Qué la animó a hacer una nueva edición del Lienzo de Tlaxcala?

—Me animó lo polémico que es el Lienzo, cuya historia es algo que me maravilla, al igual que las imágenes.

Se hizo en 1550. Yo ya tenía previamente investigación y entre más me adentraba en el tema, más cosas iba descubriendo. Yo amo Tlaxcala y hoy día considero que este es mi legado más grande que dejo para el Estado.

Con esa intuición tan mía, percibí la importancia de realizar esta nueva edición del Lienzo, me propuse a mí misma que tenía que dejar esto para Tlaxcala.

Esto no es algo solo dicho por mí, sino por los investigadores más importantes que ayudaron en la publicación de este, como fue Federico Navarrete, quien menciona que esta es la edición más completa que se ha hecho desde el siglo XIX a la fecha, porque tiene las dos versiones: la más antigua, que es del siglo XVII, de Juan Manuel Yllanes del Huerto, y la de Alfredo Chavero.

Como yo había estudiado previamente la versión de Chavero, me di cuenta que si ponía la de él, en esta nueva edición, se complementaría aún más la investigación. Conseguí entonces el presupuesto necesario para que aparecieran las dos versiones. Este libro es de suma importancia histórica, Navarrete ya lo decía: “Lo más importante para conocer el proceso de Conquista está en el Lienzo de Tlaxcala”.

El proceso de edición comenzó con un acercamiento al Dr. Miguel León-Portilla y llegar a acuerdos. Cuando él me dice que seré la encargada de editar la versión del siglo XVIII, que es poco conocida, debido a que no se había comple­tado, me propuse no solo describir las láminas, sino hacer el Lienzo de Tlaxcala en su historia y contexto.

A partir de ahí es cuando hago todo el contenido, me encargo de revisar qué necesito y a qué espe­cialistas debo invitar para abordar los temas que me interesaba resaltar. Así fue como empiezo a invitar a investigadores y especialistas, como Jaime Cuadriello.

Ahora que veo todo lo que realicé, pienso que esto es mágico, porque sin conocerme los especialistas confiaron en mí. Me costó mucho trabajo, pero lo logré.

Cada especialista fue invitado de manera muy formal, a través de una carta redactada y firmada por la Secretaría Educación Pública del Estado, a cargo en ese entonces, del Dr. Tomás Munive.

Fue maravilloso trabajar con el equipo del doctor, sobre todo con su asesor, Martín Hernández, un señor muy culto, con quién percibí que ambos compartíamos el mismo tipo de intuición, porque él fue capaz de darse cuenta de la importancia que tenía trabajar en este texto. Mucho de este libro se lo debo a él. Si hubiera más servidores públicos como este hombre, México sería otra cosa.

—¿Cómo se llamaría la obra sobre la vida de Guadalupe Alemán?

—Yo la llamaría Pasión, porque en­caro la vida con pasión. Le pongo alma, espíritu y magia a todo lo que hago. Sería también una obra, en ese ambiente rulfiano que tanto me gusta. Así sería mi obra de vida.

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