Justina Rosete Meléndez

Cargo: Propietaria de la empresa
Instalaciones Pecuarias
en Investigaciones en
Desarrollo
Estudios: secundaria abierta
para adultos
Estado civil: casada
Edad: 57 años
Hijos: dos hijos.

Originaria de San Pedro Tlalcuapan, Chiautem­pan, es una mujer que desde muy corta edad conoció el significado del esfuerzo. Su adolescencia fue marcada por el trabajo, cambiar de lugar de residencia y separarse de su familia.

El amor de pareja ha sido una ben­dición recurrente. Estados Unidos fue durante 19 años un continúo hallazgo de trabajo y un espacio de vida familiar.

Regresar a México representó una alegría para Justina Rosete Meléndez, para quien el mayor reto es salir adelante con sus hijos y ayudar al prójimo.

—¿Cómo se siente donde está ahora?

—Muy bien, porque hemos avanzado bastante desde que empezamos.

—¿Qué extraña de su niñez?

—En sí no extraño nada. Casi no tuve niñez. Cuando me fui de mi casa tenía 12 años de edad y empe­cé a trabajar en México. Me moví con una madrina que me apoyó a desarrollar mi porvenir; cuidaba a su niño, porque mis padres no tenían recursos para mandarme a la escuela y nada más terminé la primaria. Después de un año regresé, pero llegó una prima del pueblo que quería ayuda para su hija que estaba bebita y me fui a Tijuana. Trabajé cuidando a la niña desde mis 14 hasta los 19 años, cuando me casé y me fui para Estados Unidos con mi esposo, que ya es finadito.

Viví en las montañas. Entré a trabajar en una fábrica de nombre “Gokos Engineer”; ahí trabajé du­rante diecinueve años. Tuve a mis hijos: Richard Anthony Howard y Melissa Howard. Me divorcié y crie a mis hijos por una tempora­da. Conocí a mi esposo Salvador y hace un poquito más de diez años regresamos a México.

—¿Ha sido difícil ser mujer?

—Sí. Desde chiquilla me fui de mi pueblo y en vez de jugar con muñecas, jugaba con los niños. No tuve una niñez normal. Mi niñez era cuidar niños.

—¿Cómo la ha acompañado la violencia, si es que la ha padecido?

—Gracias a Dios la violencia no ha pasado ni con mis padres, ni con mis esposos.

—¿Cómo mujer cuál ha sido el mayor reto en su vida?

—Mi reto como mujer [ha sido] salir adelante con los hijos y ayudar al prójimo. Una mujer en la teoría de las personas dice que no se puede valer mucho por ser mujer; yo afirmo

lo contrario: una mujer puede hacer cualquier cosa si se lo propone. No estar esperanzada al marido o a los padres, tiene que buscar la forma adecuada para seguir adelante.

—¿Quiénes han sido sus aliadas o aliados en este camino de su vida?

—Amistades y yo misma. Yo tomé la decisión de seguir adelante desde que era chiquilla, de no juntarme con gente que tuviera malos pasos. Encontré buenas amigas, seguí sus consejos. Y me ponía en mente: “Si voy a tener hijos, tienen que ser responsables de sí mismos como yo, no andar en malos pasos y alejarse de aquellos que quieran llevarlos por el mal camino”.

—¿Cree usted que la situación ha cambiado para las mujeres?

—Sí y no. Hay mujeres que se dejan llevar por la familia o los esposos, y hay mujeres que son luchadoras y que hacen el esfuerzo de salir adelante y no dejarse influenciar.

—¿Desde su empresa cómo contri­buye para que las mujeres tengan igualdad?

—Mi empresa, este mérito no lo siento mío nada más o de mi fami­lia o con los compañeros que están trabajando aquí con nosotros. Este mérito lo siento como parte del pueblo.

—¿Cuál cree usted que sea la mayor virtud de las mujeres?

—Para mí sería disfrutar la vida que ellas quieren. A veces dicen que el dinero es lo que cuenta más, pero no; lo que cuenta es la felicidad y cómo se sienta una mujer.

—¿Cuál cree usted que sea un de­fecto como mujeres?

—Los defectos todos los tenemos. Toda clase de mujer o ser humano lo tiene. Por ejemplo, yo no soy alta y no puedo alcanzar algunas cosas. ¡Tengo bancos, lo puedo alcanzar! Los defectos no impiden hacer lo que uno quiera.

—¿Nos puede platicar de su empresa?

—A lo que más me dedico es a que las puercas tengan lechones sanos para poder ofrecerlos al público, que el cliente que los compre se lleve una buena producción de animalitos. Vendemos aves, patitos, guajolotes. Los vendemos cuando ya están grandes y sanitos. Las totolas, que son las damas de los guajolotes, las usamos para incubar y tener totolitos chiquitos. El totol se vende mucho; todos los totolitos que tenemos ya casi todos están vendidos.

Personalmente me dedico a buscar los clientes para toda clase de animal que vendo. Por ejemplo, ahorita la puerca que va a parir en estos días, el cliente ya me llamó y quiere toda la camada.

—Hace poco recibió un reconoci­miento por la actividad desarrollada en su empresa, qué representó esto para usted?

—Fue un orgullo grande. Fue a nivel estatal. Desde que empezamos a ser productores nos han invitado a estos eventos y siempre he visto premiar a ganaderos hombres. Cuando me dijeron que era la primera mujer que había ganado un premio me sentí tan orgullosa. Dije: “Si nosotros lo hemos logrado, cualquier mujer lo puede lograr”. Así es que sea hom­bre o mujer, ¡que le eche ganas para poder ganar no necesariamente un trofeo, pero algo en su vida que está propuesta o propuesto a ganar!

Recibimos este reconocimiento porque vamos usando todo reciclado. Tenemos el biodigestor, tenemos los paneles solares. Los excrementos de los puercos y de las aves no los desechamos en algún lugar, sino que los desechamos en el biodigestor; las aves tienen sus propias jaulas que no son contaminación. Todo eso viene siendo protección al medio ambiente.

—¿Se arrepiente de haber regresado a México?

—Estoy tan contenta de haber re­gresado porque tengo a mi mamá y estamos juntas. No vive conmigo, vive en su propia casa, pero nos vemos seguidito; ella vive al lado.

También estoy contenta porque aquí se dice que las personas que se van de este pueblo ya no quieren regresar y nuestro entusiasmo fue regresar y hacer una diferencia, no tanto para mí o para mi familia sola, sino también para el pueblo en sí. Somos los primeros que hemos regresado y los primeros que hemos avanzado en nuestra granja y la primera que ha ganado un mérito.

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