La tauromaquia desde una mirada religiosa (O el arte de sobrevivir enfrentando miedos)

Una nueva experiencia
Ese nuevo rumbo iba a representar un cambio definitivo en la vida de Rojas Bretón: “Salí de El Carmen muy pequeño, para entrar al seminario de la Y griega. Allí estudié la secundaria, la preparatoria y después los estudios propiamente eclesiásticos. Fueron tres años de filosofía y cuatro de teología. Terminé e hice dos años de servicio: uno en San Lucas Tecopilco, aquí en Tlaxcala, y luego un año en el Seminario Menor de Tula, Hidalgo. En la Catedral me ordenaron sacerdote, un 27 de mayo de 1988.
“Después de un año regresé a Tlaxcala y me hicieron párroco en San Lucas Tecopilco y profesor de seminario. Más tarde estuve encargado del Seminario Menor en Tlaxcala; posteriormente, en dos años hice la licenciatura en Filosofía, en Roma, Italia. Regresé y he tenido varios servicios diocesanos.
“Recientemente hice los estudios en una licenciatura en derecho; antes había hecho un diplomado en la Ibero en Dirección de Personal. Siempre he estado muy ligado a temas formativos, que siempre me han gustado, no solamente los temas eclesiásticos o de relaciones públicas, sino sobre todo la formación, que yo creo que es algo fundamental”.
—¿En qué momento decide dedicarse a esta carrera?
—Nosotros tenemos una relación muy cercana, desde pequeños, con mis vecinos. Estábamos a dos cuadras de la parroquia. A ellos los invitan para ser monaguillos y ellos me invitan a mí. Éramos un grupo de monaguillos grande, en un pueblo pequeño. Ir a la iglesia era algo tradicional para todos. De hecho, los domingos íbamos a misa con todas las familias y convivíamos siempre. Esto es realmente algo interesante.
Éramos el grupo de monaguillos, vamos a la iglesia, convivíamos. Ahí pasó algo interesante. Un amigo con el que estuvimos todo el tiempo de la primaria tenía un tío sacerdote. Él se ordena y hace su cantamisa allá en el pueblo. Yo también tenía un tío que estaba en el Seminario, pero realmente no tenía mucha cercanía ni nos conocíamos mucho, aunque estábamos muy unidos, pero tú de niño vives tu infancia, como todos.
Terminando el sexto de primaria, el amigo aquel me dice: “Me voy a ir al Seminario”. ¿Cuáles eran sus motivaciones? La verdad no lo sé. Yo, que había estado con él casi, casi en el jardín de niños, luego en la primaria, me dije: “Ah, pues yo también me voy para el Seminario”. Les digo a mis papás, ya era fuera de tiempo, pero todavía logramos, o lograron más bien, que entrara. Vivo en preseminario, me gustó mucho y dije: “Pues creo que esto me gusta”.

¿Qué me gustó del seminario? Del seminario me gustó que se jugaba fútbol. De niños éramos futbolistas, nos gustaba mucho. Fútbol, e l juego, la diversión, el ambiente; todo eso se vivió. Y eso creo que fue lo que me fue cautivando.
Yo no puedo decir que hubo un momento de llamado. No. Fue algo natural. Cuando termino la prepa, donde es un ejercicio de discernimiento, voy a seguir o me salgo. Yo tenía ganas de estudiar agronomía en Chapingo. Dije: “Ah, se me hace que me gusta esto”. En un momento dado lo estuve pensando, después decidí continuar y ahí pasó. Empecé mis estudios de filosofía; terminando el tiempo de filosofía, en el seminario también hubo un momento de discernimiento, si seguir o salir.
También pensé salir y terminar la carrera de filosofía afuera. Pero también fueron momentos después y dije: “A ver, esto me gusta, esto es lo que yo quiero”. Y es cuando decido continuar en el seminario. Fueron dos momentos de discernimiento, pero fue un camino muy natural.
El seminario fue una experiencia muy padre, de deporte, de estudio, de convivencia. Uno va conociendo las realidades de lo que es el sacerdocio, y eso me fue llenando de a poco. Es lo que me hace decidir continuar en mi vida sacerdotal. Creo que en ese momento fue una buena decisión, que he mantenido como algo grato para mi vida. A veces yo le pienso vislumbrarme en otro ámbito de vida y no le encuentro. Cómo hubiera vivido mi vida en matrimonio, pero no; como nunca hubo ese detalle de pensármela, sino siempre fue el sacerdocio.
—¿Cómo acompañó su familia esta decisión?
—Mi familia al principio no quería, porque no es fácil para alguien desprenderse siendo chico, y al paso del tiempo, fueron ellos también siempre con un respeto. A mí lo que siempre me sorprendió fue que mi papá me dijo: “No me gustaría que entraras y no me gustaría que fueses sacerdote, pero si tú decides, te voy a apoyar, te voy a acompañar y lo que tú decidas”.
Cuando eso te lo dicen desde pequeño, eso es fundamental, y yo creo que eso marcó mucho mi vida en relación con mi papá, con mi mamá. Mi mamá siempre de labor callada y lo que tú gustes. Nunca influyeron ni para bien ni para mal. Mi papá sí fue claro en decir que no le gustaba, pero reconocía que era mi decisión, y me recalcó: “Voy a apoyar tus decisiones”, y siempre las apoyaron.
Para mí eso fue algo grato, que guardo mucho en memoria con mi padre, con mi mamá, de decir: “Acompaño la decisión de mi hijo desde pequeño”. Estoy hablando de alguien que tenía 11 años. Y después, en el camino, diciéndome: “Piénsalo bien. Si tú decides, adelante”. Previo a la ordenación, mi papá habló conmigo y me dijo: “¿Ya le pensaste bien? ¿Esto es lo que quieres? Tú sabes que puedes hacer otra cosa. Yo te apoyo”. Él casi con esa idea de que siempre me dijo: “No me gustaría, pero bueno”. Le dije: “Papá, ya lo decidí”. “Estoy contigo”.
Esa fue una labor muy de acompañamiento, que creo que me sigue fortaleciendo: saber que hay un respeto, pero un acompañamiento y un apoyo, que hasta la fecha lo mantengo.
La vida fuera de Tlaxcala
—Después de haber salido del estado para seguir su preparación, ¿era su anhelo regresar a Tlaxcala?
—Más bien no era mi anhelo salir. En realidad, yo siempre me quise quedar en Tlaxcala, pero hubo un momento en que el señor obispo, don Luis Munive, recibió petición de apoyo de otro compañero obispo tlaxcalteca, José Trinidad Medel, originario de Santa Cruz Aquiahuac, que lo hicieron obispo en Tula, una comunidad muy pequeña, por lo que pidió apoyo.
Don Luis Munive me dijo: “Oye, sabes qué, me está pidiendo don Trino. Te doy el diaconado, pero si te vas un año a apoyar en Tula”. Respondí: “Sí, con todo gusto”, y fui con mucho gusto. Yo no conocía Tula. Estuve un año; previo al presbiterado, hay un año de diaconado que vivo. Solicito la ordenación y regresar, pero me piden que me quede otro año. Por eso me quedé dos años en Tula, pero siempre queriendo regresar.
Para mí, Tula fue una experiencia que me marcó mucho, porque éramos sacerdotes de distintas partes del mundo: alemanes, italianos, españoles, irlandeses; religiosas colombianas, ecuatorianas, algunas mexicanas. Solamente había dos sacerdotes de Tula y de lo que es Hidalgo, los demás éramos del Estado de México, Guanajuato, Michoacán y de Tlaxcala éramos dos. Fue una riqueza muy, muy especial que me abrió mucho el espacio de lo que es el mundo.
Cuando regreso, curiosamente uno tiene el deseo de sacerdocio y pasan años de vicario. A un año de ordenado me hicieron párroco y profesor de seminario; para mí fue un golpazo, porque tienes un año de ordenación, es decir, vas sabiendo casi nada. No había estado en ninguna parroquia y de pronto ya eres párroco y profesor de Seminario Mayor. Yo digo que a mí me crecieron muy rápido en responsabilidades y compromisos.
Pasa casi un curso escolar y me piden que me haga cargo como vicerrector del Seminario Menor; tenía a mi cargo otros tres o cuatro sacerdotes y yo tenía apenas un año y medio o dos años de ordenado. Para mí fue un momento especial de exigencia, pero bonito. Cuando don Luis Munive ya estaba enfermo y llega un obispo, don Jacinto Guerrero, él como obispo me pide a un año de llegar, que vaya a hacer mis estudios superiores. Él quería que estudiara psicología, pero en Roma psicología eran más años. Me dijo que me necesitaba aquí pronto y me pide filosofía, que siempre me ha gustado.
Fui, saco la licenciatura en la Universidad Gregoriana y regreso inmediatamente. Me pide que sea vicerrector del Seminario Mayor y empiezo con labor. En todos los años que llevo, voy a cumplir 36 de sacerdocio, nunca he sido vicario; siempre he tenido cargos y responsabilidades, diría yo, con mucha exigencia y eso fortalece y hace madurar.
—Esos 36 años fue a partir de que se ordenó en 1988.
—Del 88 para acá. Llevo ya 35 años y voy a cumplir 36, primero Dios en mayo, y han sido en este tipo de servicios, casi siempre ligados a temas de formación, administración y en servicio, digamos, de mayor exigencia en la diócesis.
Una suma de vivencias
—Su estancia en Tula le ayudó a tener una perspectiva más amplia. Usted ahora es colaborador en medios de comunicación y también le gusta la fiesta brava. ¿Aquella experiencia le ayudó?
—Fue sumando, porque cuando llegué a estudiar en Roma, viví en el Colegio Mexicano, donde había cerca de 100 sacerdotes mexicanos. Vamos a universidades a estudiar diferentes materias, y eso nos da una visión un poco más amplia. Luego esta estancia en Tula me dio cercanía con algunos amigos alemanes y una temporada la paso en Alemania. Eso da otra visión.
Cuando regreso y empiezo a colaborar en el Seminario Mayor como vicerrector, a don Jacinto Guerrero le dan una encomienda de una Comisión Nacional en el Episcopado, y me pide que le ayude como secretario Ejecutivo Nacional. Colaboré en el Episcopado Mexicano nueve años. Obviamente da una apertura más de iglesia, colaborando con los cardenales, arzobispos. Todo ese tiempo, más aquí en Tlaxcala, el señor obispo, como estaba viviendo en la casa donde estaba enfermo don Luis Munive, encargado de Formación Permanente, me empieza a pedir que le ayude en representaciones.
“Hay una entrevista en tal periódico, por favor, ¿puedes atenderla? Hoy hay una entrevista en la televisión”. Empiezo a ocupar esos espacios de representación de él en medios y esto es lo que me hace crecer desde el 98, participando en distintos medios.
Algunos amigos me invitaron después, en algunos momentos, a tener mayor participación directa. Esto de pronto te va llevando en un camino, te va exigiendo formación, sin duda. Te va exigiendo actualidad. Tienes que estar al día en todos los temas de noticias, de información, que va surgiendo. Eso fue haciendo que naturalmente tomara la representación de la Diócesis en los medios y luego empiezas a pisar varios espacios que no son propios de Iglesia: empresarios, ambiente de cultura, ambiente de deportes, ambiente taurino; también ambiente universitario.
Todos esos ámbitos, que normalmente no son los nuestros, los de la Iglesia, pero que de pronto empiezan a aparecer. Empiezo a tener relaciones públicas con el gobierno estatal, con el gobierno federal. Todo eso te va llevando de la mano y yo creo que va generando lo que actualmente voy siendo en esos espacios.
El contacto con la fiesta brava


—Esta parte es la que nos da pauta a entrar de lleno al libro que escribió. A mí me gustaría preguntarle si recuerda cuándo fue su primer encuentro con la fiesta brava.
—Yo creo que desde muy pequeño, como todos. De cuando en cuando sueñas y juegas a torear. Cuando empieza la televisión, pasaban también corridas. Unas las veía por televisión y uno desde niño juega en el campo y tiene a veces algunos animales que tienen algunos amigos. Íbamos a torear, pero con los animales de casa, a veces con el borrego, con el chivo, con una vaca. Empiezas a tener ese asunto, pero con la fiesta, curiosamente ya es como con todo, diríamos como a todo tlaxcalteca, ya cuando vas creciendo y una que otra corrida, como aficionado.
Cuando empiezo a meterme al interior de la fiesta brava, ya era párroco en Huamantla y empiezo a participar en la “Noche que nadie duerme”. Fue un asunto interesante, porque llego como párroco, invitan al obispo don Francisco Moreno a acompañar la procesión en la “Noche que nadie duerme”; yo también lo acompaño, pero voy a barrera y desde ahí veo esa ceremonia.
Esa ceremonia me permite conocer a periodistas taurinos, empresarios, matadores, novilleros, subalternos, picadores; de pronto vas entrando en un mundo que es muy apasionante y empecé a conocer cosas que sabía por teoría, que había mucha analogía con la fiesta brava. Empiezo a conocer eso, a comprobar que efectivamente hay mucho. Y empiezo a aportar. Eso me hace que tenga puertas abiertas para hablar de la fiesta brava, por los conocimientos de historia, de arte, de religión, de filosofía, de teología, incluso teología prehispánica, y empezar a ayudar a la gente de la fiesta a entender por qué se hacían muchas cosas, cuál era el sentido.
Eso creo que me permitió entrar con mucho dinamismo a la fiesta y poco a poco ir siendo referente, conocer amigos, acompañarlos ya como sacerdote, porque no faltaba, como ha pasado en medios, que requieren una bendición, una guía espiritual, un consejo y de pronto empiezas a acompañar a un ámbito tan importante como es la fiesta brava y eso hace que me reciban como un sacerdote metido en la fiesta brava.
La muerte sagrada del toro de lidia
—¿Cómo surgió la inquietud de escribir un libro?
—Yo creo que había algo pendiente. Los que nos dedicamos a la filosofía siempre queremos aportar algo en cuestión de conocimientos, en cuestión de ética. Hay algunas obras de referencia, como Aristóteles que le escribe una ética a su hijo Nicómaco; Epicuro, que le escribe una carta sobre la felicidad a su hijo Meneceo; recientemente, Fernando Savater escribe Ética para Amador, su hijo. Yo me dije: “El ambiente taurino nos tiene que dar una enseñanza”.
Escogí un momento, solo un momento, que era el momento de muerte del toro bravo, para que de ahí pudiésemos sacar enseñanzas éticas para la vida, la resiliencia, el silencio, la finalidad del vivir. Yo siempre digo: “Si vives debe ser para algo, y tiene que ser para algo bueno. Si mueres, tienes que ganarte una buena muerte”.
Escogí ese momento para escribir cosas que ayudaran a quien leyera ese libro y de pronto viera no al toro, sino viera un espejo y viera su propia vida, y pudiera sacar algunos aportes, algunas ideas para vivir, para convivir. Incluso creo que es un libro, que es una defensa de la misma fiesta brava, pero explicada desde la propuesta etimológica, sacramental e incluso la misma expresión, del medio ambiente. Todo eso que de pronto no aparece bien explicado y que quien lo lea, va a encontrar el sentido de la vida y también el sentido de la muerte.
—¿Sirve de algo la tauromaquia?

—Actualmente, si uno va al sentido y a la profundidad, sí, de muchas cosas. ¿Yo qué le he encontrado a la tauromaquia? Primero que nada, una actualidad: el hombre siempre necesita autoafirmarse, y se autoafirma en su personalidad siempre frente a otros. Así lo ha hecho permanentemente.
El hombre, en su proceso de hominización, es decir, cuando el hombre llega a ser hombre, pasa por varias etapas. Estoy convencido de que una de las etapas que enfrenta es el dominio, esto es, convive con otros. No olvidemos que el hombre comienza a ser perseguido, a ser depredado.
El hombre comienza su vida, siendo recolector, va recolectando lo que puede comer. Se oye feo, pero comía lo que le dejan los grandes animales; por tanto, es carroñero: come lo que le dejan. No tiene dientes para romper pieles, para romper nada. Va siguiendo a los grandes animales y los desechos, eso es lo que va comiendo. Y si se descuida, se lo comen. En un momento dado tiene que enfrentar sus miedos y a seres más fuertes, más ágiles, más rápidos, pero menos inteligentes.
Tiene que hacer un ejercicio de inteligencia y es el primer tercio, cuando tiene que enfrentar a un animal más veloz, más fuerte, pero con su inteligencia. Por eso se llama “meter en el engaño”, pues se llama torear.
Tiene que sobrevivir. Actualmente, el hombre tiene otros elementos que ponen en riesgo su vida y que tiene que enfrentarlos. La tauromaquia es el arte de sobrevivir enfrentando miedos. Por qué están los miedos. Los tiene que enfrentar con recursos muy pobres, como un trapo. Es una gran enseñanza y luego te va enseñando también mucho sobre el respeto a la vida, porque la pones en riesgo y tienes que salir avante.
Para eso tienes que utilizar muchos recursos que te da el conocimiento, el respeto al animal, para que puedas salir adelante y salir vivo, y eso también en la vida lo es. Enfrentas retos grandes y, claro, no necesariamente es la vida y muerte, pero también es la vida para ir a mejor. Cada elemento de tauromaquia puede ser una gran enseñanza y por eso es apasionante.
La majestad astada
—¿Quién es el actor principal en la corrida, el toro o el torero?

—El principal es el toro, por eso vamos a los toros y es corrida de toros. Pero lo hermoso de esto es que cuando se logran sincronizar toro y torero, hacen una actuación que emociona. Hay gente que dice que vamos a ver a los toros morir. No, no. No vamos a ver a los toros morir ni al torero morir. Vamos a emocionarnos, y cuando el toro hace lo que hace y emociona, y el torero también lo enfrenta y hace también y expone todo, entonces la emoción es al máximo.
Por ejemplo, hoy uno ve a toreros que con su distinto toreo emocionan. Pensemos en José Tomás, que es una figuronona. Hoy, Andrés Roca Rey, que está haciendo pases y faenas muy, muy, muy cercanas al toro. Cuando se logran conjuntar, y el toro y el torero están a la par, es algo fabuloso. Cuando a veces el torero está por encima del toro, es cuando se le llama un torero de poder.
O a veces el toro, debemos reconocer, está muy por encima del torero y uno dice: “Le falta torero al toro”. Pero cuando se logra esa sincronización o esa sintonía, podemos ver cómo el toro hace lo suyo, y yo digo, a veces el toro es el que logra sacarle jugo al torero, y a veces el torero logra sacarle jugo al toro. De ese modo se convierten en actores principales y por eso al toro se le reconoce, a veces con el arrastre lento, a veces incluso con el indulto o al mismo torero con una oreja, con dos orejas o con orejas y rabo, o con el derecho de indultar a un toro. Viene una armonía, pero el actor principal siempre será el toro bravo.
—En la cotidianidad, qué tendríamos que hacer de la fiesta brava.
—Hay mucho por hacer en la fiesta, muchas cosas que tienen que actualizarse. Algunos incluso tienen que irse corrigiendo. La fiesta es muy larga. Tiene que buscarse acortarla y buscar la forma de que se agilice. A veces el torero falla o excede; tiene que corregirse también eso y buscar la forma de que, si se tira a matar, vaya a una o dos oportunidades, y no más; hay que eliminar esos descabellos públicos. Todo eso que tiene que hacerlo y además tiene que irse haciendo más barata para que sea más accesible a la gente.
Sí hay mucho por hacer; en lo ordinario de la fiesta hay mucho por corregir, en los reglamentos, en los instrumentos, los tipos de puntilla. En fin, creo que es un trabajo que los más especializados en ello tendrán que ir corrigiendo.
—¿Qué es majestad?
—Majestad viene de maiestas, (este término latino se compone de dos elementos léxicos en latín: el adjetivo “magis”, que es sinónimo de “grande”, y el sufijo -tad”, que se utiliza para indicar cualidad. Nota del editor); de ahí viene el maestro, el magis, el que enseña, porque está arriba. Cuando se dice “Su majestad, el toro”, se le reconoce que es, de los animales, el único que tiene nobleza, trapío; que va, humilla, ataca. No queda más que reconocerle todo. Cuando uno ve a un animal que va, y que tiene esa nobleza, y que sigue y que sigue, no puede uno más que agacharse, reconocer y decir: “Caray, yo quisiera ser como este animal”. Ir al máximo, al máximo, ser el magis, el que enseña, el máximo. Por eso se le llama su majestad.


Trascendencia en el ruedo
—¿Qué momento de una corrida es más sublime para usted?
—Hay momentos. Es que, en la corrida, un solo pase, uno solo, puede hacer las cosas sublimes. Un 7 de enero fue para el Pana el momento de resurrección con un trincherazo, un trincherazo que provocó el alarido del público. Me ha tocado ver corridas de poder y algunas que de verdad te brotan lágrimas, porque dices: “No puedo estar viendo esto”. Te quedas y dices: “Ese pase que le da el torero con el capote al toro y que va acompañando y va uno viendo la nobleza, es sublime”.
También ha habido momentos, especialmente de muerte, cuando el toro rehúsa el morir y lucha y se esfuerza. Me digo: “Esto que estoy viendo es una de las grandes enseñanzas. No puedo resignarme a morir sin luchar. Tengo que hacerlo”. Hay momentos de arte cuando ves a alguien poner un par de banderillas, estético y todo. Son momentos sublimes.
La corrida te puede presentar momentos sublimes al iniciar una faena o al terminar. Me tocó ver a un torero —me han tocado varios—, pero a uno concretamente, Ferrera, cuando el toro que lo había levantado y que logró finalmente darle muerte, paró, le estaban dando arrastre lento, paró, se hincó, besó al toro en la frente, se persignó, elevó los ojos al cielo y salió. Esa es una sublimidad tremenda. Lo vi a un metro y medio. Te hace reconocer que tiene elementos que puedes ver en muchos lados, pero que Dios te da la oportunidad de verlos ahí en ese momento. Hay otros. Por ejemplo, cuando he visto dedicatorias; recién vi una a Rafael Ortega hasta el cielo. Cómo el torero llega, se hinca, levanta los ojos, levanta la montera y cambia todo.
O como cuando algunos están esperando al toro, me ha tocado ver varios, en callejón. Se pone en la cara, en la montura, con una imagen que tienen ahí, estás viendo cómo ellos ya están en oración, en transformación y lo levanta. Par monumental de Zapata en la México; cuando lo ves salir y digo: “Matador, esa cara nunca la he visto”. “No sé qué pasó”. Son momentos sublimes. Hay muchísimos y uno tiene el privilegio de verlos.
Lecciones de vida a golpe de estocada
—¿Qué nos enseña un toro bravo en la corrida?

—Yo creo que podemos aprender mucho, muchísimo. Desde el hecho de su bravura y responder a su naturaleza, de ahí es donde viene el alabar a un toro. Cuando uno lo ve que sale, por ejemplo, en el momento de la pica, cuando va al caballo, y llega y choca. La reacción natural podría ser rehuirle y, sin embargo, el toro vuelve, y vuelve a embestir y embiste con más fuerza. Yo digo que esta es una primera enseñanza de resiliencia para nosotros.
Sientes el golpazo, contra una caída, contra un fracaso amoroso, por un fracaso económico, contra una caída física, contra una enfermedad. Contra todo eso puedes vivirla, pero qué vas a hacer. ¿Vas a enfrentarla o vas a rehuirla, como muchos lo han hecho actualmente en el suicidio? Porque vives un fracaso, mejor me quito la vida. Porque me pasó esto, mejor me quito. El toro nos enseña que no, que siente el golpazo y vuelve a ir y vuelve a ir. Es el único animal que ataca. Todos los demás atacan defendiéndose.
La primera reacción, huyen. El toro no, el toro ataca. Es uno que siempre va para adelante, y por eso cuando un toro va para atrás, le silban y lo mandan a corrales, porque va contra su naturaleza.
Yo he dicho que en el hombre tenemos que ir contra la naturaleza. Nuestra naturaleza no es para rehuir, nuestra naturaleza no es para estar en el suelo, nuestra naturaleza no es para dejarnos vencer. Esa no es nuestra naturaleza. El hombre en toda la historia siempre ha ido a más, siempre ha ido hacia arriba. Siempre ha luchado por vencer.
Vencer a la naturaleza, y por eso hace construcciones; vencer el aire, y por eso hace aviones; vencer el mar, y por eso hace submarinos. Siempre ha ido hacia adelante. Esa es la naturaleza del toro bravo, y esa es la gran enseñanza o una de las grandes enseñanzas que nos deja esa figura de un toro bravo.


Pitos a la tauromaquia
—¿Qué cree que haya originado que la fiesta brava en los últimos años sea tan criticada?

—Siempre ha sido criticada. Es un error, a veces, no ver la historia; en todas las etapas de la historia ha sido muy criticada. Hoy está siendo muy criticada, ¿pero aquí en Tlaxcala cuántos festejos se dan al año? Quiere decir que aún con toda la crítica, la fiesta sigue.
Hay momentos complicados, como estos amparos que se han dado y tiene que ver con muchos fenómenos. Estamos en un ambiente de lo que hoy se llama una cultura de cristal. Hay cosas que no queremos ver. No queremos ver el dolor, no queremos ver el sacrificio, no queremos ver la muerte. No las queremos ver y buscamos la forma de pintarlas de rosa y pintarlas de rosa para que no se vean, pero el hecho de que no las queramos ver, no quiere decir que no existen. El dolor, el sacrificio y la muerte están cada día más presentes. Hacemos muy mal queriendo no verlos.
Cuando ven eso, buscan en dónde hacerlo, como hoy se dice, viralizarlo y presentarlo. Decir: “Miren, están dando muerte a un toro”. Sí, es un toro, pero pierdes el contexto. Ve a un rastro y ve a cuántos están dándole muerte.
Dicen: “Están matando, están matando a un toro”. Sí, están dañando, sí. Ve todo el daño que se ha hecho, el daño ecológico. Yo digo que la gente que aparentemente quiere el bien del toro, en realidad no entiende que está queriendo la muerte, y la muerte, no de él, la muerte de una especie y la muerte de muchas especies.
Tlaxcala, gracias a estas ganaderías, a que el toro va a la plaza y va a morir en esos 20 minutos, gracias a eso, vive mucha gente, viven muchos animales, viven muchas especies vegetales, porque son protectores naturales. Aquí lo tenemos muy duro. Hay que ver las ganaderías y hay que ver La Malintzi, la deforestación, el daño. Ese no se ve en las ganaderías, gracias al cuidado del toro bravo, y esos minutos que muere.
Ahora, también ha habido esa cultura de humanizar. Queremos humanizar al animal, y tampoco está bien, por más que hoy tengas perritos, gatitos y los vistan, los acomoden; eso es humanizar. Bien, humanicemos al toro bravo y preguntémosle: “A ver, toro bravo, dónde quieres morir. No te puedo decir que no vas a morir, porque la muerte es natural, pero dónde y cómo quieres morir”.
Eso me hizo pensar en la figura de Tlahuicole, el guerrero tlaxcalteca, que apresado y luego de ayudar a los ejércitos mexicas en las conquistas, le dicen: “Tienes tu libertad, regresa a tu tierra”. Y él dice: “No, yo soy guerrero. Déjenme morir como guerrero”. ¿Cómo? En la piedra de los sacrificios. Y murió amarrado del pie y todavía mató a once guerreros águilas y leopardos, porque así quiere morir el guerrero.
Yo escuchaba al Pana, que murió precisamente después de una cornada, y decía: “Yo quiero morir en el ruedo”. Él me decía, éramos amigos: “Señor cura, a poco usted no quisiera morir celebrando misa”. Le dije: “Por el efecto con la gente, yo creo que no”. Pero qué bueno que se pueda hacer y morir en lo que uno quiere.
El toro bravo para eso se cría, porque el toro bravo es una especie (sic) que es brava, pero que comienza de hace siglos. Un producto se cría y se cría bravo para morir en el ruedo. Esa es la razón. No hay otra.
¿Por qué se ataca mucho a la fiesta brava? Pues porque se pierden de vista los sentidos, y se queda uno con la pura imagen muy, muy cercana, como esta: “Es que pobrecito animal, es que sufre”. Pues sí, pero su sufrimiento es natural; está en la misma naturaleza del ser vivo, no solamente del hombre, de todo ser vivo hay sufrimiento. ¿Cuál es la diferencia?, y esto es lo que no han entendido y se lo ha dicho desde la filosofía, una sola, y que se llama conciencia.
El toro muere, pero no sabe que muere, por eso va y ataca. El toro sufre, pero no sabe que sufre, a diferencia del hombre, que sabe que sufre, que sabe que muere e incluso le puede dar sentido a su sufrimiento y le puede dar sentido a su muerte. Cuántas madres no han ofrecido su sacrificio porque su hijo viva. Muchísimas. Y cuándo no han ofrecido un sacrificio de una noche en vela cuidando a su hijo enfermo. Están sufriendo, pero saben que sufren y le dan sentido a su sufrimiento, cosa que el toro no puede hacer.
Pasar el umbral
—¿Qué hay después de la muerte desde la vista eclesiástica?

—Yo le creo mucho a Jesús cuando dice: “En casa de mi padre hay muchas habitaciones. Voy a ir a preparar una para ustedes, y cuando esté preparada, vendré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén ustedes también”. Y yo digo: “Si está preparando una habitación para mí, la está personalizando, algo ergonómico, como decimos.
¿Qué tiene que haber? Tiene que haber unos buenos libros, tiene que haber buena música, tiene que haber un espacio de ejercicio, porque a mí me gusta hacer ejercicio. Tiene que haber la oportunidad de convivir con amigos; tiene que haber la oportunidad, en mi caso, pues de lo religioso y lo taurino, el disfrute.
Caminos misteriosos
—¿Qué es vivir al máximo?

—Vivir al máximo no significa vivir temerariamente, no significa vivir en extremos, sino vivir el día con día, disfrutándolo: disfrutando el que amaneces, disfrutando el que te vistes, disfrutando tu trabajo, disfrutando tu convivencia, dándote tiempo para tu realización, en tu estudio, en tu descanso, en tu convivencia. Eso es vivir al máximo, no desaprovechar.

Hay un término medieval, que se llama carpe diem. Aprovecha tu tiempo, aprovecha tu vida, aprovecha, es decir, que llegues a la noche a dormir y que esboces una sonrisa diciendo: “Valió la pena el día”. Eso es vivir al máxi­mo, no los extremos, no los excesos, no los vicios. Disfrutar al máximo, como cuando estás tomando una taza de café sabroso y con amigos, y que digas: “Esto es lo máximo”. Por eso se critica mucho un partido flojo. Pecho frío, se le llama.

—¿Y qué es para usted la muerte?

—La muerte, desde mi fe, es un paso. Mire, nosotros estamos hechos para vivir. Es decir, pasamos un tiempo de vida intrauterina en el vientre de nuestra madre y no rebasa más de nueve meses. Después salimos a este mundo y vamos a pasar un tiempo que no sabemos cuánto rebase; para algunos poco, para algunos mucho, pero vamos a salir. ¿Hacia dónde? Hacia otra vida, porque hay un deseo de inmortalidad que late en la persona, que trasciende y eso es algo fabuloso, saber que aquí no termina.

—¿Qué es morir con dignidad?

—Morir con dignidad es responder a la misma esencia de uno.

Como el mismo Jesucristo decía: “Nadie me quita la vida, yo la doy. Esa es mi dignidad. Yo estoy ofreciendo mi vida, yo estoy viviendo”. Yo tengo derecho a morir con esa misma digni­dad, como he vivido. Si me permite la realidad, como es una muerte digna, donde te sientas orgulloso de vivir, como te sientes orgulloso de morir, y te sientas también digno, respetado, entonces terminas siendo valorado.

Vida terrenal

—¿Puede un sacerdote tener caídas?

—Muchas. Tenemos chorros de caídas y caídas muy feas; algunas caídas morales, algunas caídas físicas, algunas caídas en ideales. De pronto hay momentos duros, difíciles, que puedes caer en depresión o ansiedad. En fin.

Somos humanos. Tenemos muchas limitaciones. ¿En dónde está la forta­leza? ¿De dónde sacamos fortaleza? Si a mí me preguntan cuáles son mis puntos de apoyo, que los tengo, el primero es mi familia, ellos me dan mi pastillita de Ubicatex y me dicen: “No, no, a ver. Eres hijo, eres hermano”. Esa es la primera. Segunda: tu ambiente de realidad de pueblo. Tercero: mi ambiente de sacerdocio, mis amigos sacerdotes; trato de convivir con varios de ellos, desayunar, comer, platicar.

Me siento muy afortunado, porque tengo buenos amigos en los medios de comunicación, en la política, con los empresarios, en la cultura. Plati­car con todos ellos me ayuda y en los momentos de caídas, siempre busco esos recursos. Me creo muy vulnerable y la riego frecuentemente, a veces en lo que digo, a veces en lo que hago y digo: “Necesito levantarme y busco esos apoyos”.

—¿Qué es un religioso profundamente?

—Por qué se llama profundamente religioso. Pues porque no te quedas en la orillita o en la superficialidad. Puedes tener una religiosidad de oración. Puedes tener una religio­sidad de imágenes. Esas son, sin duda, parte de la vida religiosa, pero profundamente religioso es que te metes a los sentidos.

Ojalá que todos fuésemos pro­fundamente religiosos, que vayamos más a fondo.

Religión es relación, etimológica­mente es “estar amarrado”, pero ese amarre tiene que ser profundo, como el lenguaje del amor. No solamente hay que amar, sino hay que amar con profundidad y que sepas que la persona que amas está correspon­diendo en esta relación. Es cuando tienes mayor satisfacción.

—¿Cree que hemos perdido la fe?

—No, hoy tenemos mucha fe. Mu­chísima. Si no tuviésemos fe, no viviríamos, porque nos queremos mutuamente. Tú subes a un autobús y crees que el que lo maneja sabe, y por eso te subes. Tú le crees, y por eso vives en pareja. Tú le crees a tus hijos, y por eso los acompañas. Tú le crees a tus amigos, y por eso le haces. Tú crees en tu equipo de trabajo, y por eso estás con ellos.

Que nos hace falta más vida religiosa, no. Nos hace falta a lo mejor mayor estudio de la fe, mayores convicciones de fe; mayor profundización en ella, para que la tengas más firme, para que puedas buscarle.

—¿Para qué le va a ayudar la carrera de derecho?

—Ya me está ayudando mucho. El confesionario es un espacio muy especial y en la oficina de Direc­ción de Personal te llegan casos de violencia contra la mujer y tienes que ayudarles a que se defiendan, a decirles cuáles organismos te ayudan y qué leyes te defienden. Te llegan casos de violencia infantil y tienes que ayudarles a los chiquillos a decir que tienen que levantar la voz y que hay espacios, que hay organismos, que hay leyes. Te llegan casos también de derecho civil, intestados, de pensión alimenticia y que tienes que decirles: “Pon la denuncia. Mira, te avala la ley. Tienes derecho a exigir”. Es una maravilla.

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