Las veredas de la memoria- José Hernández Castillo

Publicada mayo 2022 Edición 173

Con sus 95 años a cuestas, José Hernán­dez Castillo es un singular personaje de Huamantla. Mejor conocido como Cheché, forma parte de una familia que ha jugado un papel fundamental en aquella ciudad centenaria del oriente de Tlaxcala.

Cronista y presidente municipal, tuvo en sus manos la posibilidad de dejar un importante legado para sus paisanos, como nos narra en esta entrevista, en la que transitamos por las veredas de la memoria.

Él mismo es ahora la cabeza de un clan for­mado por seis hijos, siete nietos y siete bisnietos.

—Platíquenos de esta casa, ¿aquí nació?

—No, yo nací en la casa de mis padres, que está enfrente. Yo tenía dos años cuando nació mi hermano Alfonso. Él tenía un problema en su forma de caminar y esa fue la razón por la que me crie en esta casa, porque mi mamá les pidió a mis tías que la ayudaran con mi hermano

—¿En esta casa vivían sus abuelos?

—Acá vivió mi abuela, pero yo ya no la conocí. Mi abuelo era de la región de Tlaxco, de Tetla; él se llamaba Manuel Hernández Bocardo. Mi abuela María de la Luz Farfán llegó muy jovencita de Cádiz, España.

Aquí se casó con mi abuelo, en la hacienda Xalpatlahuaya, y ahí nació la mayor parte de la familia de mis tíos. Ya mi papá nació en la antigua calle del ratón, que hoy es la calle Abasolo, entre Juárez y Reforma; después adquirieron esta casa para las hermanas solteras, y fue cuando me pasé —¿Cuántas tías vivían aquí?

—Vivían siete hermanas.

—¿Cómo se llamaban?

—Una se llamaba Luz y era del primer ma­trimonio del abuelo; las demás eran María del Carmen, Rafaela, Conchita, María y Lupita. Mi tía María me ayudaba a formarme poco a poco, mientras mi hermano estaba un poco mejor

—¿Qué recuerda usted de sus tías?

—Era un grupo de mujeres muy activa. Creo que no recuerdo a nadie de ellas sentada; siempre tenían su quehacer.

—¿Qué hacían?

—Repartían entre ellas todo su quehacer. Cada semana le tocaba a una de ellas la coci­na, guisaba y alguna de ellas la ayudaba, pero todas tenían su especialidad. Por ejemplo, mi tía Carmen se dedicaba a bordar vestidos; mi abuela, cuando llegó de España, sabía ya el arte mudéjar del bordado en canutillo de oro y plata, para la virgen de Sanlúcar de Ba­rrameda, que era la patrona del pueblo donde ella nació y donde vivía.

Al llegar a la región de la hacienda Xal­patlahuaya, que dependía de Huamantla, se enteró que aquí se veneraba a la Virgen de la Caridad. Pidió que le permitieran hacer un vestido a la virgen y ella hizo su primer vestido en 1876. Coincide la fecha, porque es la fecha en la que el general Porfirio Díaz gana la batalla de Tehuacán; él tenía muchos simpatizantes de sus tropas que nacieron en Huamantla.

—¿Y usted qué estudió?

—Yo nada más estudié la secun­daria, no terminé el tercer año de secundaria. En ese tiempo tenía 17 años y fue cuando estalló la Segunda Guerra Mundial; todos los jóvenes que teníamos la edad debíamos de sortearnos para ir a hacer el servicio militar obligatorio.

Nos llevaban a todos los jóvenes que teníamos 17 años y entre 100 bo­las negras había una bola blanca, se revolvían [y cada uno de los jóvenes tenía que sacar una bola]. La mayor parte sacaba bola negra, por lo que se quedaban en su pueblo a aprender a utilizar las armas y la disciplina, pero los que sacaban una bola blanca tenían que irse al servicio activo al ejército.

A mí me tocó la suerte de sacar bola blanca y afortunadamente me tuve que ir al ejército. Yo fui el solda­do número 674062, comandante del tercer pelotón de la tercera compa­ñía, del segundo batallón del octavo regimiento de la tercera edición de infantería. Recuerdo el nombre de todos mis comandantes, claro que muchos de ellos ya fallecieron.

—¿Qué sintió usted en esta selección, no le dio miedo?

—No, yo nunca tuve miedo. Siempre tenía mi bandera y la izaba. En días de fiesta nacional izábamos nuestra bandera. Mi madre siempre nos in­culcó el respeto a la patria; mi padre, aunque era un herrero, siempre era respetuoso de los símbolos patrios.

En aquel tiempo no había jardi­nes de niños y mi tía Conchita, que era la que estaba con nosotros, nos enseñó a leer a mi hermano Alfonso y a mí, pero también a varios niños que venían a esta casa.

Nos enseñaba las letras y el respeto que debíamos que tener a los símbolos patrios; con ella aprendimos inicial­mente lo que significaba la bandera.

Cuando entramos a la escuela primaria, yo ya entré a segundo año, donde hoy se encuentra el Museo Taurino; ahí estaba la escuela primaria, muy cerquita. En ese entonces, los que aprendíamos a leer en esta casa, entrabamos a la escuela primaria y pasábamos directamente a segundo año. De ahí continuamos hasta la secundaria, que fue en ese tiempo cuando me apunté al servicio militar.

—¿Qué recuerda usted de esa época?

—Fue una de las épocas que más marcaron huella en mi vida, por la disciplina que así se aprende. Aunque no teníamos una escuela preparatoria específicamente ahí, pero ya continuábamos nuestra preparatoria sin haber terminado la secundaria. Nos enseñaban las raíces griegas y latinas, la geografía, la historia, sobre todo de los hechos patrios de México.

—¿Cuánto tiempo estuvo allá?

—Un año y dos meses, pero ese en el activo, pero luego fui siete años en la primera reserva, casi ocho años fui instructor militar. Los chicos que no salían a hacer el servicio militar obligatorio estaban en el servicio, pero en su pueblo, y cada uno en su población donde nació; a mí me tocó ser de los instructores en Huamantla.

Cuando regresé del ejército en 1946, me tocó ser instructor siete años en la primera reserva y tres años en la segunda reserva, ya cuando la guerra había terminado. A mí me tocó que el general Manuel Ávila Camacho, siendo presidente de la República, en el pueblo de Tepoztlán me pusiera una medalla de constancia y perseverancia.

—¿En sus primeros 10 años qué es lo que marcó su vida o qué es lo más importante de su primer año hasta sus 10 años edad?

—El primero fue en la escuela primaria y fue una de las cosas que marcó mi vida. Mi mamá fue presidenta de la cofradía de la Virgen de la Caridad y todo eso hacía que en nuestras casas se relacionaran con la religión.

—¿A qué edad se casó usted?

—Ya me casé grande, de 36 años.

—Digamos que entonces de los 20 a los 30 años, ¿qué recuerda usted como lo más representativo?

—Cuando regresé del ejér­cito tenía 19 años; regresé a trabajar en parte aquí, en el taller de la familia, pero me contrataron en la fábrica textil de Apizaquito, con don Ángel Solana; conocía a la familia Solana.

—¿Qué hacía usted ahí?

—Manejaba un torno, había fallecido el tornero que se hacía cargo de ahí y entonces don José Hernández Díaz era el líder de la CROM y me dijo que si yo quería hacerme cargo de esa máquina.

—¿Cuánto tiempo estuvo ahí?

—Estuve poco más de dos años. Yo fui presidente municipal del 89, 90 y 91, y me habían invitado más joven, siendo joven, cuando regresé del cuartel y regresé de mi trabajo de Apizaquito, me invitaron varios grupos del PAN y del PRI a que aceptara yo ser el presidente municipal, pero yo quería dedicarme más a mi trabajo, a la mecánica, porque en la política sé que a la larga se pierden amigos.

—¿Cuál fue su experiencia como presidente municipal?

—Cuando entré yo desconocía las campañas políticas; aunque sí había oído de ellas, nunca asistí a una. En el barrio de San Lucas no nos recibían, porque ya habían pedido a varios candidatos a presidente de la República, gobernadores, que les hicieran un puente para poder co­municar el barrio de San Lucas con la parte sur, para poder comunicarse con el centro de la ciudad y no se podía, porque había una barranca muy caudalosa, que era la barranca de San Lucas.

Esa barranca, cuando llovía, arras­traba árboles, animales y la gente ya no podía pasar. Yo, al ver que no nos recibían, tenía muchos amigos que trabajaban en San Lucas. Yo tenía amigos en todos lados y ranchos, entonces me conocían porque ellos incluso me ayudaban a meterme a los pozos a trabajar; el pozo más profundo que entré fue al Santa Ana Ríos, que tiene 135 metros de profundidad. Son cosas que se las platico porque me parecen asombrosas.

Yo por eso he conocido ranchos y amigos en cada hacienda y ranchos; teníamos 27 haciendas, y ellos me habían ayudado y cuando me invita­ron, me vino a invitar José Zamora, Antonio Sánchez Caballero, el doctor Salazar Lozano, Jorge Guerra, aquí en esta pieza.

Ellos querían que yo fuera presidente municipal y si yo no había aceptado de joven, menos de grande, pero me dijeron que me iban a ayudar a hacer lo que fuera necesario y les dije que si me iban ayudar, me ayudaran a hacer un puente en el barrio de San Lucas, en la barranca, y es lo que me pedían los de San Lucas, un puente, pero no nada más hicimos un puente, pudimos hacer nueve puentes del lado sur de San Lucas y tres puentes del libramiento del lado norte y uno con el apoyo del gobierno federal, de la SCT, pudimos hacer el libramiento que está del lado norte y del lado sur hicimos los nueve puentes, un puente en cada calle, cada calle de Huamantla que desemboca para la región de San Lucas tiene su puente.

Antes, los niños de la región de San Lucas no podían venir a la escuela de Huamantla, porque venían limpios de su casa y tenían que cruzar sobre piedras en las barrancas de aguas negras, y lógi­camente esa era la parte como un reto que yo pudiera urbanizar esa barranca.

Logramos urbanizar cuatro kilóme­tros, haciendo dos carriles, un canal en el centro con el apoyo y la asesoría de la Comisión Nacional del Agua, por supuesto del gobierno del estado, que presidía la licenciada Beatriz Paredes Rangel, y entonces, cuando vinieron los votos, saqué un poquito más del 93 por ciento. Lo del candidato del PAN se unió conmigo y también el del Frente Cardenista, como vio la ventaja, también se unió conmigo y por eso fue que pudimos entrar sin problemas políticos, sobre todo por el apoyo de la gobernadora Beatriz Paredes y también del presidente Carlos Salinas.

Los tres años que yo fui presidente pudimos invitar al presidente Carlos Salinas. Él vino en el 89 a recorrer los tapetes en las calles. Fuimos a invitarlo a Los Pinos, cuando él en la mañana estaba practicando su deporte y las tres ocasiones que fuimos, las tres ocasiones nos recibió, sobre todo por la intervención de la gobernadora Beatriz Paredes.

Tuvimos muchas amistades con los Solana, con muchas personas de México, sobre todo antes de que fuera presidente municipal, sufrimos la pérdida del Palacio Municipal y eso fue que me renombraran como el pre­sidente municipal de la reconstrucción del Palacio Municipal.

La destrucción del Palacio fue el 7 de noviembre de 1986, yo entré en el 89, pero en los años 86 y 87 ya había­mos terminado la reconstrucción del Palacio. Lo logramos hacer con ayuda de mucha gente, con la ayuda de la gobernadora, del presidente Salinas.

Así fue como me seleccionaron. La reconstrucción que el gobierno había presupuestado era de 300 millones y no­sotros la pudimos hacer con 108 millones. El palacio volvió a quedar tal y como era originalmente; todo con el apoyo del gobierno y la asesoría del INAH.

Se hacían rifas, eventos, y así poco a poco reunimos los 108 millones que costó la reconstrucción del palacio sin amueblar y anteriores presidentes también ayudaron con hacer el palacio.

—¿Y a partir de qué año es usted cronista de Huamantla?

—A partir de la muerte de don Gabriel Lima Cerón; él fue el segundo cro­nista de la época moderna, el primer cronista fue José García Sánchez, que lo que yo podía darle información, él venía a mi casa y yo con todo gusto bajaba mis libros y él tomaba apuntes de mi papá, mis abuelos y mis tíos, porque mi papa fue síndico y varios de ellos fueron regidores.

Tengo los nombramientos de mi papá como juez de plaza de toros, firmados por los alcaldes de ese tiempo. Ellos eran aficionados de la fiesta brava y eso hacía que aquí se vinieran a vestir los matadores porque en ese tiempo no había hoteles. La casa del juez se las ofrecía; aquí se vestían.

Cada que terminaban sus corridas aquí venían a tomar sus alimentos. Hoy ya no se van a vestir, porque hay hoteles que rodean la plaza de toros, entonces ellos rentan ahí.

—¿Cuántos años es usted cronista?

—En ese año que me nombraron a mí, Huamantla cumplió 450 años. En aquel viaje que nos invitó Miguel Corona en el 84, pero en ese mismo año el cabildo que me nombró como cronista, invitaron al presidente de la Madrid. Él vino a firmar aquí en Huamantla, en la Casa de la Cul­tura. Yo le pasé el documento que declara a Huamantla como zona de monumentos, y ya de ahí yo estaba como cronista, pero no me habían dado el nombramiento.

Cristóbal Sánchez no me lo entregó, porque quería que me lo entregara el licenciado Tulio, que era gobernador, y pensó siempre en esa fecha el 18 de octubre, pero como no vino el presi­dente, sino hasta el 25 de octubre y nos invitaron a varios que habíamos colaborado en cosas de Huamantla y me habían dicho que él me iba a entregar el nombramiento y ya me lo entregó el presidente de la Madrid, junto con las firmas de varios regidores y del presidente municipal. Obvio que cuando fui presidente municipal dejé de ser cronista.

—¿Qué representa para usted ser cronista?

—Más que nada es un honor que a un ciudadano común y corriente, sobre todo en mi caso, que no tengo ninguna carrera, yo soy mecánico y desde luego, pues tengo los libros que adquirí de mi familia.

Sobre todo, tuve la oportunidad de rescatar el archivo de la ciudad y al muy poco tiempo, antes de que quemaran el Palacio Municipal, el archivo se en­contraba en el segundo departamento en el Palacio Municipal, ahí estaba el archivo por más de 100 años.

Yo le pedí permiso al presidente, que era Cristóbal Sánchez, para sacar el archivo para un lugar más seguro. Ya estaban destruidos sus documen­tos, porque habían pasado muchos años, porque nadie había puesto los archivos en su lugar y me dio permiso de que pasara el archivo a la Casa de la Cultura, igual con el permiso del licenciado Tulio, que en ese entonces era gobernador del estado.

Al poco tiempo se destruye el lugar donde estaba el archivo. Su­cedió como una coincidencia que si no pasábamos el archivo a la Casa de la Cultura se hubiese perdido y no tuviéramos ningún documento en el archivo de Huamantla, que es uno de los documentos más importantes después de Tlaxcala y sobre todo está en un lugar seguro.

El contador de Eduardo Bretón, siendo presidente municipal, mandó a construir en el Museo Taurino una sala especial para la Hemeroteca y me tocó ir rescatando desde documentos que ya estaban fuera de control.

Entre otros formamos una asociación cuando ya Huamantla estaba en riesgo de que desaparecieran todas las jambas y sus puertas coloniales, por­que la gente estaba haciendo cortinas por todos lados. Logramos salvar el centro de la ciudad con un grupo que formamos, que se llama Centro Social y Recreativo, que es una asociación civil, pero logramos rescatar los lien­zos de la Fundación de Huamantla que estaban en resguardo de una familia que comisionaron para que los custodiara y con esos documentos se rescataran las tierras que estaban en litigio con otra población vecina.

En un viaje de los que hacíamos a México para hacer la alfombra del día último del tercer lunes de septiembre de cada año, yo iba a esa peregrinación a hacer la alfombra con Bernardo Baeza y logramos que en los vagones del ferrocarril ahí encontramos a descendientes de un señor, llamado Jesús Contreras, que fue el custodio de los lienzos, porque nosotros teníamos copias de los documentos de las firmas de todos los ciudadanos para rescatar el monte de Huamantla.

El monte que estaba en riesgo de perderse se pudo rescatar gracias a esos lienzos de Fundación. La asociación civil nos ha servido para defender gran parte de lo que Huamantla estaba perdiendo; por eso vemos que en el centro no se permiten los comercios con cortinas, se han dejado las jambas originales.

Logramos rescatar lo que era la Colecturía del siglo XVI, la capilla abierta del convento. Eso nos ha va­lido con ayuda de muchas personas que han pasado por la presidencia municipal.

Cuando tuvo la idea don Raúl Romero de hacer su museo familiar de la radio, también lo que teníamos de documentos de la XHT, fotografías de la Fundación, en la cual también intervenimos de alguna manera. Mi hermano como locutor sobrevive; él es el último que vive de los funda­dores, pero a mí me tocó construir la antena, hacer los aparatos para los transmisores y soldar con mis aparatos de autógenas los radiales.

Así fue como se montó la primera antena. Raúl Pardo se subió de un lado y yo del otro a una antena de 75 metros de alto. Se fundó el 20 de noviembre de 1948 la XHT, pero cons­tantemente venía teniendo arreglos de cambios de lugar, pero hacía la parte de la herrería.

Así logramos subirnos a la punta de la antena y logramos colocar otra antena de 18 metros de tubo para poner la primera antena de televisión, a los cuatro o cinco años de la XHT como radio logramos ver en Huamantla la primera señal de televisión.

Así como fue la primera radiodifu­sora, fue la primera televisora, porque de aquí se recibía la señal directa, porque no había otra radiodifusora, por eso se tenía que construir arriba de los 75 metros, otros 18 metros para que lograra llegar a más partes. Don Raúl Romero adquiere las acciones de los demás socios, como Alfonso Macías, Mario Pardo, Miguel Corona.

Raúl Romero y su familia forman la nueva planta transmisora en un terreno de Soltepec. Compran un terreno especial y nuevamente voy a soldar los radiales de aquella antena.

Nos ha tocado vivir muchas épocas. Me recordarán dentro del servicio porque yo fui socorrista, camillero fui más de 50 años; después fui coman­dante de socorrista, fui presidente de la delegación, y yo tenía que supervisar todas las delegaciones en Calpulalpan, Apizaco, Huamantla.

Al final se fundó la delegación de la Cruz Roja en Tlaxcala, las delega­ciones le deben mucho a las señoras, a las esposas de los socorristas que ayudaron a juntar el dinero para comprar las camillas y eran mucha gente que nos apoyó.

En Huamantla nos apoyó la Fun­dación Jenkis que compraba las am­bulancias para todas las delegaciones del estado de Puebla. La única que no era de Puebla era Huamantla.

Logramos que don Manuel Caba­ñas, tesorero de la Fundación Yenkis, varios de ellos nos apoyaran con una segunda ambulancia. La primera la compramos en México, que costó 8 mil pesos. Ahí nos ayudó don Anselmo Cervantes, que era el gobernador del estado. Hubo una casa que pusieron en remate en Huamantla, una casa que dejó de pagar impuestos. El go­bierno la adjudicó legalmente y esa casa la vendían en 18 mil pesos y en Huamantla teníamos en la Cruz Roja nueve mil pesos de las colectas que habíamos hecho, y en ese precio la vendieron y nos tocó hacer la cons­trucción de lo que hoy es la delegación de Huamantla.

Nos ha tocado hacer varias cosas, yo siendo delegado me tocó hacer otras cuatro, y cuando me nombran consejero nacional, antes de ser con­sejero vino la reina Sofía de España y a todos los delegados nos saludó uno por uno. Vino don Rosete Aranda, después nos tocó verla ya con el rey cuando vino a Cacaxtla.

Tengo un libro de cada viaje a don­de hemos asistido en España, Italia, Japón, en las islas Canarias, todo eso claro porque hemos acompañado a los alfombristas. En ocasiones hemos acompañados a los titiriteros. Fuimos a Chicago, con los alfombristas fuimos Nueva York, haciendo la primera al­fombra en la catedral de San Patricio.

De mis últimos reconocimientos y salidas que tuve fuera del país, fue recibir el reconocimiento Tlahuicole por la Federación y Organización de Tlaxcaltecas USA INC en los Ángeles California.

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