María Victoria Torres Morales

Cargo: técnica social en el programa Sembrando vida
Estudios: licenciada en Antropología Social por parte de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y maestra en Estudios Mesoamericanos por la UNAM.
Estado Civil: soltera.
Edad: 30 años.
Hijos: no.

María Victoria Torres Morales fue una niña sin miedo a muchas cosas. Desde su juventud se ha enfrentado a grandes retos, entre ellos trabajar en regiones donde prolifera el narcotráfico y enfrentarse a cambiar de una residencia rural a vivir en la Ciudad de México. Antropóloga de profesión, es una mujer joven que concibe en hacer comunidad el traba­jar juntos, trabajar de la mano. Sabe que los conocimientos que tiene cada hombre, cada mujer, incluso los niños, si se entrelazan, justo es ahí donde se puede volver a hacer comunidad. Perseguir un vivir bien, no solamente en cuestiones físicas o de servicios, sino que haya armonía, convivencia y respeto es parte de lo que también considera hacer comunidad. En el presente se desarrolla como técnica social en el programa Sembrando vida, programa prioritario del gobierno federal.

—¿Cómo se siente dónde está ahora?

—Me siento plena. El hecho de que haya estudiado Antropología sí tenga una utilidad en la transformación de las propias comunidades. Me ha dado otra perspectiva, tanto en las cuestiones alimentarias y cuestiones rituales ¡vaya, en toda mi cotidiani­dad! Y ahora que formo parte de un programa con una perspectiva social, me da nuevas herramientas para poder trabajar con la gente, para tener ese respeto hacia la misma comunidad.

—¿Qué extraña de su niñez?

—La fantasía (todavía lo sigo apli­cando), la creatividad, ese hecho de no tener miedos. Era una niña sin miedo a muchas cosas, y ahora ya vienen los retos o ¿si lo hago, pero hay represalias? O si lo hago y qué consecuencias va a tener.

—¿Ha sido difícil ser mujer?

—Sí, sí es un poco complicado en diferentes contextos. Desde la cuestión familiar, la cuestión social, en lo estudiantil. En todo contexto llega a ser un poco complicado, aun así, no es que sea malo, al contrario, te da otro tipo de oportunidades, otro tipo también de cercanía. Lo relaciono mucho con la cuestión de la antropología, el hecho de ser mujer me abre espacios en otros contextos, por ejemplo, uno que me interesa es la cocina, “¡El espacio lo tengo abierto!”.

Sí es complicado, pero depende los escenarios. El moverme en esos espacios donde está esa cuestión de la inseguridad, bueno más que nada aquí en Tlaxcala o en la zona de La Malinche, toda esta región que se ha destacado por la trata, principalmente de mujeres, es ahí donde se tienen ciertas inseguridades.

—¿Cómo la ha acompañado la violencia en su vida?

—Pues es como un miedo latente. Hace cinco años estuve trabajando en la Ciudad de México y también en la región mazahua del Estado de México, y justo era una región donde estaba esta parte de narcotráfico, ¡tienes que vivir con esa angustia o con ese miedo! Y ahora en este caso que trabajo para la comunidad, hago a un lado esos miedos, tengo que afrontarlos.

—¿Como mujer cuál ha sido el mayor reto en su vida?

—Ha sido viajar a la Ciudad de Mé­xico. Cuando me ofrecieron trabajo allá, en mi casa no me dejaban, y no tenía familia en la ciudad, era ir y buscar dónde rentar. Mi mamá, la que más tenía miedo de que me fuera, consiguió dinero prestado y me dio ese dinero para irme; eso me motivó mucho. Fue toda una travesía. Mi papá estaba muy enojado, él vivía también con esa angustia de “Es que te vas”, “Te vaya a suceder algo”, “Muchas mujeres desaparecen”.

De alguna manera en la provincia siempre se ve a la ciudad como algo que va a asustar, pero los cinco años que estuve ahí, la ciudad me abrazó, me apapachó. Luego ya en la ciudad me pasaba, había momentos en los que o tenía cinco pesos para el metro o con eso comía. ¡Nunca pasó nada malo! Pero ahí tuve miedo de ser mujer

—¿Quiénes son sus aliadas o aliados en este proceso de ser mujer?

—Para mí las aliadas justo también son mujeres. Estas mujeres que com­parten. Mujeres campesinas, mujeres cocineras, mujeres parteras, mujeres que conocen sobre el temazcal; estas mujeres que comparten los mitos, esa riqueza a través de la oralidad. Mujeres que aquí en Tlaxcala les lla­man quiactlas, texictlas o tiemperas.

—¿Cree que la situación ha cambiado para las mujeres?

—Sí, sí han cambiado muchas con­diciones, pero de acuerdo a (sic) los contextos y al espacio. Lo veo en el lugar de donde soy y sí cambian, porque tienes más cerca las instituciones, para poder estudiar y trabajar. Pero en el año 2022 en una comunidad campe­sina o en una comunidad indígena las condiciones son muy distintas a las de la zona urbana; por ejemplo, las mujeres por una cuestión social se tienen que casar muy pronto o todavía en estos tiempos llegan a sufrir algún abuso sexual por parte de algún familiar o vecino.

—¿Y justo desde su entorno, desde el trabajo, que hace para que las mujeres puedan tener igualdad?

—Ahora que estoy colaborando como técnico social, trabajar con mujeres para mí se vuelve un reto que no me enseñaron en las aulas. El hecho de estar enfrente de las compañeras, y que ellas, justo si trabajaban el campo, ahora vuelvan a sentir ese arraigo o se sientan im­portantes, porque muchas mujeres campesinas aquí de Tlaxcala, y si es posible en todo México, no te­nían esta herencia de la tierra, esta tenencia. Entonces cuando ellas se sienten parte de algo, cuando ellas dicen “Es mi responsabilidad, este es mi trabajo”, es completamente distinto, les da otro chip.

—¿Se ha arrepentido de alguna decisión que ha tomado?

—No, no me he arrepentido hasta ahorita de ninguna decisión. A mí me gustaba mucho desde pequeñita escuchar la radio y yo quería ser locutora. Aún tengo ese sueño que espero realizar en algún momento.

—¿Cuál cree que sea la mayor virtud de las mujeres?

—Es compartir. La mujer tiene esta parte del compartir, del respetar. Me parece que es una virtud que nos enseñaron mucho desde casa. Tiene también esta virtud del amar, no me refiero solamente a una cuestión de pareja, amar amigos, amar a tu familia, incluso a tu propio entorno.

—¿Un defecto?

—La desconfianza

—¿Cuál es su palabra favorita?

—La palabra sutil. La mujer es muy sutil, es muy delicada en muchos aspectos, no solo me refiero a las cuestiones manuales, sino más bien al momento de hablar, de realizar algún alimento, al momento del temazcal, del cuidado del mismo cuerpo. La palabra que también me gusta mucho es “tlacualera”, la usan mucho en la región de Tlaxcala. Es esta mujer que trae el alimento, que lleva el alimento a campo.

Comparte este artículo