Orgullo por la tradición textil de Contla. Arnulfo Xochitiotzin Cocoletzi

Arnulfo Xochitiotzin Cocoletzi forma parte de una dinastía de maestros del arte textil. Originario de Contla de Juan Cuamatzi, mantiene viva la llama de una larga tradición centenaria, que forma parte de la identidad comunitaria.

Además, como parte de un compromiso personal por rescatar y reivindicar el papel de los artesanos contlenses, se ha dado a la tarea de investigar y documentarse sobre la historia del quehacer textil en su lugar de origen.

En esta entrevista para Momento, nos recuerda, una y otra vez, que el emblemático saltillo, que distingue a la cultura mexicana, es una aportación tlaxcalteca. El colorido de esas prendas, que alcanzan el nivel de arte, se debe a la imaginación y a la maestría de los tejedores de Contla.

Sin embargo, también nos advierte que su oficio corre un serio riesgo de desaparecer. Señala que cada vez son menos los jóvenes interesados en mantener viva esta tradición. Con sus 52 años, sabe que forma parte de una generación intermedia que tiene una doble responsabilidad: mantener viva esta práctica y transmitir sus conocimientos.

A su juicio, la situación se complica ante las políticas públicas implementadas a nivel estatal y federal, que han sido incapaces de articular acciones que permitan preservar y rescatar este patrimonio. Se lamenta que las autoridades opten por apoyar la manufactura de gobelinos, en lugar de orientar sus esfuerzos hacia el sarape fino, que ha dado numerosos premios a los artesanos textiles, particularmente a los oriundos de Contla.

El propio Arnulfo Xochitiotzin ha sido merecedor de más de 60 galardones, nacionales y estatales; sus obras se encuentran en importantes colecciones particulares y de galerías y museos de países como Estados Unidos, España y Chile. A pesar de estos reconocimientos, sigue en la ruta del perfeccionamiento de sus técnicas en telar, atreviéndose a innovar.

Por otro lado, denuncia la marejada de productos importados, principalmente desde China, que han acabado por ahogar a los artesanos contlenses. Ahora, sitios como Santa Ana Chiautempan, antaño centro de un vigoroso comercio de textiles, se han convertido en meras factorías donde se venden productos que son una copia barata y de mala calidad. Esta situación indigna al maestro Xochitiotzin, por cierto, pariente lejano del pintor y cronista Desiderio Hernández.

En esta conversación, Xochitiotzin Cocoletzi también nos refiere que en algún momento tuvo el deseo de dedicarse a jugar futbol de manera profesional; quizás ese sea el motivo por el cual se licenció en Educación física. Eso lo llevó a trabajar un tiempo como profesor de esa materia. Los bajos salarios y las largas distancias que tenía que recorrer desde su casa hasta los planteles escolares donde daba clases, lo llevaron a poner un alto a esa actividad.

Para fortuna del patrimonio cultural de Tlaxcala, esta situación ha permitido al maestro Arnulfo Xochitiotzin dedicarse de lleno al telar, donde ha conocido excelentes temporadas, aunque también algunos baches, lo que refleja la alta precariedad a la que se enfrenta este gremio en peligro de extinción.

UNA OBRA EXQUISITA

Buena parte del trabajo de este maestro artesano ha sido captado por Fomento Cultural Banamex, que previamente había adquirido piezas de Melesio Xochitiotzin, padre de nuestro entrevistado. Dicha institución reconoció de inmediato el talento de Xochitiotzin Cocoletzi, por lo que además de adquirir sus obras, lo ha llevado a varios puntos del país, para que imparta conferencias y talleres. Asimismo, lo ha invitado a presentar sus piezas en el International Folk Art Market de Santa Fe, Nuevo México. De igual manera, acudió, con el patrocinio de ese organismo, al Primer Seminario Nacional de Tejedores e Investigadores del Sarape, realizado en Saltillo en 2011, en el cual Arnulfo Xochitiotzin participó con una ponencia.

En su página de internet, Fomento Cultural Banamex reseña que este maestro artesano heredó de tres generaciones atrás el arte de tejer gabanes y sarapes en telar de pedal.

“Su abuelo y bisabuelo enseñaron a su padre, Melesio Xochitiotzin, a obtener lana, hilarla, teñirla y tejerla. De este modo, el maestro Melesio transmitió sus conocimientos a sus nueve hijos, entre los cuales destacó Arnulfo. Para crear una prenda el maestro Arnulfo empieza con el limpiado, lavado y esponjado de lana. Prosigue con el teñido, usando tintes naturales, como el añil o cáscaras de nuez, y continúa con el secado de los hilos. Por último, carda la lana para dar paso al hilado con malacate y redina. Cuando tiene lista la materia prima, el tejedor piensa en el diseño de la prenda para dar paso a la urdimbre, colocando debajo las platillas de papel que sirven de guía. De esta manera da vida a sus tejidos en el telar de pedal”, se reseña.

En nuestra charla, confiesa su profundo interés por los textiles, tanto para elaborarlos como su investigación y su proceso.

—¿Tiene algún recuerdo muy presente de su infancia con los textiles?

—Claro; de pequeño, en vez de ayudarle a mi papá, le estorbaba, porque andaba de arriba para abajo en los estelares. Él tenía un taller de aproximadamente 17 trabajadores y yo era el que iba a dar lata. Posteriormente, me nació esa espinita de que algún día podría imitar a mi padre, porque desde pequeño me fijaba; a veces se paraba a las dos de la mañana para hacer sus piezas de concurso o de exposición, y a eso de las ocho se metía a producir otro tipo de materiales.

—¿Recuerda desde cuándo su papá se metió a hacer todo este trabajo?

—De esto ya soy la cuarta generación. Esto lo venimos difundiendo y elaborando; ya son aproximadamente 276 años, desde mi abuelo Jesús Xochitiotzin, Ricardo Xochitiotzin, Melesio Xochitiotzin, y su servidor.

—¿Qué producía su papá?

—Saltillos. Él siempre se metió a producir saltillos de lana. La mitad lo tenía en saltillos de lana y la mitad en acrilán; era el boom que estaba de moda, por los colores brillosos que se tenía. Posteriormente, fue un artesano tradicional; no dejó de hacer sus prendas de lana y de acrilán. Después, las prendas de lana las pasó a acrilán, que eran más ligeritos; el trabajo era el mismo, pero el acrilán estaba más económico.

—Digamos que de eso vivía su papá.

—Sí, de hecho, sí. Nos mantuvo con eso y también nos dio la oportunidad de estudiar.

—¿Cuántos hijos tuvo su papá?

—Nueve hermanos; la mitad son profesionistas, algunas son amas de casa y se dedicaron a trabajar fuera de este rubro, excepto una hermana, que todavía se dedica a hacer este tipo de piezas. A veces, cuando hay un encargo, se lo encomiendo y me ayuda; son trabajos no tan difíciles, más bien algo comercial.

—Después de su papá, quiénes se dedican más?, ¿son solo usted y su hermana?

—De hecho, era un taller familiar; todos participábamos. Cuando empezaron trabajar, como que lo fueron dejando un poco. Después de terminar la prepa, dejé un poco esto, porque según yo quería ser futbolista profesional. Viví un ratito de la patada jugando en varios municipios, porque recibía una remuneración económica y también por insistencia de mi papá, que me dijo: “Sabes qué, necesitas estudiar una carrera, porque esto de los sarapes con el tiempo ya no va a ser redituable. Nos estamos dando cuenta que en Santa Ana ya están metiendo otros productos. La maquinaria, la industria se está apoderando del trabajo; ya no vas a poder vivir de esto”.

“Le contesté que si había la oportunidad, pues iba a estudiar, sin dejar esto, porque los textiles son mi pasión. Quería demostrarles que esa herencia cultural que traemos, esa raíz, que la siguiéramos fomentando. Mis hermanos, aunque tienen su carrera, de vez en cuando van al taller a hacer algo, a lo mejor para ellos, a veces para un regalo; como decía mi papá, un dinero extra no te cae mal”.

—¿A partir de qué edad empezó a tener su carrera en los textiles?

—A los nueve años le pedí a mi papá un telar, pero como era la producción y éramos muchos, de plano me lo negó. Me dijo: “No, hijo, porque el señor que vino a tejer tiene que mantener a su familia y tú estás aprendiendo. Mejor ayúdame”. Las cabeceras que llevan los sarapes o gabanes, yo ayudaba a hacerlos; son grecas de lo más este simple. Así fue como empecé. A los 17 años, como veía que mi papá siempre obtenía premios, me llamó la curiosidad. Un señor se enfermó y agarré el estelar. Fue cuando hice mi primera pieza; la metí al Concurso Estatal de Artesanías, en la categoría de textiles y para mi fortuna, gané.

“Siempre lo he comentado, a mi papá se le hizo extraño. Los señores de aquí eran los meros meros, y dijeron: “Este de dónde salió”. No pude cobrar ese premio, porque era menor de edad; mi papá lo tuvo que cobrar. Ahora las convocatorias especifican que debes ser mayor de edad para que puedas participar. Empecé con el pie derecho, y ya está la actualidad sigo cosechando reconocimientos, premios, entrevistas, programas, exposiciones.

—¿Recuerda esa pieza?

—Sí; fue un diamante, un sarape tradicional. Me salió la idea de un programa de Noche tras noche, con Verónica Castro, donde estuvo Cuco Sánchez, y vi el sarape que pusieron atrás. Ahorita ya es fácil, se congela la imagen y listo, pero en ese entonces no. Me salió la silueta nada más viendo; traté de reproducir un sarape tradicional con tres diamantes. Para mi fortuna, en los tintes naturales, mi papá apenas me estaba mostrando lo que utilizaba; lo hice con cáscara de nuez y pericón. Yo ni me lo creía, porque había gente, que la mayoría ya murió, que eran buenísimos en el quehacer textil. Traté de conservarlo, pero no pude. Ahorita siento feo, porque debí quedarme con él. Vendí parte de mi cultura, de mi herencia. Hay un paradigma que dice que el primer sueldo lo debes guardar. De esa pieza, vino un gringo coleccionista y me ofreció dinero. Y me dije: “Ahora es cuando”.

—¿En cuánto lo vendió?

—Bien barato. Fue en 3 mil 500 pesos, que para mí era mucho dinero. En la empresa, a la semana, se ganaba 80 u 85 pesos a la semana.

A Melesio Xochitiotzin, padre de este artesano, le ocurrió algo similar, ya que tuvo que vender las piezas que confeccionaba para sacar adelante a su familia. Se quedó con el deseo de hacer alguna reproducción de las obras que ya había vendido y que acabaron en colecciones de museos o en testimonios gráficos.

Melesio Xochitiotzin falleció a los 94 años, luego de una exitosa carrera como artesano textil, que le hizo merecedor de numerosos premios y de reconocimientos en Tlaxcala y en otras entidades, como el que le otorgó Fomento Cultural Banamex, que lo distinguió como uno de sus Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano. Se trató de un artesano que aprendió por su propia cuenta.

“Yo voy a sacar ese potencial que se tiene —asegura Arnulfo Xochitiotzin. Gracias al futbol tuve la oportunidad de conocer a otras personas ajenas al municipio, gente mayor que me platicaban. Compré libros, para prepararme. Fomento Cultural Banamex vio la calidad de mi trabajo y me abrió las puertas. Pero todavía me falta mucho. Voy a la mitad de mi vida, pero siento que todavía puedo hacer mucho. Tengo la ilusión de abrir un pequeño museo en la casa de mi padre, además de un taller. Que sea algo didáctico.

“Si algo aprendí de mi papá, fue la tenacidad, y, sobre todo, la disciplina. Decía que el día tiene 24 horas, de las que ocho son para dormir, ocho para hacer bien tus cosas, para que tus clientes queden satisfechos, con prendas hechas con materias primas de primera calidad, que te van a distinguir de los demás. Me vi obligado a seleccionar mejor mis materiales, mis tintes, tanto naturales como sintéticos. Además, seguir cambiando y no hacer siempre lo mismo. También busco rescatar lo que me platicaba mi papá.

“Cuando me fui consolidando, de cada año que había concursos, fui cambiando mi trabajo. Cuando hacía una pieza, buscaba ganar, con innovación; quería que la pieza ganara”.

—En qué se inspira.

—Más que nada en recuerdos de mis abuelos. Por ejemplo, de fotografías o de recorridos que he hecho en museos. Cuando algo te gusta, desde la primera mirada lo captas. He tratado de captar la esencia de lo nuestro. Esa es mi fuente de inspiración. Me gusta mucho trabajar con añil.

“Gracias a eso he obtenido más de 60 premios y reconocimientos. Van cayendo los premios, me van abriendo fronteras y permitiéndome conocer gente. Ven mis trabajos y se preguntan quién soy. Fue así como Fomento Cultural Banamex se acercó conmigo, en particular la licenciada Cándida Fernández, quien me dijo: “En ti hay mucho potencial”. Me ofreció el apoyo de esa institución. Me mandaron a un curso de tintes naturales, con la española Ana Roquero Madrid, en Valle de Bravo; también me mandaron al Centro de Artes, de Colima; de ahí me abren el espacio para darme un curso de contabilidad fiscal, porque decían que no vendía muy bien mis piezas. Ellas empezaron a comprar mis trabajos, y llegó un momento en que acumulé doce premios nacionales, entre primeros, segundos, terceros lugares, además de menciones honoríficas. Pero no le he pegado al grande, por diferentes razones. No es una obsesión, pero tengo la espinita clavada. Luego comparo los trabajos y la verdad es que no me llegan ni a una cuarta parte del sarape. Pero me digo: “Por algo será”.

“Fui escalando. Ven que tengo el potencial. Trabajé para Fomento Cultural Banamex y fue allí donde vieron que estoy a la altura de grandes maestros artesanos, como Román Gutiérrez, de Oaxaca; Modesto Nava, conocido como “Efrén”. Esos señores eran los consentidos de Fomento Cultural Banamex, y llego yo, me ven y me dicen: “No, pues vas por buen camino”.

“Me invitaron a dar charlas, conferencias en el Museo “Franz Mayer”; en el Palacio de Iturbide, en la Ciudad de México; en Chihuahua, Chiapas y otras partes de la república. También me mandaron al International Folk Art Market, que se realiza en Santa Fe, Nuevo México. Me fui a Estados Unidos durante quince días. Estuvimos en Dallas, Texas, y en Albuquerque, Nuevo México. En mediodía se vendieron mis piezas.  

“Eso me sirvió mucho para venderle a Fomento Cultural Banamex. Nunca te regatea nada, al contrario. Empecé a utilizar hilo de oro, de plata, seda. Me decían: “Esta colección se le va a vender a los reyes de España”. En su museo tienen una colección de Fomento Cultural Banamex; ahí están incluidas prendas mías, igual que en el Museo de la Moneda, en Chile. Todo eso por Fomento Cultural Banamex. En otra ocasión me llevaron a Perú a dar una conferencia. Me fui consolidando, con premios, entrevistas y cosas por el estilo.

“Aquí en Tlaxcala, el licenciado Sánchez Mastranzo hizo mucho por la artesanía de Tlaxcala, los doce años que estuvo en Casa de las Artesanías. Decían que era medio engreído, pero siempre logró que tuviéramos premios de dignidad. Un premio de 110 mil pesos, otro de 100 mil. A nivel nacional se decía: “Hay que ir a Tlaxcala”, pero tenías que ser tlaxcalteca para poder participar. En el Nacional te daban 120 mil pesos; el Galardón Presidencial eran 125 mil pesos, y acá se dio igual, esto es, 130 mil pesos.

“Tuve la fortuna de ganar dos premios. Una de las satisfacciones que me dio mucho orgullo, fue ganar el galardón Cuatro Señoríos, que fue de 50 mil pesos, pero más allá del dinero, era por el galardón en sí. También gané el premio a la mejor pieza estatal. Acá lo difícil es mantenerse, seguir la trayectoria, seguir brillando, seguir en este arte. Algo que he aprendido es que basta con saber qué eres. Ahora hay muchos charlatanes que están en pedestales que no son de ellos, que utilizan el trabajo de los demás compañeros, a nombre de ellos. No tienen esa conciencia.

—Se piensa que esto se está perdiendo. ¿Esto es así?

—Está en declive. Desgraciadamente, somos pocos aquí. Contándolos con esta mano, me sobran dedos. De los que trabajan acá sarape fino, nada más somos dos. El maestro José Luis Román y su servidor. De los que trabajan tradicionalmente, están Ignacio, su hermano, además de Rigoberto, Gustavo Romano, Cosme Flores, pero de los que trabajan fino, no.

—Y qué propone justamente por este declive que hay. O hacia dónde va usted.

—Pues yo quiero ir a muchas partes; quise creer en este dizque Cuarta Transformación, pero no. Ahora cierran las puertas, siento que andan apoyando algo que no deben apoyar, porque nuestra esencia son los textiles; eso se está perdiendo. Yo no sé qué pasa en las aduanas, porque hay saltillo chino acá en Santa Ana. Ven cuántos metros quieres y de qué medida y, órale, lo hacen. Todo ese bombardeo de productos extranjeros está acabando con nuestra tradición.

“Lo que yo quiero es rescatar, tratar de retejer y de ponerle los nombres, de sarape y apellido, porque cuando he ido a los museos, aparecen como autores anónimos o como referencias de tipo “Posiblemente de Tlaxcala”. He corregido cédulas de prendas en museos. Me sucedió una vez en Colima.

—¿Cree que después de usted aparezca otra generación?

—Difícil. Se necesita invertir en capital humano, pero sobre todo monetario. Hacen falta espacios.

A mi hijo he tratado de meterlo a esto. Mi hija está estudiando para médico cirujano; está todo el día en la escuela, pero le interesa. En los pocos momentos que va al taller, le interesa. Digo, por lo menos que diga: “Mi padre lo hacía”. Si no dan apoyos, en unos diez años esto quedará en el olvido. Ahorita va pura maquinaria. Y no vamos tan lejos. Por ejemplo, Providencia, con casi 2 mil 200 personas que tiene trabajando. Llegó un tiempo que ya de plano no vendía, y se me ocurrió la ideota de que mis sarapes los plasmaran en los cobertores. Mis hijos no estuvieron de acuerdo. Me decían: “No, pa, le vas a poner en la torre a todo esto”. Pero yo necesitaba dinero. Estaba a punto de pedir una regalía, cuando le dije la ideota a la licenciada Cándida Fernández, que me dijo que yo estaba mal, que no se podía mandar a hacer así. No dudo que un empresario gringo se le ocurra copiar los modelos y empezar a hacer cobertores, como ya se hace en la India, con productos que antes eran artesanales y ahora son industriales.  Es difícil.

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